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13 julio 2024

(₸X) La ratoncita acomplejada

(Dedicado con todo mi ser a Vera, mi compañera del alma)

-I-

Ya era el cuarto verano consecutivo que la cosecha en general, y en particular la de cereales, se presentaba con tanta opulencia que recordaba al bíblico episodio del maná. A decir de los labriegos del lugar, las primaveras se sucedían como Dios manda, descargando puntualmente sus finas lluvias sobre los enmoquetados campos verdes, cuando tan tímidos como frágiles asoman en incipiente caña los brotes de trigos y cebadas, y ello sin necesidad de rogativas ni romerías. Si acaso sacarían a pasear en festiva procesión a vírgenes y santos, para que en tiempos de pertinaz y cíclica sequía no cayeran en el olvido sus agropecuarias cuitas. Los veranos acudían a su cita anual con un intenso calor, a menudo sofocante, pero seco y sano, tal como los lugareños deseaban para esta época del año. Al fin y a la postre, las labores de trilla, aventado y cribado resultan más eficaces con esta climatología, la cual ayuda a que la espiga desgrane con mayor celeridad y limpieza. La abundancia y las generosas recolectas estaban también favoreciendo un significativo crecimiento demográfico en la fauna propia de la zona, no sólo con el incremento de los miembros de la misma especie, sino de las especies mismas. Incluso algunas ya olvidadas en la noche de los tiempos que en su momento hubieron de emigrar en busca de nichos menos hostiles, ahora -felizmente recuperadas- regresaban a su antiguo hábitat. Tal era el caso de aves como el martín pescador (Alcedo Atthis), mamíferos como jabalíes, zorros y ciervos, quienes -bravucones y desafiantes del desarrollo humano- se atrevían a cruzar transitadas carreteras. Y hasta reptiles prehistóricos en forma de gigantescas serpientes que nunca nadie vio, pero que el interesado mito popular utilizaba como tótem y tabú de esos pagos donde el mocerío del pueblo no quería ser perturbado, justo porque allí acudían para sofocar pasiones con tientos y meneos bajo enaguas y calzones. Por supuesto, las paneras de las casas rebosaban de abultados y sustanciosos granos de un dorado trigo, bien tan codiciado por los ratones de campo como las pepitas de oro lo son para los buscadores de este precioso metal, por lo que el número de estos animales se vio de igual modo acrecentado. Y no era de extrañar, contemplando la algarabía que cualquier atardecer de agosto se organizaba en árboles y tapiales, en las veredas y en sus lindes, sobre postes, cables y tejados, por doquier y tanto que no pasaría inadvertido ni al observador más torpe, insensible e incapaz de emocionarse. 

Por los caminos donde transitaban tractores y carruajes diversos, los saltarines gorriones se atiborraban de semillas frescas que el traqueteo de los vehículos hacía caer, llenando después el buche para sustento de sus retoños que alborozados piaban en el hueco de cualquier pared, mientras el más osado simulaba un iniciático vuelo en busca del primer y mejor bocado. Algunos, en su proceso de adaptación a los nuevos tiempos y según dictan las leyes de selección natural, yacían destripados en medio de la calzada, al haberse visto sorprendidos por la rapidez e inesperada presencia de ingenios móviles hasta entonces nunca vistos. Era el precio a pagar. Con gorjeos que más parecían chirridos, en vuelos rasantes y a velocidades endiabladas, las golondrinas se dirigían a sus nidos construidos de barro y paja bajo los aleros de los tejados donde los polluelos, asomando sus frágiles cabecitas y con los picos abiertos hasta casi desencajarse, reclamaban también gruñendo su parte del ágape vespertino. Sobre la diáfana atmósfera de azul índigo, a media altura, los vencejos trazaban curvas y hasta ángulos imposibles, en busca de cualquier insecto despistado que llevarse al estómago, uniéndose así al festín general. De vez en cuando, por el tenue sonido y el movimiento de las hojas de alguna planta rastrera, se advertía la presencia de roedores que, tal vez sorprendidos por cualquiera a quien pudieran considerar su predador, gráciles y raudos cual proyectiles corrían a guarecerse en su refugio. En fin, todo en el ambiente plasmaba la intensa y lujosa vida, porque desde hacía ya algunos años sobraba comida para todos.

-II-

Empujados por la necesidad y a la búsqueda de tierras más fértiles y productivas como garantía de supervivencia, los miembros de la familia Mausi se vieron involucrados en uno de esos inevitables movimientos migratorios. Pertenecía el clan a una especie de ratones de campo en grave peligro de extinción, dadas las duras condiciones de su lugar de procedencia y la notable pobreza de los inquilinos con quienes cohabitaban. Tres generaciones hacía ya que la familia mudó de destino, habiendo dejando atrás en su momento campos yermos y fríos páramos baldíos, donde lo único que podía sembrarse era el recio centeno, el cual sin embargo crecía ralo y de enjuta espiga, con tan exiguo y diminuto grano que, en la más abundante de las cosechas, apenas podría alcanzar para dos hogazas de pan negro. Magra recolecta sin duda, cuando por la casa sí abundaban las bocas a llenar. 

El éxodo no resultó nada fácil, teniendo que atravesar bosques de encinas plagados de rapaces dispuestas a echar la zarpa sobre la primera presa que se les pusiera a tiro, y para las rapaces -ya se sabe- los roedores son apetitosos manjares. En su humildad e indigencia apenas llevaron consigo pertrechos, pero los que cargaron constituyeron una dificultad añadida en su lucha por la subsistencia. Cruzaron vías de ferrocarril y concurridas carreteras, con peligro de morir aplastados cualquiera de los miembros del clan en cualquier momento. Caminaron por terrenos áridos y despoblados de vegetación, al albur y bajo constante amenaza de ser oteados por cualquiera de sus predadores naturales. Recorrieron florestas, caminos agrícolas y sendas que el pie humano había esbozado a base de pasar una y otra vez por el mismo lugar. Después de una larga y penosa marcha, y no habiendo perdido -por fortuna- a nadie en el trayecto, arribaron a unas feraces bajuras (conocidas en la zona por borgañas) empapadas de agua y premonitorias de una tierra que se presagiaba ubérrima. Tras franquear como pudieron extensos humedales atestados de juncos y espadañas, llegaron -por fin- a un diminuto pero acogedor pueblo de casas desperdigadas en la ribera de un río que lo dividía en dos barrios, unidos ambos por un recio puente republicano. 

Tres intentos fueron necesarios para que la familia se estableciese definitivamente, pues aunque en todas las casas reinaba la abundancia en cereales, jamones, chorizos y hogazas; la seguridad que el clan necesitaba para vivir con la tranquilidad por todos deseada no la vieron garantizada en las dos primeras. Hasta que en la tercera tentativa tomaron una espaciosa quintana rodeada de fértiles campos y de una frondosa huerta, lo más parecido al paradisiaco edén. Se aposentaron bajo el tablado de una vieja cocina al que accedían por un agujero que la humedad del cercano fregadero, al pudrir la madera, había ocasionado. El habitáculo parecía seguro y tendrían acceso fácil a las viandas que la cocinera, al menor despiste, pudiera dejar a su alcance. Además compartirían con los humanos inquilinos el mismo centro de sus reuniones y de la vida social y familiar de los pueblos de la zona, el cual no era otro que esa cálida estancia tan concurrida, sobre todo las largas y frías noches de invierno. Pronto se apercibirían también que los dueños de la casa, al retirarse a dormir, solían dejar la puerta del recinto abierta, por tanto podrían moverse con amplia libertad (que no absoluta) en todo el ámbito de la vivienda donde, como en el resto de las que habían tanteado, no faltaba ninguno de los alimentos propios del lugar. Abultados, sustanciosos y abundantes granos del mejor trigo de San Rafael, así como los más sabrosos y típicos productos de la matanza de cerdos, terneras y vacas esperaban ser catados por esta familia de modestos roedores, recién instalada en su nueva mansión. 

Durante algún tiempo fueron muy felices en su nuevo hogar. Allí nació y se crió en la abundancia una nueva camada compuesta por dos ratoncitos machos y una ratoncita que, a pesar de ser la única hembra, se reveló como la más espabilada. Sus hermanos, que la idolatraban y a los que ella adoraba, la tomaron desde el primer momento como guía y la escoltaban en cada una de sus exploraciones nocturnas, e incluso en las diurnas, obviamente mucho más arriesgadas, pero con las que también se atrevía la osada y valiente ratoncita. Nada hacía presagiar que fuese a suceder lo que más tarde acontecería. Pero, como enuncia el viejo aforismo, “la alegría en casa del pobre dura poco”. No tardaron en notar los dueños de la quintana que en algún lugar de la casa anidaban ratones y que compartían morada con esos -para ellos- indeseables ocupantes. Acordaron entonces colocar en lugares estratégicos del edificio ratoneras con las que darles caza y así, como ellos mismos decían, “descastarlos”, o sea, acabar con ellos. No les fue fácil, ni lo consiguieron del todo, pero esa lucha marcó la vida de la pequeña y delicada Mausi hija. 

-III- 

Acababa el verano y la familia de roedores accedía con facilidad al granero recién colmado y a los otros alimentos, de modo que no les urgía salir de la madriguera para abastecer su particular despensa, y menos considerando que durante varios días se produjo en los diferentes recintos de la vivienda un intenso trasiego de idas y venidas. No obstante, el sustento empezaba a escasear y deberían llevar a cabo una nueva batida para reponerlo hasta cotas que descartasen las penurias o el apremio. 

Aquella noche no era muy tarde y sin embargo reinaba una extraña e inquietante calma en la casa. Con gran desconfianza y sigilo, el padre de familia y sus tres hijos salieron en busca de reservas. Pronto descubrieron un raro artilugio que les atrajo por el intenso olor que desprendía a queso curado. Ni se les ocurrió tocarlo, porque enseguida advirtieron que podía tratarse de una trampa, pues desde luego parecía muy raro tener tan a mano queso curado, para lo caro y apreciado que era en la zona. A punto estaban de variar el rumbo de sus rastreos, cuando de repente se encendieron las luces del recinto y apareció algún enloquecido residente que, transido de ira y armado con un escobón de esparto, empezó a repartir estopa (pocas veces mejor dicho) a diestro y siniestro, alcanzando de un certero golpe al padre que fulminado cayó tieso sobre el tablado de la cocina, y dejando malherido a uno de los hermanos quien, junto con su ilesa hermana, corrió tan raudo como pudo a buscar el resquicio a través del cual refugiarse en la guarida. Mientras tanto el otro hermano, en un brusco movimiento debido al mayúsculo sobresalto sufrido, había activado sin quererlo el mecanismo del insólito dispositivo (que no era sino una ratonera) quedando trágicamente atrapado entre sus muelles y resortes. Por supuesto, la iracunda persona que los atacó descubrió la abertura por la que los ratones se colaban en su nido, taponándola con el tiempo a cal y canto, y después sellándola con cemento armado. Pero esto no supondría mayor inconveniente, por cuanto en el deteriorado tablado no resultaría muy difícil obrar con rapidez un nuevo orificio de acceso. Incluso la madre se cercioró pronto que entre la pared exterior del edificio y el entablado de la cocina se abría una longitudinal ranura por la que podrían entrar y salir miríadas de ratoncitos. No, eso no les causaría problema alguno. Sí lo sería sin duda recuperar el hundido ánimo del clan tras el severo golpe recibido, con la familia drásticamente diezmada y reducida a una madre y sus dos hijos, el único varón tullido, impedido en su locomoción e incapaz ya de sobrevivir por cuenta propia que, aunque sobrevivió -sí- y todavía viviría bastante tiempo, acabaría también por morir antes de lo que por naturaleza le hubiera correspondido. 

En la recuperación anímica de la familia superviviente -quién lo diría- adquirió con el tiempo un preponderante papel este ratoncito maltratado por la vida quien, junto con su progenitora, hubo de realizar ingentes esfuerzos por sacar del pozo de la desolación a su venerada hermana. Tras el duro castigo del destino, cayó ésta en una profunda tristeza por la que dejó de comer, callaron sus risas y la alegría desapareció del hogar. Pasaba todo el día y a cada instante acompañando a su doliente hermano, al que exigía alimentarse cuando ella no lo hacía. De no haber sido por el empuje y coraje de la ratoncita madre, probablemente los hermanos se hubieran dejado morir de pena e inanición. Poco a poco, con el paso del tiempo y los hermosos requiebros con los que el hermanito inválido animaba a su hermana, Mausi hija trató de irse reponiendo y empezó a ayudar a su madre en las tareas de la casa, si bien todavía no salía de debajo del tablado (le producía verdadero terror), ni su superprotectora madre se lo permitía. Pero la inquieta mente de la ratoncita continuaba colmada de ideas que la perturbaban profundamente. No acababa de asumir la pérdida de su padre y su hermano. ¿Tan apestados resultaban ser estas criaturas de Dios, que todos lo humanos querían -o así lo parecía- exterminarlos?. ¿Por qué tanto odio y tanto rechazo?. ¿Tan feos, horrendos y apestosos serían los de su especie?. ¡Si nada más querían formar parte de ese mundo en el que todo ser vivo sólo aspira a vivir en paz!. Mausi hija no lo entendía y a ninguna de estas preguntas encontraba respuesta, pero tenía la obligación moral de seguir adelante y ayudar al adorado y lisiado hermano, cuya sola presencia, su amor y sus comentarios de reverencia y fervor sublime por ella la dotaban de inusitadas fuerzas sacadas de la flaqueza. De modo que acabó por sobreponerse a la incuria, convenciendo a su madre para acompañarla en la búsqueda del sustento que necesitaban, en particular su incapacitado hermano. No pensaba abandonar y dejarlo en la estacada. 

-IV- 


Había pasado ya bastante tiempo desde las irreparables pérdidas de sus seres queridos y la normalidad parecía haber vuelto al seno de la familia de roedores. Mausi hija fue ganando paulatinamente confianza en sí misma y hasta daba la impresión de haberse reconciliado con el género humano. Pero no sería por mucho tiempo. 

Una noche de frío invierno oyó Mausi que en la cocina los humanos inquilinos se encontraban reunidos en familia y mantenían una conversación que le interesó profundamente, tanto que se sintió tentada de mostrar sus bigotitos y participar de alguna manera en tan envidiable velada. Se armó de valor y enfiló hacia el agujero de nuevo practicado en una parte del dañado tablado. Sus delicadas piernecitas y hasta su cuerpo entero temblaban como las hojas secas de la fronda en pleno vendaval. Pensó y repensó varias veces si osar llevar a cabo tal proeza, hasta que finalmente lo hizo. Asomó su cabeza y después sacó todo su cuerpo accediendo al recinto de la cocina donde platicaban los que pretendía como amigos. 

Craso e inmenso error el suyo. Todos, o casi todos de los allí presentes gritaron despavoridos y se subieron en mesas y sillas, como si el mismísimo diablo se les hubiera aparecido, o peor incluso, como si el ser más abyecto y repulsivo (al lado del cual el basilisco pasaría por princesa) hubiera irrumpido en la estancia. Mausi hija huyó despavorida a su cubil y con un desgarrador dolor empezó a llorar sin consuelo, entre sobresaltados sollozos que partían en mil pedazos el alma y el corazón de su madre y de su hermano. ¿Y ahora qué había hecho?. Después se hundió en una profunda postración de la que su familia no veía cómo hacerla salir. Empezó a desarrollar todos los complejos susceptibles de asaltar a cualquier ser vivo que se perciba abominado. Se sintió fea, abyecta y repugnante, gorda y despreciable; así que otra vez dejó de comer. No es que le importase mucho que la pudieran ver de esa manera, sino que ya no le importaba nada, ni siquiera que la pudiesen ver. Se negó a seguir viviendo. Su hermano le dedicaba horas muertas y cálidos abrazos, pero no encontraba modo de darle consuelo. Le decía que tenía el hocico más bonito y sensual del reino animal, que poseía los bigotes más largos y lustrosos que ratoncita alguna nunca pudo lucir, que era la más hermosa del universo conocido, que con absoluta certeza no todos los que aquel día estaban en la cocina la miraron con ojos de terror y repugnancia, que no podía ser que a una criatura tan suave, bella y delicada como ella todo el mundo pudiera repudiarla e intentara exterminarla. Que no, que ella no podía ser merecedora de tanto desdén, al menos para alguien dotado de una elemental sensibilidad y amor por la naturaleza. Y, en efecto, su hermano tenía razón, pues no todas las personas presentes aquella noche reaccionaron de forma tan histérica y desproporcionada, antes al contrario hubo alguien que quedó profundamente decepcionada por tan incomprensible comportamiento ante criaturas tan bonitas, confiables e indefensas. 

Durante mucho tiempo todas las atenciones de su madre y de su hermano fueron inútiles. Para colmo de males, pocas semanas después el hermano falleció de forma repentina y sin saberse muy bien las causas que desencadenaron el deceso. Tal vez al hermano le abandonaran las maltrechas y reducidas fuerzas que durante un tiempo pareció conservar, o quizá ya no pudo disimular más su pena y, preso de un infinito dolor, decidió abandonar el mundo de los vivos. Quedó por tanto sola con su madre y sumida en una pena aún mayor y tan grande como la muerte misma. Así que quiso morir también ella, encamando y negándose a comer hasta que la negra señora de la guadaña viniera a buscarla. Los esfuerzos de la progenitora devinieron baldíos, hasta que una madrugada, en un desesperado intento y haciendo uso de toda su capacidad persuasiva (casi hasta el chantaje emocional), le recordó la promesa hecha al hermano en su lecho de muerte, al cual había jurado no abandonar a la infatigable madre de ambos mientras viviese. Sí, Mausi recordó el juramento e intentó una vez más rehacer su vida. Todavía permaneció varios días más en cama, pues su debilidad llegó a extrema y a un tris estuvo de perecer. Con infinita paciencia su madre le introducía grano a grano en la boca, para que a regañadientes fuera masticando y asimilando nutrientes hasta recuperar una mínima fuerza vital. 

Aún invadida por la tristeza y una desesperanza cual fidedigna expresión de la más oscura de las tinieblas, fue en lo físico reponiéndose, pero psicológicamente no se intuía todavía una salida. La madre le procuraba los alimentos, asumiendo graves riesgos para su vida, si bien el peligro de la ratonera ya no le preocupaba porque había visto funcionar el artilugio y a ella ya no la engañarían con semejantes trampas. Los complejos de Mausi hija continuaban causándole problemas con la alimentación, así que comía por puro compromiso con su madre y su fallecido hermano, pero se había jurado a sí misma que por gorda (si es que ésa fuera la razón de tanto desprecio hacia su especie) ya nadie y nunca más la rechazarían. En estas dolorosas condiciones se sucedieron tres interminables meses, que quien suscribe no desearía ni al peor de sus enemigos.

-V- 


La primavera estaba próxima y esto infundió un cierto ánimo en la ratoncita acomplejada. Pobre, ella. Pronto sucedería algo que le recordaría de modo muy especial a su hermano, quien con gran intuición y hasta dotes proféticas había muy certeramente atinado sobre la condición humana de alguno de los que aquella infausta noche se encontraban en la cocina, y que sería clave en la marcha de los acontecimientos que se avecinaban. 

El día había transcurrido con una temperatura muy agradable y el atardecer se presentaba sereno y con gran sosiego en todo el ámbito de la quintana. Poco a poco fue cayendo la noche y apenas se notaba movimiento en los diferentes aposentos de la vivienda. En la cocina reinaba una gran calma, si bien de vez en cuando se percibían delicados pasos que señalaban la presencia de alguien, pero por el escaso revuelo resultaba casi imperceptible, por tanto no podían ser muchos los que por allí anduviesen. Finalmente la noche cayó en cerrada y la paz prácticamente total invadió el lugar. Mausi hija, ya bastante recuperada de sus problemas alimenticios, aunque ni mucho menos de los psicológicos en forma de múltiples complejos que todavía la asaltaban, se encontraba relativamente animada, así que dispuso asomar sus mostachos por el agujero del tablado. Notaba la presencia de alguien, pero quien allí estuviese no le infundía temor alguno. Sus sensibles bigotitos y su escudriñadora mirada divisaron a una mujer de cierta edad que comía sola en la cocina. Pronto se dio cuenta que la dueña (pues ella era quien debía estar cenando) también había advertido la inesperada presencia de Mausi hija. Con mucha serenidad la señora se dirigió a la ratoncita y empezó a hablarle con tan dulces palabras y tanta delicadeza, que ésta confiada decidió salir del agujero ya de cuerpo entero. No, no podía ser ésta la miserable y cruel persona que había destrozado y roto con extrema violencia a su familia. Sin movimientos bruscos el ama arrojó en las inmediaciones del agujero trozos de queso curado de su particular ágape, para que la ratoncita los fuera comiendo, como así ocurrió. Se levantó con ademanes suaves para no asustar al pobre animalito y, aunque éste enseguida percibió las maniobras como amigables, aun así se resguardó discretamente en la boca de su escondrijo y esperó con medio cuerpo fuera a ver pasar los acontecimientos. Después la dueña se dirigió a la panera y cogió un puñado de grano, volvió a la cocina y lo fue arrojando y esparciendo grano a grano por el tablado para que la ratoncita los tomase y fuese ganando confianza. Uno a uno Mausi los fue recogiendo y algunos hasta masticándolos y deglutiéndolos en presencia de aquella mujer tan considerada y afable. 

Resultó una larga y feliz reunión en tan agradable compañía que a la ratoncita se le hizo un efímero instante. Por fin, alguien la entendía y al parecer la quería, o al menos no la repudiaba. Henchida de gozo y alborozada regresó a su guarida, contándole a su madre la inolvidable experiencia vivida aquella noche. Consciente de los problemas de su hija, la madre optó en aquel momento por no hacerle comentario alguno sobre amenazas y peligros en sus relaciones con los humanos, pues no quería llevar de nuevo el miedo y la desconfianza al alma de tan frágil criatura. 

A partir de aquella fecha, noche sí y la siguiente también, la ratoncita y más tarde su propia madre empezarían a salir con asiduidad a la superficie de la cocina a compartir veladas con aquella entrañable señora por la que tan comprendidas se habían sentido. Con el tiempo se convirtieron en sus animales de compañía, siguiéndola a todas partes, incluso al huerto de la casa. Pero ese lugar estaba plagado de peligros, porque solía ser transitado por fieros gatos, dispuestos a devorar a sus presas favoritas. El peor de todos era la bestia parda de la vecina, sanguinario y corpulento cazador que, aún llevándose muy bien con la dueña de la casa (cada atardecer y, sobre todo, tras regresar de esporádicos y breves periodos en los que ésta acostumbraba a ausentarse, la saludaba maullando quejumbroso desde la tapia del huerto), suponía un aterrador peligro para los roedores del territorio. 

En una ocasión Mausi y su madre seguían a la dueña por el huerto cuando, en un descuido de ésta, el implacable felino preso de inusitada furia se abalanzó sobre la ratoncita madre. De nuevo la tragedia rondó al infortunado clan y si no sucedió nada fue por los ágiles reflejos y la rápida intervención del ama, quien armada con una amenazadora estaca conminó con tanta determinación, amargura y persuasión al agresivo felino que éste liberó a su presa sin daño y sumiso se acurrucó ante la mujer con las orejas gachas, cual acto de contrición por su error y como propósito de enmienda para no volverlo a cometer nunca jamás. A partir de entonces, la familia Mausi no sólo encontró una incondicional defensora en la dueña de la quintana, sino que ganaron como implacable guardián al temible gato, el cual no dejaba acercarse a menos de cien metros a ningún congénere de la contorna y, desde luego, erradicaba a cualquier otro roedor que osara invadir el territorio que él había delimitado para sí y para esa familia de sus protegidos ratoncitos. 

Pronto los competidores entendieron que en todo el ámbito de aquella quintana sólo Florentina (que así se llamaba la dueña de la finca), él y sus huéspedes predilectos podrían moverse con libertad y a sus anchas. Incluso la ratoncita acomplejada trabó una maravillosa amistad con el felino, se convirtió en su juguete preferido con el que jugaba a dejarse cazar y a ser devorada sin que le procurase daño alguno, de modo que Mausi hija reía a mandíbula batiente como hacía mucho tiempo nadie recordaba. Ojala su padre y sus hermanos (sobre todo su amadísimo hermano) pudieran estar contemplando la escena desde algún lugar semejante al paraíso. 

Poco después la ratoncita madre falleció para dolor de todos, dueña y gato incluidos. Pero la pena duró poco porque pronto Mausi, con la aquiescencia y permiso de la bestia parda, ennovió con otro roedor al que el felino dio su consentimiento (no sin antes pasar -obvio es- por una tensa etapa de gatunos celos finalmente superados), fundando su propia familia bajo la protección inquebrantable del imponente minino. Para orgullo de Florentina (y milagro de la naturaleza que, aunque en ocasiones es cruel, en otras los obra de tal tamaño), los propios descendientes de Mausi se convirtieron igualmente en sus pupilos y juguetes favoritos, respecto a los cuales nunca permitió que nada ni nadie perturbase en su paz, en la paz de toda aquella familia que tanto había padecido. ¿Quién diría que un fiero gato, unos humanos y una familia de roedores pudieran acabar conviviendo tan bien avenidos?. Cuando con el tiempo Mausi también murió, ya había dejado una nueva generación de ratoncitos, ahora sí de forma definitiva y segura, establecidos en una quintana que todavía hoy es su hogar. 

FIN
El Diantre Malaquías

02 enero 2024

(₸X) Elegía. La historia de Raisa y su hijo Fiódor


(Este relato es en homenaje a César Pérez López, por extensión a su hermano Mario 

y a sus padres Encarni y Juan, nuestros amigos. Elche) 

-I- 

Soy el Mariscal Nanov y quiero contaros una hermosa historia. Mi nombre completo es Dimitri Nikolai Nanov y ostento el rango de Mariscal en Jefe del IV Ejército de Infantería de la Gran Rusia, con acuartelamiento en un edificio asentado a caballo entre la ribera del río Ural y las faldas de la cordillera del mismo nombre, a las afueras de la ciudad de Zizhnii Taguil. En las Repúblicas del Sur (Chechenia, las dos Osetia y otras) la campaña de guerra pintaba mal para nuestras tropas y los soldados caían en continuas emboscadas que no podían ser evitadas, pues la guerrilla enemiga tenía rodeado en bolsa todo el territorio de combate. Debíamos romper ese cerco y cortar la sangría de bajas propias. Fue por ello que el Alto Mando me encomendó entrenar a mis hombres para que, incluso en las condiciones hipotéticamente más adversas, se alcanzara el objetivo de abrir una cuña en las líneas sediciosas y rescatar así a los supervivientes de aquel baño de sangre. 

-II-

Transcurría el otoño del año 2004. Venía muy frío y más parecía duro invierno. Mis soldados habían acampado y establecido su base de entrenamiento a unos 800 kilómetros al noreste de Zizhnii Taguil, por cuanto el terreno era muy similar al que nos encontraríamos en los Montes Urales y el Cáucaso, camino de esa maldición de repúblicas malavenidas, a las que partiríamos al cabo de tres semanas. La intendencia y la logística pusieron a nuestra disposición alimentos y otros medios necesarios para la supervivencia, en un hábitat tan hostil como es la taiga siberiana. Por supuesto, la base de nuestro condumio era el salmón ahumado y pan de centeno negro y helado, que descongelábamos al amor del fuego de las fogatas.

-III- 

Las nevadas se alternaban con las heladas, a cada cual más intensa, sin más novedad en el campamento que la rutina cotidiana de las maniobras tácticas y estratégicas previamente programadas, combinadas con el descanso. Pero la segunda semana sucedió algo que marcaría nuestro incierto destino. Por los inequívocos rastros de zarpas en la recia lona de las tiendas de campaña, sabíamos que un oso, tan silencioso como furtivo, nos estaba robando los víveres, en particular el salmón ahumado. Lo hizo tres veces y no hubo manera de detenerlo, ni siquiera de rastrearlo. Tal era su habilidad para esfumarse que desaparecía como el invisible aire. 

Una tarde de ese noviembre gélido la copiosa nevada atemperó el frío y se suavizó algo la temperatura-ambiente. Entre risas y jolgorio, mis soldados descansaban al final de su dura jornada y yo, antes del solponer, salí a dar un breve paseo bajo el manto inmensamente silencioso de los grandes copos. Casi nada rebullía, si acaso algún bullicioso grajo demorado en su viaje migratorio hacia lares del cálido sur. Por miedo a desorientarme, puesto que además de la intensa nevada ya iba cayendo la noche, di pronto la vuelta; cuando a lo lejos y cerca de nuestras tiendas divisé una enorme sombra que se movía pausada y solemne. Me acerqué sigiloso y vi al oso de nuestras pesadillas. De repente, como percibiéndome a sus espaldas, se giró y sin moverse de su sitio clavó en mis ojos su fija mirada, mientras dibujaba muecas con sus labios dejando al aire su enorme dentadura. Hice ademán de tomar la culata de mi pistola, pero no fue necesario porque la mirada de aquel animal más que asustarme me fascinó y me absorbió en un místico trance. Fueron cinco intensos minutos en los que, entre movimientos, balbuceos y mohines, nos dijimos y entendimos cual libros abiertos a ojos de un lector ávido de lecturas. Enseguida supe que quería ser acompañado a algún lugar por ahora desconocido. Delegué el mando de la tropa a mi subalterno, preparé a siete de mis hombres y con nuestros caballos, alforjas, pertrechos y víveres en abundancia iniciamos la marcha tras las visibles pisadas del plantígrado, que esta vez no se molestaba en borrar. Viajamos casi una jornada hasta llegar a un recogido paraje a las afueras de Sherkali. Allí, en un entorno de breves rocas camufladas en la taiga siberiana y en una humilde osera estaba la esposa de nuestro oso, con su bebé de escasos meses. 

No tardamos en congeniar los allí presentes, y de inmediato bautizamos a los recién conocidos y ya amigos osos. La pobre, pero muy feliz madre sería Raisa, en tanto que las otras dos fascinantes criaturas de peluche serían llamados Fiódor (padre) y Fiódor (hijo). Nos enseñaron las sencillas estancias, en una de las cuales que servía de magra despensa encontramos -en efecto- los alimentos ya no diría “robados”, sino tomados en justicia, por Fiódor padre en nuestro campamento. Resultaba muy fácil entender y justificar que para alimentar a Raisa y que ésta pudiera amamantar al bebé osito hubo de hacerlo. En aquellos días la capa de hielo sobre el río Obi era de tal grosor que devenía tarea imposible perforarlo, y por tal la pesca del salmón fresco se hacía impracticable. De no haber sido por las viandas “compartidas” del ejército ruso el bebé y puede que la misma Raisa hubieran muerto de inanición y frío. Una brillante idea iluminó mi mente: esa madre nunca más volvería a pasar hambre. Desde luego dejamos allí todos los víveres que habíamos portado y además propuse que, si Fiódor (padre) ingresaba en el Ejército ruso como rastreador y guía, la familia percibiría de por vida una paga periódica en viandas y, cuando fuese posible, en pecunio. El cabeza de familia aceptó de inmediato. Raisa al principio no tanto, aunque sin duda movida por la idea de no volver a ver pasar penurias a su pequeño y con escaso convencimiento -eso sí-, por fin se avino al trato, tras lo cual regresamos al campamento base con un nuevo miembro. 

-IV- 

Al final de la tercera semana Fiódor (padre) ya era oficial del IV Ejército de Infantería como rastreador en jefe de la gloriosa armada rusa. Del cuartel de Zizhnii Taguil partimos hacia Chechenia. Cruzar los Urales y el Cáucaso con Fiódor al mando más que una penosa marcha resultó un divertido pasatiempos. Su presencia entre los soldados daba más moral que todas las victorias juntas. Nuestro destino no distaba ya mucho y no tardaríamos en alcanzar las líneas enemigas. Fiódor nos estaba guiando sin fallo y habíamos logrado ya romper el cerco y penetrar dos leguas en territorio enemigo. Pero un día, en una maniobra absurda, un soldado tan valiente como descerebrado se adelantó a Fiódor y, tras pisar una mina oculta bajo la nieve, voló él mismo e hizo volar por los aires a nuestro oso y a cuatro soldados más. 

El objetivo militar en las Repúblicas del Sur se había alcanzado, pero en el camino yacían cinco hombres junto a un enorme y adorable peluche destrozado. El cuerpo recompuesto del cadáver de Fiódor fue devuelto a su atribulada esposa con honores de oficial, banda y música. No hubo rabia ni reproches, sólo un inmenso dolor y mucha resignación e impotencia. Yo, Mariscal Nanov, me sentí abrumado por la culpabilidad. Durante horas acompañé y escuché a Raisa. No me pidió nada aunque yo, quizá por aliviar el peso de la culpa y de mi honda e inmensa pena, me comprometí a proporcionarle todos los medios a mi alcance, que no eran pocos, para que pudiera emigrar a climas benignos donde la vida resultase más fácil. La doté de documentos varios, de pasaporte, de dinero, de comida, de leche y biberones, de ropa, de todo lo que pude pues debía criar a ese otro Fiódor, sangre y espejo de aquel enigmático y fascinante animal que yo había conocido. Así que viajó casi con lujo, creo que a España. 

Oficialmente ya no supe más de ella, pero he oído rumores que, a través de un anuncio en prensa, ha conocido y se ha ennoviado con un oso leonés del Mampodre emigrado a cálidas tierras de palmerales, un lugar -según tengo entendido- llamado Elche, donde piensan casarse y establecerse. Estoy seguro que serán felices pues, tal cual me han informado mis cazurros confidentes, los osos leoneses son muy fieles y familiares. EN HONOR Y HOMENAJE A FIÓDOR PADRE.

Fdo.: 
Dimitri Nikolai Nanov 
(Димитрий Николай Нанов) 

El Diantre Malaquías 

27 diciembre 2023

(₸X) Der jodelnde Teddybär

Foto de Vera Krutisch

(Eine Erzählung von Vera Krutisch für Irene, Vega und Alfonso Fernández Miguélez)

Es waren einmal drei Plüschtiergeschwister, um es euch ganz genau zu erzählen, gehörten sie der Gattung der mitteleuropäischen Teddybären an. Die lebten im Lande Tirol, Teilgebiet eines Staates, der sich Österreich nannte. Majestätische hohe Berge beherrschten diese Landschaft, die Alpen, mit beeindruckenden bizarren Felswänden, deren Farbe vom hellsten Grau über zarte, fast violette Töne bis zu einem satten Anthrazyt wechselte, je nach Tageszeit und Lichtverhältnissen, und auf deren eisig strahlenden Gipfeln der Schnee nie ganz wegschmolz. Tief eingefurcht in diese Berge lagen enge Täler mit saftig-grünen fetten Wiesen, wo gut genährte und mit nichts aus der Ruhe zu bringende Kühe weideten, deren pralle Euter randvoll mit sahniger Milch gefüllt waren. Die Bauern, die diese Kühe zu ihrem Besitz zählten, wohnten in den kleinen, über die Täler verstreuten Dörfern, in hübschen ein- oder zweistöckigen, zu ebener Erde sauber weiß getünchten Häusern, während die oberen Stockwerke ganz aus Holz gebaut und mit schön geschnitzten Balkons verziert waren. Alles war so makellos reinlich und adrett, dass man sich auf den Straßen kaum auszuspucken getraute.

Hier war es also, wo unsere drei Plüschtiere lebten. Auf den ersten Blick schienen sie ganz gewöhnliche Teddybären zu sein und nichts ließ darauf schließen, dass jeder von ihnen mit seiner eigenen und ganz besonderen Gabe gesegnet war, Zauberkräfte, die sie unter ihren Artgenossen hervorhoben und diese Tiere als ganz einzigartige und außerordentliche Wesen kennzeichneten. 

Der älteste, ein stämmiger Teddy mit blondem Fell, trug stets Lederhosen, wie es in dieser Gegend üblich war, und einen kleinen grünen Hut mit Gamsbart, der ihm ausgezeichnet stand und seinem Gesicht einen heiteren und unbeschwerten Ausdruck verlieh. Er hieß Jodlerseppl und er konnte JODELN! Daher auch sein Name. Aber auch wenn es an sich schon eine Besonderheit ist, dass ein Teddybär jodeln kann, so machte diese Fähigkeit nur einen Teil seiner Gabe aus, obwohl sie zur Ausübung seiner Zauberkräfte unbedingt notwendig war. Dieser Bärenbub pflegte sich nämlich mitten im Dorf aufzustellen und den Blick auf die Wildspitze zu richten. Das ist der höchste Berg Tirols. Sodann holte er ganz tief Luft, bis seine Stoffbrust fast aus den Nähten platzte und ließ gleich darauf aus vollstem Halse ein melodisches langgezogenes HOLAREIDIIIII ertönen. Von seiner Kehle ausgehend breiteten sich die Schallwellen unaufhaltsam bis hin zur Wildspitze aus, wo sie sich von der Felswand wieder abstießen und in Form eines Echos, eines etwas schwächeren REEEIDIIIIs, wieder zu ihm zurückkehrten. Und genau in jenem Augenblick, da die letzten Noten im Raum verklangen, geschah das wirklich Wunderbare: aus heiterem Himmel fielen plötzlich erste Regentropfen zur Erde, zuerst nur schüchtern und spärlich, später zahlreicher und ergiebiger. Jodlerseppl half der Angelegenheit nun mit einer zweiten Jodelstrophe nach und ließ ein kräftiges HOLAREDIJIIII vom Stapel, das ebenso wie sein Vorgänger pünktlich vom Echo als REEEEDIJIIII nachgeahmt und zurückgegeben wurde und dies war das Startzeichen für einen richtigen, anhaltenden, feinen Schnürlregen, der nun unablässig vom Himmel fiel. Angesichts der großen Bedeutung des Regens für die Tier- und Pflanzenwelt und somit auch für den Ackerbau und die Viehzucht und – zusammenfassend – für den Lebensunterhalt und die unbeschwerten wirtschaftlichen Verhältnisse des Landes und seiner Bewohner, könnt ihr euch vorstellen, wie sehr man Jodlerseppl in seiner Heimat schätzte. 

Sein jüngerer Bruder, Sonnenhansl, war ein brauner, etwas kleinerer und nicht so kraftstrotzender Bär. Von den drei Geschwistern war er es, der am meisten von seiner Heimat angetan war. Seine Vaterlandsliebe zeigte er allen, ob sie nun davon wissen wollten oder nicht, mit einer Aufschrift, die ihm seine Großmutter auf seinen Pullover gestickt hatte, auf dem zu lesen war: "I ♥ Austria” und das bedeutet - wie ihr wisst - “Ich liebe Österreich”. Nichtsdestoweniger war es nicht so sehr sein bemerkenswertes Heimatgefühl, das diesen Teddy charakterlich am stärksten prägte, sondern vielmehr sein Sinn für alles Praktische und mehr noch sein sonniges Gemüt und freundliches Wesen, Eigenschaften, die sich in seinem Lächeln widerspiegelten, das zweifellos das wärmste, herzlichste, glücklichste und ansteckendste Lächeln auf Erden war. Wer zur Zielscheibe einer solchen Ladung liebevoller Zuneigung wurde, konnte einfach nicht anders als zurückzulächeln und fühlte sich sogleich wunderbar leicht und frei von Sorgen und Harm oder - mit anderen Worten - er verwandelte sich umgehend in das glücklichste Lebewesen, das weit und breit zu finden war. So ansteckend war Sonnenhansls Lächeln, das ihm nicht einmal die Sonne widerstehen konnte und aus ihrem Versteck hervorkam, so bewölkt sich der Himmel auch nur wenige Augenblicke zuvor gezeigt haben mochte. Aus diesem Grunde nannten die Leute diesen Bären Sonnenhansl. Ein so strahlendes Persönchen, wie diesen Teddy, konnte man nur gernhaben und tatsächlich war er im Laufe der Zeit zu einem der beliebtesten Einwohner des Dorfes geworden. 

Das jüngste Geschwisterchen war ein Mädchen und was für ein hübsches kleines Bärenmädchen das war! Ihre winzigen Schuhknopfäuglein waren schwarz wie Kohlen und funkelten wie zwei leuchtende Sternchen aus ihrem Pelz hervor. Ach und ihr Pelz! So blütenweiß und glänzend war ihr Fell, wie man es nie zuvor an einem anderen Bären, oder Bärin, gesehen hatte. Dieses Bärenkind bezauberte wirklich alle mit seiner sanften, ruhigen, liebevollen Art. Auf ein so zärtliches und feinfühliges Wesen konnte niemand ernstlich böse werden. Die Kleine hörte auf den Namen Schneeliesl. Ihre bestgehütetsten Schätze waren eine rot-weiße Wollmütze und ein gleichfarbiger Schal. Diese Kleidungsstücke liebte sie über alles, denn ihre Großmutter hatte sie eigens für sie gestrickt. Kaum konnte sie den Winter erwarten und sobald die erste Kälte ihren Einzug ins Land hielt, setzte sie ihre Mütze auf und – zugegeben – sie sah damit wirklich ganz ungemein reizend aus! Das Unglaubliche daran war jedoch Folgendes: Kaum hatte sie sich die Mütze über den Kopf gestülpt, da segelten schon die ersten dicken Schneeflocken vom Himmel, zuerst nur vereinzelt, doch dann, wenn sie sich auch noch den Schal um den Hals schlang, da begann es so dicht zu schneien, dass man die Hand nicht mehr vor den Augen sehen konnte und bald lagen die Felder und Häuser unter einer schweren glitzernd weißen Decke versteckt. Es wird euch nicht verwundern, wenn ich euch sage, dass besonders die Bauernkinder nichts über Schneeliesl kommen ließen und sie keinesfalls missen wollten, denn ihr verdankten sie unzählige überaus lustige Nachmittage, mit Schneeballschlachten, Rodeln und Schifahren. 

Nun aber, auch wenn wir euch hier so eingehend geschildert haben, was diese Teddybären alles konnten, dürft ihr nicht glauben, dass sie deshalb allmächtig gewesen wären. Manchmal nahm das Wetter seinen eigenen Lauf, so sehr sich unsere Plüschtiere auch anstrengen und bemühen mochten, ihren Einfluss darauf auszuüben, denn nichts ist perfekt auf dieser Welt, auch nicht die besonderen Gaben und zuweilen schlägt selbst der ausgeklügeltste Zauber fehl. Und so kam es, dass es eines Winters ebenso heftig wie anhaltend schneite, obwohl Schneeliesl während eines guten Teils der Saison weder ihre Mütze noch ihren Schal tragen konnte. Sie hatte sie nämlich im Sommer in irgendeinem versteckten Winkel des Hauses so gewissenhaft verwahrt, dass sie sie beim besten Willen nicht mehr wiederfinden konnte, als die Kälte einsetzte. Im Frühling, als es wieder wärmer wurde und die Schneeschmelze begann, schwollen die Flüsse und Bäche gefährlich an. Dazu kam noch, dass es eines Tages zu regnen anfing und drei Wochen lang nicht mehr aufhörte. Dabei hatte Jodlerseppl gar nicht gejodelt, das hätte er gar nicht gekonnt, weil er an einer hartnäckigen Halsentzündung mit dazugehöriger Heiserkeit litt. Sonnenhansl stellte sich jeden Morgen nach dem Aufstehen ans Fenster und lächelte die Wolken an, was das Zeug hielt, doch umsonst. Die Sonne wollte und wollte sich nicht zeigen. Schließlich geschah, was geschehen musste: Die beiden Flüsse, die um das Dorf flossen, traten eines Nachts mit einem schrecklich lauten Geräusch, das sich wie ein dumpf wütendes Donnergrollen ausnahm, aus ihren Ufern. Das Wasser ergoss sich unaufhaltsam über Wiesen und Felder, drang in die Häuser der Bauern ein und riss von ihrem Hab und Gut alles mit, was nicht nigel-nagel-fest war. So schlimm war die Zerstörung, welche die Überschwemmung anrichtete, dass sie Land und Leute an den Rande des Ruins brachte und in dem Maße, in dem sich die Erde unter den Wassermassen erweichte, verhärteten sich die Herzen der Menschen. Schon bald waren erste Gerüchte zu vernehmen, die behaupteten, die Schuld an der allgemeinen Not wäre allein Jodlerseppl zuzuschreiben. Anfangs wurde bloß hinter vorgehaltener Hand geflüstert, doch nach einigen Tagen, nahm sich niemand mehr ein Blatt vor den Mund. Jodlerseppl wurde offen zum Bösewicht gestempelt und selbst dann in Grund und Boden kritisiert, wenn er selbst dabeistand und mithören konnte. Nach und nach verfielen die drei Geschwister in Niedergeschlagenheit, ja sogar in tiefste Traurigkeit. Jodlerseppl hätte nicht einen Ton aus der inzwischen endlich wieder geheilten Kehle gebracht, selbst wenn er es versucht hätte. Sonnenhansls Herz war so schwer, dass “lächeln” für ihn zum Fremdwort wurde. So sehr er sich auch bemühte, auf seinem verzagten Gesicht erschienen nur groteske Grimassen, die niemanden rühren konnten. Die sonst so funkelnden Äuglein von Schneeliesl waren trüb geworden und ihr schönes glänzendes weißes Fell, auf das sie gewöhnlich so stolz war, sah nun fadenscheinig und matt aus. Unsäglich schmerzte die drei Geschwister die Erkenntnis, wie unbeständig die Liebe der Menschen doch war und wie schnell sie in Hass umschlagen konnte. Nein, sie selbst hätten sich niemals so benommen! Eines Morgens erwachte das Dorf mit einer Inschrift, die irgendjemand an die Mauern des Schulhauses geschmiert hatte. «Beeren raus!» stand da in krakeligen Buchstaben und auch wenn die ungenügenden Rechtschreibkenntnisse des Autors ein etwas schiefes Licht auf den Stand seines Allgemeinwissens warfen, war nicht abzustreiten, dass er mit seinem infamen Gekritzel die Meinung einer satten Mehrheit der Dorfbewohner ausdrückte. Noch am selben Vormittag ließ der Bürgermeister die drei Geschwister zu sich in sein Büro im Gemeindeamt rufen, wo er sie mit einem allzu freundlichen Gruß und einigen falsch klingenden Höflichkeiten empfing. Dann richtete er sich in seinem Stuhl zur vollen imposanten Größe auf, bekleidete seine Stimme mit jenem salbungsvollen Tonfall, den sein Amt und die Gelegenheit verlangten und richtete sich in den folgenden Worten an die drei sprachlosen Plüschtiere: «Meine lieben Teddybären, ich kann euch versichern, dass ich persönlich nichts gegen euch einzuwenden habe. Nichtsdestoweniger ist es meine Pflicht, als Vertreter des Volkes meines Amtes zu walten und ich muss euch sagen, dass euch das Volk nicht länger hier im Dorfe haben will. Natürlich, als gerechter und wohlwollender Mensch, der ich bin, versuche ich immer, unnötige Härte zu vermeiden. Deshalb biete ich euch an, dass die Gemeinde für eure Reisekosten aufkommt und die Fahrkarten nach …» An dieser Stelle hielt er kurz inne, während er im Geiste fieberhaft nach einem Ort suchte, der weit genug entfernt wäre, um das Volk zu befriedigen und seinen Rachedurst zu stillen. Sein Blick wanderte über die Wände des Büros und blieb schließlich an einer Karte von Europa hängen, die dort befestigt war. Er fasste eine Halbinsel ins Auge, die sich am südwestlichsten Ende des Kontinents befand und mit diesem nur über einen nicht besonders breiten Landsteg verbunden war. «… Spanien bezahlt.» fuhr der Bürgermeister fort. «Außerdem bin ich bereit, euch einen kleinen Betrag für zusätzliche Ausgaben zukommen zu lassen.» Diese harten Worte trafen Jodlerseppl wie Peitschenschläge, doch verkniff er sich eine bittere Antwort. Er versammelte seine Geschwister auf dem Flur des Gemeindeamts, wo er mit ihnen einen Notfall-Familienrat abhielt, um zu klären, was in dieser misslichen Lage am besten zu tun wäre. «Geschwister» begann Jodlersepp niedergeschlagen, «all dies ist einzig und allein meine Schuld und ich denke, ich habe nicht das Recht, euch mit mir in ein grausames Exil zu verschleppen. Vielleicht kann ich erreichen, dass man zumindest euch weiterhin hier leben lässt.» «Kommt überhaupt nicht in Frage!» schrie Sonnenhansl auf, «Bruder, wo immer dich deine Wege hinführen mögen, wir bleiben an deiner Seite.» Die kleine Schneeliesl fühlte sich so niedergeschmettert, dass sie kein einziges Wort herausbringen konnte, doch sie stellte sich auf die Zehenspitzen, umfing den Hals Jodlerseppls mit ihren zarten Ärmchen und drückte ihm einen tröstenden Kuss mitten auf seine Nase. «Was sollen wir also tun?» fragte Jodlerseppl ratlos, wenn auch ein wenig erleichtert, wegen der moralischen Unterstützung, die er von seinen Geschwistern erfahren hatte. «Na, die Koffer packen!» antwortete Sonnenhansl umgehend, der damit wieder mal seinen sprichwörtlichen Sinn für das Praktische unter Beweis stellte. 

Bald darauf stiegen die drei Plüschtiere in ein riesiges Flugzeug, das sie nach Spanien brachte, wo sie in Barajas, dem Madrider Flughafen, landeten. Von dem Geld, das ihnen der Bürgermeister gegeben hatte, bzahlten sie die Fahrt mit dem Taxi, das sie mitten im Zentrum der spanischen Hauptstadt absetzte, wo sie im Anschluss daran den schrecklichsten Tag ihres Lebens verbrachten. Überall tummelten sich Menschen, große, kleine, dicke, dünne, junge und alte. Leute, Leute und noch mehr Leute. Unablässig tönten das Gerede und Geschrei der Menschen, die kreischenden Sirenen der Rettung und Feuerwehr und das lästige Hupen der Autos. Der Verkehrslärm war höllisch und die drei Bären, die ihr eigenes Wort nicht hören konnten, hatten alle Mühe, sich untereinander zu verständigen. Unzählige Male verirrten sie sich im unüberschaubaren undurchdringlichen Straßenabyrinth. Man trat ihnen auf die Pfoten, bestahl sie und einmal wurden sie sogar in der U-Bahn von einem schlecht gelaunten Wagenführer getrennt, weil er die Türen schloss, bevor alle drei Bären in den Zug springen konnten. Allein ihrem Glück hatten sie es zu verdanken, dass sie sich an der nächsten Haltestelle wieder trafen. In der ganzen Stadt gab es keinen einzigen Winkel, wo man sich vor dem pulsierenden Trubel in Sicherheit bringen konnte. Die Teddybären waren bereits erschöpft, als Schneeliesl beim Versuch, eine Straße zu überqueren, die so breit war, wie ihr heimatliches Tal, beinahe von einem Auto erfasst und überfahren worden wäre. Im letzten Moment riss sie Jodlerseppl zurück und Schneeliesl brach nun in herzzerreißende Tränen aus, die nicht und nicht mehr versiegen wollten, während sich ihre beide Brüder nur mit Mühe vom erlittenen Schreck erholen konnten. Schließlich machten die drei Bären einen Park ausfindig, wo sie zumindest ein bisschen Frieden finden konnten, doch selbst hier gab es zu viele Menschen, deren Hunde sie fortwährend beschnupperten und mit ihren feuchten Schnauzen anstupften. Sie setzten sich auf eine Bank, um sich auszurasten. Nach einer Weile hatte Jodlerseppl genügend Kraft gesammelt, um das Wort ergreifen zu können. «Geschwister» verkündete er, «ich glaube, die Stadt ist nichts für uns.» «Das kann man wohl sagen» stöhnte Schneeliesl ermattet. «Was sollen wir nur tun?» fragte sich Jodlerseppl. «Suchen wir die Berge!» schlug Sonnenhansl vor, der sich - wie immer - von einer überaus praktischen Seite zeigte. Damit waren alle drei Geschwister sofort einverstanden und machten sich auf die Suche nach Chamartín, dem großen Madrider Bahnhof, wo sich Jodlerseppl an einen freien Schalter begab. «Können Sie uns drei Fahrkarten verkaufen, und zwar an einen Ort, wo es Berge gibt?» fragte er den Bahnbeamten. «Und wo es nicht so überfüllt mit Leuten ist» fügte Sonnenhansl hinzu. «Und wo es im Winter schneit» tönte ein schwaches Stimmchen von unten her, das von Schneeliesl, obwohl sie der Mann am Schalter nicht sehen konnte, weil sie so klein war, dass ihr Köpfchen nicht bis ans Fenster reichte. «Wieviel Geld habt ihr denn?» wollte der Fahrkartenverkäufer wissen. Da steckte Jodlerseppl seine Pfoten tief in die Taschen seiner Lederhose, zog den spärlichen Inhalt hervor, der nach dem erlittenen Diebstahl noch dort verblieben war und legte ihn aufs Schalterbrett. «Na, viel ist das nicht gerade» brummte der Bahnbeamte, doch drückte er auf ein paar Knöpfe der geheimnisvollen Maschine, mit der er arbeitete und zog endlich drei Fahrkarten hervor. «Nach León» sagte er in abschließendem Tonfall und damit war für ihn die Angelegenheit erledigt. Einige Minuten später saßen die drei Plüschtiere in der Eisenbahn und fuhren Richtung León, eine Provinz, in der es tatsächlich viele Berge gibt. 

In der Hauptstadt León stiegen sie aus und marschierten von dort ins offene Land hinaus. Hin und wieder hatte ein Lastwagen- oder Traktorfahrer Mitleid mit ihnen und nahm sie ein Stück des Weges mit. So erreichten die Teddybären schließlich ein kleines Dorf in der Region “La Vega” der Provinz León, dessen Namen wir hier nicht nennen wollen, aber wir können euch verraten, dass er mit dem Buchstaben “S” begann. 

Dieses Dorf, wo die drei Teddybären fortan ihr Glück versuchen und möglicherweise ihr neues Heim finden wollten, hatte einiges mit ihrem Geburtsort gemeinsam. Es gab Berge, wenngleich sie nicht so hoch und nicht so nahe waren, wie in ihrer geliebten Tiroler Heimat. Dann war hier ein Fluss, der sich gemächlich durch das Dörfchen wand, was den Geschwistern besonders gut gefiel, trotz gewisser böser Erinnerungen an die katastrophale Überschwemmung in ihrer Heimat und die üblen Folgen, welche diese für sie selbst gebracht hatte. Andererseits gab es aber auch Dinge, die sich von allem, woran die Geschwister gewöhnt waren, deutlich unterschieden. So waren etwa die Häuser aus Ziegeln gebaut, die oft nicht einmal übertüncht waren und die nüchterne, ganz aus Stein gefertigte und mit einer einfachen luftigen Glockenwand gekrönte Kirche hatte nicht die geringste Ähnlichkeit mit der schmucken weißen Barockkirche mit ihrem grünbemützten koketten Türmchen, in der sie getauft worden waren. Ein netter Lastwagenfahrer hatte ihnen viel Gutes über diese mit üppigen grünen Feldern durchzogene Gegend und ihre friedliebenden freundlichen Einwohner erzählt. Und um die Wahrheit zu sagen, so pflegte es wirklich zu sein. Na ja, fast immer. Aber was für eine Enttäuschung erwartete unsere drei Teddybären bei ihrer Ankunft in dieser Ortschaft, denn damals folgte nichts seinem gewohnten Lauf. Gerade in dieser Zeit herrschte im gesamten Gebiet die furchtbarste Dürre, an die sich die Einheimischen erinnern konnten. Eine gnadenlose Sonne brannte auf die durstige Erde nieder, die mit tiefen Rissen zerfurcht war und aus der nur ein paar traurige magere und halb vertrocknete Halme hervorlugten, welche die bevorstehende verheerende Missernte ankündigten. Einige halbverhungerte resignierte Vögel überkreisten die kahle desolate Erde auf ihrer fruchtlosen Suche nach Nahrung. Ein Hirte trieb eine Herde Schafe durch den Ort, die so mager und schwach waren, dass sie kaum genug Kraft zum Blöken hatten und die Dorfbewohner befanden sich schon seit Wochen in ständigem Streit und Zank und kämpften verbittert um das spärliche Gießwasser. Mehrmals war es deswegen sogar schon regelrecht zu Handgreiflichkeiten gekommen. Diese trübselige Atmosphäre bot sich den drei Geschwistern bei ihrer Ankunft und sogleich plagte sie ganz fürchterliches Heimweh. «Mal sehen, ob die mich hier wegen zu viel Sonnenschein davonjagen werden» stieß Sonnenhansl zwischen den Zähnen hervor. «Hier werde ich nie wieder meine Mütze aufsetzen können» beklagte sich Schneeliesl, während sie sich mit einem Ende ihres Schals, den sie im Straßenstaub hinter sich herschliff, weil er ihr bei dieser Hitze viel zu schwer in den Armen lastete, die feuchte zarte Stirn trockentupfte. «Nun jammert doch nicht gleich so!» rügte Jodlerseppl etwas ungeduldig, «Vielleicht kann ich doch diesen Leuten helfen». Damit stellte er sich mitten auf dem Dorfplatz auf, genau gegenüber der Kirche, und in seiner gewohnten Manier setzte er zu einer gewaltigen Jodlertonfolge an, nur dass sich die Schallwellen diesmal zur Kirche hin fortpflanzten und nicht zur Wildspitze. Auch antwortete ihm kein Echo, denn die Berge, wo ein solches entstehen können hätte, waren viel zu weit weg. HOLAREIDIIII, sang der Bär und gleich darauf ließ er ein zweites HOLAREDIJIII erklingen. Die spanischen Bauern ließen liegen und stehen, womit sie gerade beschäftigt gewesen waren und starrten ihn fassungslos und mit offenem Munde an. Niemand hatte in dieser Gegend je schon irgendetwas auch nur annähernd Ähnliches zu Ohren bekommen. Die beiden Störche, die auf der Spitze des Glockenturms nisteten, schreckten hoch und flogen davon, wobei sich eine ganze Menge kleiner Ästchen aus ihrem Nest lösten und wie feiner Regen von der Kirchenspitze zu Boden rieselten, als wollten sie ankündigen, was gleich darauf geschehen sollte. Die Kirchentür öffnete sich und heraus trat der Pfarrer, der die herabgefallenen Ästchen von seiner Soutane schüttelte, um nachzusehen, was den Aufruhr vor dem Gotteshaus verursacht hatte. Er warf Jodlerseppl einen strengen missbilligenden Blick zu, schüttelte den Kopf und verkündete sein Urteil: «Der ist ja verrückt, dieser Bär!» Genau in diesem Augenblick fiel der erste Regentropfen vom vorhin eben noch so blauen Himmel herab – übrigens ein ziemlich dicker Regentropfen, das können wir euch versichern – bahnte sich seinen Weg durch die staubige Luft und zerplatzte auf der Zunge des Pfarrers, inmitten des Buchstabens “ä” des Wortes “Bär”, bevor der Priester noch Zeit gefunden hatte, seinen Mund zu schließen. Immer dichter fielen nun die Regentropfen und je lauter sich Jodlerseppl hören ließ, desto stärker wurde der Schauer. Die Menschen hoben ihre Gesichter zum Himmel und begrüßten das kostbare Nass, wie die Sonnenblummen, die ihr Antlitz den lebensspendenden Sonnenstrahlen zuwenden. Die Erde räkelte sich genießerisch im lang ersehnten Bade, während das heilsame Wasser langsam ihre Wunden schloss. Sie trank, und trank, und trank. Die Kinder ließen ihre “Gameboys” fallen, mit denen sie sich bis dahin gelangweilt hatten und lachten, tanzten, sprangen in die Pfützen, die sich schnell zu bilden begannen, patschten darin umher, spritzten einander an und vergnügten sich, wie schon lange nicht mehr. Es regnete und regnete, den ganzen Tag und die ganze Nacht. 

Am nächsten Morgen, es war Sonntag, begaben sich die Dorfbewohner zur Kirche, um der Messe beizuwohnen. Sie machten noch immer lange Gesichter, denn die Streitigkeiten hatten so lange angehalten, dass sie nicht so schnell zu vergessen waren und die gutnachbarschaftlichen Beziehungen und Freundesbande von früher wiederherzustellen, war keine leichte Aufgabe. Im Bogengang der Kirche fanden sie die drei Teddybären vor, die sich dort untergestellt hatten, um sich vor dem Regen zu schützen und die Nacht im Trockenen zu verbringen. Sonnenhansl begriff, dass nun er mit seinen Künsten an der Reihe war. Sein Gesicht erglänzte in einem seiner leuchtendsten und unwiderstehlichsten Lächeln und wer von seinem Blick getroffen wurde, der hatte ein Gefühl, als ob ein Lichtstrahl durch seine Augen in seinen Körper dringen und sich von dort den Weg direkt zu seinem Herzen bahnen würde, während sich eine Welle warmer Glücklichkeit in ihm ausbreitete. Nach und nach wurden die Gesichter der Bauern immer fröhlicher. Sie fingen an, sich zu begrüßen und freundliche Worte auszutauschen. Während der Messe hörte der Regen auf und als die Dorfbewohner aus der Kirche traten, erwartete sie ein milder goldener Sonnenschein, der freilich nichts mit der rächerischen, alles versengenden Feuersonne zu tun hatte, welche die Erde bis zum Vortag vom Himmel herab bestraft hatte. Niemand wusste so recht, wie ihm geschah, aber den ganzen Tag lang sah man nur glückliche Gesichter, die Leute umarmten und küssten einander und schüttelten einander die Hände. 

Mit der Zeit wurde den Bauern bewusst, dass diese sonderbaren Ereignisse auf die Zauberkraft der Teddybären zurückzuführen waren. Allmählich kehrten im Dorf die gewohnten Umstände zurück, sowohl was das Wetter betrifft, als auch die menschlichen Beziehungen. Die Ortseinwohner, im allgemeinen rechtschaffene und liebenswürdige Leute, zeigten den neu zugezogenen Plüschtieren ihre Dankbarkeit, indem sie ihnen Haus und Heim anboten, sie in ihre Gemeinschaft aufnahmen und freundschaftlich, aber doch auch respektvoll behandelten. Im Winter, als sich ihnen dazu noch Schneeliesls besondere Fähigkeiten offenbarten und es im Lande endlich wieder so viel schneite, wie in den guten alten Zeiten, an die sich nur noch die Ältesten erinnern konnten, kannte die Freude keine Grenzen mehr und es fiel niemandem mehr ein, daran zu zweifeln, dass die Bären für das Dorf “S” einen wahren Segen darstellten.

Es näherte sich der erste Jahrestag der Ankunft unserer kleinen Freunde und die Dorfbewohner überlegten hin und her, wie sie diesen Anlass am besten feiern könnten. Endlich hatte einer von ihnen eine glänzende Idee, die von der Gemeinschaft sofort gutgeheißen wurde: Sie wollten den Teddybären ein Denkmal errichten, und zwar an der repräsentativsten Stelle des Ortes, also mitten auf dem Dorfplatz. Um die dafür notwendigen Geldmittel aufzutreiben, organisierten sie ein gemeinsames Essen aller Ortseinwohner, dessen Erlös für die Denkmalerrichtung verwendet werden sollte. Tatsächlich nahmen wirklich alle daran teil, niemand fehlte und alle griffen tief in ihre Taschen, um Geld zu spenden, sogar die unverbesserlichsten Geizhälse unter ihnen. Der Künstler des Dorfes, ein junger Mann mit langen Haaren, der zwar nicht von jedermann so richtig verstanden wurde, der aber dennoch und immerhin ein Künstler war, sollte die Statue entwerfen. Er hatte schon bei einer früheren Gelegenheit seine künstlerischen Fähigkeiten unter Beweis gestellt, als er ein Wappen für den Sport- und Kulturverein der Gemeinschaft gezeichnet hatte, das – bei den meisten - großen Anklang gefunden hatte. Am nächsten Samstag versammelten sich die Bauern am Dorfplatz, um alle gemeinsam Hand anzulegen. Die einen hoben eine Grube für das Fundament aus, die anderen mischten Zement und wieder andere schnitten die Steinblöcke zurecht, aus denen dann der Künstler die Figuren schlug, welche die drei Teddybären darstellen sollten. Wer nicht direkt am Bau mitarbeitete, der kümmerte sich um die Verpflegung, buk Pasteten, bereitete Tortillas zu und schnitt Paprikawurst und Schinken auf. All dies brachte man zusammen mit Unmengen von Bier, Coca Cola und Fanta Orange den ebenso fleißigen, wie hungrigen und durstigen Denkmalerrichtern. Am Sonntag war die Statue, der die Ortseinwohner den hochtrabenden Namen “Denkmal zur Danksagung an den jodelnden Teddybären” gaben, schon fertig und wieder wurde zu ihrer Einweihung ein Fest gefeiert, mit Musik, Tanz, Luftballons, Schießbuden und Zuckerwatte.

Und so sind wir auch schon am Ende der Geschichte angelangt. Nichts weiteres haben wir euch zu berichten, außer vielleicht, dass die drei Plüschtiere für ihr restliches Leben in diesem kleinen Dorf in León verblieben, dessen Name mit dem Buchstaben “S” begann. Sie leisteten einen nicht zu unterschätzenden Beitrag zur Verbesserung der Wetterverhältnisse und zum wirtschaftlichen Aufschwung des Dorfes. Sie waren stets ganz restlos glücklich, wie auch alle übrigen Dorfbewohner. Nun ja, fast immer. 

ENDE

22 diciembre 2023

(₸X) El peluchín cantarín

Foto de Vera Krutisch

(Un cuento dedicado a Irene, Vega y Alfonso Fernández Miguélez, y a sus padres Begoña y Enrique)

Éranse una vez tres peluchines hermanos -para ser más exactos os diremos que pertenecían a la especie de ositos centroeuropeos- los cuales vivían en lejanas tierras, en la región del Tirol de un país llamado Austria. Su hábitat era un territorio montañoso, los Alpes, donde altas y majestuosas montañas dominaban el paisaje, con impresionantes paredes de roca cuyos colores oscilaban entre un gris muy claro, un violeta grisáceo y un antracita oscuro, según la hora del día y las condiciones de luz, y en cuyas cumbres jamás se derretía la nieve. Estas montañas estaban surcadas por estrechos pero fértiles valles, con prados del verde más jugoso y brillante que uno pueda imaginarse, donde pastaban imperturbables y bien alimentadas vacas de abultadas ubres rebosantes de nutritiva leche. Estas vacas tenían por dueños a los campesinos del lugar, quienes habitaban en los pequeños pueblos que salpicaban los valles, en casas de planta baja revocada en blanco y con el primer piso construido todo en madera, de aspecto bien cuidado y acogedor. Tan limpias estaban las calles de aquellos pueblos que uno ni se atrevería a escupir en ellas.

Allí, pues, era donde vivían nuestros tres peluchines. A primera vista parecían ositos de lo más corriente y nada hacía sospechar que cada uno de ellos pudiera poseer su propio y muy particular DON que les hacía destacar entre sus congéneres y les convertía en seres únicos y especiales. El mayor, un osito recio de pelaje rubio que vestía Lederhosen, los tradicionales pantalones de cuero que gastaban los mozos de la zona, y un gracioso sombrerín verde que le daba un aire simpático y desenfadado, se llamaba Jodlerseppl y ¡CANTABA!. De ahí su nombre que se podría traducir por “Joselito, el de los Cánticos Tiroleses”. Si bien y de por sí no es en absoluto habitual que un osito sepa cantar, esta facultad sólo era parte de su poder mágico y constituía un requisito imprescindible para ejercitar su don. Y es que este osito solía plantarse en medio de su pueblo cara a la Wildspitze, el monte más alto del Tirol, tomaba aire hinchando su pecho hasta casi reventar y, a pleno pulmón, expulsaba una ráfaga musical, un HOLAREIDIIIII que se propagaba por la atmósfera hasta rebotar en la pared de roca, de donde volvía en forma de eco -REEEEIDIIIIII- al punto de partida. Y en cuanto las últimas notas se perdían en el espacio ocurría lo más sorprendente: empezaban a caer gotas de lluvia, al principio tímidamente y luego de forma cada vez más abundante. Entonces Jodlerseppl entonaba la segunda estrofa, HOLAREDIYIIIII, y el eco contestaba de lo más puntual, REEEEDIYIIIIII, momento en el que el agua comenzaba a bajar del cielo a modo de chubasco fino, continuo y sumamente agradable. Teniendo en cuenta la importancia de la lluvia para la fauna y flora, por lo tanto también para la agricultura y ganadería y -en suma- para la buena marcha económica del pueblo y sus habitantes, ya podéis imaginaros el aprecio que sentía la gente por Jodlerseppl.

El segundo hermano, Sonnenhansl, era un osito de pelaje marrón, algo más bajo y menos fornido. De los tres peluchines, éste resultó ser el que más apego profesaba por su tierra, mostrando su amor patrio con una frase que su abuelita le había bordado en su jersey y que decía: “I ♥ Austria” que, como ya sabéis, quiere decir “Yo amo a Austria”. Sin embargo no era su patriotismo lo que mejor definía su carácter, sino su sentido práctico y, sobre todo, su disposición alegre y feliz que se expresaba en una sonrisa, sin duda la más hermosa, cálida, cordial y contagiosa que pudiera haber en el mundo. Quien se convertía en diana de tal descarga de amor no podía más que devolverla y, por supuesto, se notaba de repente libre de cualquier preocupación y pesadumbre o -resumiendo- se transformaba en el ser más feliz del planeta. Tan contagiosa resultaba ser la sonrisa de Sonnenhansl que incluso el sol era incapaz de resistirse a tanto encanto y salía de su escondite, por muy nublado que hubiera aparecido el cielo sólo unos instantes antes. Por esto, la gente llamaba Sonnenhansl a este osito, que quiere decir “Juanito del Sol”. Un ser tan luminoso como este peluchín no podía ser más que amado por todos quienes le rodeaban y, efectivamente, con el tiempo se convirtió en uno de los habitantes más queridos del pueblo. 

La peluchina benjamina -debemos decir peluchina, pues se trataba de una niña- era una osita realmente preciosa, con sus pequeños ojos del negro más brillante jamás visto y su pelaje del blanco más impoluto que pueda existir. Esta niña dulce y tranquila encandilaba a todo el mundo con sus buenos modales. Aún no había nacido quien pudiera enfadarse con una criatura tan delicada y amorosa. Atendía al nombre de Schneeliesl, lo cual significa algo parecido a “Isabelita de las Nieves”. Poseía un gorro de lana rojo y blanco y una bufanda a juego, prendas por las que tenía un alto aprecio, puesto que se las había tejido su queridísima abuelita. En invierno, nada más llegar los primeros e intensos fríos de los Alpes, gustaba ponerse el gorro y -de verdad- debe admitirse que con él puesto estaba monísima. Lo increíble era que cada vez que se cubría la cabeza con esta prenda empezaban a caer al instante grandes copos de nieve, fenómeno que se intensificaba al ceñirse la niña la bufanda al cuello, convirtiéndose en una copiosa, silenciosa y duradera nevada que pronto cubría casas y paisajes con un grueso manto blanco. Claro que los niños del lugar, a los que encantaba la nieve que les permitía dedicarse a actividades tan divertidas como batallas de bolas de nieve, viajes en trineo y la práctica del esquí, eran los que más adoraban a Schneeliesl y por nada del mundo hubieran querido renunciar a su presencia. 

Ahora bien, por muy detalladamente que os hayamos descrito lo que sabían hacer nuestros tres peluchines, no debierais pensar que fueran todopoderosos. A veces, el tiempo tomaba su propio curso, por mucho que los ositos se esforzaran e intentaran influir en él, porque nada es perfecto en este mundo, ni siquiera los dones y en ocasiones hasta la magia falla. Así, pues, os podemos contar que un invierno cayeron densas y continuas nevadas aunque Schneeliesl no pudo ponerse ni gorro ni bufanda durante buena parte de aquella estación, ya que en verano los había guardado tan bien en algún recóndito rincón de la casa que cuando llegó el frío fue incapaz de encontrarlos. En primavera, tras las primeras subidas de temperatura, los ríos empezaron a bajar peligrosamente crecidos, sumándose a ello el hecho que un día empezó a llover y no paró en tres semanas, a pesar que Jodlerseppl no cantó ni pudo hacerlo por sufrir de una persistente infección en la garganta. Todas las mañanas, nada más haberse levantado, Sonnenhansl se acercaba a la ventana y sonreía a las nubes como buenamente podía, pero en vano. El sol se negaba insistentemente a aparecer. De modo que una noche los dos ríos que rodeaban el pueblo, con un ruido semejante al de un furibundo trueno y tras un estremecedor crujido, se desbordaron. Sus aguas incontenibles corrieron por tierras y pueblos, cubriendo enseguida prados y campos, e inundaron las casas de los campesinos, de las que arrastraron gran parte de las pertenencias de esa desesperada gente. Tan grande fue la destrucción causada por la inundación que toda la región quedó sumida en la miseria y, a medida que se ablandaban las tierras bajo las aguas, se endurecían los corazones humanos. Al poco tiempo comenzaron a correr habladurías, primero en voz baja y escondiendo la boca tras la mano, que echaban la culpa de todo al inocente Jodlerseppl. Luego expresando abiertamente su rechazo, y ya no se cortaban ni cuando el peluchín estaba delante para escucharlo. Poco a poco, los tres hermanos cayeron en el desánimo y la tristeza. Jodlerseppl, cuya garganta por fin se había curado, no hubiera podido cantar aunque lo hubiese intentado. A Sonnenhansl tanto le pesaba la pena en su pobre corazón que por mucho que lo pretendiera no lograba sonreír y su cara no producía más que muecas grotescas que no conmovían a nadie. Los ojitos antes tan chispeantes de Schneeliesl se habían vuelto mates y su pelaje habitualmente tan blanco y bonito ahora tenía un aspecto apagado y escasamente atractivo. Cómo les dolió a los tres hermanos el darse cuenta de lo inconsistente que era el amor de los humanos y lo rápido que podía convertirse en odio. No, ellos jamás se habrían comportado así. Hubo gente que hasta les culpó de sus ataques de reuma, consecuencia de la excesiva humedad que achacaron a los cánticos de Jodlerseppl. 

Una mañana el pueblo amaneció con una pintada en el muro de la escuela que rezaba así: ¡Fuera hositos!. Por mucho que los deficientes conocimientos ortográficos dejaban al descubierto el lamentable nivel cultural del autor de la inscripción, no se podía negar que aquella penosa leyenda expresaba la opinión de una nutrida mayoría de los habitantes del lugar. Esa misma mañana el alcalde citó a los tres peluchines en su despacho del ayuntamiento. Tras un saludo y algunas falsas cortesías, el hombre se incorporó en su silla y, vistiendo su voz del tono grave que exigía su cargo y la importancia del mensaje que quería transmitir, el alcalde dirigió a los atónitos hermanitos las siguientes palabras: 

-Mis queridos ositos, os aseguro que personalmente nada tengo contra vosotros. Sin embargo debo actuar como el representante de la voluntad popular que soy, y os he de decir que el pueblo quiere que os vayáis. Claro que yo siempre intento ser justo y evito excesivas durezas, si puedo. Por eso os ofrezco que el ayuntamiento asuma el coste de vuestros billetes a …-. Aquí vaciló unos momentos, en tanto su mente buscaba febrilmente un lugar lo bastante alejado para contentar al pueblo y aliviar su sed de venganza. Su mirada recorrió las paredes del despacho para detenerse finalmente en un mapa de Europa que allí estaba colgado. Al fin sus ojos se clavaron en una península que se encontraba en el extremo sudoeste del continente y únicamente estaba unida a él por un estrecho cuello de tierra. 
-…España- continuó el alcalde. -Y además os daremos una pequeña suma de dinero para sufragar los gastos del viaje-.

Las palabras del alcalde hirieron a Jodlerseppl como inclementes latigazos, pero se aguantó las ganas de lanzarle una réplica amarga. De inmediato, tras la profunda decepción y en el mismo pasillo del ayuntamiento mantuvo una reunión familiar de urgencia con Sonnenhansl y Schneeliesl para debatir sobre el camino a tomar en esta situación. 
-Hermanos- dijo Jodlerseppl con aire abatido -siento que todo esto es sólo culpa mía y temo arrastraros conmigo a un exilio cruel. Pero quizás pueda conseguir que el pueblo acepte por lo menos vuestra permanencia aquí-
-¡Ni hablar!- gritó Sonnenhansl. -Hermano, donde te lleve tu camino en la vida, nosotros iremos contigo-
La pequeña Schneeliesl estaba demasiado consternada para pronunciar palabra alguna, pero se puso de puntillas, rodeó el cuello de Jodlerseppl con sus finos brazos y le plantó un consolador besazo en medio de su nariz.
-¿Qué hacemos entonces?- preguntó Jodlerseppl, algo aliviado por el apoyo recibido de sus queridos hermanos. 
-¡Las maletas!- saltó Sonnenhansl sin demora, dando una vez más muestras de su proverbial sentido práctico. 

Y así fue como los ositos se subieron a un enorme avión que les llevó a España, donde desembarcaron en Barajas, el aeropuerto de Madrid. Echaron mano del dinero para gastos y cogieron un taxi con el que se dirigieron al mismo centro de la gran capital española, donde a continuación pasaron el día más terrible de toda su vida. Había gentes, gentes y gentes, voces, gritos y sirenas. Un ruido ensordecedor de personas y tráfico, así que a los tres hermanos les costó lo suyo hacerse oír y comunicarse entre ellos. Innumerables fueron las veces que se perdieron en el confuso y gigantesco laberinto callejero. Los pisaban, les robaron parte de sus pertinencias, en el metro fueron separados por un malhumorado conductor de trenes que cerró las puertas antes que pudieran subirse todos al vagón y sólo la suerte hizo que se volvieran a encontrar en la siguiente parada. No hubo en toda la ciudad rincón posible donde poder refugiarse del constante trajín de la gran ciudad. Agotados ya de su aventura urbana, por último y al intentar cruzar una avenida tan ancha como lo era el añorado valle de su pueblo natal, un coche casi atropelló a Schneeliesl, quien comenzó entonces a llorar tan desconsoladamente que no podía parar, mientras sus dos hermanos mayores trataban de reponerse del tremendo susto que habían sufrido. Por fin su caminata les llevó a un parque donde encontraron un poco de paz, aunque incluso allí sobraban humanos cuyos perros les acechaban y acosaban. Se sentaron en un banco y al rato de haber descansado Jodlerseppl tomó la palabra. 

-Hermanos- dijo -me parece que la ciudad no es para nosotros-

-Ni que lo digas- le respondió Schneeliesl con voz cansina.
 -¿Qué hacemos entonces?- se preguntó Jodlerseppl. 
-¡Buscar la montaña!- sugirió Sonnenhansl quien, como siempre, mostraba un talante sumamente práctico. 

Estando los tres de acuerdo buscaron Chamartín, la gran estación de trenes de Madrid, donde Jodlerseppl se encaminó hacia una de las taquillas. 

-Señor- dijo dirigiéndose al funcionario de trenes -¿puede darnos tres billetes a un lugar con montañas?-
-Y donde no haya tanta gente como aquí y la que haya sea amable y hospitalaria- añadió Sonnenhansl. 
-Y donde nieve en invierno- sonó una delicada vocecita, la de Schneeliesl, aunque a ella no pudo verla el funcionario, puesto que era tan pequeña que su cabecita quedaba muy por debajo de la ventanilla. 
-¿Cuánto dinero tenéis?- quiso saber el vendedor de billetes. 
Jodlerseppl deslizó su mano en los bolsillos de sus Lederhosen, sacó todo el contenido que aún quedaba allí y lo dio al expendedor. 
-Mucho no es- dijo éste, pero tras haber consultado las misteriosas máquinas con las que trabajaba, sacó efectivamente tres billetes. -A León- dijo el taquillero y con esto cerró la operación. 
Unos minutos más tarde los peluchines se encontraron sentados en un tren rumbo a León, una provincia ciertamente montañosa. 

Bajaron en la capital leonesa y desde allí se dirigieron hacia campo abierto, donde varios conductores de tractores agrícolas y camiones -consecutivamente- se apiadaron de los ositos, llevándolos un trozo del camino con ellos. Y así fue como nuestros peluchines llegaron a un pequeño pueblo cuyo nombre no vamos a citar, pero sí os podemos decir que empezaba por “S” y se encontraba en la leonesa comarca de La Vega. Este pueblo, donde los ositos habían decidido probar suerte y esperaban poder establecer su nuevo hogar, tenía algunos elementos en común con su pueblo natal. Había montañas, aunque ni eran tan altas como las de su amado Tirol, ni se encontraban tan cerca del pueblo. Había también un río que atravesaba el pueblo, cosa que gustaba a los peluchines, a pesar de ciertos malos recuerdos por el desastre acontecido en las lejanas tierras tirolesas, y las catastróficas consecuencias que para ellos supusieron las inundaciones antes referidas. Por otro lado, muchas cosas eran muy distintas de aquello a lo que estaban acostumbrados. Las casas estaban hechas de ladrillo visto o revocado y la sobria iglesia, construida en piedra y coronada por un campanario en forma de airosa espadaña, distaba mucho de la coqueta iglesia blanca en estilo barroco donde ellos fueron bautizados. Uno de los camioneros que los llevó les había hablado muy bien de estas tierras, de sus campos verdes y exuberantes, y de sus apacibles y entrañables gentes. Y la verdad es que así solía ser aquel pueblo. Bueno, casi siempre. 
Pero qué gran decepción se llevaron los peluchines en el momento de su primera toma de contacto con ese lugar, pues desde hacía algún tiempo nada seguía su curso habitual. Justo por entonces atravesaba esta tierra por la peor sequía que se recordaba en la zona. Un sol de justicia abrasaba el terreno sediento y lo surcaba de profundas grietas por las que apenas asomaban unos pocos tallos tristes y débiles que presagiaban una cosecha desastrosa, si no completamente fallida. Bandadas de pájaros hambrientos sobrevolaban desganados las calvicies de las antaño fértiles campiñas en su infructuosa búsqueda de comida. Un rebaño de ovejas flacas, que ni tenía fuerzas para balar, cruzaba el pueblo. Hacía ya bastantes semanas que los lugareños habían entrado en incruentas guerrillas, peleando ferozmente unos contra otros, enfrentados por el reparto de la escasísima agua de riego. En repetidas ocasiones incluso habían llegado a las manos. Este panorama francamente desolador se les presentó a los hermanos y los hundió en una profunda nostalgia.

-A ver si de aquí me echan por exceso de sol- comentó lacónicamente Sonnenhansl. 
-No podré ponerme nunca más mi gorro- se lamentó Schneeliesl, secándose su delicada frente con la bufanda que llevaba arrastrando por el polvo de la calle, porque con el calor que hacía le pesaba demasiado en las manos. 
-Pero quizá yo pueda ayudar a esta gente- dijo Jodlerseppl y emprendió rumbo al centro de la plaza. Allí se plantó, enfrente de la iglesia y, a la vieja usanza, lanzó sus cánticos al aire, sólo que esta vez iban dirigidos hacia la iglesia y no a las montañas. Tampoco le contestó el eco, porque las montañas, desde donde éste hubiera podido ser devuelto, estaban demasiado lejos. HOLAREIDIIII, sonó su grito, seguido por un segundo HOLAREDIYIIII. La gente, boquiabierta, dejó sus quehaceres y le miró con asombro. Nadie jamás había escuchado en este lugar nada ni remotamente parecido. La pareja de cigüeñas que anidaba sobre la espadaña de la iglesia despavorida levantó el vuelo y unas cuantas astillas procedentes de la vivienda de estas aves cayeron desde la punta de la torre al suelo, como una fina lluvia, presagio lo que habría de pasar después. Se abrió la puerta de la iglesia y de ella salió el cura del pueblo limpiándose la sotana de las astillas descendidas del cielo. Al darse cuenta de la naturaleza del revuelo que se había montado delante de la casa de Dios lanzó una mirada estricta a Jodlerseppl y sentenció: 
-Este rapaz está loco.- Justamente en este instante se desprendió una primera gota de lluvia de una nube que súbitamente había aparecido en el firmamento añil, una gota bien gorda por cierto, que fue a parar directamente en la lengua del cura, donde se posó en medio de la última “o” de la palabra “loco”, antes que el párroco hubiera tenido tiempo de cerrar la boca. 
Más y más eran las gotas que fueron cayendo y a medida que Jodlerseppl se ejercitaba cantando, el chubasco ganaba en intensidad. Las gentes levantaban sus rostros al cielo ofreciéndoselos a la líquida bendición, como los girasoles dirigen los suyos hacia el sol para saludar los apreciados rayos. La tierra tragaba con ansia el agua anhelada durante tanto tiempo, se empapaba de ella, y con fruición bebía y bebía. Los niños tiraron sus Gameboys con los que se habían estado aburriendo y empezaron a bailar, saltar, chapotear y atravesar con sus bicis los charcos que rápidamente se estaban formando, salpicándose y mojándose unos a otros, mientras se lo pasaban a lo lindo. Llovía y llovía, todo el resto del día y toda la noche. 

La mañana siguiente, que era domingo, los habitantes del pueblo se encaminaron a la iglesia para asistir a misa. Aún traían caras largas, porque las peleas de tantas semanas no se podían olvidar tan pronto y no era tarea fácil restablecer las buenas relaciones vecinales y antiguos vínculos de amistad. Al llegar al pórtico de la iglesia encontraron a los tres peluchines que en él se habían refugiado de la lluvia y para pasar la noche. Entonces Sonnenhansl entendió que ahora le había llegado el momento de entrar en acción. Su cara se iluminó con la mejor de sus irresistibles sonrisas, y quien recibió su mirada sintió como si un rayo de luz se adentrara por sus ojos y de allí se dirigiera directamente al corazón, dejando tras de sí una estela de cálida felicidad. Poco a poco, todos los vecinos del pueblo empezaron a mostrar rostros sonrientes. La gente comenzó a saludarse y a intercambiar palabras amables. Durante la misa cesó la lluvia y al salir de la iglesia un suave y dorado sol, que nada tenía que ver con el abrasador enemigo que hasta el día anterior había castigado a la tierra desde el cielo, esperaba a los lugareños. Aunque nadie comprendía qué estaba pasando, a lo largo del día todas fueron sonrisas, mientras los campesinos se abrazaban, se besaban y se estrechaban las manos. 

Con el tiempo supieron que aquellos insólitos acontecimientos se debieron a los dones de los ositos. Paulatinamente el pueblo fue volviendo a la normalidad, tanto en lo que se refiere a la situación meteorológica, como a las relaciones humanas. Para mostrar su agradecimiento los habitantes del pueblo, que eran personas honradas y educadas, ofrecieron a los recién llegados casa y hogar, aceptándolos entre ellos con cariño y respeto. Y en invierno, cuando además se les reveló en qué consistía la magia de Schneeliesl y se percataron que gracias a ella volvía a nevar tanto como en los buenos y viejos tiempos ya sólo recordados por los más mayores, la felicidad fue completa y a nadie se le ocurrió poner en duda nunca jamás la conveniente presencia de los tres peluchines en S. 

Se estaba acercando el primer aniversario de la llegada de nuestros amiguitos y la gente del pueblo quería celebrar ese día con algún evento especial, como especiales eran los peluchines adoptados por ellos. Por fin alguien tuvo una brillante idea que en seguida ganó el beneplácito de toda la comunidad: iban a construir un monumento a los ositos, el cual ubicarían en medio de la plaza. Con el propósito de recaudar los fondos necesarios para llevar a cabo este plan, organizaron una comida popular, a la cual asistió el pueblo entero. Nadie se ausentó y no hubo ni uno que no se rascara el bolsillo para tan noble fin, e incluso los más tacaños se volvieron generosos. El artista del pueblo, un chico de pelo largo y no del todo comprendido por la totalidad del vecindario, pero artista al fin y al cabo, se encargaría de elaborar el diseño de la estatua. Antes ya había dado suficientes muestras de sus dotes artísticas, trazando un escudo estupendo para la Asociación Deportivo y Cultural del pueblo. El siguiente sábado se juntaron todos para construir el monumento. No faltaba nadie, todos aportaron su grano de arena. Algunos, en el sentido más literal de la expresión, cavaron el foso para los cimientos, mezclaron cemento o seccionaron bloques de piedra de las que el artista luego esculpiría las figuras que representarían a los ositos. Y otros, en sentido menos afanoso y más lúdico, prepararon empanadas, cocinaron tortillas y cortaron cecina, chorizo y jamón para abastecer de viandas, junto a cantidades descomunales de cerveza, bebidas de cola y naranjadas a los tan hacendosos como hambrientos y sedientos constructores. El domingo la estatua, a la que denominaron “El Monumento al Peluchín Cantarín”, ya estaba terminada y la inauguraron celebrando una gran fiesta, con música, baile, globos y carameleras. 

Y nada más nos queda por contar, salvo que los peluchines se quedaron para el resto de su vida en aquel pueblo leonés, cuyo nombre empezaba por “S”. Contribuyeron considerablemente a la mejora de las condiciones meteorológicas del lugar y a levantar la maltrecha economía de sus habitantes. Vivieron felices, como felices vivieron los demás vecinos del pueblo. Bueno, casi siempre. 

FIN 
(Cuento escrito por Vera Krutisch y revisado por Nano Miguélez, pseudónimo de El Diantre Malaquías)