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25 septiembre 2026

LUMBRERAS. CRITERIOS DE EVALUACIÓN EN LAS UNIVERSIDADES CATALANAS PARA EL CURSO ACADÉMICO 2019-2020 (Y SUCESIVOS, YA PUESTOS...).


A las "amebas del paraninfo" de las universidades catalanas (brazos ortopédicos, extensibles y mecánicos de los CDR), si presentan a sus profesores certificaciones de comportamientos de pacifismo callejero le serán aprobados los pertinentes créditos académicos, incluidos los de cirugía cerebral para recolocar sesos. Véase cómo quedan los criterios de evaluación:

-A 5 certificaciones por corte de carretera nacional o asimilables, vías férreas o el bloqueo en estaciones de trenes o autobuses por un día completo le corresponderá el aprobado semestral de 1 crédito.

 

-A 10 certificaciones de corte de carretera nacional o asimilables, vías férreas o el bloqueo en estaciones de trenes o autobuses por un día completo le corresponderá el aprobado de 1 crédito por el curso completo.

 

-A 1 certificación por quema de 30 contenedores y el resto del mobiliario urbano del entorno de una manzana y sus plazas adyacentes supondrá el aprobado por un semestre de la mitad de créditos del curso.


-Si el desastre precedente abarca al menos 4 manzanas con sus plazas adyacentes y sucede en el centro urbano o, en su defecto, acontece al lado de un cuartel general de la policía o de la guardia civil o del ejército, etc.; tal audacia supondría el aprobado de la mitad de créditos para el curso completo.

 

-La certificación de 5 agentes del orden espachurrados en medio de la calzada por lanzamiento de rocas graníticas o por lesiones con motosierras, etc., pero sin que haya supuesto peligro para sus vidas; valdría el aprobado del semestre para todos los créditos del curso completo.


-Finalmente, todos los créditos propios del curso y por el curso completo se darán por aprobados si se aportan certificaciones de al menos 1 agente del orden con los sesos a punto de rodar por la calzada antes de ser recogido con gran dificultad por la ambulancia, certificaciones estas contrastadas con informes de los hospitales correspondientes, que la sanidad pública de aquí se sentirá honrada de colaborar con esta chiquillería tan volcada con la cosa.

 

Todas las certificaciones han de tener la caución CDR, para lo cual los magnates de la revuelta (ya deberían conocerlos) se encargarán de organizar los equipos de evaluación con todas las garantías de auténticos "pacifistas" callejeros y otros luchadores por la libertad.

Así, sin más complicaciones, no se les vayan a enrevesar las mentes a esta pandilla de tan doctos profesores y decanos, de quienes ya pueden imaginar su nivel teniendo como referente al Calderilla Intelectual, que el tal de nivel, nivel va 'sobrao'.

 

Notas aclaratorias: Tomen buena nota las "amebas del paraninfo" para dedicarse con ahínco a estas delicadas ocupaciones académicas.
La calificación de los aprobados será siempre de suficiente como expresión de la socialización e igualdad del proceso dentro del otro proceso de entre más procesos.

Los muertos no cuentan, porque la reivindicación ha de ser pacífica. Tomen también nota decanos, vicedecanos, supradecanos, becanos y el resto de pacíficos ciudadanos.

Infame sociedad ésta. ¡¡¡¡Y -qué gravísimo- no se dan cuenta!!!! ¿O no toman conciencia, lo cual es en extremo igual de grave? En fin...

¡¡¡¡VIVA LA AMNISTÍA!!!!  

16 septiembre 2026

(₸X) PRIMICIAS: Cultura e ideologías (P)



Sin duda no todos entenderán la auténtica dimensión del término cultura, pero por respeto al lector formado no entraré a conceptualizarlo. Sí ha de señalarse que es menos culto quien más verdades absolutas cree poseer. Y no se equivoque el lector juzgándome humilde. Por entera afición y medio de oficio, el que esto escribe de vez en cuando piensa, y de tanto ejercitar la abstracción supone estar investido de alguna que no ha de callar. Aclárese, no obstante, que aún puede aprender de las gentes ponderadas de cualquier clase, credo o nivel formativo. De las ponderadas, sí, pues los “machaca” (o acríticos siervos de la ideología) en todos los grupos son iguales y nada nuevo pueden enseñar. Así de absoluto. 

Al hilo de lo anterior, el verdadero necio va a equivocar el etiquetado y los atributos, tan sólo por considerar el medio y/o autor progresista o retrógrado. Comentará impávido que tal o cual opción política es votada por personas sin sentido de clase, cuando de haberlo tenido, los ciudadanos de este país en más de una cita no habrían ni pisado los colegios electorales. Calificará de intolerable y fascista el aserto que seguimos bajo la dictadura de los tontos, como si los que ahora los mantienen en el poder (a unos y otros) no fueran casi los mismos que hacían arrasar al régimen anterior en sus consultas (?????) de mentirijillas. Dirá apoyar a la única alternativa progresista, cuando lo genuinamente progresista hoy es derrocarlos y correrlos a gorrazos (a unos y otros, por más que uno no crea en las equidistancias), sobre todo para ver si una cura de poder les hace enrojecer, que al fin y al cabo para algunos es lo suyo. Juzgará las personas por sus “proyectos” (que les suene rimbombante, y más si tienen que ver con “lo social”), y no por su equilibrio interior o coherencia personal, lo cual es tan cateto como el peor de los tópicos al uso muy propios de los simples de mente. Y si ha de hablarse de coherencia, éste no es rasgo que cuadre a las ideologías en boga o “guais”, por cuanto han dejado a su izquierda actitudes que con acritud mitinera denunciaban en la recalcitrante derecha de yates, amantes, lujo, etc. Y es que la buena vida se contagia. Eso sí, los tiempos son otros y disponen de la cuantitativa (que no cualitativa) excusa de los votos. Pero sepan algo que he aprendido: dictadura por dictadura, prefiero la del menos hambriento de poder… y de hambre. “No sirvas a quien sirvió ni pidas a quien pidió”, dice un viejo aforismo. 

En definitiva, es a esa panda de farsantes pseudoprogresistas y mal llamados “de izquierdas” (les pegaría mejor los de “la siniestra”) a los únicos que en estos momentos cabe temer. Entre otras insensateces han demostrado aferrarse a las prebendas del mando, incluso con más fuerza y rapiña que aquéllos por ellos tantas veces -y por lo mismo- denostados. A veces uno ha llegado a suponer que las diferencias entre unos y otros estriban, de forma casi exclusiva, en la cantidad de amiguetes (más advenedizos e ineptos, cuanto más escorados hacia las esferas de quienes menos han gobernado) a colocar por ministerios y ayuntamientos. Y para corroborar estos datos siempre podrá recurrirse a las diferentes leyes de la función pública que se han ido elaborando. En realidad uno piensa que, salvo en el hecho de poder elegir a los más variopintos representantes, en lo demás los privilegios que no hace mucho algunos denunciaban en la derecha “rancia”, tan sólo han cambiado a otras manos, cuando menos tan rapaces.

Todo cuanto aquí se ha expuesto, a ojos del intelectual de copete, con arrogancia y papada nuevas, y feroz defensor de lo establecido le parecerá marginal. Pero ya se sabe a lo que llaman marginal. Su halo de lucidez con pajarita ya no adormece conciencias. Ya ni siquiera parecen más cibernéticos, informáticos, tecnólogos punta, etc. ¿Y de su realismo?. Tan realistas son que varían las hipótesis, básicamente, en función de personales criterios de incombustibilidad política. ¿Cómo puede darse pábulo de intelectualidad a alguien cuya fundamental misión es conservar la influencia, aun por encima de una gestión hipócrita que ni legitiman los votos, ni debe dejar al pensador impertérrito en su puesto?. Estoy convencido que la cultura que llaman “progresista” no es sino la excusa perfecta para el mantenimiento de un estatus (tan rancio como el de esa derecha a la que demonizan) en aquéllos a quienes tanto les costó alcanzarlo. Para un sabio, mejor es estar anclado en cualquier tiempo, antes que en el presente, salvo –claro está– si es por hacer el paripé y vivir de la comedia a la que nos tienen acostumbrados ciertos cultos e ideólogos de actualidad. Ay, si Quevedo levantara la cabeza.

Para finalizar les “fusilo” un sugerente párrafo de Bertrand Russell (afamado Filósofo de la Ciencia, también conocido por su fundamentada inquina a la clase política) que en opinión de quien esto escribe define muy bien la catadura (que suena a caradura) del político y el sesgo manipulador inherente a la ideología. Dice: “Si los hombres son suficientemente irracionales, se les puede inducir a que sirvan a tus intereses bajo la impresión de que están sirviendo a los suyos propios. Este caso es muy corriente en política. La mayoría de los líderes políticos adquieren su posición al lograr que gran número de personas crean que esos líderes se mueven por motivos altruistas. Es bien sabido que esta creencia se acepta con más facilidad bajo influencia de la excitación. Las bandas, la oratoria de multitudes, el linchamiento y la guerra son etapas en el desarrollo de la excitación. Supongo que los que defienden la irracionalidad creen que hay una mayor oportunidad de engañar al pueblo provechosamente si lo mantienen en efervescencia. Quizá sea mi aversión por este tipo de procesos lo que hace que la gente diga que soy excesivamente racional”. De la obra “Sociedad humana: ética y política”. Ediciones Cátedra, S.A. Madrid, 1984.

El Diantre Malaquías, pseudónimo

06 septiembre 2026

TAB


Marceliano Miguélez Castrillo: autor de "LAS AZAROSAS MEMORIAS DE UN EXPATRIADO EN TIERRA PROPIA"

Nacido en Santibáñez de la Isla, en 1952, obtuvo el título de Maestro de Primera Enseñanza en 1973, en la Escuela de Formación del Profesorado Sagrat Cor de Barcelona. Es también Licenciado en Psicología por la Universidad de Barcelona en 1982 y Perito Calígrafo titulado por la ANPCE (Asociación Nacional de Peritos Calígrafos de España), en 1988.

Ejerció primero la docencia como profesor y más tarde la Psicología clínica y médico-forense, así como la pericia caligráfica. Sin militar, colaboró un tiempo con el PSUC y fue un importante promotor de la huelga de enseñanza en el "cinturón rojo" barcelonés, en 1976. Ha escrito artículos en revistas de diversa índole, como también textos literarios en verso o en prosa e impartido un buen número de conferencias. Ha sido invitado, como psicólogo y/o perito, en diferentes programas de radio y en el magazine diario "En directo", de TVE-3.


(ENTREVISTA
para "EL ADELANTO BAÑEZANO"-TAB-15/8/2020):


P: Nunca había leído una autobiografía tan valiente, por lo que te felicito.
R: Gracias por la felicitación, la cual y de hecho también os define como personas y como profesionales, pues no habéis buscado el boato ni la nombradía del entrevistado. La autobiografía no la tengo tanto por “valiente”, simplemente la tengo por honesta.


P: Te desnudas interiormente por completo. ¿No temes que te hagan daño?
R: Sí, claro que me desnudo y estoy convencido que en buena parte debido a eso no recuerdo haber sufrido daño por cualquier característica de mi condición. Pero cuando uno tiene bien digerido que nadie es más que nadie, ni menos que nadie, ni igual a nadie y ejerce esta consideración difícilmente puede sufrir daño porque la diferencia antes que una maldición es un tesoro que fortalece la identidad, nuestro mayor capital, e inmuniza contra el acoso de ataque y derribo.


P: A veces pareces duro y otras sentimental. ¿Cómo te definirías?
R: Soy más sentimental que duro. La apariencia de dureza que pueda trasmitir es la convicción muy interiorizada de morir antes que vivir arrodillado. Hay situaciones que me hacen reaccionar con coraje. Así que soy más sentimental que duro y es quizá el ejercicio de esa convicción el que me da esa apariencia de dureza.

P: Lo trágico y lo cómico se entremezclan. ¿Tienes la sensación de haber vivido en blanco y negro la infancia y adolescencia?
R: En una panorámica global de mis memorias predomina el blanco y negro. Es decir, si contemplo una perspectiva general de la que ha sido mi vida la tonalidad que me viene de primeras y espontáneamente es el blanco y negro.


P: Veo que te marcó tu etapa en el internado de La Salle, lejos de tus raíces.
R: Me marcó y sobre todo para bien, aunque al principio por estar tan lejos y la grave enfermedad de mi padre lo pasé muy mal. Los frailes eran muy liberales y tolerantes, lo que facilitó mi adaptación. Por otra parte estuve en lugares paradisíacos, me dieron un trato excelente y recibí una exquisita educación.

P: Te aseguro que muchos hechos que reflejas en él los vivimos otros también internos.
R: Soy consciente. Buena parte de las experiencias que relato afectan a tres generaciones, a los -a día de hoy- abuelos (mayores de 65 años), a sus hijos (entre 30 y 60 años) y los nietos de aquéllos e hijos de éstos (menores de 30 años).

P: ¿Qué destacarías y qué eliminarías de las enseñanzas en ese colegio?
R: Destacaría las enseñanzas prácticas en la naturaleza, como por ejemplo los fósiles y fenómenos geológicos perceptibles en el inagotable yacimiento de L’Ametlla de Mar.


P:¿Fue tan cándida como relatas la vida de los años 70?
R: Afortunadamente era muy cándida, al menos por donde yo campaba y las compañías que frecuentaba. Cuántas veces, afortunadamente, se pudo pensar de nosotros cuán gilipollas éramos por no entrar a saco a las chicas que parecían pedirlo para después decir que no. Afortunadamente y con independencia de ser tomados por pasvianes, para nosotros un no era un no. Y prefiero seguir con la idea que lo hicimos muy bien como verdaderos gilipollas.


P: Sufriste un desencanto político. ¿Cómo ves la política actual?
R: Sí, sufrí un severo desencanto político. Cuando viví la política comprometido ya veía que aquello no iba conmigo. Debías pensar en conjunto, lo cual se me dio mal siempre y la individualidad tenía el riesgo de ser calibrada como revisionista, no lógica ni sensata, revisionista. Revisionista llamaron a Durruti cuando planteó dejar las asambleas decisorias sobre la siesta para acabada la contienda. Y hoy vivimos el vomitivo advenimiento a la política de una serie de tipos mediocres que si por algo destacan no es precisamente por su inteligencia sino por tener un estómago a prueba de reactor nuclear averiado.


P: Valoras enormemente a la familia y los amigos. ¿Crees que se está perdiendo su importancia?
R: No, la familia y los amigos siempre serán un valor imperecedero porque su impronta es imperecedera. La huella que una y los otros nos dejan no hay nada que pueda sustituirlo y casi ni destruirlo.


P:¿Qué intentas transmitir a los lectores?
R: Pues nada más que lo que en principio era su título, esto es “Memorias apenas corrientes de un ciudadano corriente”, justamente esto y poco más.


P: ¿Piensas seguir publicando?
R: Sí, ya tengo prácticamente finiquitado otro proyecto que tendrá por título “Florilegio temático de la memez” sobre el que no entraré en ningún detalle más porque creo que el título ya lo dice casi todo.


P: ¿Te gusta venir a tu tierra?
R: Ahora mismo no saldría de ella.


P: ¿Habrá alguna solución al problema de la despoblación?.
R: Los pueblos volverán a ser atractivos. Eso espero al menos.


P: ¿Quieres añadir algo?
R: Pues sí, gracias por tenerme en cuenta.


*******Fin*******

27 agosto 2026

(₸X) ERÓTICA Y PODER (A ver si aprendemos del caso Errejón y aquello de la nueva y depurada casta que se nos vino encima con más mierda que ninguna otra casta)


Juego de conceptos

Desde el punto de vista de la Psicolingüística (ciencia por cierto que han prestigiado investigadores como el ruso Vigotsky o el norteamericano “rojo” N. Chomsky, entre otros), ¿qué significación encierra el sintagma “erótica del poder”?. Para esclarecerlo deberán someterse a disección semántica los monemas ERÓTICA y PODER.

Según los diccionarios al uso, erótico es lo concerniente al amor, pasión amatoria, amor sensual exacerbado y otras nociones que de momento no aclaran nada. El poder es dominio, fuerza, vigor, posesión, facultad para mandar o ejecutar una acción. Como se ve, la concomitancia entre los términos empieza a asomar. En cuanto al poder específicamente político diríase que es la potestad rectora y coactiva de la sociedad convencional, la cual es la única que se beneficia del monopolio de la fuerza armada para, en última instancia, imponer su autoridad en aras del bien común ¿…?. Por tal se forma parte de ella de oficio, es decir, se quiera o no. En definitiva, poder es fuerza para obligar y lleva implícito otro concepto no detallado hasta hora, la autoridad, que es el derecho y legitimización para ejercer el poder. 
Hay dos vías para acceder al poder: el dinero o la política. La primera exige esfuerzo personal, capacidad para invertir y evaluar el riesgo (que siempre lo hay), inteligencia y méritos; todo ello al margen de la política, si bien ya se sabe que ambos poderes tienden a entrecruzarse, a confluir, a buscarse y colaborar en intereses más o menos (más bien menos) transparentes. Para acceder al poder por la segunda vía puede que en algunos también haya méritos y hasta ejercicio de la inteligencia (lo que más abunda en esta casta son los listillos), aunque por lo general es una senda mucho más fácil y sin apenas riesgos para el aspirante (no suele apostar con su dinero). Basta morro, muchísimo morro, un morro con callos y a prueba de guindilla picante “restregáaa”. Ya me dirán qué otros méritos atesora ese virrey amontillado (que fue) de un “taifato” del N.E. de la península ibérica, con independencia de ser más o menos estudiado, que esto me trae sin cuidado y además entiendo lo de la igualdad de oportunidades (merecidas, en todo caso). 

A partir de aquí, la imagen que de los políticos dimane del presente artículo podrá suscitar contrariedad o hasta radical rechazo en algunos. Pues bien, en ciertos temas no suelo rehuir la batalla dialéctica y me encantaría guerrear con algún interlocutor defensor de políticos. Quisiera saber sus razones. Nada, por hablar sólo. Pero ahora tan sólo se trata de exponer un humilde análisis psicosociológico, con ese puntito de ironía imprescindible para mantener la cordura (ya se sabe, la ironía previene contra la ira), puesto que los tiempos que corren y los consuetudinarios eventos que traen consigo lo merecen y hasta lo exigen. Insisto, cuestión de higiene mental. En cualquier caso, quien a mal tome lo que lea considere que tiene un problema muy suyo. Quizá deba revisar como poco su grado de tolerancia, cuando no otros aspectos de su personal dotación. 

La profesión política 

En la sociedad política se integran dos categorías de individuos. Unos son los profesionales más o menos declarados, gobernantes que sostienen el poder y contragobernantes u oposición manifiesta, que aspiran al poder. Otros, los gobernados, quienes las más de las veces sufren el poder. Obviamente son los primeros el objeto de este análisis. ¿Qué son los políticos?. ¿Quiénes son?. ¿Qué características y atractivos tiene el poder que algunos de cuantos lo ejercen no lo sueltan ni “sodomizados”?. Sí, nos dicen que es muy sacrificado pero, visto el escaso estoicismo de la clase política, uno duda que sea carga tan pesada. 

Todo individuo tiende a intentar alcanzar su propia “perfección” y el motor es el combate interior entre un deseo de dominio y un sentimiento de inferioridad. En el centro estará el equilibrio. A la sed adquirida (no tanto innata) de honores, de consideración, de dinero, de seducción, de logros intelectuales o físicos (“necesidad de logro” para Mc Clelland), de calidad de vida en última instancia; se oponen la mediocridad, el sueldo magro, las decepciones del sexo, etc. Y la posesión del poder permite satisfacer muchas de aquellas ambiciones y soterrar otros tantos de estos últimos conflictos convertidos en complejos. Nada mejor que subirse al carro de un poder que obliga e impone para satisfacer frustraciones que se sienten irresolubles desde la individualidad y la auténtica autosuficiencia. Y aquí entra en juego la ley de las compensaciones. Un mediocre abogado o un médico torpe pueden llegar a ser excelentes políticos, del mismo modo que un hombre “pelele” en casa tal vez ejerza de temido comandante en el cuartel. Soy consciente que cada cual es lo que es, en función sobre todo de fallas en la propia personalidad, susceptibles de ser compensadas o sublimadas. No es para que se interprete literalmente -por favor-, pero de alguna forma el arquitecto lo es porque teme morir aplastado por un edificio mal construido, el endocrinólogo por pánico a la obesidad y/o a la seborrea, al psicólogo lo hacen sus complejos (se sorprenderían …), etc. Otros, en fin, son lo que les dejan ser. 

¿Qué son pues los políticos?. Cuando menos pretenciosos. Puede pensarse que éste es un oficio neutro, pero no. En este oficio el aspirante se arroga (legitimado como mal menor en las urnas) la capacidad de dirigir, cuando no de mangonear a la colectividad. ¡Como si todos fueran capaces!. Dicen los psicofisiólogos que los políticos tienen un nivel muy alto del neurotransmisor llamado “serotonina” y, aunque desconozco a día de hoy la relación causa-efecto entre las variables en juego (no sé si la “serotonina” hace al político, o es el político quien desboca la síntesis de “serotonina”); es por ello -si acepta el lector la broma- que veo la profesión política un tanto delirante y “de alucine”. Algunos se caracterizan por un marcado narcisismo, otros son avaros, mesiánicos, redentoristas, los hay que buscan gloria y boato, o bien bombo y resonancia para unas ideas decimonónicas que hieren la más elemental lógica de supervivencia (algún día escribiré tanto de nacionalismos, como de imperialismos). En fin, políticos son aquéllos que tienen algo muy particular o quizá mucho que olvidar, compensar o sublimar. Téngase en cuenta que un significativo número de ellos aprovechan las prebendas del poder para obtener adulación, riqueza, prestigio, etc; en definitiva, la satisfacción de un “ego” que otros han obtenido a través de su lucha personal, orgullo y carisma propios, osea, sin ayudas del poder. Desde este punto de vista, es más ejemplar el estatus de un Sabina -por ejemplo y que no cunda- alcanzado por sus medios, genio y paciencia, que no el de Sr. Número Tres del Partido, así sea el estatus de éste “servidor público” siete veces superior. 

Por supuesto que no todos los políticos son iguales, ni todos se dedican a la política por torcidas intenciones. Cierto. Pero considérese que el poder es siempre investido y quien a él aspira, tanto por lo que el poder significa, como por la utilización que de él se hace, es de por sí extraño y no siempre (o casi nunca) de limpios propósitos. Otra constatación: claro, llegan arriba los más capacitados, pero sólo de los que aspiran, entre los cuales no es frecuente encontrar a los más inteligentes de una sociedad (recuerden lo del abogado transmutado ahora en político). En este contexto la palabra capacitado debe entenderse como ambicioso, frío, calculador, constante, de astucia filopsicopática (que es inteligencia pero unidireccional y perversa) y sobremanera cínico, muy cínico. Creo que el cinismo es la palabra que destaca y mejor define a gran número de políticos, el cual parece inmunizarles contra la crítica y anestesiarles contra la autocrítica, de modo que pasan (y algunos hasta se lo creen) por “servidores públicos” competentes, cuando de lo único que sí parecen capaces es de llevar a la ruina integral (moral y económica) a la comunidad donde gobiernen, con tal que a ellos no les muevan la silla de mando. Cinismo que escalofría como una navaja barbera en manos de un fígaro convulso, y del que resulta un incomparable espécimen ese “renegado cordobés amontillado de estómago cortés”. Convénzanse, en el haber cultural de algunos no encontrarán nada más allá de esa maquiavélica sentencia de... “el fin justifica y tal y tal...“, que tan bien han aprendido (a eso llegan) y que ejecutan con la frialdad de un témpano en plena glaciación. Por otra parte, si alguien de los que acceden a lo más alto de la cadena de mando tiene un cierto mérito, éstos son los líderes; a la sombra de los cuales crecen otros no siempre capaces y a los que sólo la inercia de las masas, su apatía e ignorancia, su irracional y necia reverencia por los políticos, aúpan a un poder que luego éstos pueden desacreditar con decisiones a todas luces de una incompetencia supina. Pues no hay ejemplos…, para quien quiera verlos. 

La erótica 

Ahora bien, como ya quedó apuntado, todo es válido y legítimo mientras no se olvide la pretensión del buen gobierno, en equilibrio ajustado entre lo que se es, y a lo que uno se debe (a una comunidad plural, sí, plural). Es decir, todo depende de cómo se ejerzan las diferentes funciones que en la sociedad están establecidas. Pues los hay que cuando colman sus aspiraciones personales se olvidan de gobernar si ello no les reporta beneficio. Y como políticos, tanto más mediocres serán cuanto más conformistas, ya que el poder es por definición no tener a nadie por encima de ti. Y ojo con los instalados que traducen a su antojo y conveniencia las aspiraciones de los militantes y el pueblo llano. Ellos son el verdadero peligro para la democracia. Cuando se pierde la honestidad intelectual más o menos brillante, y cuando se producen abusos o escándalos se pone en peligro la democracia. Aquí ha podido estar en peligro, pero no tanto por el terrorismo o las huelgas y movilizaciones, sino por un rosario de sangrantes y continuadas corruptelas que ofenden hasta la más elemental de las inteligencias. Sin embargo, cuando correspondan elecciones o ellos decidan convocarlas, en nuestras manos está aplicarles el severo correctivo de la abstención masiva, verán cómo tiemblan. Por fortuna, el ruido de sables (ante el que serían los primeros en abandonar el barco cual ratas en un naufragio) parece haber quedado ya muy lejos, aunque el espanto los paralizaría de igual modo, “por si acaso”. No, si la situación no pinta muy fea, irse no se irán, pues con la excusa de que quien no vota es porque no quiere se justifican y echan balones fuera, aferrándose al poder con las garras tan afiladas como las del buitre que ha olfateado carroña. Y háganlo antes que desmantelen el estado, pues uno sospecha que ciertos políticos podrían estar ya embalando hasta los muebles de propiedad pública para llevárselos. 

Si se da un paso más en la clarificación de la inicial concomitancia entre los términos en estudio, habrá de señalarse que la relación entre uno y otro estriba en la utilización de la política para satisfacción de un “ego” claramente inflado de una presunción y narcisismo, con frecuencia fuera de lo racional. A pesar de lo expuesto, algún lector habrá que exija mayor concreción en cuanto a la erótica. Pregunto: ¿quién, siendo octogenario y fuera de las medias o altas esferas del poder político y/o económico puede gozar de hembras tan rollizas como las que algunos de ellos lucen?. ¿Acaso algún socialista habría soñado nunca requebrar a nietas del mismísimo General (o, según para quién, del mismo Generalísimo)?. Que nadie se engañe, los poderosos lo tienen mucho más fácil para fornicar y lujuriar con sutilezas e instrumentos varios. En el caso del político porque, aparte de poder salir de la hambruna o directamente “forrarse” con su "altruista" oficio, además legisla y marca el camino a los otros ricos de los que muy pocas veces no saca sucio provecho. También son los sujetos que suscitan adulación, reverencia y mito en babosos (y babosas) y mamones (y mamonas), tan proclives ellos (y ellas) a la adoración por fe (¡qué necios!) o por cinismo puro. Incluso estas escaramuzas, con el sexo de por medio y como actor principal, se utilizan para medrar y ascender puestos en el escalafón, lo que convierte a los vocablos “mamones” y “mamonas” en nada banales y sí cargados de significación tan connotativa como literal. Yo mismo en su momento estuve tentado de seguir la carrera política por estas indudables ventajas, pero me dí cuenta que exigía una excepcional fortaleza orgánica y visceral, de tal manera que por dejar cadáveres (reales, en ciertos casos) a lo largo del trayecto no habrías ni de inmutarte. Y para esto ni estaba ni estoy preparado. En fin, el poder es una especie de nirvana a la que unos llegan por esfuerzo y méritos propios, en tanto que otros lo hacen a través de una senda segura y sin riesgos personales, porque se juega con dinero ajeno y además se cuenta con la adulación fácil que la autoridad comporta. ¿Hay o no erótica en el poder?. ¡Hala!, y a seguir prosperando que si los de arriba se las benefician los de abajo no catamos. 


El Diantre Malaquías 


27 abril 2026

(₸X) Los que no necesitan Psicólogo



Campos de la Psicología

      Aunque el título puede resultar chocante o socarrón (si no extravagante), parte de cuanto quiero exponer queda certeramente manifiesto en él. En efecto, haré sucinta reseña de aquellos individuos a los que sobra cualquier tipo de consejo, y más -por supuesto- si éste es de tipo psicológico. Antes habré de concretar los campos y sujetos susceptibles de ser tratados por la Ciencia en cuestión.

Si se considera la Psicología como la Ciencia que estudia la psiqué (el alma o espíritu, en términos más comprensibles), o, con mayor precisión, como la Ciencia que entiende del comportamiento humano (el Psicólogo es sencillamente un experto en comportamiento humano, como quien es experto en mecánica y electricidad del automóvil), parece obvio deducir que el ámbito de aplicación de la técnica psicológica es muy amplio. Diríase que abarca toda la gama de actividades humanas, por cuanto en todas ellas vuelca la persona sus resortes psíquicos. No obstante, trataré de configurar y delimitar unas áreas de actuación, donde el concurso del especialista será de gran utilidad. Haré especial referencia al campo de la Educación, pero entendida ésta en un sentido mucho más extenso que el de Escuela. La educación no se circunscribe exclusivamente al marco de la escuela, sino también al núcleo familiar, a la organización del tiempo de ocio, al concepto de formación permanente (con independencia si se está o no en situación de ser escolarizado) y, en definitiva, a lo que debería ser un proceso continuado y constante de maduración y búsqueda del equilibrio personal.

Sujetos de la Psicología

El Psicólogo debe estar cualificado para intervenir (preventiva o terapéuticamente, como se sabe) en el mundo de la infancia, tanto para mostrar a los padres el camino a seguir, como para corregir desajustes que interfieran en el adecuado desarrollo de sus hijos. Asimismo en la Escuela Primaria, donde la finalidad última de su actuación sería promover y favorecer una adaptación (siempre crítica, pero sobre todo positiva) a la sociedad y sus normas, al margen de las cuales el equilibrio personal y hasta la supervivencia -en su estricta significación etológica- serían muy difíciles. Es harto conocida la estrecha relación que guarda la marginación con ciertas crudezas de nuestro tiempo, algunas letales y muy de moda en los servicios sociales de cualquier ente público.

La técnica psicológica puede hacer también importantes aportaciones al campo de la adolescencia. Aquí el objeto último sería la integración activa y consciente del joven al medio social, desde el próximo hasta el cósmico, y así prevenir los conflictos derivados de una confrontación violenta entre ambos. La cuestión es ahora en qué condiciones podrá producirse tal integración. En múltiples ocasiones se ha expuesto ya: Si la etapa anterior ha transcurrido en “bonanza”, los propios adolescentes se convencerán entonces de la necesidad del cultivo y la cualificación personal, como medio casi exclusivo de acceder con facilidad relativa al mundo del trabajo. Éste es -quiérase o no- el que acaba satisfaciendo las necesidades de adaptación (naturales o inculcadas, tanto da) a la sociedad actual. Nadie entra a valorar si tal dinámica es buena o mala, eso es discutible, pero no resultará fácil mantener la integridad psíquica al margen de la productividad, sobre todo si se quiere trabajar y no se puede. Si la etapa anterior resultó desquiciante, el técnico en su papel corrector deberá fomentar esa integración, si se quiere escéptica, aunque gratificante y práctica. 

Por último, puede y debe el especialista actuar sobre los problemas de los adultos, pues si en esta etapa de la vida aquéllos conducen a la marginalidad, entonces la reparación personal será poco menos que imposible.Y respecto a personas en apariencia “normales” sólo porque gozan de una posición social, o de una falsa e inmerecida reputación, o por ser “estudiados”, o por cualquier otra fútil sinrazón; pero rígidos y autoritarios, de actitud arrogante, prepotentes, etc.; también a ellos tiene mucho que enseñarles la ciencia psicológica. Tan endiosados están en su pedestal, que ni se plantean la posibilidad de ser ellos mismos factores generadores de “engendros” sociales, a los que -por supuesto- nada perdonan y tanto critican. Es la intolerancia su defensa contra aspectos desagradables de su propia imagen, que -faltaría más- difícilmente reconocerán y aceptarán. Por eso son como son.

El nivel de consciencia 

De la gama de personajes con responsabilidad sobre sus propias acciones, y en función de su nivel de consciencia, pueden establecerse diferentes categorías. Unos, diría que los más peligrosos, podrían ser los “sabelotodo”, a los que nadie tiene nada que enseñar. Sería el caso de aquél que en cierta ocasión, entre engreído y medio en chanza, me comentaba que nunca tendría necesidad de acudir al Psicólogo porque “yo ya tengo mucha psicología” (sic). Y lo cierto es que un hijo se le había ido de casa, más que nada por incompetencia paterna. Muy propio en alguien tan “puesto”. Anécdotas así abundan, y no precisamente más entre personas de bajo nivel cultural. Viven en equilibrio ficticio, y cuando se llega a sus fibras con verdades irrefutables, si pueden desvían el tema, o replican con exabruptos y gritos muy de acuerdo con su estado habitual. ¡Pobre e ineficaz sistema defensivo!. Si fuesen capaces de reconocer y asumir sus limitaciones... Pero, si no las tienen. Que se queden en su pedestal, ellos no necesitan Psicólogo.

Existen también los “miedosos de sí mismos”. Se parecen a los anteriores en que, por regla general, tampoco suelen acudir al Psicólogo, pero se diferencian en las razones por las que eso sucede. Aquéllos “tienen mucha psicología”, no necesitan más. Éstos se tienen miedo y no se atreven a recurrir al especialista. Ahora bien, en un momento dado (sobre todo si alguien de su confianza les anima), aceptarán ayuda y consejo. Son -por tanto- relativamente conscientes de su problema. Otra diferencia sintomática con los primeros es que, cuando se deciden, acuden a la consulta por su cuenta, aspecto éste muy importante y favorable a la relación terapéutica que se establezca y al pronóstico. Los otros son “traídos” y por tal - ocasionalmente- en estados tan calamitosos, que tratar de hacer luz en sus conciencias resulta tan difícil como trabajar el granito a cabezazos. Los “miedosos” deben saber que todo humano tiene deficiencias, y el admitirlas dignifica a la persona, además de ser un gran paso para la superación de las mismas.

Por último hablaremos de los “ponderados”. Son aquéllos que reconocen y aceptan sus limitaciones y/o “lacras”, que carecen de prejuicios para compartir limitadamente sus pequeñas o grandes intimidades y frustraciones. Educan a sus hijos como seres individuales, entienden la independencia a la que están llamados en el futuro más inmediato, y no los conciben como posesión ni como mano de obra barata. No proyectan sobre ellos sus propias incapacidades, si bien les imponen una correctiva y flexible disciplina sociabilizadora. En fin, son aquéllos que viven en paz consigo mismo y con los otros. Como resulta obvio tampoco necesitan Psicólogo, pero con harta frecuencia, y ante cualquier inquietud psíquica no controlada, son los que suelen acudir a la consulta. No hay paradoja: sobre lo que no saben, consultan.


El Diantre Malaquías, pseudónimo

20 abril 2026

(₸X) Psicología y decencia profesional




Pretende este artículo ser un alegato contra intrusos, advenedizos e ineptos en la profesión psicológica puesto que, con excesiva frecuencia y por una -hasta cierto punto- lógica tendencia a la generalización en la gente llana, ponen en entredicho el prestigio de todo el colectivo a tales menesteres dedicado. Ello supone, primordialmente, reivindicar para este campo de actuación laboral la fundamentación teórica, la sistematización y planificación rigurosa, la cualificación conceptual, formal y el carisma personal de quien la ejerce; en definitiva, el carácter científico y en absoluto asistemático, burdo o exotérico que unos aplican y a otros les atribuyen. Debe remarcarse lo del carisma personal y el método, por cuanto el psicólogo no dispone de pastillas que ataquen el mal. Si acaso, y no siempre, las hay que lo aplaquen.

¿Tan desacreditados están este tipo de profesionales que necesitan ser desagraviados y resarcidos?. Ciertamente. Basta pisar la calle y hablar con legos en la materia -unos- y otros que no deberían serlo tanto (maestros, médicos, etc.), para percibir la escasa reputación de la que gozamos. Y lo que es peor, cuanto dicen de nosotros lo hacen como si todos hubieran de cuadrar en sus estereotipos. Sin embargo, como en cualquier tópico, no les faltan razones porque son, al parecer, demasiadas y demasiado “negras” las excepciones al buen hacer. No, yo no soy perfecto -claro que no-, pero trato de reconocer mis imperfecciones para hacerlas perfectibles; tanto que nunca pondría impedimentos a debates o a establecer polémicas públicas o privadas sobre ciencia en general, y en concreto sobre ciencia psicológica. Por tanto, creo justificado mi interés para, con la mayor firmeza y todos los medios a mi alcance, poner coto a incompetentes, farsantes, “brujos” y titulados en Morbilandia; a lo que se ve, únicos responsables de tan rastrera credibilidad y aceptación. 

Para corroborar mis tesis sobre ineptitud, podría exponer múltiples comunicaciones y experiencias de las que soy depositario, aunque es tal el volumen de arbitrariedades y aberraciones, que pretender dar cuenta de todas sería labor tan ardua como hilvanar el horizonte. Y no es lo anterior hipérbole descabellada para lo que uno siente. Vayan unas cuantas como botón. 

Entro en la casuística. Es el primero de los casos referido al ámbito del psicoanálisis (o así), sobre el que -¡Dios!- cuántas majaderías se han vertido y aún se vierten. Y entre sus teóricos no escasean los de una extraña “escuela” surgida allende hemisferios y océanos. Del que ahora me ocupo da todo el tufillo. Trata de un artículo publicado en una pretendida revista de contenidos inversamente proporcionales al respetable índice de ojeadores (sería una ligereza y una inexactitud decir lectores), y en el que un presunto psicoanalista presenta una especie de visión analítica ¿...? del amor. Viene a decir que la actual concepción y práctica de este fenómeno es pura “fornicación” (sic). Pues bien, es tal la carga de prejuicio y tabú en la anterior sentencia, que uno se pregunta cómo una persona con esas “dotes” puede tratar y ajustar conflictos, vinculando el sexo a un sentimiento moralizante y culpabilizador. Les aseguro que un “técnico” así no tiene ni puñetera idea de lo que se lleva entre manos. Cayendo en su juego, se me ocurre pensar si ese señor no tendrá serios aprietos (o al revés) con su pito. 

Otra de morro. Tiene relación con una logopeda (titulación -por cierto- que en su momento no existía, de forma equivocada a mi entender) tan cínica, sibilina y tendenciosa que, con la mayor de las impudicias, rotuló un tiempo su gabinete como “Centro de Psicología”. Entiendo que cumple una labor (¡allá con su licencia fiscal!) y tiene derecho a ejercerla, pero como centro de logopedia y no de otro carácter, para lo que no está ni legalmente acreditada, ni técnicamente preparada. Siendo, como exclusivamente es, su función la educación mecánica de la pronunciación de sonidos y fonemas, acepta además casos con disfunciones más extensas, profundas, basales o funcionales, que precisan de conocimientos más cualificados y específicos que la logopedia no contiene. Desde luego, puedo confirmar con datos y sujetos los escasos (un eufemismo) resultados conseguidos. Como solución a tal erial -digo yo- suele proponer la alternativa “terapéutica” del cambio de colegio, por si acaso en el nuevo fueran más benevolentes con las calificaciones, que luego va y no lo son tanto como para tapar su inoperancia. Ya ven hasta dónde puede llegar el engaño. Por supuesto que la mayor responsabilidad es de los padres. Ellos son quienes deberían elegir mejor informados y con criterios más responsables, y no tanto por otros que huelen a simple autojustificación o a equivocadas vergüenzas; pero también la jeta de la pretendida psicóloga es granítica. Callos en el morro que se dice. 

El siguiente hace referencia expresa al mundo de la educación con el que, por maestro o por psicólogo, mantengo un estrecho contacto desde hace lustros y hasta décadas. El protagonista del relato cursaba a la sazón séptimo de E.G.B. con calificaciones ínfimas. Desde primero acude a un Centro Médico de ésos donde, si existen tantos especialistas (más los subespecialistas) como especialidades dicen tener, a buen seguro que el personal saldría por la ventana, así dispongan de un bloque entero. No es este sujeto, no lo fue nunca, de comportamientos antisociales, aunque sí un tanto agresivo, inquieto, agitado; en definitiva inmaduro en la faceta neuromotriz y quizá también en la afectiva. Ya cuando estudiaba tercero me enteré que le habían recetado vitaminas. ¡Lo que le faltaba!. Hoy sigue igual que el más remoto entonces en cuanto al rendimiento académico, eso sí, mucho más acelerado. Por lo visto, en lugar de intervenir con métodos y ejercicios, que los hay, optaron por hacerlo vía vitaminas. Un prodigio. 

Otras cuantas pruebas condensadas. La primera, una vergonzosa pericial psicológica que determinó (por fortuna, sólo temporalmente) la tutela de una hija por parte del padre, en cuanto la madre era lesbiana. Pues si llegan Vds. a enterarse cómo era el padre, corren a gorrazos a todos los implicados en tal decisión. Los hay que trabajan el estrés con aceite de almendras. Puedo aceptar esta técnica como accesoria, pero jamás como definitiva porque no llega, ni por asomo, al fondo cognitivo y conductual del problema. Sé también de supuestos psicólogos que con sus actitudes aceleran (diría que hasta empujan los últimos) ciertos intentos de suicidio. Es muy fuerte, cierto, pero podría contar una bonita historia que estuvo -no obstante- a un tris de ser tragedia; y no lo hago por respeto a la persona involucrada en el asunto, aún en fase de recuperación. Seguiría, lo aseguro. 

Ante tal panorama, no está de más que una institución legal y formalmente constituida, cual es el Colegio profesional de Psicólogos, aparte de proteger y favorecer la labor de sus afiliados, pueda controlarla ética y deontológicamente y ser, al mismo tiempo, depositaria (con competencias para resolver) de las denuncias que puedan (y deben) formular aquellos pacientes que se hayan sentido defraudados, burlados o vejados. Como testimonio de lo anterior, cabe señalar que en el Col.legi Oficial de Psicòlegs de Catalunya (C.O.P.C.) ya se ha tramitado algún que otro expediente disciplinario a profesionales desmandados. Por otra parte, ni para entes estatales o autonómicos, públicos o privados, oficiales u oficiosos; nadie que no esté colegiado puede ejercer legalmente ciertas actividades. O al menos debería ser así, creo yo. Pero tampoco a quienes desempeñamos lícitamente la tarea de Psicólogos (con mayúscula) nos sobrarían mayores dosis de autocrítica y rigor. ¿Qué grado de sistematización (lo contrario es la improvisación) contienen las terapias empleadas?. ¿Hay correlación entre las técnicas utilizadas y la evolución del problema?.¿Qué sistemas de evaluación y control se aplican al sujeto inmerso en el tratamiento?. En conclusión, ¿cuánto hay de método y cuánto de falacia en el ejercicio de la profesión?. 

Existen, sin embargo, otras preguntas que no son tan rimbombantes aunque sí, por populares, mucho más prácticas. ¿A quién elegir?. En mi opinión habrían de ser ante todo titulados. Ya sé que el título no asegura la aptitud, ni el carisma, ni -lo que es peor- el equilibrio personal (en todas partes cuecen habas, ¿verdad?); pero al menos garantiza un cúmulo de conocimientos pertinentes, y no extraños principios de charlatán o nigromante. Un titulado inexperto, si bien con buena base epistemológica y documental, está preparado para superar eficazmente el reto constante que supone esta digna (como cualquier otra) profesión. Yo mismo me sentiré colega (en la acepción denotativa del término) y ofreceré mi leal colaboración a quien del colectivo me la demande. No así con quienes han contribuido, muy particularmente piratas de aquí o allá, a esta negra fama. Otra cuestión. ¿Es la colegiación signo de competencia y eficacia?. Pues tampoco pero, por lo asequible que resulta y las ventajas que comporta, el que no está colegiado o es porque no se puede acreditar como titulado, o bien porque algo no está claro. 

En fin, si quieren hacer una buena elección, en caso de duda exijan los documentos oportunos (título universitario y colegiación) que legitimen la edecuada profesionalidad. Si cumplen los requisitos, algo más seguros (que no del todo) podrán sentirse. 

El Diantre Malaquías, pseudónimo

13 abril 2026

(₸X) El ideal de belleza


A lo largo de la Historia ni neoplatónicos, ni escolásticos, ni racionalistas y positivistas de los siglos XVIII y XIX, ni aun hoy día se ha podido dar una noción exacta y precisa del concepto belleza. Tiene una explicación. La belleza no es sino un cúmulo de sensaciones subjetivas (en potencia reductibles a un simple proceso fisiológico), condicionadas básicamente por valores de naturaleza cultural. 

Una visión fenomenológica 

En un alarde de eruditismo, podría exponer múltiples citas y sentencias sobre el fenómeno en cuestión pero, por redundantes o incontinentes (así sean incontinencias de pensadores famosos) las abreviaré en lo posible, ciñéndome a aquéllas más sustanciosas o que ilustren mejor mi personal concepción. Como sublime ejemplo de la subjetividad esencial de la belleza, empezaré con una febril y psicodélica descripción del mismísimo Platón (430 A.C.). Entre otras cosas dice: “Cuando la influencia de la belleza le entra en el alma por la vista, su cuerpo entra en calor, se rocían las alas de su alma, pierden la dureza que detenía sus gérmenes, se licúa y sus gérmenes, hinchados en las raíces de esas alas, se esfuerzan para salir por toda el alma” . ¡Jo, vaya esparrame!. Así seguro que ni siquiera dos podrían sentir algo parecido. Esto sí que es subjetividad condensada. Plotino (270-205 A.C.), un neoplatónico, es mucho más comprensible y -a mi modo de ver- certero en su intento de aproximación a la idea. La define como “inmaterial por ser inteligible y no sensible, sin que pueda depender de proporción y medida”. En lo que a mí respecta puedo coincidir con parte del enunciado (visión mentalista, independiente de proporciones y medidas), pero no con el carácter “inmaterial y no sensible”, pues por inteligible es mental y, por tal, ya fisiológica. Y más aún si se considera sensual por excelencia, osea, bioquímica pura. 

Ya en nuestra era aparecen una serie de pensadores cristianos (San Agustín, Santo Tomás de Aquino, Boecio y otros), cuya característica común es el enfoque místico de sus análisis. Vienen a decir algo así como que la belleza es un destello, sólo un reflejo de la absoluta que es la divina. Para este colectivo se llega a lo bello por contemplación sensible o inteligente. Distinguen entre belleza sensible (objetos físicos) y belleza espiritual, moral e intelectual. Estas últimas constituyen la virtud a partir de la cual se reconoce un orden suprasensible, naturalmente Dios. Como se ve, peca la teoría de un grave inconveniente, cual es el prejuicio religioso en un estudio presuntamente riguroso. Remitiéndolo todo a Dios abarcan el absoluto. Allá donde no llegan las inducciones y deducciones siempre estará Dios. 

En el siglo XVIII (aparte de algún anclado en la vetusta escolástica) coexistieron dos corrientes que, antes de ser contrarias, fueron más bien complementarias. Son el positivismo y el racionalismo representados por ilustres filósofos como Kant, Hegel, Hume y otros. Kant señala que se da en la belleza una relación entre la obra y el “yo” (¿antecedente del “yo” freudiano?), a través del sentimiento. De acuerdo. Pero no puedo estarlo cuando eleva este sentimiento (¿por qué no otros?) a la categoría de conocimiento. Tampoco cuando afirma que la belleza reside en la perfección de los objetos, con independencia de toda apreciación subjetiva. Habla de la perfección como algo objetivo, cuando no me cabe ninguna duda que es todo lo contrario. El positivista D. Hume (por el que -ocioso ha de ser decirlo- siento una especial predilección) opina de la belleza que “no es cualidad de las cosas, sino que está en el espíritu que las contempla”. En el pasado siglo XX, Freud se refiere a la belleza como producto de una pulsión, tanto en el que la contempla (el deleite o desagrado), como en el artista (el numen, la inspiración), a la que se llega por un mecanismo de sublimación que más adelante detallaremos. 

La obligada concreción del término 

A fuer de convencionales, una referencia ineludible ha de ser el diccionario de la R.A.E.L. Allí se escribe: La belleza es “armonía y perfección de las personas o cosas que nos inducen a amarlas, produciéndose un deleite espiritual. Propiedad que existe en la naturaleza y obras literarias” . De nuevo me inundan las dudas. Armonía. ¿Todos la entienden igual?. ¿Y la armonía de lo desarmónico?. ¿Será lo de la armonía un invento o un sencillo reflejo condicionado?. Perfección. Ah, ¿pero hay algo perfecto?. ¿O imperfecto?, qué más da. Y que no imponga esta sociedad modelos de perfección, cuando es en esencia imperfecta. Tal vez sea más bella una piel sobre cualquier urbana leoparda que sobre un piojoso león. O no, que las modas cambian y la leoparda urbana puede pasar a ser políticamente incorrecta, por tanto “desposeída” de toda su belleza. Bueno, son cosas diferentes, apuntan los más comprensivos y tolerantes. Claro, la mujer de leona y la hormiga de lagarterana. Pero con frecuencia se ignora que actitudes como las antedichas llevadas a la irracionalidad pueden poner en peligro hasta el equilibrio del planeta, entiendo que éste sí muy próximo a la belleza absoluta. Luego, descártense los reclamos consumistas como criterios rigurosos de belleza, incluso en no pocos casos de lo que “se suponen obras de arte”. 

Con tantos ingredientes cabe preguntarse si la belleza es un don divino o un invento humano, una expresión de divinidad o una mitificación nuestra. ¿Hay alguna cualidad que dote de belleza?. ¿Existen condiciones objetivas para que todo el mundo y en todo el mundo algo se considere bello?. Bello es todo aquello que uno quiera y “sienta” hacerlo. “Cada cual debe limitarse a gozar de lo que le guste sin empeñarse en someter a su gusto el de los demás” (D. Hume). Si acaso hay algún tipo de belleza, ésta es la ideal, por platonismo o por convención. Pero sospecho que sólo es un sustantivo común, cuya función es denominar de una sola forma una infinitud de nociones. No es atributo de las cosas, sino atributo que nuestra mente asigna a las cosas, coincida o no con los cánones. Es un invento muy singular, pues cada uno tiene o debe tener su propia noción y sensación de belleza. 

En ocasiones se oye que para apreciar lo bello son fundamentales el sentido de la vista y el oído. Sucede sin duda porque en las personas sin minusvalía son los sentidos más utilizados. Sin embargo, puesto que la belleza es una imagen mental creada a través de sensaciones, también éstas pudieran ser táctiles, olfativas, cenestésicas, etc.. Pongo por caso el del ciego de nacimiento que, por compensación de sus sentidos, retrata a su amada con inusitada creatividad y “belleza”. He aquí un buen cimiento para un diseño experimental: cotejar y sacar conclusiones sobre dibujos de invidentes y de videntes. 

Un vano intento de objetivación del fenómeno 

En todo acto de belleza (o como se quiera denominar) hay un sujeto y un objeto. El sujeto puede ser activo (creativo) o pasivo (contemplativo). El objeto es, para el sujeto activo, un “producto” cargado de significantes (caos, orden, color, proporción, forma, etc.) que encierran una definición exacta del mismo “producto” y del sujeto activo (y no el uno sin el otro). Para Paul Ricoeur “el placer auténtico constituye la intuición más audaz de toda la estética psicoanalítica”. Yo diría más: con los sueños, es la mejor expresión psicoanalítica. Por otra parte, para el sujeto contemplativo la obra o producto deviene arte porque lo carga de significaciones; las cuales a menudo en nada coinciden con los significantes primigenios. Tanto en el producto, como en la “obra de arte” (cuando así se la considera) entra en juego la teoría de las sublimaciones que algunos de modo simplista denostan. Existe una pulsión generada por una corriente subliminal inducida (adquirida, provocada) que condiciona al sujeto activo a crear ciertos “productos” y al sujeto contemplativo para interpretarlo de una determinada forma, convirtiéndola en su caso en “obra de arte”. Debe entenderse por “pulsión” todo aquello que nos mueve a actuar en una dirección, y por “corriente subliminal inducida” la impregnación sociocultural a la que está sometido cualquier miembro de una sociedad. 

A un nivel todavía más -si cabe- fisiológico, toda forma de evaluar es un condicionamiento adquirido por educación, por imposición visual (la moda -por ejemplo- acaba triunfando, así sea de dudoso gusto), por imitación o rotura con la naturaleza, etc. Tal condicionamiento activa una infraestructura neurológica, la cual desata una respuesta fisiológica (procesos bioquímicos y bioeléctricos), que son quienes producen una sensación de placer o displacer ante una observación significativa. El escalofrío ante una obra (socioculturalmente inducido), no radica -claro- en la obra, sino condicionado en nuestras estructuras mentales. Un lagarto y un picasso, por igual, son fuentes potenciales de sensibilidad, pero unas condiciones educativas, geográficas, climáticas, socioculturales, adquiridas, al fin; harán que se valore así o asá, según el toque definitivo de personales sublimaciones. Se nos condiciona a lo largo de nuestra vida para, en el estricto sentido fisiológico, sentir o no deleite. Es pues lo adquirido (susceptible de modificar mínimamente nuestras dotes biológicas, tanto desde el punto de vista ontogenético como filogenético) quien desata las diferentes respuestas fisiológicas. 

Fin 
El mundo según el Diantre Malaquías