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13 abril 2026

(₸X) El ideal de belleza


A lo largo de la Historia ni neoplatónicos, ni escolásticos, ni racionalistas y positivistas de los siglos XVIII y XIX, ni aun hoy día se ha podido dar una noción exacta y precisa del concepto belleza. Tiene una explicación. La belleza no es sino un cúmulo de sensaciones subjetivas (en potencia reductibles a un simple proceso fisiológico), condicionadas básicamente por valores de naturaleza cultural. 

Una visión fenomenológica 

En un alarde de eruditismo, podría exponer múltiples citas y sentencias sobre el fenómeno en cuestión pero, por redundantes o incontinentes (así sean incontinencias de pensadores famosos) las abreviaré en lo posible, ciñéndome a aquéllas más sustanciosas o que ilustren mejor mi personal concepción. Como sublime ejemplo de la subjetividad esencial de la belleza, empezaré con una febril y psicodélica descripción del mismísimo Platón (430 A.C.). Entre otras cosas dice: “Cuando la influencia de la belleza le entra en el alma por la vista, su cuerpo entra en calor, se rocían las alas de su alma, pierden la dureza que detenía sus gérmenes, se licúa y sus gérmenes, hinchados en las raíces de esas alas, se esfuerzan para salir por toda el alma” . ¡Jo, vaya esparrame!. Así seguro que ni siquiera dos podrían sentir algo parecido. Esto sí que es subjetividad condensada. Plotino (270-205 A.C.), un neoplatónico, es mucho más comprensible y -a mi modo de ver- certero en su intento de aproximación a la idea. La define como “inmaterial por ser inteligible y no sensible, sin que pueda depender de proporción y medida”. En lo que a mí respecta puedo coincidir con parte del enunciado (visión mentalista, independiente de proporciones y medidas), pero no con el carácter “inmaterial y no sensible”, pues por inteligible es mental y, por tal, ya fisiológica. Y más aún si se considera sensual por excelencia, osea, bioquímica pura. 

Ya en nuestra era aparecen una serie de pensadores cristianos (San Agustín, Santo Tomás de Aquino, Boecio y otros), cuya característica común es el enfoque místico de sus análisis. Vienen a decir algo así como que la belleza es un destello, sólo un reflejo de la absoluta que es la divina. Para este colectivo se llega a lo bello por contemplación sensible o inteligente. Distinguen entre belleza sensible (objetos físicos) y belleza espiritual, moral e intelectual. Estas últimas constituyen la virtud a partir de la cual se reconoce un orden suprasensible, naturalmente Dios. Como se ve, peca la teoría de un grave inconveniente, cual es el prejuicio religioso en un estudio presuntamente riguroso. Remitiéndolo todo a Dios abarcan el absoluto. Allá donde no llegan las inducciones y deducciones siempre estará Dios. 

En el siglo XVIII (aparte de algún anclado en la vetusta escolástica) coexistieron dos corrientes que, antes de ser contrarias, fueron más bien complementarias. Son el positivismo y el racionalismo representados por ilustres filósofos como Kant, Hegel, Hume y otros. Kant señala que se da en la belleza una relación entre la obra y el “yo” (¿antecedente del “yo” freudiano?), a través del sentimiento. De acuerdo. Pero no puedo estarlo cuando eleva este sentimiento (¿por qué no otros?) a la categoría de conocimiento. Tampoco cuando afirma que la belleza reside en la perfección de los objetos, con independencia de toda apreciación subjetiva. Habla de la perfección como algo objetivo, cuando no me cabe ninguna duda que es todo lo contrario. El positivista D. Hume (por el que -ocioso ha de ser decirlo- siento una especial predilección) opina de la belleza que “no es cualidad de las cosas, sino que está en el espíritu que las contempla”. En el pasado siglo XX, Freud se refiere a la belleza como producto de una pulsión, tanto en el que la contempla (el deleite o desagrado), como en el artista (el numen, la inspiración), a la que se llega por un mecanismo de sublimación que más adelante detallaremos. 

La obligada concreción del término 

A fuer de convencionales, una referencia ineludible ha de ser el diccionario de la R.A.E.L. Allí se escribe: La belleza es “armonía y perfección de las personas o cosas que nos inducen a amarlas, produciéndose un deleite espiritual. Propiedad que existe en la naturaleza y obras literarias” . De nuevo me inundan las dudas. Armonía. ¿Todos la entienden igual?. ¿Y la armonía de lo desarmónico?. ¿Será lo de la armonía un invento o un sencillo reflejo condicionado?. Perfección. Ah, ¿pero hay algo perfecto?. ¿O imperfecto?, qué más da. Y que no imponga esta sociedad modelos de perfección, cuando es en esencia imperfecta. Tal vez sea más bella una piel sobre cualquier urbana leoparda que sobre un piojoso león. O no, que las modas cambian y la leoparda urbana puede pasar a ser políticamente incorrecta, por tanto “desposeída” de toda su belleza. Bueno, son cosas diferentes, apuntan los más comprensivos y tolerantes. Claro, la mujer de leona y la hormiga de lagarterana. Pero con frecuencia se ignora que actitudes como las antedichas llevadas a la irracionalidad pueden poner en peligro hasta el equilibrio del planeta, entiendo que éste sí muy próximo a la belleza absoluta. Luego, descártense los reclamos consumistas como criterios rigurosos de belleza, incluso en no pocos casos de lo que “se suponen obras de arte”

Con tantos ingredientes cabe preguntarse si la belleza es un don divino o un invento humano, una expresión de divinidad o una mitificación nuestra. ¿Hay alguna cualidad que dote de belleza?. ¿Existen condiciones objetivas para que todo el mundo y en todo el mundo algo se considere bello?. Bello es todo aquello que uno quiera y “sienta” hacerlo. “Cada cual debe limitarse a gozar de lo que le guste sin empeñarse en someter a su gusto el de los demás” (D. Hume). Si acaso hay algún tipo de belleza, ésta es la ideal, por platonismo o por convención. Pero sospecho que sólo es un sustantivo común, cuya función es denominar de una sola forma una infinitud de nociones. No es atributo de las cosas, sino atributo que nuestra mente asigna a las cosas, coincida o no con los cánones. Es un invento muy singular, pues cada uno tiene o debe tener su propia noción y sensación de belleza. 

En ocasiones se oye que para apreciar lo bello son fundamentales el sentido de la vista y el oído. Sucede sin duda porque en las personas sin minusvalía son los sentidos más utilizados. Sin embargo, puesto que la belleza es una imagen mental creada a través de sensaciones, también éstas pudieran ser táctiles, olfativas, cenestésicas, etc.. Pongo por caso el del ciego de nacimiento que, por compensación de sus sentidos, retrata a su amada con inusitada creatividad y “belleza”. He aquí un buen cimiento para un diseño experimental: cotejar y sacar conclusiones sobre dibujos de invidentes y de videntes. 

Un vano intento de objetivación del fenómeno 

En todo acto de belleza (o como se quiera denominar) hay un sujeto y un objeto. El sujeto puede ser activo (creativo) o pasivo (contemplativo). El objeto es, para el sujeto activo, un “producto” cargado de significantes (caos, orden, color, proporción, forma, etc.) que encierran una definición exacta del mismo “producto” y del sujeto activo (y no el uno sin el otro). Para Paul Ricoeur “el placer auténtico constituye la intuición más audaz de toda la estética psicoanalítica”. Yo diría más: con los sueños, es la mejor expresión psicoanalítica. Por otra parte, para el sujeto contemplativo la obra o producto deviene arte porque lo carga de significaciones; las cuales a menudo en nada coinciden con los significantes primigenios. Tanto en el producto, como en la “obra de arte” (cuando así se la considera) entra en juego la teoría de las sublimaciones que algunos de modo simplista denostan. Existe una pulsión generada por una corriente subliminal inducida (adquirida, provocada) que condiciona al sujeto activo a crear ciertos “productos” y al sujeto contemplativo para interpretarlo de una determinada forma, convirtiéndola en su caso en “obra de arte”. Debe entenderse por “pulsión” todo aquello que nos mueve a actuar en una dirección, y por “corriente subliminal inducida” la impregnación sociocultural a la que está sometido cualquier miembro de una sociedad. 

A un nivel todavía más -si cabe- fisiológico, toda forma de evaluar es un condicionamiento adquirido por educación, por imposición visual (la moda -por ejemplo- acaba triunfando, así sea de dudoso gusto), por imitación o rotura con la naturaleza, etc. Tal condicionamiento activa una infraestructura neurológica, la cual desata una respuesta fisiológica (procesos bioquímicos y bioeléctricos), que son quienes producen una sensación de placer o displacer ante una observación significativa. El escalofrío ante una obra (socioculturalmente inducido), no radica -claro- en la obra, sino condicionado en nuestras estructuras mentales. Un lagarto y un picasso, por igual, son fuentes potenciales de sensibilidad, pero unas condiciones educativas, geográficas, climáticas, socioculturales, adquiridas, al fin; harán que se valore así o asá, según el toque definitivo de personales sublimaciones. Se nos condiciona a lo largo de nuestra vida para, en el estricto sentido fisiológico, sentir o no deleite. Es pues lo adquirido (susceptible de modificar mínimamente nuestras dotes biológicas, tanto desde el punto de vista ontogenético como filogenético) quien desata las diferentes respuestas fisiológicas. 

Fin 
El mundo según el Diantre Malaquías 


25 marzo 2026

(₸X) ERÓTICA Y PODER (A ver si aprendemos del caso Errejón y aquello de la nueva y depurada casta que se nos vino encima con más mierda que ninguna otra casta)


Juego de conceptos

Desde el punto de vista de la Psicolingüística (ciencia por cierto que han prestigiado investigadores como el ruso Vigotsky o el norteamericano “rojo” N. Chomsky, entre otros), ¿qué significación encierra el sintagma “erótica del poder”?. Para esclarecerlo deberán someterse a disección semántica los monemas ERÓTICA y PODER.

Según los diccionarios al uso, erótico es lo concerniente al amor, pasión amatoria, amor sensual exacerbado y otras nociones que de momento no aclaran nada. El poder es dominio, fuerza, vigor, posesión, facultad para mandar o ejecutar una acción. Como se ve, la concomitancia entre los términos empieza a asomar. En cuanto al poder específicamente político diríase que es la potestad rectora y coactiva de la sociedad convencional, la cual es la única que se beneficia del monopolio de la fuerza armada para, en última instancia, imponer su autoridad en aras del bien común ¿…?. Por tal se forma parte de ella de oficio, es decir, se quiera o no. En definitiva, poder es fuerza para obligar y lleva implícito otro concepto no detallado hasta hora, la autoridad, que es el derecho y legitimización para ejercer el poder. 
Hay dos vías para acceder al poder: el dinero o la política. La primera exige esfuerzo personal, capacidad para invertir y evaluar el riesgo (que siempre lo hay), inteligencia y méritos; todo ello al margen de la política, si bien ya se sabe que ambos poderes tienden a entrecruzarse, a confluir, a buscarse y colaborar en intereses más o menos (más bien menos) transparentes. Para acceder al poder por la segunda vía puede que en algunos también haya méritos y hasta ejercicio de la inteligencia (lo que más abunda en esta casta son los listillos), aunque por lo general es una senda mucho más fácil y sin apenas riesgos para el aspirante (no suele apostar con su dinero). Basta morro, muchísimo morro, un morro con callos y a prueba de guindilla picante “restregáaa”. Ya me dirán qué otros méritos atesora ese virrey amontillado (que fue) de un “taifato” del N.E. de la península ibérica, con independencia de ser más o menos estudiado, que esto me trae sin cuidado y además entiendo lo de la igualdad de oportunidades (merecidas, en todo caso). 

A partir de aquí, la imagen que de los políticos dimane del presente artículo podrá suscitar contrariedad o hasta radical rechazo en algunos. Pues bien, en ciertos temas no suelo rehuir la batalla dialéctica y me encantaría guerrear con algún interlocutor defensor de políticos. Quisiera saber sus razones. Nada, por hablar sólo. Pero ahora tan sólo se trata de exponer un humilde análisis psicosociológico, con ese puntito de ironía imprescindible para mantener la cordura (ya se sabe, la ironía previene contra la ira), puesto que los tiempos que corren y los consuetudinarios eventos que traen consigo lo merecen y hasta lo exigen. Insisto, cuestión de higiene mental. En cualquier caso, quien a mal tome lo que lea considere que tiene un problema muy suyo. Quizá deba revisar como poco su grado de tolerancia, cuando no otros aspectos de su personal dotación. 

La profesión política 

En la sociedad política se integran dos categorías de individuos. Unos son los profesionales más o menos declarados, gobernantes que sostienen el poder y contragobernantes u oposición manifiesta, que aspiran al poder. Otros, los gobernados, quienes las más de las veces sufren el poder. Obviamente son los primeros el objeto de este análisis. ¿Qué son los políticos?. ¿Quiénes son?. ¿Qué características y atractivos tiene el poder que algunos de cuantos lo ejercen no lo sueltan ni “sodomizados”?. Sí, nos dicen que es muy sacrificado pero, visto el escaso estoicismo de la clase política, uno duda que sea carga tan pesada. 

Todo individuo tiende a intentar alcanzar su propia “perfección” y el motor es el combate interior entre un deseo de dominio y un sentimiento de inferioridad. En el centro estará el equilibrio. A la sed adquirida (no tanto innata) de honores, de consideración, de dinero, de seducción, de logros intelectuales o físicos (“necesidad de logro” para Mc Clelland), de calidad de vida en última instancia; se oponen la mediocridad, el sueldo magro, las decepciones del sexo, etc. Y la posesión del poder permite satisfacer muchas de aquellas ambiciones y soterrar otros tantos de estos últimos conflictos convertidos en complejos. Nada mejor que subirse al carro de un poder que obliga e impone para satisfacer frustraciones que se sienten irresolubles desde la individualidad y la auténtica autosuficiencia. Y aquí entra en juego la ley de las compensaciones. Un mediocre abogado o un médico torpe pueden llegar a ser excelentes políticos, del mismo modo que un hombre “pelele” en casa tal vez ejerza de temido comandante en el cuartel. Soy consciente que cada cual es lo que es, en función sobre todo de fallas en la propia personalidad, susceptibles de ser compensadas o sublimadas. No es para que se interprete literalmente -por favor-, pero de alguna forma el arquitecto lo es porque teme morir aplastado por un edificio mal construido, el endocrinólogo por pánico a la obesidad y/o a la seborrea, al psicólogo lo hacen sus complejos (se sorprenderían …), etc. Otros, en fin, son lo que les dejan ser. 

¿Qué son pues los políticos?. Cuando menos pretenciosos. Puede pensarse que éste es un oficio neutro, pero no. En este oficio el aspirante se arroga (legitimado como mal menor en las urnas) la capacidad de dirigir, cuando no de mangonear a la colectividad. ¡Como si todos fueran capaces!. Dicen los psicofisiólogos que los políticos tienen un nivel muy alto del neurotransmisor llamado “serotonina” y, aunque desconozco a día de hoy la relación causa-efecto entre las variables en juego (no sé si la “serotonina” hace al político, o es el político quien desboca la síntesis de “serotonina”); es por ello -si acepta el lector la broma- que veo la profesión política un tanto delirante y “de alucine”. Algunos se caracterizan por un marcado narcisismo, otros son avaros, mesiánicos, redentoristas, los hay que buscan gloria y boato, o bien bombo y resonancia para unas ideas decimonónicas que hieren la más elemental lógica de supervivencia (algún día escribiré tanto de nacionalismos, como de imperialismos). En fin, políticos son aquéllos que tienen algo muy particular o quizá mucho que olvidar, compensar o sublimar. Téngase en cuenta que un significativo número de ellos aprovechan las prebendas del poder para obtener adulación, riqueza, prestigio, etc; en definitiva, la satisfacción de un “ego” que otros han obtenido a través de su lucha personal, orgullo y carisma propios, osea, sin ayudas del poder. Desde este punto de vista, es más ejemplar el estatus de un Sabina -por ejemplo y que no cunda- alcanzado por sus medios, genio y paciencia, que no el de Sr. Número Tres del Partido, así sea el estatus de éste “servidor público” siete veces superior. 

Por supuesto que no todos los políticos son iguales, ni todos se dedican a la política por torcidas intenciones. Cierto. Pero considérese que el poder es siempre investido y quien a él aspira, tanto por lo que el poder significa, como por la utilización que de él se hace, es de por sí extraño y no siempre (o casi nunca) de limpios propósitos. Otra constatación: claro, llegan arriba los más capacitados, pero sólo de los que aspiran, entre los cuales no es frecuente encontrar a los más inteligentes de una sociedad (recuerden lo del abogado transmutado ahora en político). En este contexto la palabra capacitado debe entenderse como ambicioso, frío, calculador, constante, de astucia filopsicopática (que es inteligencia pero unidireccional y perversa) y sobremanera cínico, muy cínico. Creo que el cinismo es la palabra que destaca y mejor define a gran número de políticos, el cual parece inmunizarles contra la crítica y anestesiarles contra la autocrítica, de modo que pasan (y algunos hasta se lo creen) por “servidores públicos” competentes, cuando de lo único que sí parecen capaces es de llevar a la ruina integral (moral y económica) a la comunidad donde gobiernen, con tal que a ellos no les muevan la silla de mando. Cinismo que escalofría como una navaja barbera en manos de un fígaro convulso, y del que resulta un incomparable espécimen ese “renegado cordobés amontillado de estómago cortés”. Convénzanse, en el haber cultural de algunos no encontrarán nada más allá de esa maquiavélica sentencia de... “el fin justifica y tal y tal...“, que tan bien han aprendido (a eso llegan) y que ejecutan con la frialdad de un témpano en plena glaciación. Por otra parte, si alguien de los que acceden a lo más alto de la cadena de mando tiene un cierto mérito, éstos son los líderes; a la sombra de los cuales crecen otros no siempre capaces y a los que sólo la inercia de las masas, su apatía e ignorancia, su irracional y necia reverencia por los políticos, aúpan a un poder que luego éstos pueden desacreditar con decisiones a todas luces de una incompetencia supina. Pues no hay ejemplos…, para quien quiera verlos. 

La erótica 

Ahora bien, como ya quedó apuntado, todo es válido y legítimo mientras no se olvide la pretensión del buen gobierno, en equilibrio ajustado entre lo que se es, y a lo que uno se debe (a una comunidad plural, sí, plural). Es decir, todo depende de cómo se ejerzan las diferentes funciones que en la sociedad están establecidas. Pues los hay que cuando colman sus aspiraciones personales se olvidan de gobernar si ello no les reporta beneficio. Y como políticos, tanto más mediocres serán cuanto más conformistas, ya que el poder es por definición no tener a nadie por encima de ti. Y ojo con los instalados que traducen a su antojo y conveniencia las aspiraciones de los militantes y el pueblo llano. Ellos son el verdadero peligro para la democracia. Cuando se pierde la honestidad intelectual más o menos brillante, y cuando se producen abusos o escándalos se pone en peligro la democracia. Aquí ha podido estar en peligro, pero no tanto por el terrorismo o las huelgas y movilizaciones, sino por un rosario de sangrantes y continuadas corruptelas que ofenden hasta la más elemental de las inteligencias. Sin embargo, cuando correspondan elecciones o ellos decidan convocarlas, en nuestras manos está aplicarles el severo correctivo de la abstención masiva, verán cómo tiemblan. Por fortuna, el ruido de sables (ante el que serían los primeros en abandonar el barco cual ratas en un naufragio) parece haber quedado ya muy lejos, aunque el espanto los paralizaría de igual modo, “por si acaso”. No, si la situación no pinta muy fea, irse no se irán, pues con la excusa de que quien no vota es porque no quiere se justifican y echan balones fuera, aferrándose al poder con las garras tan afiladas como las del buitre que ha olfateado carroña. Y háganlo antes que desmantelen el estado, pues uno sospecha que ciertos políticos podrían estar ya embalando hasta los muebles de propiedad pública para llevárselos. 

Si se da un paso más en la clarificación de la inicial concomitancia entre los términos en estudio, habrá de señalarse que la relación entre uno y otro estriba en la utilización de la política para satisfacción de un “ego” claramente inflado de una presunción y narcisismo, con frecuencia fuera de lo racional. A pesar de lo expuesto, algún lector habrá que exija mayor concreción en cuanto a la erótica. Pregunto: ¿quién, siendo octogenario y fuera de las medias o altas esferas del poder político y/o económico puede gozar de hembras tan rollizas como las que algunos de ellos lucen?. ¿Acaso algún socialista habría soñado nunca requebrar a nietas del mismísimo General (o, según para quién, del mismo Generalísimo)?. Que nadie se engañe, los poderosos lo tienen mucho más fácil para fornicar y lujuriar con sutilezas e instrumentos varios. En el caso del político porque, aparte de poder salir de la hambruna o directamente “forrarse” con su "altruista" oficio, además legisla y marca el camino a los otros ricos de los que muy pocas veces no saca sucio provecho. También son los sujetos que suscitan adulación, reverencia y mito en babosos (y babosas) y mamones (y mamonas), tan proclives ellos (y ellas) a la adoración por fe (¡qué necios!) o por cinismo puro. Incluso estas escaramuzas, con el sexo de por medio y como actor principal, se utilizan para medrar y ascender puestos en el escalafón, lo que convierte a los vocablos “mamones” y “mamonas” en nada banales y sí cargados de significación tan connotativa como literal. Yo mismo en su momento estuve tentado de seguir la carrera política por estas indudables ventajas, pero me dí cuenta que exigía una excepcional fortaleza orgánica y visceral, de tal manera que por dejar cadáveres (reales, en ciertos casos) a lo largo del trayecto no habrías ni de inmutarte. Y para esto ni estaba ni estoy preparado. En fin, el poder es una especie de nirvana a la que unos llegan por esfuerzo y méritos propios, en tanto que otros lo hacen a través de una senda segura y sin riesgos personales, porque se juega con dinero ajeno y además se cuenta con la adulación fácil que la autoridad comporta. ¿Hay o no erótica en el poder?. ¡Hala!, y a seguir prosperando que si los de arriba se las benefician los de abajo no catamos. 


El Diantre Malaquías 


28 febrero 2026

(₸X) Razones psico-sociales del atractivo de los famosos



Se dice en los ámbitos especializados que los medios de comunicación, otrora conocidos también por los “mass media”, son los instrumentos de control social por excelencia. No obstante, y aunque al respecto existan pocas dudas, conviene precisar tal afirmación, pues mi labor como “buceador” de la objetividad no ha de ser simplificar los contenidos, y sí hacer un análisis riguroso de los mismos. Sería absurdo, por tanto, presentar como ciertos tópicos radicalizados a su favor o en su contra. En efecto, son los “mass media” los que a través de la potenciación de una serie de valores como atractivo físico, popularidad, estatus económico (ostentación, lujo, comodidad desmedida, etc.), y otros; mitifican a una serie de personajes, presentándolos al mismo tiempo como modelos a imitar. Y hay en ello muchas veces un verdadero trueque en la jerarquía de valores, anteponiendo gratuitamente -por ejemplo- el estatus o el atractivo físico, al valor intelectual de las personas. Pero no es en el medio donde radica la presunta maldad (por más que muchas de sus producciones nos parezcan ridículas), sino más bien en la utilización que de él se haga y las consecuencias que de ello se deriven. Bajo esta perspectiva, los “mass media” serán una realidad más que habremos de tolerar y al mismo tiempo aprovechar. La cuestión es cómo afrontar las influencias que dichos medios ejercen sobre nosotros. Así, ni los “mass media” son manipuladores, embrutecedores, etc.; ni son la panacea de las sociedades modernas que forman y hasta elevan el nivel intelectual del receptor. No. Todo depende. Y depende siempre de la actitud de quienes reciben el bombardeo de información, dando por supuesto que hoy en día el estar informado es un bien.

Las diferentes conductas que se pueden adoptar ante estos medios las podemos categorizar, siguiendo a David Riesman, en dos clases. Unas serían las propias de los individuos “introdeterminados”, entre cuyas preocupaciones están la seguridad material y la adaptación a las circunstancias de forma adecuada, tanto individual como socialmente organizados. Otras corresponderían a los “extradeterminados”, ocupados sobre todo en la adaptación a las otras personas (aunque afronten las propias circunstancias de forma precaria), en doblegarse sin autocrítica a las nuevas ideas y modas, en estar de acuerdo con la mayoría (“fundirse en la multitud”), etc. Todo ello con una actitud absolutamente tributaria de los medios de comunicación que los informan, forman y “deforman”; es decir, modelan y perfilan sus comportamientos de manera determinante.

Esta sociedad nos exige ser fundamentalmente “extradeterminados”, pues de otra forma perderíamos no sólo el sentido de realidad, sino también el de integridad para la supervivencia (aprovechar en beneficio propio lo que tales medios nos ofrecen), y así mismo el de modernidad en su sentido auténtico (no en su constreñido significado de “tecnología punta”). Sin embargo, entre las categorías reseñadas puede distinguirse una tipología de personajes cuyos comportamientos estarán más cerca de una u otra. Así, podemos hablar de individuos “racionalmente críticos”, de individuos “resentidamente críticos” y de los “acríticos” o papanatas. Los “racionalmente críticos” se caracterizan por un conformismo -o inconformismo- consciente y selectivo, expresado en conductas adaptativas, que no siempre querrá decir adaptadas. Serían los modelados con autorretoques, más bien “introdeterminados” y críticos. En el substrato psicoanalítico habría un yo-ideal realista. Los “resentidamente críticos”, o modelados a puñetazos -si se nos permite la figura-, son de un inconformismo resentido y radical. Se aferrarán a todo tipo de violencia, olvidando (muchas veces gravemente) que la supervivencia individual y cósmica pasa de forma ineludible por la sociabilidad y la tolerancia. En el transfondo psicológico habría un yo-ideal vengador, que actuaría de forma contraria o antitética a los modelos presentados por los medios. Se definirían también como los “extradeterminados contrainfluenciados”. Por último, nos referiremos a los “acríticos” o modelados sin autorretoques. Su principal rasgo es un conformismo "extradeterminado" y autodefensivo. 

Los manuales de Psicología Social dicen del conformista que se caracteriza por ser intelectualmente poco eficaz, poco maduro en sus relaciones sociales, más rígido y autoritario, así como más necesitado de aprobación social que el no conformista. La mayor preocupación del sujeto “acrítico” no es ya la inseguridad material (que también) o la adaptación a las circunstancias, sino la adaptación a las otras personas. Éstos son los más influenciables y, en general, suelen haberse creado la necesidad de aprobación social por la vía simplona de aparentar estatus similar al de los adulados, o bien de formar parte de grupos “in” o de corrillos políticos de grupos generalmente mayoritarios, donde no son sino simple número. Ellos son la viva expresión del abismal paso dado de la era de la producción, a la era del consumismo total e indiscriminado que les lleve -siempre- a ganar consideración y prestigio social. Y digo de su conformismo que es autodefensivo, por cuanto su escasa capacidad crítica, de iniciativa original y su deficiente capacitación global los convierte en individuos eternamente insatisfechos (frustrados, a pesar de su terreno y casita de campo), cuya identificación es a través de un yo-ideal iluso. Son la chusma. Ésa que acepta como bueno que le emplumen un estricto problema de algún político con la justicia, no siendo en absoluto ni responsables ni beneficiarios. O aquélla que se escandaliza de una pelea de lucha libre infantil consentida, y no sólo no mueve un dedo, sino que también desprecia a una heroinómana sin hogar. O ésa otra tan estúpida que juzga con regocijo un divorcio de cualquier “pavo” famoso y critica sarnosamente el de su vecino. O muchos de ésos otros que van detrás de pancartas con lemas que debieran importarles un pimiento (o la huerta entera), pues a la mayoría de oficiantes que se manifiestan no les traerá ventaja alguna. Por supuesto que hay excepciones, y éstas son algunos casos concretos donde las pancartas rezan lemas donde se reclaman salarios atrasados o donde se defiende un trabajo concreto, siempre y cuando -claro está- los sindicatos establecidos tengan un papel secundario, aunque anden de por medio. En fin, tantas otras expresiones de gregarismo insoportable….

De lo expuesto hasta aquí deberá inducirse que es necesario encarar las influencias de los “mass media” con filtro “introdeterminador” y racionalizador. Se ha de ser críticos, constructivamente críticos hasta con la democracia, por cuanto nos ha demostrado -por ejemplo- que la justicia no es igual para todos. Por otra parte -no se olvide- quienes con más vehemencia griten incondicionalidades a su adulado, más limitados y hundidos en su miseria mental suelen ser, o llegado el momento serán los primeros en lanzar la primera piedra y en no socorrer al que con vilipendio cae de su pedestal. También conviene reflexionar sobre quién es más necio, el marginado que vocifera su drama en la calle, o el imbécil arrastrado que aparenta estatus, o dice formar parte de grupos “in” o de corrillos políticos. Entre el fariseo necesitado (de pasar necesidad, sin ser muerto de hambre), conformista e hipócrita; y la chusma violenta, ideologizada o no, me inclino por los últimos pues, con dignidad muchas veces, al menos vengan su drama. Al fin y al cabo, esta sociedad ha de recibir escarmiento y castigo de alguno de sus propios abortos. Y ellos pueden y deben despertar nuestra conciencia crítica, en estos tiempos drogada por un anestesiante sentido democrático, o por tanta tecnología punta.

Fin
El mundo según el Diantre Malaquías

12 febrero 2026

(₸X) El primer amor


Una concepción lineal del amor

      En contra de lo que se podría pensar y de lo que los aforismos primaverales sugieren sobre hervor sanguíneo, no es la primavera el periodo donde se producen un mayor número de escarceos propios del primer amor, sino el verano. Ocurre que en la estación de las flores y de la cocedura genital, entre púberes y adolescentes son muchas las referencias al asunto, pero no tanto se practica. Esto se percibe más probable con la llegada del tiempo de ocio, los calores y todo lo que ambos suponen en el devenir de cuerpos jóvenes y lozanos. Dicho de otro modo, no es descabellado pensar que la frecuencia del primer beso sea mayor en verano, que no tanto en primavera, la cual debe considerarse una etapa preparatoria de ese primer contacto, siempre tansportador y retemblón. Es la última, si acaso, preponderantemente subliminal y, desde luego, menos propicia que el verano para los iniciáticos devaneos amorosos. 

Entraré en materia y lo haré en función de dos conceptos predecibles, cuales son el platonismo y el pragmatismo, quienes han de constituir los dos polos de una concepción lineal del amor, no sin dejar de reseñar desde la génesis biológica de dichas nociones, a la evolución psicosocial de las mismas. Quiere decirse que la visión de este fenómeno es sustancialmente distinta según la distancia o proximidad y posibilidades de acceso al ser amado, y que el mismo a lo largo del proceso se transmuta de místico a real y tal vez no tan romántico. En este desarrollo surgen unos hitos que es preciso no obviar, al mismo tiempo que se despliegan unas pautas propias del sexo; a las cuales, antes que por determinismo de carácter endocrino, sólo las condiciones socioeducativas del medio pueden hacer variar y desviar de la normalidad convencional. Por ejemplo, si no hay una correcta maduración del Edipo y/o no existe una sexualización adecuada, entonces surgirán las indefiniciones, los desequilibrios y con toda certeza futuros desajustes de tipo relacional. Y es que resulta imprescindible inculcar la idea de una específica sexualidad infantil, de cuyo tratamiento dependerán en gran medida las funciones o disfunciones que en el terreno de lo amoroso se van a dar. Porque sólo de los que esto ignoran, aquéllos que a golpes de crucifijo o términos como “grosero”, “so cerdo”, “degenerado”, etc.; reprimen actitudes de aproximación al sexo; sólo de éstos -insisto- han de salir violadores, impotentes psicógenos, desviados, mirones y demás. 

Las etapas evolutivas 

Remontémonos a lo biológico. Cuando uno nace trae grabadas en el ADN unas marcas que van a determinar desde un desarrollo fisiológico sexuado, hasta unas conductas que, aún en la edad temprana, llevarán al individuo a asumir unos roles y a obrar con unas pautas propias del sexo en cuestión; las cuales, en función del nivel evolutivo, tendrán una u otra expresión. Así, en la primera infancia ha de darse un proceso de identificación con las personas del mismo sexo, tanto desde la perspectiva científico-natural (cuestión simple de analogías etológicas), como social; adoptando los mismos papeles de amor, odio, celos, posesión, función social, etc. que el modelo, y vivenciando todo ello con más o menos fantasmas y desasosiegos, según haya sido -claro está- la educación del sujeto. Aparece después una etapa a la que podría llamarse de afirmación de los sexos. Los individuos se agrupan por rasgos sexuales como buscando una definición clara de sí mismos y apoyada ésta por el sentimiento que el resto de los iguales piensa lo mismo. Está cerniéndose el asalto al otro sexo (con permiso de los “insustanciales” de turno o “de pensamiento amebiano” que podrían censurarme por el uso del término “asalto”. Que les den). Tanto unos como otras van a disponer de un modelo referencial ya más alejado del paterno-materno, lo mismo en el proceso de afirmación (un hombre o mujer cualificados por otro/a pequeño/a hombre o mujer), como en el de expresión (una mujer cualificada con la que sueñe un pequeño hombre, o al revés). Los sexuados de la misma edad -aunque contrarios- se insultarán, pero en sus interioridades guardan un mito -por lo general inaccesible- del sexo insultado. No obstante, aún las hormonas apenas han actuado. Acaso algún sintomático pero escaso vello, un mayor o menor desarrollo y poco más. Cuando las hormonas descargan en la sangre con toda su saña, los miembros diferenciadores empiezan a completarse y definirse a ritmo casi de vértigo. Los sujetos se ven con sorpresa, viven un autorreferencial amor-odio, con frecuencia inquietante, además de sentir un abrasador fuego interno que ahora irremediablemente busca una forma de ser con urgencia descargado. 

¿El primer amor o los primeros amores? 

¿Y cuáles son los objetos que favorecen la descarga?. ¿Y cuáles las vías?. ¿Puede hablarse del primer amor o más precisamente debe hacerse de los primeros amores?. A todos estos interrogantes contestaré en las siguientes líneas. En esta etapa persiste de la anterior un sentido del amor personificado en un sujeto de difícil -por no decir imposible- acceso; el cual, cuando el deseo llega, es utilizado por los púberes como objeto de sus ensoñaciones y hasta de sus onanistas y normalizadoras prácticas autosatisfactorias. Pero como se ha dicho, tal objeto -ya- de sus deseos es inaccesible, e inícianse de forma natural unas conductas de búsqueda y heterosatisfacción en sujetos más próximos al potencial amante. A través de un sinfín de paradigmáticas experiencias de “estímulo-respuesta” y de “ensayo-error” los adolescentes irán dando solución a sus preguntas y una gradual sensación de placer en la liberación de sus impulsos (desde los primeros y casi inocentes acercamientos, hasta la ejecución más o menos completa del coito) configurará -por fin- no sólo la definición sexual, sino también la realización de la misma. Y en este camino unos y otras irán tomando o dejando, en función casi exclusiva de la mayor o menor capacidad del otro para aliviar las tensiones ciertas del uno. Por eso desengáñese el lector si espera encontrar en este artículo romanticismo. El platonismo o sublimación del amor tanto más es, cuanto mayor es el alejamiento del ser amado. Y aquí han de incluirse conceptos tales como sentirse abandonado, malquerido, despechado y otros. Cuando más frecuente es el contacto directo con lo amado, mayor es la posibilidad de ocurrencia de situaciones de posesión, de instinto casi puro (pero sin respeto por el otro), de rutina, de aburrimiento, de prácticas torpes del acto amatorio y hasta desajustes filopatológicos serios que turban la relación. ¿Cuántas parejas mal se soportan sólo por inseguridades personales y miedo al abandono?. En fin, mucha gente sabe en qué han devenido matrimonios que antes fueron encendidos amores platónicos. Unos sufren un irracional e incoherente tedio relacional; otros, con seguridad los más privilegiados, viven en lo sexual moderada y/o eventualmente satisfechos y, en lo personal y psicológico, una relación gratificante, compensatoria y con grandes dosis de equilibración personal, pero sin quimeras y conscientes que la pasión ha de ir dejando paso a más convivencia y a compartir caminos, como envejecer juntos, a ser posible. A la postre el auténtico amor es eso, algo que sugiere esa pareja de ancianitos que tan tiernamente -o no tanto- se soportan sus manías. Con el tiempo, lo romántico sólo es posible en las novelas. 

Fin
El mundo según el Diantre Malaquías


02 mayo 2025

(₸X) Religión y mito



Razón y religión

Como individuo preocupado por el saber y la ciencia, conozco las grandes limitaciones e incertidumbres, con frecuencia desconcertantes, que uno encuentra en el intento de interpretación rigurosa de algunos fenómenos y en general del mundo que nos rodea. Sin embargo, ha de disculpar el lector creyente el enfoque agnóstico del tema, si es que se quiere tratar con cierta objetividad. Y para justificar tal aserto -perdóneme ahora el lector cultivado- es preciso distinguir entre agnóstico y ateo. Éste niega la existencia de Dios, de cualquier dios; entendido como ser, inteligencia superior, esencia, ente o como se le quiera llamar que, estando por encima de la materia en su estricta significación actual, explique no sólo ésta, sino también todo aquello donde el conocimiento humano aún no ha podido llegar. El agnóstico niega a la inteligencia humana la capacidad para comprender la existencia de lo absoluto, de Dios y sus atributos. Si se fijan, el matiz es determinante. Aquél rebate lo que no conoce, en tanto que el agnóstico sencillamente no entra en lo que desconoce. Es tal el volumen de lo ignorado como para pensar -cuando menos- que hay asuntos que nos desbordan y que, no obstante, no son desordenados ni faltos de coordinación, de manera que pueda dogmatizarse sobre la inexistencia de un orden superior. Por tanto, la actitud agnóstica por neutra, ponderada, abierta y, en consecuencia, más propiamente científica; ha de ser para cualquier pensador por cuenta propia y alejado del rebaño -creyente o no- un filtro al que someter sus teorías sobre esta materia. Ahora bien, no se confunda esto con una defensa de las religiones. Nada más lejos. Ciertamente hay razones para no desmentir la existencia de un orden superior, pero no hay ninguna de peso que permita considerar una religión más dueña de la verdad que otra; ni que por ello -claro está- uno tenga que filiarse a cualquiera de ellas, y ni siquiera el que haya que filiarse.

El “rol” de las religiones 

En las típicas tertulias de café, practicantes y convictos suelen criticar de los agnósticos su postura cómoda, oportunista, etc. A ellos los supervisa, juzga y sanciona Dios a través de alguno de sus representantes. Pues sí, pero resulta que pecados más o menos graves de insolidaridad y de otros tipos; a unos, con un sencillo rito, una limosna, una bendición y/o una bala redentora se los perdona su dios; en tanto que los otros, o dejan de cometerlos si tienen conciencia, o nunca la tendrán en paz. Sin duda es más cómodo sentirse perdonado por un jerarca (adormece mejor los escrúpulos) así se confiese, una tras otra cien pascuas floridas, alguno de los veniales y siempre el mismo mortal. He aquí un ejemplo claro del papel subliminal de las religiones. Y no es el único o, si se quiere, tiene versiones. Desde una perspectiva científica, un análisis serio ha de llevar a reducir el sentimiento religioso, como cualquier otro sentimiento humano, a mecanismos simples de funcionamiento psicológico. Y en este sentido, para análogas motivaciones profundas del individuo, surgen casi idénticos cometidos en las diferentes religiones, iglesias y sectas para satisfacerlas. Todas tratan de cubrir en el hombre el miedo a lo desconocido y el vacío del más allá, con dioses y profetas a cual más dispar (cierto es que los ecumenistas ya hablan del mismo Dios con diferentes expresiones, acepciones y profetas; actitud que -de haber alguno- parece razonable). Todas explotan el sentido gregario de los menos formados (un poco aquello de “saben más porque son mejores o simplemente más”). Todas, en fin, además de prometer la gloria por tal o cual acción, canalizan de forma calculada rasgos culturales, generalmente bien avenidos con el poder establecido o, lo que ya es peor por ser mezcla explosiva, los pretenden imponer. Claro que, si bien no pueden establecerse diferencias en racionalidad y coherencia entre los distintos cultos, sí se distinguen en cambio en la calidad y cantidad de sus integristas, osea obtusos. Y en esto, las más significadas, aquéllas que se alimentan de la sangre de sus innumerables e inútiles mártires (inútiles para el pueblo llano, claro), las que siguen alentando en los suyos el resentimiento y la venganza, la paranoia al fin; éstas podrán incluso poner en peligro la convivencia universal; aunque, más bien por limitaciones propias y por fortuna para la humanidad, nunca consigan sus pretensiones. 

El mito 

¿Y dónde está el mito?. Pero bueno, ¿acaso dentro de 2000 años los seres humanos -si aún quedan- no juzgarán de igual manera nuestros dioses de hoy, como nosotros hoy juzgamos la mitología griega o cualquier otra del pasado?. ¿No es la religión de lo más parecido a una fábula, una ficción alegórica, tomada -diríase que muy profusamente- de forma literal y por tal lerda?. Por ejemplo, algunos hablan de “vida”, y al mismo tiempo favorecen que un perturbado, o un pobre, o todo a la vez; cargue con el hijo decimonono, exigiéndole además que no descargue sus impulsos sexuales (casi su único alivio) como exclusivo medio de contracepción. Todo ello con la promesa de un cielo que habría de conseguir igual sin cumplir tales preceptos, y sin ni siquiera sentirse protegido o bajo amparo de ninguna. Preceptos, por otra parte, que cuando a las potestades les parece, bien por intereses o porque ya no se sostienen ni con grúa, excátedra los cambian y aquí no ha pasado nada. Los inquisidores siguen sin ser culpables. Pero no se lleve el lector a engaño. Pues claro que somos críticos con instituciones religiosas en cuyo discurso se mantiene la prohibición de cualquier tipo de contracepción, incluido el uso del profiláctico en las relaciones sexuales, con el consiguiente peligro de expansión de la enfermedad sexual por excelencia de la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo no podemos ser menos críticos con esa parte de la sociedad occidental que se pretende progresista, o vanguardista, o incluso intelectual (qué pretenciosos), y que de forma obtusa utiliza como excusa para atacar a determinada institución religiosa el peligro de expansión del SIDA por el no uso del profiláctico, cuando ha sido esa parte la que ha favorecido y al fin alcanzado el acceso, en la práctica universal, a la píldora post-coital, que ésta (al menos en occidente, por ser quien se lo puede permitir) sí es una bomba de racimo en dicha expansión. Y callar u obviar esta crítica es como poco hipócrita, sectario y hasta corto de miras, lo cual pone en entredicho la supuesta intelectualidad. 

En fin, no sólo las religiones son de lo más parecido a un mito; sino que, con exigencias más o menos radicalizadas de sumisión, se benefician de otros mitos y, sobre todo, explotan la miseria mental y/o física de ciertos sectores. En lugares de nuestro país, casos extremos podrían ser o el señorito puro y duro que se cree redimido por un “Sr. mío Jesucristo…”, o el paria cuya única esperanza es Dios o la catarsis de cualquier romería (cuanto de religioso pueda haber en ellas, claro). Otra cosa bien distinta es que cada uno se sienta amparado, libremente y sin tanto corsé-tabú, por un Dios que sea de lo más aproximado a la cultura propia y a la personal concepción del mundo. Esto sí puede ser hasta útil a la humanidad. Véase aquí un sentido y sincero respeto por religiosos y seglares que, canalizando con gran dignidad sus motivaciones vitales, trabajan para arreglar desaguisados provocados por fundamentalismos o codicias del poder religioso y político.

Fin 
El mundo según el Diantre Malaquías

22 abril 2025

(₸X) Una aproximación al concepto de inteligencia


Justificación teórica

Cuando se habla de inteligencia se la supone formada por múltiples factores que la configuran y definen, pero al mismo tiempo -y debido a ello- dificultan enormemente una aproximación conceptual a la misma. Incluso se suscitan innumerables polémicas a favor o en contra de tal o cual concepción, porque con ninguna parecen estar todos de acuerdo. Tanto por prudencia como por rigor científico (la ciencia psicológica está todavía en pañales) no es mi pretensión saldar las disensiones. Sin embargo trataré de acercar a los lectores lo que yo, en función de varias teorías y de mis propias deducciones, entiendo por inteligencia.

En un primer acercamiento y con objeto de centrar el tema, se puede definir la inteligencia como una función que organiza la actividad del organismo sobre el entorno para utilizarlo, modificarlo y transformarlo, a fin de satisfacer necesidades del individuo. Destaco el vocablo “función”, pues la inteligencia no es algo que pueda focalizarse en un punto concreto, sino el resultado de complejas interacciones de todo el sistema nervioso, tanto para asegurarse la supervivencia, como una vida en equilibrio y digna. Así pues no debe asociarse la inteligencia a un órgano determinado, sino que debe entenderse como el ejercicio de uno o varios órganos. Y al hilo de clarificaciones, no obviaré una sobre la confusión entre los términos inteligencia y memoria. Ésta podrá considerarse un factor más de la inteligencia, sólo si contribuye a una mejor adaptación e integración en el medio. Por otra parte, un déficit de memoria es perfectamente suplible, ya sea a través de asociaciones, o con la utilización de cualquier otro método mnemotécnico. 

Dando un paso más en busca de una mayor precisión, se explicaría la inteligencia como la resultante de una infraestructura (dotación) biopsíquica, la cual permite afrontar las situaciones de adaptación e integración y, en definitiva, la satisfacción de las necesidades que le son propias. Cuando se concibe un nuevo ser o, más genéricamente, cuando surge una nueva célula puede decirse con toda garantía que ha nacido una nueva inteligencia. ¿Y por qué calificamos esa infraestructura de biopsíquica y no sencillamente de biológica?. La evolución del ser concebido, aun en estado intrauterino, depende de circunstancias de índole diversa y no sólo de carácter físico. En consecuencia no se puede hablar en exclusiva de vida (bios), sino de vida susceptible de ser modificada también en función de factores psíquicos. 

Vertientes de la inteligencia 

Según se deduce de lo hasta aquí expuesto, en el proceso de desarrollo intelectual deben considerarse como significativas dos vertientes, cuales son la biológica y la adaptativa, entendida esta última en su sentido más amplio, no únicamente social, pues puede tratarse -por ejemplo- de adaptación a un clima determinado. 

Respecto a la vertiente biológica, se ha de señalar en primer lugar la importancia que tiene el hecho que la nueva vida no venga ya marcada, bien por problemas de rango hereditario, bien por otro tipo de problemas que sin ser hereditarios afecten a la estructura de la célula. Pero también desde una perspectiva más propiamente extrauterina las células, el sistema nervioso en general, pueden verse influidos positiva o negativamente por factores de tipo físico y psíquico (dieta alimenticia, situación afectiva familiar, etc.). 

En cuanto al papel de la vertiente adaptativa en el desarrollo intelectual, indicaré que es -desde luego- inseparable de la anterior y tan importante como ella. Cuando al neonato se le separa la madre debe empezar, por su cuenta y a través de aproximaciones sucesivas, a explorar el espacio circundante. Pero si una vez tras otra se reprime esa actividad exploratoria, se está retardando el proceso de maduración nerviosa, que no es otra cosa que el proceso de desarrollo intelectual. También habrá de tratarse en este apartado sobre adaptación e integración en su significado sociabilizador (o socializador, en expresión técnica), pues el entorno social es otra realidad más que debe ser aceptada y por ello objeto del aprendizaje. 

Como ya se ha dicho en otras ocasiones, un medio social con trueque o quiebra en los sistemas de valores condena a los que en él se mueven a la marginación, cuando no pone en peligro la misma supervivencia. En la mente de los lectores interesados deben surgir una serie de interrogantes que procuraré desvelar y aclarar. ¿Es adaptación pensar y actuar como la sociedad marque?. Claro que no. Desde un punto de vista psicológico diríamos que es pensar y actuar para satisfacer las propias necesidades sin ser marcados y estigmatizados por la sociedad. ¿Tienen todos los inteligentes comportamientos socialmente adaptados?. Tampoco. El “ladrón de guante blanco” o el asesino refinado que han logrado burlar la presión social y viven a su antojo, evidentemente deben ser considerados inteligentes. No así aquéllos que reinciden en sus delitos para malvivir. Tarde o temprano les privarán de sus esporádicos y hasta fútiles y quiméricos placeres, y cualquier prisión les grabará para siempre los estigmas de la marginación. ¿Todos los inteligentes viven bien, según criterios sociales profusamente aceptados?. La respuesta es de igual modo negativa. Algunos, con rasgos muy especiales de personalidad y que practican una rigurosa selección de sus necesidades, no buscan ese tipo de integración social. Eso sí, disponen de unos depurados mecanismos de defensa y, en consecuencia, no suelen caer en una indiscriminada fiebre consumista, ni se turban por la posesión de más o menos bienes. Según esos mismos criterios, ¿todos los que viven bien son inteligentes?. Ca. Entre los agraciados por la vida y el destino los hay que saben actuar con inteligencia, los hay que mantienen sus prebendas por pura inercia y haylos que con sus actuaciones van al desastre (como dice un amigo mío, “a algunos les dejas la Coca-Cola y la arruinan”) e incluso a la “quiebra” psíquica. 

Medio familiar e inteligencia 

Las condiciones del medio familiar son absolutamente relevantes para el desarrollo intelectual. Tales condiciones deben considerarse desde el momento mismo de la concepción, pues a partir de ahí cualquier déficit en dicho medio repercutirá de modo negativo en las potenciales capacidades del -ya- nuevo ser. Siguiendo un orden cronológico empezaré por el embarazo, etapa en la que -por supuesto, más que nunca- conviene evitar riesgos que afecten a la salud de la madre y en consecuencia a la del feto (léase alcoholismo, drogadicción, tabaquismo, etc.). De igual modo debe saberse que los hijos de matrimonios consanguíneos, o los de matrimonios (o parejas) con antecedentes alcohólicos, o los nacidos de parejas en edad bien entrada y otros; corren un mayor riesgo de enfermedad o debilidad mental. La relación afectiva entre la pareja, el estado psíquico de cada uno de sus miembros, los disgustos, los “fantasmas”, las inseguridades, los miedos irracionales de la mujer encinta, etc.; son así mismo determinantes para la dotación intelectual del futuro individuo. 

El análisis anterior conduce a un segundo momento de la evolución, cual es la separación madre-hijo, a partir del cual los miedos e inseguridades antes citados se proyectan sobre el hijo, de forma más exacerbada si cabe que en la etapa anterior y en muchos casos se diría que hasta neuróticamente. El neonato debe ir aprendiendo a enfrentarse al mundo por sus propios medios, pero hay madres que por miedo a contaminaciones, a daños, o a no se sabe qué impiden constantemente que “su” niño explore el medio, que actúe de manera desinhibida sobre él, con lo que están interfiriendo en el proceso de dominio del mismo o, lo que es igual, en su desarrollo intelectual. El cuerpo necesita expandirse en el medio, con prudencia -eso sí- pero sin complejos y limitaciones impuestas del todo inadecuadas. 

En otro orden de cosas, el niño necesita ser muy querido. Entiendan bien, quiero decir equilibradamente querido. Tiene que ser él mismo y no lo que los padres quieren o no pudieron ser. Es individuo y está llamado a ser independiente, cuanto antes mejor. Debe ser educado no en una dinámica de caprichos, sino en una disciplina aunque firme no rígida y suave sin ser consentida (“duro con las espuelas y blando con las espigas”, en palabras de García Lorca, al que por cierto no dejan en paz ni muerto). Ha de competir sin complejos con sus iguales, debe ir sociabilizándose, se le debe educar para que sus problemas vaya aprendiendo a resolverlos con sus recursos y por sí mismo, y que no sea siempre la mamá superprotectora la que se los solucione. 

Falta reseñar el importantísimo papel del lenguaje en el desarrollo intelectual. Un lenguaje preciso, rico, variado en el medio próximo en el que se desenvuelve el niño favorece inmensamente -sí, inmensamente- la consecución de un alto nivel de capacidad intelectual. A falta de ello es un buen sustitutivo la lectura. Debe saberse también que la instrucción académica, la cultura, no sólo cualifica a la persona para ganarse la vida dignamente, sino que aumenta y posteriormente preserva la capacidad intelectual, con todas las ventajas que de ello se derivan. 

Fin 
El mundo según el Diantre Malaquías 

12 abril 2025

(₸X) Un enfoque psicológico de la sexualidad


La función sexual 

Sin duda, los primitivos pobladores de la Tierra no debían estar al corriente de los designios de Dios sobre la preservación de las especies. Con mentalidad científica, en el proceso de aproximación y maduración sexual del ser humano se intuyen fácilmente otros móviles. Debió ocurrir que una fuerte atracción entre seres en principio de distinto sexo (sin duda instintivo, heredable y susceptible de ser mejorado, tanto filogenética como ontogenéticamente) serviría de activador al proceso de “aproximaciones sucesivas” o “ensayo-error”. Por aproximaciones sucesivas al foco de placer, cada vez más certeras y gratificantes, debió llegarse al conocimiento del punto álgido de descongestión y satisfacción sexual a través del coito, que sin ningún género de dudas prometiéronse no dejar de buscar nunca más. El placer suele ser el mejor refuerzo y vehículo del saber. En lugar de la letra con sangre entra, la letra con risa entra mucho mejor. En las primeras relaciones sexuales hubo de primar más la satisfacción de una auténtica necesidad, que la procreación y la perpetuación de la especie. La toma de conciencia de esta última motivación, en principio vegetativa e intrínseca, por tanto inconsciente; es posterior y llegará con la abstracción, la racionalización y la expresión fenomenológica del hecho innato. Se sienta así la premisa que la sexualidad es instintiva y, con el tiempo, doblemente hedonista. ¿O es que acaso el saberse “perpetuado” no es otra forma, en ocasiones hasta retorcida, de placer?.

Sucede, no obstante, que por exigencias sociales más o menos razonables o principios religiosos entelarañados, se ha dado con frecuencia una perspectiva distorsionada de la sexualidad. El enfoque religioso ha sido y es especialmente manipulador. Su objeto es controlar represivamente uno de los principales factores de liberación, cual es el sexo lúdico que, junto al librepensamiento, han sido siempre los mayores enemigos declarados de las religiones. En la prohibición de la contracepción no hay más lógica que la supervivencia de estas multinacionales de la redención (hay otras no religiosas pero igual de dañinas que también lo son). Superpoblar la Tierra más allá del alcance de sus riquezas derivará en más injusticias, más desheredados, más hambrientos y, en definitiva, más carne a redimir y el subsiguiente aumento de la clientela a la que salvar. Por otra parte, a más reprimidos sexuales, más devotos de lo que sea. Está bien pensado. Pero también la sociedad nos atosiga por narices, ojos, oídos y cerebro entero con románticos valores “universales”. Tal el caso del amor colorista y por entregas, o el sentido “mágico” de la pareja (y tanto, porque el que puedan pagar la hipoteca entre los dos ya es pura magia), entre otros. 

Disfunciones sexuales 

Antes de entrar en el campo del discernimiento entre lo normal y desviado es conveniente fijar responsabilidades. Las conductas sexuales llamadas desviadas, o son producto de impuestas disfunciones morfofisiológicas (con escasa significación estadística), o bien son los prejuicios culturales (mejor, inculturados y que se irán pergeñando) los generadores básicos, no ya de desviaciones inevitables, sino también de las mayores perversiones y aberraciones. 

Por fortuna para el sentido de tolerancia no hay un solo criterio de normalidad, sino varios. En nuestra cultura, y según un criterio llamémosle “socio-estadístico”, podría considerarse disfunción cualquier comportamiento sexual que excluya el placer por coito, canalizado éste -además- a través de una pareja relativamente estable y con apariencia de fidelidad. Porque, ¿acaso no se juzga y se sentencia (de forma particularmente cruel a la mujer) por una infidelidad hecha pública?. Sin embargo, definir un criterio de normalidad cualitativo y transcultural más equilibrado es complejo y necesitará de matices muy específicos. A ello voy. 

Sobre la pareja, ya se sabe que es una herencia de ancestros, la cual sin duda ha mostrado las suficientes bondades en el proceso adaptativo y perpetuador, pero no es un valor en sí misma. ¿O es que una pareja desequilibrada no es al menos tan peligrosa como el engendro marginal que pueda legarnos?. Una frígida por vaginismo podrá canalizar su sexualidad por vías que no le resulten traumáticas, aunque no sean las socialmente aceptadas, y no por eso su relación será más perversa que la de una pareja formal pero malsana. Las apariencias salvarán el honor social pero no la corrupción psíquica del núcleo relacional. Con perspectiva psicológica, podrán reprocharse las condiciones en las que se ha criado un homosexual o un afectado de impotencia por etiología psicológica, pero no tenemos derecho a juzgar y sancionar sus conductas de adulto cuando viven su estado en equilibrio personal y relacional; esto es -entre otras cosas- sin hacer daño a nadie. Después de todo, ellos no son los principales responsables de su situación. Tras la que sería una interminable lista de “desviaciones” y perversiones laten serios conflictos afectivos y de relación. Hipócritas de doble vida y doble moral que desconciertan la razón de sus hijos. Padres que por sus lacras (brutales, dominantes hasta el aniquilamiento de la personalidad del otro, ambivalentes, neuróticamente superprotectores, posesivos, con visión culpabilizadora de la sexualidad, etc.) son desquiciantes modelos. Hay tras todo ello, en última instancia, una total ausencia de formación e información, una inexistente o desenfocada educación sexual, un medio familiar coercitivo e impositor hasta el despotismo y, en casi todos los casos, una feroz represión sexual.

La necesidad de educación sexual 

Sé que resaltar el papel de la educación sexual es contribuir a su mitificación (nadie se cuestiona ni se ruboriza sobre la necesidad de educación viaria), pero dado que pesa sobre este tema una fuerte visión tabú retorcida y/o necia es preciso hacerlo. ¿Y cuándo debe comenzar?. Desde el primer aliento debe favorecerse en el niño el conocimiento natural (en función de su curiosidad) de la naturaleza de los sexos, la aceptación del propio con sentido de realidad y el respeto por el ajeno. En primer término señalaría que la sensualidad en las relaciones entre padres e hijos es un placer limpio, absolutamente legítimo y deseable (contactos cutáneos, amamantamiento, calor, etc.). Sexualidad no es sólo genitalidad, es además genitalidad, pero descubrir los genitales, explorarlos de forma congruente y sin represiones cuando la curiosidad lo demande, notar su utilidad y gozo llegado el momento, etc. ; sexualizará sin traumas. Y cuanto más definida tenga su sexualidad un ser, menos manipulable será, condición especialmente útil para las mujeres a las que por la sexualidad se las ha tenido en situaciones de inferioridad, y entiéndase esto sin caer en memeces de insustanciales “igualdades”, pues no somos iguales ni falta que hace. Debe evitarse asociar órganos genitales a suciedad o impureza, pues si bien se encuentran próximos a ciertas vías expurgatorias, no lo son más que otra descuidada parte del cuerpo. Unas y otras cumplen además funciones muy saludables. La educación sexual consistirá sobre todo en dar elementos de respuesta a la precoz curiosidad de los niños. Los órganos deben nombrarse justamente cuando dicha curiosidad lo exija (pene, vagina, etc.), pues la verbalización lleva al conocimiento y dominio. Incluso, y si viene a cuento pues tampoco se trata de discursear cual loros listillos, han de integrarse las acepciones más coloquiales y vulgares y los diferentes ámbitos y circunstancias en los que se emplean o pueden ser empleadas. A ciertas partes de los genitales femeninos como la vulva, los labios mayores y menores, etc.; también se les llama “coño” o “chichi”, por ejemplo. O debe explicársele cuando la coyuntura lo requiera que la expresión “hacer el amor” tiene el correspondiente vocablo, coloquial más que vulgar, en “follar” (entre otras muchas), término éste polisémico y connotativo donde los haya que posteriormente podrá ser utilizado de diferentes formas, con diferentes intenciones y en diferentes contextos (por ejemplo, su uso como componente mórbido en las relaciones íntimas, o el despectivo “que te folle un pez”, etc). Todo esto el niño también debe saberlo de casa y no de la calle . Un discurso ambiguo, embrollado, contradictorio o siempre vulgarizado sobre el sexo desconcierta a los niños que no ignoran la importancia vital del tema, se sienten engañados y es entonces cuando empiezan a percibir el sexo con una gran carga tabú que a toda costa debe evitarse. Sin embargo tampoco es conveniente suprimir del todo la “carga tabú”, pues ésta envuelve el hecho de un cierto halo de misterio y morbo siempre muy deseable en las relaciones sexuales, pero de lo que en cualquier caso y en cualquier momento podamos hablar sin sonrojarnos más que un infernillo de antaño. Cuando a un niño se le responde de manera relajada y precisa nunca tendrá sentido de culpa y comprenderá que su curiosidad era legítima. Se evitará así también en gran medida desperdigar por el mundo a esa lacra de degenerados que lo son precisamente por no haberse seguido este tipo de pautas en su educación en general, la cual incluye la sexual. Y si las preguntas superan los conocimientos de los interrogados es antes más conveniente confesar la ignorancia que distorsionar o rehuir el discurso. ¿Por qué no hablar de sexo como de semáforos, o casi?. 

La educación sexual debe tener también un sitio en la escuela. Ésta debe reforzar el lenguaje adecuado y hacerlo común. Ella es la más indicada para dar una visión socio-cultural del incesto. Las clases mixtas, cargadas de tolerancia entre sexos y personas de opinión diferente (sin caer por mor de la falsa “igualdad” en el actual sexismo fantoche, de una estulticia a la que no se le conocen límites) fomentan enormemente una equilibrada educación sexual. Igualmente la existencia de monitores de ambos sexos, con visión complementaria e incluso contradictoria del problema son polos de identificación muy útiles. En las condiciones anteriores los niños aceptarán su cuerpo, su sexo, vivirán de acuerdo con él, respetarán el otro, no encontrarán en el placer culpa, etc. En definitiva, sentirán un gran equilibrio interior y un nivel de madurez integral propio de su edad, por supuesto, pero en verdad envidiable. ¿No es eso maravilloso? . 

Fin 
El mundo según el Diantre Malaquías 

26 julio 2024

(₸X) La razón frente a la angustia


Hay en nuestra sociedad ciertos sectores y hábitats concretos especialmente propensos a estados de angustia. En términos ya tópicos pero quizá más inteligibles, diría que se trata de una especie de “angustia vital” o “angustia existencial”, aunque por razones concretas derivadas de una cruda realidad. Me refiero a la juventud y al tropel de parados (muchos millones ya) que, siendo colectivos diferentes, comparten demasiadas veces las mismas inquietudes. La relevancia sanitaria de este problema queda patente en informes difundidos con profusión por los más diversos medios de comunicación. También se habrá de hacer referencia a ciertas periferias, subdotadas por coyunturas y circunstancias siempre irracionales, al tiempo que colonizadas mayoritariamente por aquéllos (jóvenes y parados, recuerden), como no podía ser de otra forma. Por tanto, en los ámbitos donde se combinen estos preocupantes factores intervinientes, no es difícil suponer entre la población graves situaciones de zozobra e inestabilidad psíquica. Incluso entre personas que, sin estar directamente afectadas por la inestabilidad o precariedad laboral, sufren las consecuencias de un medio inseguro, con discutibles sistemas de valores, culturalmente desmotivado y, en fin, muy limitado en formación y competencias.

Centrando más el problema, si se entiende la angustia como un estado continuado de ansiedad sin razón aparente, o por causas desproporcionadas al efecto que producen, el primer paso para su prevención y/o solución sería la racionalización y asunción de los factores que la fomentan. Un segundo paso trataría de controlar aquellos aspectos del universo próximo del sujeto que la favorecen o agravan. Respecto al primer punto debe entenderse por racionalización el proceso a través del cual se analizan y se da su justa dimensión a los problemas, tratando que éstos no perturben ni desborden el entendimiento. En este caso sería de aplicación el modelo de psicoterapia denominado “cognitivo-conductual”, en su expresión concreta conocida por la “intención paradójica”, utilizada como técnica, pero también como estrategia terapéutica. Viene todo esto a significar que el miedo a los fantasmas no lo superarás si ante ellos sales corriendo; antes bien lo superarás haciéndoles frente, plantándoles cara y tirándoles de la sábana; o, de forma más comprensible, siguiendo el modismo castellano de “si no querías sopa, pues toma dos tazas”

Respecto a los factores que fomentan y/o acrecientan la angustia el más recurrente es el de hacer de los pensamientos intrusivos temas tabú, lo que sucede al tratar de forzar el alejamiento y olvido de dichos pensamientos, con lo que se están convirtiendo en todavía más intrusivos y parásitos. 
Por otra parte es lógico pensar que la angustia se producirá con mayor frecuencia e intensidad, cuando las propias incapacidades personales no permitan afrontar las dificultades con inteligencia práctica. Es decir, cuanto menor sea el nivel de cultivo mental (tampoco hace falta que todos sean doctores, que también los hay muy listos con estudios primarios), mayor será la propensión a que los estados de angustia desemboquen en perturbadoras consecuencias. Pero no siempre es así, pues puede haber personas inteligentes y formadas invadidas por este tipo de pensamientos, y no es precisamente porque carezcan de competencias, sino que en cualquier caso están haciendo un uso muy inadecuado de las mismas. Sin embargo, sí parece claro que en el cultivo personal y el desarrollo intelectual (que pasa por creer en la psicología y los psicólogos) se encontrarán los adecuados instrumentos para prevenir y/o tratar la angustia hasta su extinción.

En cuanto al problema del paro, se deduce fácil que el objetivo casi único de la mayoría de desocupados es, con toda su crudeza, la supervivencia pura y dura en este mercantilizado mundo y, dadas las condiciones del mercado laboral, una de las pocas vías posibles que aún quedan para supervivir es la “alternativa personal”. Conviene señalar, no obstante, que para afrontar con alguna perspectiva de éxito la “alternativa personal” son necesarias unas dotes adquiridas sobre todo a través de un proceso intencionado de formación permanente, las cuales podrían concretarse en expresiones como lucidez mental, capacidad de iniciativa, sentido de la organización, seguridad en las propias posibilidades, otras y muchas ganas. Y si la experiencia directa obtenida a partir de manipulaciones y probaturas juega también un importante papel formativo, es el estudio dirigido o autodidacta el que, sin duda, más capacita. La importancia del estudio no radica exclusivamente en el cultivo del espíritu, sino también en la posibilidad de titulaciones complementarias que enriquezcan el currículum personal. 

Antes se hacía referencia a la supervivencia y éste es un concepto que conviene precisar. Por sobrevivir debe entenderse la utilización de un medio de vida para cubrir, al menos, las necesidades elementales (cada cual sabrá las suyas), dentro -claro está- de unas normas éticas de civilidad. Sin embargo, es difícil que la civilidad y la agudeza mental imperen en ámbitos donde la pobreza de estímulos ambientales de tipo educativo e incluso el más absoluto desprecio por la cultura cercenan toda potencialidad individual que facilitaría la “alternativa personal”. Así surgen las alternativas marginales, en algún caso con graves problemas para la convivencia. Se podrá alegar que el concepto de “alternativa personal” es vago e inconcreto. Pues no, es concluyente por cuanto, o se construye una “alternativa personal” o se enfanga uno, se enreda y ahoga en las reticuladas raíces de obsesiones y otros estériles pensamientos intrusos que angustian hasta la asfixia a los humanos cuando a una situación no se le encuentra salida. 

Sobre la angustia en función del universo próximo, cabría preguntarse si un medio insensibilizado y aculturado no favorece hasta extremos preocupantes la “angustia existencial”. Un medio donde campa el desarraigo, tanto el de quienes no hacen ni el más mínimo esfuerzo por una respetuosa y justa integración, como el de aquéllos que con actitudes pazguatas hasta el ridículo practican una integración “militante”, procurando de este modo enterrar su pasado y raíces de las que se avergüenzan; un medio así no es un medio equilibrado. Un medio donde se ultraja a los marginados, olvidando que son producto de una sociedad a la que los ultrajantes han contribuido de forma muy principal a sustentar y alimentar, a veces con mala fe, en no pocas otras desde el sectarismo político y las más de las veces con ignorancia e incompetencia manifiestas del común de la ciudadanía, de las que el sectarismo político saca provecho, por supuesto. O aquel otro medio que ofrece a los resentidos la posibilidad de aferrarse a radicalismos varios (“partidarios” que pegarían e incluso matarían o morirían “por la paz”), no es un medio equilibrado que favorezca el equilibrio psicológico y por tal la superación de la angustia, cuando menos la vital. Un medio donde se dan casos de anteponer los tragaperras a la excursión colegial de sus hijos, o donde las bibliotecas son adornos y componentes del mobiliario urbano -más que otra cosa- es un medio desquiciante y génesis de todo tipo de trastornos psicopatológicos. Son demasiado frecuentes las anécdotas como la del padre que vocifera a su hijo sobre lo estúpido del macramé como trabajo manual del colegio, o el de la madre con sensibilidad de esparto que “esputa” a su hijo lo inservibles que son sus manualidades. Son ejemplos donde la propia frustración personal investida de ignorancia integral frustra y limita las posibilidades de expansión de su pequeño. 

Entiéndase bien. No pretendo insinuar como única alternativa en estos ámbitos la droga y/o el paro, pero se habrá de convenir que el elevado número de necios ya existente, aquéllos de los que se dice “la ignorancia es atrevida” seguirá existiendo e incluso procrearán nuevos engendros (ya se sabe que los hijos vienen sin manual de instrucciones). Sin embargo, las personas conscientes de sus limitaciones, con buena voluntad, aquéllos que humildemente aceptan lo poco o mucho que saben y que, sobre todo, siempre quieren aprender cosas nuevas; aquéllos -digo- no tendrán graves dificultades para racionalizar sus preocupaciones y acabarán por sobreponerse a su particular calamidad.

Hasta aquí se ha dado un enfoque preventivo al problema. Y en el caso de los hechos consumados, cuando la angustia nos supera, ¿qué hacer?. Las angustias concretas cada uno deberá tener alguien con quien compartirlas. Probablemente un buen amigo y una familia acogedora alrededor son, al menos, tan importante como un buen psicólogo. En última instancia, los recursos técnicos del especialista sobre los que ya se adelantó algo en párrafos anteriores siempre pueden aliviar y hasta suprimir el daño. 

Fin
El mundo según el Diantre Malaquías