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03 diciembre 2016

(₸) Cuento del pagano ciudadano (de cuando las copias eran en papel-carbón)


      Dicen que murió de ira. Siempre tuvo por hospitalaria a la ciudad que eligió para ejercer su oficio; pero los “virreizuelos” de la misma, en su mayoría venidos a más, nunca parecieron enterarse de los mangoneos de sus economistas y contables. Amaba a sus gentes. No en vano había ejercido la docencia durante años en varios centros del lugar. Sin embargo, su espíritu inconformista no le permitía establecerse de forma definitiva en ningún lado. Un día decidió romper lazos con lo provisional, asentó su cabeza y su vida y cambió de actividad profesional. Tenía ímpetu, seguridad y conocimientos suficientes para ello. La competencia ya se completaría con la práctica. Arregló sus papeles como mejor supo, buscó subvenciones fáciles y todo el parné que pudo y se lanzó a la aventura de establecerse por su cuenta. Movió los hilos precisos, invirtió su dinerillo y -por fin- abrió despacho de profesional en ejercicio libre.
 
      Los primeros tiempos fueron muy difíciles, casi insalubres (sí, así). Nunca hasta entonces había percibido con tanta crudeza lo insultante que puede llegar a ser la ignorancia del opositor a ignorante; esto es, el obtuso de mente estrecha, o sea, el necio verdadero y además recomendado (que si no, por otra vía no llegaba). Por otra parte, las deudas lo inundaron. No podía atender con puntualidad y prestancia de ciudadano ejemplar el pago de impuestos y otros sablazos. La vida, en suma, se puso imposible. Como suele suceder en estos casos, acudió a familiares y amigos en busca de ayuda para tapar socavones de su maltrecha economía. Esta confianza que encontró en sus allegados le sacudió el alma. Poco a poco empezó a asomar la nariz por entre el fango y la vorágine del vil metal. Dejó de temer a los recaudadores. Recuperó el optimismo con la gente, pues comprendió (una vez más) que de todo hay en todas partes. Eso sí, y no sé si por azar, en unas hay más de una determinada calaña que en otras. Apuntaló pasito a pasito su “modus vivendi” y optó por cumplir honradamente con el deber solidario de la deposición tributaria.

      ¡Cuánto le habían amenazado con embargos!. Revisó sus documentos, calculó el montante con un margen de error (hacia arriba, claro está) del veinticinco por ciento y se dirigió a la oficina de recaudación. Allí exigió sus cuentas. Su sorpresa fue de espasmo al comprobar que el total presentado era cuatro veces superior al margen de error calculado (hacia arriba, claro). En esta ocasión el veinticinco por cien había fallado. Indagó y dedujo que le estaban cobrando dos veces por el mismo concepto en cada uno de los ejercicios tributarios, y además el lote completo de un año que él creía haber pagado. Incluso presentó un justificante, pero no pasó de “presunto”. Cosas del papel carbón de la época. Los “zaqueos” de turno lo mandaron primero a hacer gárgaras y después a reclamar a otra ventanilla de otro edificio, aunque -efímera suerte- de la misma ciudad.  Aquel lugar apestaba. Le dijeron que pagara y más tarde hablarían. Su cara enrojeció hasta casi reventar sus venas, pero las contuvo y salió raudo. Volvió de nuevo a la siniestra oficina de recaudación y sucedió otro tanto. De no ser por su sensatez se hubiese arrojado contra una cristalera.
-Al fin y al cabo-  pensaba  -éstos no son los responsables últimos (¡pobrecitos!), sino simples ejecutores-.
Pero la duda se apoderó de él por todas partes y poros. Aquello le pareció la cueva de Alí Babá. O algo peor: la imagen de unos vasallos arrastrándose bajo la bota del verdugo, para rendir tributo material a sus señores. En el recinto de la oficina  se oía de todo.
-Yo nunca he tenido un bar en la calle Zorras y Baches- exponía una señora de mediana edad.
-Habrá otro con el mismo nombre- replicaban los recaudadores sin el menor pudor ni grado alguno de sonrojo.  
-Además, tampoco he tenido nunca un renaú cinco y el seiscientos hace seis años que aquí mismo lo dí de baja- contraatacaba la primera.
Otros muchos decían haber pagado dos veces el mismo impuesto por un ciclomotor, o por el bar, o … en fin, tantas cosas. Tuvo la tentación de ir con una grabadora y recoger tan sólo media hora de lo que allí se comentaba, pero no lo hizo. Sin embargo no descartó la alternativa de buscar una emisora de radio, valiente y con ganas de presentar la realidad tal cual es, que lo hiciese. Sería un programa original y dramáticamente divertido.

      La sospecha se incrustó en su mente como un tumor y se hizo extensible a los empleados parapetados detrás de aquel mostrador. Él, rousseauniano de toda la vida, nunca había desconfiado de la bondad natural de las personas (incluida la de los políticos), pero era tal el número y calibre de los errores que…. ¡Podría no estar tratando con personas honradas!. ¿Eran sólo errores, o quizás otra forma de financiar motos y coches de alta cilindrada, campañas partidistas, etc.?. No podía ser, aunque sus dudas ya nunca se desvanecieron, y aun más cuando con posterioridad se precipitaron acontecimientos de inaudita corrupción jamás vivida ni con el antiguo régimen.  Y que no le vinieran con el cuento de la burocracia y sus enredos, pues ya estaba harto de oír tamaña majadería. Sentía como si le hubiesen clavado un tornillo en pleno corazón.
Para limpiar su despacho de amenazas de embargo, pagó religiosamente (¡con perdón!) lo que debía y lo que no; dio los pasos pertinentes para recuperar, en el tiempo preciso que imaginaba casi eterno, lo que no debería haber abonado.
-Éstos no se quedan con mi dinero- se repetía obsesivo.
Luego se reunió con unos amigos para desahogarse. En el fragor de la última celebración les propuso fundar la asociación ciudadana G.O.T.A. (grupo objetor a los tributos del ayuntamiento), cuya finalidad fuese no tanto acudir a los tribunales ordinarios (ya se sabe lo inútil que resulta, y más si se trata de litigar contra poderes y bienes públicos de los que viven los más buitres); sino -y sobre todo- arrojar a la luz pública a través de todos los medios a su alcance las aberraciones tributarias existentes, cuando no la mala entraña o la negligencia e inoperancia. Seguro que esto sí les dolería, particularmente a los que no hubiesen dispuesto de tiempo suficiente para colmar su avaricia. Dispuso todo para que sus ideas se tradujeran en hechos y abrió camino. Después, antes de perder las formas por fuera y emitir juicios injuriosos sin discriminación, dejó fluir la ira por sus adentros y así, en un dulce y arrebatado colocón de sublimación teresiana, se despidió de los suyos, paró el mundo y se apeó. Hoy, desde su cósmico observatorio, pide como castigo para los responsables que se les ilumine su órgano de la conciencia y un rayo de sonrojo alumbre su jeta de una vez. Así sea.   

Fin
El mundo según el Diantre Malaquías

01 diciembre 2016

CAPÍTULO -II- La supuesta edad de la inocencia

UNA PRECIOSA HISTORIA DE PROGRESISMO Y TOLERANCIA (DE CALLE Y NO DE SALÓN)

(Dedicado a mis orígenes y a quienes pretenden darme lecciones de progresismo y tolerancia, porque yo de cualquiera, y digo de cualquiera, puedo aprender algo, pero no cualquiera puede darme esa clase de lecciones). 


-I-
Quiero dedicar este capítulo y en general estas memorias a toda mi familia a la que siempre he amado con toda mi alma y, en particular, a quienes de ella deseo que me sobrevivan muchos años, caso de mis sobrinos Mariví, Serafín, Juan y Luis Alberto. A Luis Alberto le brindo ración doble de mi dedicatoria por si quisiera compartir la parte correspondiente con Mabel, su hermana y también mi sobrina. Desde luego, si entre ellos se generase algún conflicto por el reparto de este legado, que lo compartan como buenos hermanos y asunto resuelto.
Antes que mi primo, el Hermano César, me marcara definitivamente la vida llevándome con él a La Salle (por su determinante influencia en el devenir vital de mi existencia, habrá un capítulo en exclusiva dedicado a él), tuve una infancia plena, humilde pero feliz como se verá, con gula de algunas delicadezas pero harto de comida saludable y de amor.

En cierta ocasión, alguien ajeno a mi familia me dijo que hasta nacer yo la situación familiar no tuvo nada de idílica, ni resultó tan alegre como la que yo viví en mi infancia. Puede ser, pues aunque nunca lo oí en boca de los míos, sé que mi padre no siempre fue un ejemplar modelo en alguno de sus comportamientos, pero como hijo orgulloso de él le haré justicia, incluso en sus más conocidos errores y cuestionables conductas de las que yo apenas tengo conciencia.
Nací donde ya saben, aunque con la particularidad de haberlo hecho en mi pueblo y en mi casa nueva recién estrenada cuando se produjo tan dichosa ventura, con la ayuda de dos comadronas (mi bisabuela Simona y mi abuela Aurelia) dedicadas en exclusiva a procurarme un parto natural y sin daño, como así sucedió. En la fratría soy el menor con dos hermanas bastante mayores que yo, Tuli y Beli (más tarde devenida Maribel, por ser nombre más pomposo y distinguido), lo cual supuso por una parte haberme criado con tres madres, de las que en mi primera infancia guardo muy gratos recuerdos, no en vano -según me cuentan- les caí como un juguetito, el muñeco que nunca tuvieron por regalo, aunque de carne y hueso en este caso. Por la otra parte significa que vine al mundo retrasado y así me he ido manteniendo, ¿verdad?.

Nunca entendí por qué los encargados de procurarme una identidad me pusieron el nombre de Marceliano, pues ni en el entorno cercano ni en kilómetros a la redonda aparecía tal patronímico. Mi padrino tenía por nombre Emilio, mi madrina Mariana, mi madre Isabel, mi padre Antonio y para encontrar uno con tal apelativo se tenía que acudir al detestable pueblo vecino de Santa María de la Isla, donde habitaba el apodado "zapaterín de La Isla". Más tarde aparecería un capitán del ejército venido de León-capital y también llamado de tal guisa, quien se instaló en mi pueblo y cuya familia entabló con la mía una estrecha amistad de la que aún hoy perduran flecos. Menos mal que por la ley de economía del lenguaje me apodaron con el hermoso diminutivo de Nano, el cual me parece musical, tierno, dulce y otras cosas bonitas, además de hacerme sentir grande por cuanto unido al apellido, Nano Miguélez, suena muy bien y podría pasar por marca de un diseñador famoso al estilo -verbigracia- Tito Total. El detalle de esta parte de la propia identidad despertó en mí una sentida solidaridad y cercanía con quien por tal atendiese, pareciéndome incluso extraño que en el Mediterráneo, donde encontrar nombre así es como buscar setas en un alicatado, alguien tan famoso como el arquitecto que reestructuró la Basílica de Santa María, principal templo de la ciudad de Elche, se llamara Marceliano, sí, Marceliano Croquillat y Llofriu. Por lo visto a éste lo quisieron tan mal como a mí. Complace sin embargo saber que a mi familia política y a nuestros amigos, una y otros austriacos (la mayoría vieneses), les gusta mi nombre; lo cual se agradece aun a sabiendas que lo suyo no es sino un entrañable acto de generosidad y comprensión.

-II-

Pertenezco a una estirpe de condición humilde, de sangre leonesa y plasma cazurro por los cuatro costados, además de por la base y por el techo; con parte de ella (un cuarto para ser precisos) de tan recias raíces como las encinas y los robles de la Maragatería más sequedana, y la otra parte (los tres cuartos restantes) con esencias de las feraces vegas y de los sotos ribereños. Ay, los sotos, qué paraíso.
A pesar de la modesta posición social de mi familia, presenta ésta unas características en algunos casos de extrema singularidad y nada habituales para los tiempos que en paralelo a la dictadura corrían. Como ya se ha pergeñado, mi abuela paterna, María por más señas, provenía de un pueblo cuyo topónimo es Tejados, en La Sequeda, peculiar enclave de La Maragatería en la que todavía conservo familia lejana. Tiene por natural y propio esta tierra un paisaje hostil y yermo, asolado en verano por el calor extremo y frío cual ardiente témpano en invierno, donde la vida parece aletargada y sobrevivir todo un milagro. De irregular relieve pues sólo la Vega del Duerna la separa de las primeras estribaciones del Teleno (mítico monte del lugar), combina extensiones de monte bajo donde se alzan robles y encinas o donde crecen urces y piornos, con amplias zonas deforestadas en pendientes y hondonadas ávidas de aguas someras, sed patente sólo aliviada por los generosos acuíferos subterráneos que conforman pequeños y fecundos huertos al abrigo y en el fondo de los tenues valles. Inclementes pagos estos, sólo aptos para el cultivo del centeno y el pastoreo de numerosos rebaños de ovejas visitados por los lobos, de los que tantas fantasiosas historias hemos escuchado, algunas ciertas en parte sin duda, pero adornadas con posterior épica heroica, muy propio de la tradición oral que a través de generaciones se nos transmite de boca a oído. Al respecto de la toponimia comarcal, cuentan los nativos no sin sorna que fue Cristo quien sobrevolándola dijo en tono despectivo: "ahí se queda". En la actualidad las condiciones urbanísticas, conservando el hechizo de sus esencias, han mejorado hasta haberse convertido en un lugar de singular belleza, incluida la del sobrecogedor silencio de algún pueblo prácticamente abandonado. Si se viaja por la zona y en un momento del recorrido sobre algún suave otero se detiene el coche y se para el motor, el silencio resultará conmovedor y, con la N-VI y la A-6 a lo lejos en un constante trasiego de vehículos de los que nada se escucha, uno parecerá estar viendo desde el siglo XVI una película muda de ciencia ficción sobre el siglo XXI. 


De esta desabrida tierra fue rescatada mi abuela María para ser llevada en esponsales al vergel de la campiña, donde el campo lucía copiosos frutos, pues por acequias y regueros aún de diseño romano el agua corría sin pausa, parte tomada del río y otra salida de las abundantes norias repartidas por el labrantío. Así que la pobre -de verdad- abuelita, mi pobre abuelita se vino a la ribera dejando familia y rebaños en Tejados, para casar -o tal vez para tomar por contrario, no se sabe muy bien cuál de las dos cosas- con mi abuelo Nemesio, bala perdida al que más de una vez debería haber echado de casa. A mi abuelo Nemesio yo no lo conocí o al menos no lo recuerdo para nada (mi prima Celia, un par de años mayor, dice que ella sí guarda recuerdos), pues murió apenas cumplido el primero de mis aniversarios, pero del que no escasean los relatos populares, algunos de cronistas apócrifos, mas la mayoría con visos de verdad como mínimo a retales. Y a parte de las andanzas escuchadas les doy marchamo de veracidad, pues cuando mi madre ni las desmentía ni las confirmaba es que por fiables o ciertas las tendría. En una somera semblanza de su persona bien cabrían epítetos y apelativos como badulaque, cazador y pescador furtivo, estraperlista, golfo y valeroso mientras no tuviera enemigo enfrente. Emigrante en Argentina, volvió de allí con lo justo, ni un solo real de más, para comprar artes de caza y pesca con los que abastecerse de género y mercar con él en negocios turbios. Dos anécdotas definen bien a mi abuelo Nemesio. La primera refiere una matanza familiar del cerdo, del que tomó el lomo entero y con un par de compinches -más que amigos- anduvieron tres o cuatro días desaparecidos, al parecer para celebrar ignoro qué insólito y trascendental evento. En la otra se dice que oyó en la noche extraños ruidos y pensó en la presencia de ladrones por la casa, lo cual en ocasiones sucedía. Se levantó, tomó la escopeta, despertó a mi abuela María y poniéndola ante sí de escudo, apoyó el arma en su hombro y le decía:

 -"Che María, tú delante, che María, tú delante".

Al final la escena devino cómica, pues se trataba de uno de sus galgos de caza que cerniendo por la casa acabó por meter la cabeza en una cazuela, de la que trataba de desembarazarse dando tumbos y golpes aquí y allá, provocando por tal el alarmante estrépito. Más adelante mi madre me haría sentir orgulloso con un comentario al respecto. En la cuadra de las vacas se estaba produciendo un sospechoso y reiterado soniquete provocado por las cadenas que las ataban al pesebre, el cual de tan repetitivo acabó por despertarme. Me temí lo peor, pues por aquellos tiempos se sucedían los numerosos robos de novillos. Bajé, llamé a mi madre, fui a la cocina y cogí el cuchillo más grande que por allí encontré, volví con mi madre e hice que se pusiese a mis espaldas y, tan muerto de miedo como corajudo, asalté en vanguardia la cuadra. Resultó ser una falsa alarma, pues uno de los novillos se había enredado con una cadena y trataba de librarse de ella a golpes de cuello, produciéndose con este movimiento el inquietante alboroto. En seguida mi madre exclamó:

-Hijo, ya veo que no te pareces en nada a tu abuelo.

De esta unión nació mi tío Emilio (nada que ver con mi padrino), el mayor de los hermanos y motejado Milión para la familia más cercana. Tipo gruñón, titiritero, músico de feria, comerciante y no sé cuántas cosas más, que desahució a mi abuela María y la echó de la que siempre fue su casa, teniéndola que acoger nosotros en la nuestra. Casó con la tía Guadalupe, quien acuñó el neologismo de "california" para la mierda mezclada en la bacinilla con orín, pues cuando por la mañana -orinal en mano- salía a la ventana y arrojaba el contenido a la zague  gritaba: "ahí va la california". 
El benjamín, mi tío Agustín, frágil él, pero también noble y comprometido con su madre, a quien siempre pasó mientras vivió una pensión anual en dineros y/o especias y lo hizo en ocasiones con generosidad. Tuvo este hombre la inmensa fortuna de esposar con mi adorada tía Quica Fuertes, cuyo apellido hacía honor a su aguerrido carácter, tan necesario para atar en corto y embridar las veleidades propias de la familia política tan titiritera con la que emparentó.

Con mi tío Milión, no sólo por el desahucio sino también por incontables e insólitas extravagancias del clan al completo, las relaciones fueron correctas pero distantes. Con mi tío Agustín y su familia, al contrario, nos unieron siempre estrechísimos vínculos y he de decir que a mi madre la sacaron en alguna ocasión de apuros, prestándole una muy considerable cantidad de dinero que después, como siempre hizo y en mi pueblo esto lo saben hasta los nonatos, devolvió céntimo por céntimo. Y en este punto no puedo dejar de citar un lance acaecido entre mi abuela María y mi querido y añorado primo Evelio, el hijo mediano de mi tío Agustín. Trata de un pasaje que por su impactante aunque anecdótico dramatismo tengo incrustado en los lóbulos parietal-auditivos de mi corteza cerebral, como una impresión en sentido literal, no sé bien si vivida o fruto de una ensoñación. Pudo ser el tiempo en el que Evelio empezaba a dudar de su vocación religiosa profesada en los Maristas de Tuy. Es posible que se negase a volver al internado hasta que mi tía Quica sacó a pasear sus incontestables galones y le obligara a hacerlo. Así que Evelio debió asirse a su equipaje y plantarse en plena, oscura y solitaria noche ante la ventana de mi abuela María para despertarla y despedirse de ella, antes de emprender rumbo hacia el oeste. Sentí cómo golpeaba los cristales de la ventana y por momentos en llanto a moco esparramado o entrecortados sollozos, clamaba desolado:

-Abuela, abuela, abre que me marcho para Tuy.

No pasaría yo por esas fechas de los seis años, pues a mi abuela no la habían desahuciado todavía, pero esa noche no la he podido olvidar y aún acude a mí con testaruda recurrencia y algo de la congoja y el pesar de entonces.

La biografía de mi padre, el mediano de la fratría de tres hijos varones y fallecido en febrero de 1967 a los cincuenta y cuatro años, tiene muchas luces, desde luego más que sombras, pero también sombras. En su corta y difícil vida hubo un antes y un después en los que parecen coincidir todas las versiones, si bien no concuerdan en la determinación del punto de inflexión entre estos dos adverbios de tiempo. Para mi madre, nada dada a hablar de otros o sobre informaciones sensibles por tabús, ni de fantasear o mentir, el cambio profundo se produjo cuando se casaron. Otras versiones señalan que sucedió cuando nací yo, siendo al parecer el causante de traer la paz a la familia. Así me lo han venido comentando diversas personas del pueblo, mas no sé yo si la expresión “traer la paz” se ajusta a la realidad, pues soy consciente de la existencia de desavenencias entre la familia de mi madre y mi padre (no con la familia de éste, también católica y practicante como la materna), pero éstas sin duda nunca llegaron a la categoría de guerra abierta. En mi opinión, el pretendido cambio de mi padre se dio en forma escalonada y resultaron claves los hechos referidos de la formalización del matrimonio y mi  nacimiento. Antes de casarse, mi padre daba y dio muestras de ser un poco botarate e insensato, rasgos éstos compartidos con otros miembros familiares, también de redomado tahúr un pelín rufianesco y -por supuesto- bastante belicoso con cuanto no encajase en su visión del mundo, donde debíase incluir su ateísmo confeso y manifiesto. Y ya casado, antes de nacer yo, seguro que tuvo algún comportamiento detestable como el que recientemente me relataba alguien con incontestable credibilidad. Aparte de expresarme la generalizada admiración, veneración diría, profesada hacia mi madre, hecho en verdad extendido, me hablaba de un día que mi padre venía muy enfadado -a saber por qué- de una pequeña propiedad familiar paterna en la senda de Villarnera, entre el río y el prado del ti Bernabé, donde teníamos el gallinero. Traía consigo un cesto lleno de huevos y en un arrebato de furor indescifrable empezó a estrellarlos por el camino contra el suelo sin dejar ni uno sano, como si  a la familia le sobraran los recursos y los alimentos.

En esta actitud había mucho de su radicalidad ideológica y de su compromiso político de reconocido “rojo”, que -éste sí- mantuvo hasta el fin de sus días, si bien de su ateísmo podría decirse que lo conservó al menos hasta los últimos diez, momento en el que encargó una novena a la Virgen del Perpetuo Socorro, fuese por satisfacer a mi sacrificada madre, fuese por si en verdad Dios existiera y ahora debiera rendirle cuentas. Amante del teatro, me cuentan que hizo varias representaciones y que era muy hábil desempeñando los papeles, cualidad que yo todavía le conocí aunque por muy poco tiempo, de ahí que lo de titiritero también le cuadre bien a él.

En relación al juego, lo suyo, como lo de otros muchos en la región y aledaños, eran “las chapas”, en las que todavía hoy se juegan sumas astronómicas y según la versión de mi madre las dejó poco después de casado, tras venir a casa con una vaca de ganancia. Si la fuente del relato es mi madre me lo creo, aunque no puedo estar seguro que con unos cuantos malandrines como él no se perdiesen alguna vez más por el bosque para echar unas manitas. Sí estoy convencido que tras mi gozosa llegada, si aún mantenía alguna conducta poco o nada ejemplar, dejó de practicarla. Desde luego cuando yo fui consciente no volví a saber de tan dañina inclinación.

Hay otras historias, algunas apócrifas, sobre las que conviene aplicar cuarentena. Por ejemplo, acabó yendo a la guerra civil, pero antes hizo lo posible e imposible para evitar o retrasar su ingreso en filas, actos como lesionarse los dedos de la mano derecha y otros amaños. Yo no les puedo dar fe de este artificio, aunque no me extrañaría, pues en su ideología y sobre todo antes de mi nacimiento parecía ser bastante sectario. El caso es que acabó yendo a la guerra en el frente de Aragón, el más duro, en concreto a Belchite donde para su fortuna pronto cayó herido en el bazo y se le evacuó a un hospital de Zaragoza, dando así fin a su paso por la contienda civil, aunque una vez repuesto hubo de hacer algún año más de servicio militar en África. De su estancia en el frente recuerdo dos anécdotas. La primera es que no siendo creyente, como nunca lo fue, le repetía a mi madre  (yo se lo oí también varias veces) que no podía morirse sin visitar El Pilar y en efecto así lo hizo, conmigo al menos dos veces. La otra trataba de una batallita acaecida en Belchite, donde relataba que había una calle frente a la iglesia con una curva y una casa justo en la esquina,  en una de cuyas  ventanas se apostaba un francotirador que hacía caer a los nacionales como a moscas. Más tarde yo visité Belchite y creo haber identificado allí la calle en cuestión. Sépase que si mi padre junto con Lucinio, José el Canario, Perpetuo y algún otro no fueron sacados de la cama a media noche por los esbirros y fusilados en Las Torcas de Posadilla con ignominia, fue por la intervención del cura de entonces. Creo que se llamaba Don Gabriel quien, al preguntarle por los “rojos” y comunistas del pueblo, él contestó y contestaría siempre que allí no había de esos tipos malos, sino sólo feligreses. Cierto es que los falangistas como Santiago el Saco, Generoso Martínez, Jacinto y otros campaban a sus anchas, pero jamás empujaron a nadie al paredón, si bien cuando se cruzaban con los contrincantes abrían el lado de la chaqueta donde llevasen la pistola para enseñarla, cual tributo a la victoria y atributo conminativo.

No debieran tomarse las referencias precedentes con esta parte de mi familia como una malvada crítica, antes bien por una autocrítica que pretendo ponderada y justa, por cuanto quienes me conocen saben, y yo mismo también, que mis genes dominantes y las conductas más visibles que éstos catapultan son de la porción paterna, aunque por otro lado haya admirado y profesado un profundo respeto a la parte materna, como así ha sido. En cualquier caso, y puesto que las casas de los tres hermanos y la de mi abuela (hasta que mi tío Milión la desahució, no sé muy bien a cuentas de qué) estaban todas en terrenos colindantes, por tanto debían pertenecer a mi abuelo Nemesio, algo de sensato hubo de tener este hombre para reunir unos ahorros u otros fondos con los que comprar estas propiedades.
Esta es la somera historia personal de mi padre, la cual sin duda cuesta conjugar con la que sigue de mi familia materna.

-III-

Una semblanza familiar materna la situaría en las antípodas de mi familia paterna que -insisto- ni respeto ni amo menos, a pesar de mi manifiesta admiración por la primera. Diversos y relevantes rasgos distintivos integrarían esta semblanza familiar materna. Desde luego destacaría el carácter laborioso, previsor y emprendedor por medio del cual fraguaron un capital que en el futuro inmediato invertirían con conocimiento y pericia. Primero fue Gabino Pan, el primer yerno de mi abuelo Fidel Castrillo, quien emigró a Argentina de donde en pocos años regresó, éste sí, con suficiente caudal para invertir en la creación y gestión de la práctica totalidad de los negocios del pueblo como la lechería, ferretería, estanco, ultramarinos y el bar. Más tarde, cuando mi abuelo Fidel ya tenía dos hijos, mi tía Jesusa (casada con Gabino Pan) y mi tío Mateo, fue él quien ni corto ni perezoso arrastró a su suegra, mi bisabuela Simona, y ambos partieron con este mismo destino. No tardaron ni un año estar de vuelta sin grandes ganancias, porque al parecer por este tiempo en Argentina los críos ya no venían al mundo con una cadena de panaderías bajo el brazo. Hubieron de replantearse pues mis abuelos maternos las fuentes de financiación para sus inversiones rústicas y urbanas. Por esta razón los numerosos hijos que fueron viniendo al mundo, a partir de los doce años debían salir a servir en otras haciendas, donde ganar por unos años la manutención y algo de sueldo, destinándose los sobrantes al incremento del patrimonio inmobiliario que más tarde habrían de heredar, como tal sucedió. Buenos mercaderes y productores dio esta familia, pero como en todo cocido bueno o malo siempre se cuela un garbanzo negro, otro miembro del clan familiar, el tío Miguelón, se instituyó en el primer productor de energía eléctrica de la comarca con molinos de agua, lo cual le reportó rápidos y pingües beneficios. Fue el primero o de los primeros de la contorna en lucir un coche (“haiga”, que los llamábamos), mas lo hizo con ostentación y como ésta acostumbra a venir acompañada de una gestión improcedente, en pocos años dilapidó su fortuna por frecuentar y tratar con mujeres de mala reputación que comercian con su cuerpo. Todavía hoy en lo que queda de la casona de mis abuelos se puede ver el foso destinado al mantenimiento y reparación del vehículo.

Mi abuela Aurelia se casó a los quince años, derivándose de ello la curiosidad que mi madre tuvo una tía dos años más joven que ella, la amada tía Sima, traumatóloga intrusa famosa en la zona, quien varias veces me hizo algún arreglo de huesos y tendones (y a otros muchos), lo que ningún traumatólogo conocido fue capaz de hacer y ni siquiera de imaginar. Mi madre ocupaba el cuarto lugar de ocho hermanos vivos (creo que dos niñas se fueron pronto), tres hembras y cinco varones, y aunque no todos se casaron, la prole creció en número pronto, así que entre nietos y biznietos varios se juntaba una tropa a la que se debía juntar en la mesa con toque de fagina.
Las matanzas resultaban momentos supremos, no sólo por la exquisitez de los alimentos ingeridos (“las chichas”, verbigracia, tan apetitosas para mí que -en sentido literal- comía hasta el empacho), sino también por el  inenarrable jolgorio que se organizaba con juegos y cánticos. Célebre en todo el pueblo es la clave cantora del “ruum” con la que se cerraba una estrofa para iniciar la siguiente o para cambiar de copla. Recuerdo celebraciones pletóricas como la boda de mi de mi tía Felisa y mi tío Jesús (el hermano pequeño de mi madre), tres días de fiesta ininterrumpida con un tiempo de perros, lluvia, barro, los pequeños correteando y danzado al son del tamborilero. Al pobre hombre no parábamos de importunarle ahogando el sonido del tambor, al invalidar con la mano los alambres que hacen vibrar la piel de su reverso, a lo que él respondía con algún baquetazo sobre la testa de quien tuviese a su alcance. Uno de los días a la hora de repartir “la rosca”, tras haberla corrido como manda la tradición, los enanos granujillas se quedaron sin ella porque algún espabilado se la había zampado, dejándoles a ellos las almendras del adorno y algún que otro resto menor.
En cuanto a los niños, tal eran prioridad y centro de toda atención que un amigo, Enrique, esposado con un miembro de esta familia y con tres churumbeles (eso por haber dicho un día… “quién fuera Herodes”), me dijo en una oportunidad con amplia sonrisa:

-En esta familia no sé yo si los niños son los mayores o los mayores los niños.

De confesión religiosa católica, la familia entera vivía la religión como fieles practicantes, aunque no pazguatos en su práctica, por cuanto si alguna vez debieron censurar cuestionables usos del párroco de turno, así lo hicieron. En cierta ocasión, al salir de misa, en el atrio y ante otros feligreses le inquirieron al pastor del momento sobre la extraña desaparición de una cruz muy valiosa, de plata maciza, de la que nunca más se supo, o sí se supo y sirvió para financiar al menos parte de dos desahogados pisos en primera línea de la playa de San Juan, en Alicante. Y esa cruz hoy debiera seguir siendo el símbolo de una cofradía parroquial cuya presidencia corresponde de por vida a la familia, de modo que hasta yo mismo un año de éstos he debido tener el privilegio de presidirla, aunque nadie me advirtió en su momento de tan alta dignidad y no pude por tanto recrear mi lado vanidoso ni alardear de tal regalía. Más tarde, ya muertos mis abuelos, desapareció una pila bautismal de la que hoy sabemos su destino como ornamento de un jardín particular en el vecino pueblo de San Cristóbal de la Polantera. Y a mis abuelos no les tembló el pulso ni la voz para matizarle en su rigurosa sencillez lingüística la diferencia semántica entre distracción o incuria y enajenación o hurto. 

Adobaban su crítica ortodoxia católica con una muy noble inclinación a la solidaridad y manifiestas inquietudes sociales que bien pudieran parecer burdas obras de caridad, mas no eran tal y en realidad resultaban más pragmáticas que las pretendidas por mi padre, pues como dice el refrán… “una cosa es predicar y otra dar trigo”. En la casa se acogía por jornada o días a mendigos que dormían en un jergón del pajar, porque ya no quedaban habitaciones libres, pero compartían mesa con la familia como si de un miembro más se tratase También asistían en ocasiones, como por ejemplo el pobre Benito del que me acuerdo bien, a celebraciones familiares de un cierto postín. 

Su firme defensa de la dignidad era de igual aplicación ante la Guardia Civil, a la que respetaban pero por la que también eran respetados, tanto como para no permitirles que, por mor de la normativa vigente en los tiempos de racionamiento, le sustrajesen un saco de legumbres destinado a la manutención de su familia. Ni hablar. También puede ser cierto que en ocasiones la Guardia Civil hiciese la vista gorda. 

Cultos para la época y preocupados por la cultura, la educación tenía carácter prioritario y siempre nos la procuraron por los medios que fuese, como curas, frailes o cualquier otro, siendo así como me reclutaron a mí tras convencer no sin dificultades a mi padre. Mi abuela Aurelia ejerció de maestra un tiempo tras la guerra civil y además componía coplas y coplillas para ser cantadas con música popular tradicional. Mis abuelos, en particular mi abuela Aurelia, tenían un incuestionable carisma que nos llegaba con penetrante fuerza, pues no recuerdo haber sido castigado o pegado por ellos (tampoco por parte de mi abuela María), ni yo ni ninguno de mis primos, aunque sí reprendidos con persuasiva severidad y nosotros tomar nota imborrable de la amonestación. Mantengo un fresco recuerdo de los ágapes familiares u otras reuniones. Los adultos se sentaban a la mesa para comer y mientras las viandas se atemperaban, muchas de ellas en tarteras de Pereruela que tardan más en perder calor, se rezaba el rosario, en tanto la chiquillería, seguramente a la que ya se le había dado de comer con anterioridad, permanecía sentada o jugando y peleándose o revolcándose por el suelo de la inmensa cocina. Cuando el jolgorio era tal que resultaba imposible seguir con los rezos mi abuela, la directora, callaba en su letanía dejando colgada el Dios te salve…. María…, nos lanzaba una mirada cortante y tras algunos siseos entre nosotros se rehacía el silencio y el sosiego, al menos por algún instante más, para continuar con los rezos hasta la siguiente y no muy lejana pausa. Autoridad moral que se ganaban y daban con su ejemplo personal, mostrando un exquisito trato con y entre los componentes de la amplia familia, donde por ser a todas luces matriarcal, siempre se remitía la decisión final a lo que mandase la abuela.

Existe una historia de enorme interés relacionada con esta familia, de la que desconozco su grado de veracidad y no porque considere a los miembros de esta parte mentirosos, ca (ellos no), pero este tipo de relatos vienen muchas veces hinchados o matizados al gusto o deformados (ya se saben los efectos de “la técnica del rumor”), de modo que acaban por convertirse en leyendas o incluso fábulas, aunque aun así la expondré por llamativa. Planea sobre esta familia la curiosa vicisitud  que algún familiar directo de mi bisabuela Simona (la madre de mi abuela Aurelia) viajó a Roma en mula para pedir dispensa papal y poderse casar dos primos de sangre. En fin, ahí lo dejo para que otros cronistas mejor informados, verbigracia Servando, la recuperen con mayor  fidelidad y la eternicen en algún escrito o en los anales de esta parte tan apasionante de mi historia familiar. Y ya citada la bisabuela Simona aprovecho para relatar mis personales vivencias sobre el día de su entierro, el cual aún recuerdo como si hubiera sucedido ayer.

En torno a la Candelaria se suceden una serie de fechas que me producen una sensación de ambivalencia emocional. Por una parte esta festividad  es inmediata a la de San Blas, patrono de invierno de Santibáñez, y al celebrarse los festejos a cuarenta y cinco segundos de mi casa, delante de las escuelas nuevas, aprovechaba el día siguiente a su celebración para hacerme con unos dineros yendo al “atropo”. El “atropo” consistía en recorrer la superficie donde tuvieron lugar los festejos en busca de monedas que los asistentes por descuido hubieran extraviado o se le hubieran caído de sus manos o bolsillos. Llegué a recaudar hasta dos pesetas, montante equivalente a lo que hoy serían dos o tres refrescos. Por otro lado coinciden con eventos trágicos y pérdidas sensibles, como por ejemplo la muerte de mi bisabuela Simona y sobre todo la de mi padre algunos años después. El día que ahora describo se celebraba el funeral de mi bisabuela Simona, la mujer grande y recia, comadrona partera y además la matrona de las matronas, la traumatóloga furtiva aunque eficiente como su hija Sima ya citada. Decía mi madre de ella que con el médico adscrito al pueblo se las traían.

-Don Alfonso, me duele la cabeza- se quejaba ante el galeno.

-Pues ¿por qué no se la corta, Simona?- replicaba el otro.

-Y ¿por qué no se corta usted los cojones?- dicen que decía ella.

O si comía en el campo y alguien por educación y/o afecto le deseaba el “buen
provecho”, ella a su modo lo agradecía:

-Con esa intención lo hago- respondía rotunda.

El día de autos, tal vez por ser yo muy niño todavía, me dejaron al cuidado de mi primo Víctor, algo mayor que yo, enviándonos a jugar a la explanada de las escuelas nuevas que ese día por alguna razón estaban cerradas. Había una nevada de al menos un palmo e hicimos un muñeco de nieve tan completo que pocos nos lo hubieran podido mejorar. Jugábamos invadidos de sentimientos contradictorios que alternaban entre la lógica tristeza y un grato estado de sosiego interior. En medio de nuestros juegos, al otro lado del río por el camino del cementerio atisbamos el cortejo fúnebre de la bisabuela (para mí) y abuela (para Víctor). Allá en la cercana lejanía, gentes vestidas de oscuro y envueltas de  un aplastante silencio sólo roto por las quejumbrosas plegarias del clérigo, acompañaban al enorme féretro portado por seis hombres todos ellos también enlutados. Sentí de nuevo un extraño desconcierto entre la imagen visual impactante y una melancólica serenidad de espíritu. Tuve la impresión de estar ante un cuadro del Medioevo en gris, en blanco y en negro, y en una disposición anímica similar al éxtasis que pueda experimentarse en cualquier museo.

En relación a las supuestas malas relaciones entre mi padre y mi familia materna, por más que aquél no cayera por la iglesia ni por celebraciones tan frecuentes y bullangueras en la parte maternal de mi familia, salvo muy raras excepciones, yo mismo confirmo la muy general avenencia tras mi nacimiento. Aun así les abriré mi alma en canal y les contaré algún pormenor de la más honda intimidad. Dos vivencias tengo yo agrupadas en un único, traumático e imborrable recuerdo. Quizá se tratase de una fría noche de invierno propicia para la charla en la cocina de casa, donde estábamos mi abuela Aurelia y mi madre tratando de sus asuntos, además de yo mismo  seguramente jugando a los camiones en el horno de la económica. Mi padre, con horario de gallina (dicho sea sin malicia alguna), ya se había acostado en la habitación contigua, aunque al parecer no se había quedado dormido. En algún momento de la cháchara debió oír algo que no le gustó y asió el orinal, todavía vacío y limpio a esas horas, arrojándolo con furia contra una pared de la habitación. Dos, tres, cuatro o a lo sumo diez fueron los minutos que perduró mi trauma. Horas, semanas o meses después era yo quien dormía en la contigua habitación compartida con mis padres, la cual estaba unida a la cocina por un dintel con sus jambas y en lugar de puerta una cortina, de modo que se advertía con facilidad todo lo que en la cocina pudiera suceder. Un extraño ronroneo, extraño primero porque yo era de sueño profundo y extraño además por la naturaleza del ronroneo, me despertó y sin demasiados remilgos me erguí, aparté la cortina y allí vi a los dos tórtolos en una tierna postura, haciendo dulce intercambio (“endemoniando” como lo nombraba mi padre) de los más íntimos flujos que un día a todos nos dieron vida. Con total sigilo por no interrumpir me volví a la cama y creo recordar haber dormido con toda placidez también esa noche.
           
Con estas características familiares se diría que a mi madre le pusieran todos los impedimentos habidos y por probar para no casarse con mi padre. Pues no. La aleccionarían, pero jamás la conminaron, eso seguro. Y sin duda nadie podrá decir, como bien sabe el pueblo, que mi madre se casó con mi padre por dinero y en siendo así sólo pudo hacerlo por amor puro. De hecho la boda de mis padres fue el precedente de otra que vendría después, Orlando y Araceli, que estando en contra parte de la familia se atendió a la determinación de Araceli y se llevó a cabo, con la hermosa cosecha de dar a una orquídea del paraíso, como es Begoña. Aunque -casualidades de la vida- su padre como el mío, muy parecidos ambos en algunos rasgos, fallecieran pronto, en la cincuentena y sin haber podido disfrutar a fondo de sus adorables nietos. No, no creo que nadie prohibiera a mi madre casarse con mi padre, pues vieron que mi madre lo debía tener muy claro. Y siendo como lo fue mujer cabal y leal (ambas virtudes por una inmensa mayoría reconocidas) sabía muy bien dónde se metía. Tampoco le faltaron proposiciones pero enviudó y viuda siguió hasta la propia muerte.

-IV-

En este contexto creció el niño que ahora ya entrado en la sesentena escribe estas memorias. Varias fueron las imágenes de mi infancia que impactaron en mí cual bombas y dejaron tan profunda huella que en mi alma pervivirán mientras me siga vivo el cerebro. La primera, en sentido literal, sucedió cuando yo rondaría poco más de los dos años y me veo caminando con mi madre o en sus brazos por el camino de la Isla (Santa María de la Isla) en dirección a su apeadero. Íbamos al médico en La Bañeza, pues por lo oído tenía el sarampión. Llegamos a un lugar con un muelle elevado, frente al cual dos líneas paralelas de metal y brillantes por arriba, a las que mi madre llamó “raíles” y después “vía”, se perdían a diestra y siniestra en el horizonte abarcable pero infinito. El extenso silencio y la tenue quietud del lugar presagiaban la irrupción de un hito, para mí inédito, en el inmediato y próximo destino. Allá en la lejanía un ruido acompasado a ritmo de traqueteo, acompañado de intensas y regulares fumaradas móviles proyectadas al cielo, anunciaban que un monstruo desconocido se acercaba tal vez para tragarnos. De pronto, tras las últimas casas de ese pueblo al oeste, deslizándose por entre las líneas paralelas con insospechada dulzura e imponentes aires de grandeza, apareció una oscura locomotora de vapor, de color negro pardo, ribeteada en su parte baja por una estrecha franja roja que la envolvía. En medio de gran estruendo, chirridos, bocanadas de humo, respingos y agónicos resuellos pasó ante mis ojos de pavor  pasmados (“pavor” y “vapor”, palabras tan cercanas en su canto) y de fascinación encendidos, hasta detenerse y quedar en un sutil silencio vaporoso.
Después, tras habernos tragado en sus entrañas arrastradas, con más resuellos y respingos el portentoso monstruo arrancó y siguió su ferroviario camino al horizonte infinito pero abarcable del sureste. Esta situación me causó tan honda impresión que sin duda está en el origen de mi arrobo por las locomotoras (tengo una colección de locomotoras en miniatura de todo el mundo), los trenes y todo lo relacionado con el ferrocarril. Y pocas asociaciones puedo yo encontrar más placenteras que la de los “amigos del ferrocarril”.

Por su relevancia en el contexto histórico y socio-cultural de la época, el siguiente relato resulta desde luego esclarecedor. Dadas su ideología y sus creencias mi padre no pisó una iglesia en toda su vida, aunque nunca ninguno de sus hijos dejó de asistir a los oficios religiosos convencionales ni a ceremonias como bautizos, comuniones, bodas o a catequesis, al igual que el resto de católicos del pueblo. Por cierto, y debido a la humilde condición de mis padres, la comunión la tomé en traje completo y como Dios manda, eso sí, con algún componente prestado por algún miembro de la familia de mi tío Miguelón, tal el caso del misal,  los guantes de seda blancos y la borla o cordón amarillo donde cuelga el crucifijo, que yo sepa. Muerto Don Gabriel, al que yo no conocí (ya saben, quien libró a mi padre y a otros de morir acribillados a balazos en alguna zanja cualquier negra madrugada), tomó su plaza un cura pérfido, déspota, agresivo y corrupto (el de la cruz desaparecida y los pisos de San Juan en Alicante), conocido de etiqueta por Don José y con apodo bien merecido de Joselón el Cabrón. No visitaba a los “rojos”, ni siquiera se dignaba dirigirles la palabra, salvo a mi padre a quien sí visitaba y trataba con su falaz labor pastoral de tornarlo a la senda del rebaño no descarriado, lo cual nunca logró y ni lo de la novena a la Virgen del Perpetuo Socorro hubo de ser mérito suyo, sino de mi entregada madre.

Cuando compramos radio, subía con él a la galería donde lo instalamos para escuchar música mora pues le deleitaban este tipo de melodías, y ello a pesar de no ser muy amigo de esta gente con la que tuvo estrecho contacto cuando, acabada la guerra civil, hubo de hacer -como tantos otros- dos años más de servicio militar en África. Incluso en contra de lo que cabría esperar de alguien a quien hoy denominarían “progresista”, más de una vez le oí decir:
-Nunca des la espalda a un moro.

También seguíamos el Tour de Francia, sintonizábamos lo que debía ser Radio París, de la que nunca tuve ni idea de qué iba y sí recuerdo con detalle a Radio Andorra, de la cual puedo revivir hasta su sintonía: “Tirí-tiririrí (música), aquí radio Andorra” (proclama). El sustancial pormenor sobre la condición ideológica de mi padre no me sentaba ni bien, ni mal, ni todo lo contrario, de hecho siempre lo viví con absoluta normalidad y sólo fui consciente de tan delicado asunto a partir de los diecisiete o dieciocho años, cuando alguien de la familia materna viendo mi deriva exclamaba: Pero este rapaz, ¿por qué extraños derroteros anda?.

En casa no faltaban los alimentos sustanciosos, pero sí otros más exclusivos y delicados, para mi gusto de entonces exquisitos, cuyo elevado precio no estaba al alcance de la economía familiar y sólo se compraban para mi padre, una vez caído enfermo del Parkinson que años después nos lo arrebataría. Tal era el caso de los plátanos y el queso curado, aquéllos caros por exóticos y lejanos, éste costoso por ser esta zona geográfica sobre todo agrícola y con escasos pastos para una ganadería extensiva, por tanto con escasez de productos lácteos variados y elaborados. Mi padre, de quien sus ojos desvelaban cuánto me veneraba, debía verme tal cara de gula que me sentaba a su lado y los compartía conmigo.

A causa de su enfermedad, más que debido a sus creencias, mi padre no asistió a muchas romerías de la Virgen del Castro y en algunas de esas ausencias lo acompañé yo, con la promesa de mi madre, tíos y tías de traernos los “perdones” que no eran sino regalos de caramelos, obleas u otras golosinas o presentes que se compraban en la feria de la romería, para agasajar a quienes no pudieron acompañar a la Virgen. Entonces acudíamos a los cubos de las escuelas desde donde se podía contemplar el imponente espectáculo de los pendones ondeando en medio del monte, con toda la apariencia de barquitos de vapor que surcan un mar escondido tras las encinas y los tenues cerros. Desde este mismo punto, otra panorámica excelsa la ofrecía la exhausta locomotora obligada a un sobresfuerzo, cantado por acelerados e intensos bramidos y dibujado por densas bocanadas de humo que cubrían el firmamento entero, para remontar la empinada cuesta que media entre Toral y Riego.

La índole  descreída de mi padre no condicionó en nada mi educación laica ni la religiosa, como tampoco me impidió jugar a creer, pues -por ejemplo- como cualquier niño en edad de hacerlo, los domingos por la mañana después de misa asistía a catequesis. El domingo al que ahora me referiré coincidía con el día de Todos los Santos y en lugar de acudir a esta cita decidí con algún compañero ir al cementerio, donde algunas convecinas limpiaban las tumbas de los familiares y las ornaban con las flores típicas. A mediodía regresé a casa para comer y nada más entrar por la puerta de la calle ya intuí que algo no iba bien. Toda ella desprendía un fuerte olor a lejía y ese detalle activó mi mente y disparó las cábalas. Entré en la cocina con recelo y la encontré con los muebles desplazados, la cortina de la habitación colindante anudada y el suelo mojado. Mis padres plantados ante mí de tal guisa que se anunciaba tormenta y una severa e inminente reprimenda. Y no, no podía ser por haberme saltado la catequesis, pues por esta falta sus caras no reflejarían tanta gravedad. Algo más espinoso sería y lo presentí casi en el mismo momento que olí la lejía. Sin mediar palabra entre ellos ni conmigo mi madre levantó su mano derecha y me enseñó una moneda de 2,50 pesetas, cantidad considerable para un pequeño, y me inquirió seca:

-¿Y esta moneda?

No recuerdo si respondí algo, pero estoy seguro que acabé por reconocer el hurto. Un día la vi por casa y decidí quedármela para ahorrar de cara a Navidad, o incluso con vistas a San Blas, así faltaran más de tres meses. Pardillo de mí, no sabía dónde guardarla y opté por esconderla bajo la pata de una cama, ignorando que con cierta frecuencia mi madre tiraba de rodillo, cepillo, bayeta y lejía para hacer la gran fregada que mantuviera la limpieza y la higiénica asepsia en el hogar (ya se sabe, “la limpieza es el lujo de los pobres”). Y me cazaron. Más adelante un día me entraron ganas de birlarle un lápiz muy bonito a un compañero de clase y me eché para atrás sin objeción alguna.

En asuntos de educación, mi hermana Tuli, aparte de llevar la carga mayor en las faenas agrícolas familiares por trabajar el campo mejor que los ángeles de San Isidro, se constituyó en mi mayor mentora y aya. En las comidas comía ella y cuidaba que mis platos estuvieran bien dispuestos para comer en abundancia, como solía (mi abuela acostumbraba a decir “este rapaz no sé dónde mete lo que come”, porque comía como una lima y no engordaba), pero también se encargaba de la urbanidad y los buenos modales. Si hablaba con la boca llena o enseñaba el bolo alimenticio me soltaba un sopapo con el reverso de su mano y la amonestación “con la boca llena no se habla”. Luego en el internado si veía a alguien hacerlo se me revolvían las tripas y me preguntaba quién pudo haber educado a tamaño cerdo. Tras el manotazo y para aliviar su perenne culpa de no cuidarme tan bien como yo lo merecía me disponía el postre de tal modo que resultase imposible rechazarlo, aunque se tratase de frutas que nunca fueron de mi agrado como postre. Mi hermana Beli, más tarde renombrada Maribel por ser apelativo de mayor prosapia, no paraba mucho en nuestra casa de pobres, ocupada como andaba primero en sus estudios de peluquería en Madrid, pagados -claro está- por sus pobres padres; y después por estar estableciéndose en León capital como profesional del ramo, ayudada igualmente por su pobrecitos papás. Así que no disponía de mucho tiempo libre  para dedicárselo a la familia y echar una mano que yo, aún siendo un vago redomado, nunca escatimé. Me llevaba a menudo a León, preciosa ciudad de la que disfrutaba, y me educaba en finuras y delicadezas de las aprendidas unas en la gran capital y otras en la escuela de protocolo de las peluquerías, o sea el revistero. Mis exploraciones infantiles de la ciudad no partían sólo desde el campamento base del negocio y residencia de mi hermana Maribel, sino también y varias veces más, sobre todo en Semana Santa, teniendo por cuartel general en la Plaza de Santo Martino el piso del Sr. Marceliano, capitán del ejército ya citado, donde desde el principio me sentí tan bien acogido como en mi propia casa. Detrás del Arco de la Cárcel, por la avenida Mariano Andrés, en el entorno de la línea férrea de vía estrecha que por entonces todavía transcurría a cielo abierto, jugaba a los peculiares juegos infantiles de guerreros medievales con espadas de madera o de indios y vaqueros con pistolas del mismo material, en compañía de niños emparentados con esta familia u otros del barrio que sobre la marcha se apuntaran a nuestras batallitas. Con la Sra. Pilar, la esposa del Sr. Marceliano, y sus hijas Carmen y Juana asistíamos orgullosos y en primera fila a las afamadas procesiones de la Semana Santa leonesa, porque en muchas de ellas desfilaba el capitán con entusiastas e inimitables aires marciales al frente de su compañía. Conservo de este tiempo otra rememoranza imborrable que en su momento me heló la sangre. Al lado de la Plaza de Santo Martino se ubica la cárcel vieja donde, a la sazón, había reclusos penando su justa o injusta culpa. Pudo ser un domingo o un festivo que paseando por el lugar vimos frente al penal a un grupo de guardias civiles, quienes metralleta en mano rodeaban a otro grupo de presos que en cadena introducían tueros de leña de la calle al interior del recinto. Esta escena nunca he podido olvidarla, como tampoco se extingue de mi memoria que una vez llegué a casa de esta familia en León con un bonito jersey jaspeado entre tonos azules y amarillos, pero con los codos desgastados y a punto de deshacerse. Allí me pusieron unas coderas de cuero con las que me sentía tan importante y de las que tanto disfruté mientras me sirvió el jersey. El trato tan delicado recibido en esta familia, entre otras muchas cosas, fraguó una cada vez más honda y estrecha amistad con la mía, la cual aún hoy perdura y que, tras pasar Carmen y Juana alguna temporada en nuestra casa del pueblo, acabó con todo el clan viniéndose a establecer en él.

Como ya expuse, de mi abuelo paterno, Nemesio, no guardo recuerdo alguno, pero sí muchos del resto de mis abuelos y uno de los más recurrentes lo constituía el recreo de la escuela a las once, que es cuando tomábamos “las diez”, pues así se llama en el campo leonés al almuerzo de media mañana. Puesto que las casas a asaltar no distaban de la escuela ni a un escaso minuto, bien tiraba hacia la de mi abuela Aurelia, quien cortaba de la hogaza un considerable regojo, lo empapaba en el cocido que hervía en la olla y con tan sólido sustento volvía al patio de las escuelas. O si decidía cambiar de abuela enfilaba en busca de mi abuela María, la cual tajaba otro buen regojo, pero me lo daba con uvas de una ubérrima parra sita en su minúsculo huerto, eso mientras se mantuvo en su casa, pues después ya en la de mis padres me lo untaba con tocino del socorrido cocido que a fuego lento bullía sobre la económica.

Cuando mi abuela se vino a vivir con nosotros mis padres pasaron a dormir en una habitación de la segunda planta, mientras mi abuela y yo ocupamos la habitación contigua a la cocina que hasta ese día compartí con mis padres. Y puesto que los ronroneos tienen una importante presencia en mi devenir no podían faltar en este tramo de mi vida. Solía acostarme al tiempo que mi abuela, la cual una vez metida en cama empezaba con su literal rosario declamado en tono sosegado, de modo que se convertía en una auténtica, dulce y delicada nana con el que en brazos de Morfeo me dormía con absoluta placidez. Otro de sus ronroneos conmigo lo constituían los refranes de su refranero, para lo cual me sentaba en sus galochas (madreñas) y empezaba soltar una retahíla de ellos. “Un grano no hace granero”  y tal…. U otro todavía, el de sus quedas y parcas conversaciones cuando la acompañaba a “atropar” feijes de urces y de leña o sacos de boñigas de vaca secas con las que ahogar en humo los productos (y a los productores) de la matanza. Y un detalle como el siguiente que me comentó mi madre, su nuera, bastaría para encumbrarla en los altares. Mi abuela recibía para sus gastos algún dinero de mi tío Agustín, lo mismo que mi madre le daba tabletas de chocolate para que dispusiera de ellas a su antojo, pues sabíamos que le gustaba este producto. Pues bien, cuando murió y mi madre sacó la lana del colchón para lavar encontró en su interior varias libras y onzas sueltas de chocolate envuelto en periódicos y una cantidad de dinero considerable para la época, cantidad que no me atrevo a expresar por no ser exagerado o porque pueda estar equivocado, pero rondaba las tres mil pesetas.

Conservaba mi abuela María familia muy cercana en Tejados, entre otros Binda y Nemesio (ahijado de mi abuelo, su homónimo) con los que teníamos estrecho contacto. Tejados era pueblo de ovejas y por tal de lobos, también porque está más apartado de la civilización y más cerca de los Montes de León. Tal vez por eso a nuestra familia se la apodaba “Los Lobos”, mote que mi tío Agustín nunca aceptó de buen grado, así que cuando compraba algún cordero en Tejados o a los pastores del lugar, al regresar y entrar en el pueblo lo hacía tras dar un largo rodeo para evitar cruzarse con cualquiera que pudiera hacerle la previsible chanza, como también se hacía conmigo y con mi padre.  
En León, cuando se levanta una casa y ya se ha cubierto el tejado, existe la costumbre de rematarla en un vértice con un cacharro de alfarero, colocar un ramo lo más alto posible y ofrecer los futuros inquilinos un banquete para celebrar el “retejo”, dicho en un término propio del lugar, con quienes hubieran contribuido a su construcción.
Para esta efemérides, meses antes que se iniciase el retejo, mi madre le compró una oveja a Nemesio el de Tejados, la trajo para el pueblo y atada la llevábamos a pastar al gallinero (finca familiar pequeña ya varias veces citada), con las consabidas y pertinentes bromas. Pero un día desapareció y todos temimos que alguien se la hubiese apropiado, de modo que para salir del apuro mi madre hubo de recurrir a varias aves de corral. Meses después, en una fiesta a la que asistíamos en Tejados, Nemesio le dice a mi madre:

-Oye Isabel, ¿por casualidad no te habrá desaparecido la oveja?, porque yo cada día cuento el rebaño y me sale una de más.

En efecto, la oveja había arrancado la cuerda y tras andar ocho kilómetros cruzando la N-VI (Madrid-Coruña) y la vía férrea de la Ruta de la Plata, se incorporó de nuevo al rebaño. Supongo que daríamos buena cuenta de ella, pues a mí la oveja me encantaba, sobre todo como la cocinaban en Tejados, esto es al horno de piedra donde también amasaban el pan negro de centeno. Durante mi etapa de niño, cada Santiago Apóstol nos íbamos dos o tres días de fiesta a Tejados, donde me relamía los dedos no sólo con el asado de oveja ya mencionado, sino también con el delicioso postre del arroz con leche,  pero aderezado con leche de oveja. Varias veces viajé en bici de paquete con Tuli, sentado sobre un cojín en el portaequipajes y es que mi hermana aprovechaba cualquier ocasión (más si se trataba de  fiestas) para caer por Tejados, pues tuvo en ese pueblo un novio rico, con el que no cuajó la relación acaso por ser nosotros pobres. Otras lo hacía en compañía de mi madre y a pie e incluso recuerdo en una ocasión haberlo hecho en carro, para acarrear después varios manojos de centeno con los que preparar los vencejos, que no son sino una especie de garañuelas pero tratados y manufacturados de modo diferente, así como con fines también distintos. Las garañuelas se trenzan sin desespigar en la misma finca de trigo que está siendo segada y se usan para atar los manojos de esta mies. Los vencejos se desgranan y se desespigan en la era, a continuación se les pone en remojo, después se trenzan, se almacenan y en su momento se emplearán para atar los manojos de cebada, pues esta gramínea suele tener caña tan corta que no sirve para garañuela, además de utilizarse para chamuscar los cerdos el día de la matanza.   

-V-

Debo hacer dos referencias ineludibles de mi infancia, Rafa, mi amigo todavía hoy de infancia, y Dominguito pues fue el niño más gracioso y divertido que yo he conocido en mi vida, quizá porque siempre anhelé tener un hermano pequeño y Dominguito, junto al hermano pequeño de Rafa, Fofi (tendrá capítulo aparte en estas memorias, pues lo merece) cumplían con el patrón de comportamiento que yo buscaba. A Rafa lo tuve algunos años como vecino, tiempo durante el cual entablamos una amistad de inseparables que seguimos cuando más tarde cambió de domicilio y se alejó algo. Dominguito porque sus padres compraron la primera casa de Rafa y en ella nació, teniéndole pues tan cerca que mucho jugué y me divertí con él.

Con Rafa pasábamos horas muertas en su casa o en la mía. Mi abuela María lo llamaba “Rafardel”, circunstancia que aprovechaba cuando nos enfadábamos para zaherirlo con un “Rafael fardel”, al que replicaba él con un “Nano cochino marrano”. Teníamos por masoquista costumbre oler la ruda del fondo de mi huerto anexo a la casa, hasta llegar a basquear, momento en el que retrocedíamos para evitar el vómito tras las náuseas. Compartía conmigo mis ocurrentes inventos, como camiones con cabina de asientos escavados en el suelo del huerto para poder entrar o baterías con tambor, bombo y platillo, hecho todo  con latas de conservas. El bombo disponía incluso de un pedal y su maza, fabricados con una tabla balanceante puesta sobre un taco cilíndrico que procurase el bamboleo, una vara fina y seca fijada a la tabla por un extremo y rematada en el otro por una patata ensartada, la cual golpeaba el bombo al balancear el pie sobre la tabla. De jugar sobre todo a los camiones hay huellas en mi casa hasta en la cocina, donde en invierno lo hacía sentado ante la económica y con los pies en el horno a modo de pedales automovilísticos, teniendo por cambio de marchas la aldaba del horno, hasta que de tantos largos viajes con carga la rompí y así siguió muchos años. También compartía conmigo el privilegio de poder escoger los futbolistas que queríamos en la tienda de ultramarinos puesto que, al ser primo de Araceli la tendera, teníamos su permiso para pasar detrás del mostrador donde se amontonaban las cajas de cerillas estampadas con caricaturas de futbolistas famosos del momento, y allí poder elegir a nuestro antojo la caja con el jugador de nuestras preferencias. Recuerdo que nunca tuvimos forma de dar con Eusebio Ríos, por entonces jugador del Betis. Sabía que algunas tenían un premio de cinco duros -vaya pasta- si la raya bajo la lija de prender era roja y no negra. Pero claro, aunque Araceli nos dejaba escoger, por lógica elemental ni yo ni nadie podíamos ir levantando la lija para ver si había o no premio, pues quedaría el género inservible. Sin embargo una vez me tocó y se lo dije a mi madre, quedándose ella con el dinero, habiéndomelo podido quedar yo, pues con parte del dinero del premio compras otra normal y se la das como si nada extraordinario hubiera pasado. Quizá lo hice no tanto por ser bueno, sino porque Araceli, que siempre consideró a su querida tía Isabel (a la que tanto fió) como su segunda madre, le contaría que me había tocado el premio. De ser Rafa el que lo cobrase, lo acabaría sabiendo su madre y estaríamos en las mismas. Así que aléjenme de toda bondad: no lo hice porque cinco duros daban para mucho y también se terminaría por descubrir el engaño.
 Rafa fue también testigo, si no me falla la memoria, de un hecho que anduvo muy cerca de ser tragedia. Veníamos de “escolingarnos” -o de intentarlo- en un camión de transporte ganadero que circulaba a prudente velocidad entre las escuelas y el parque, probablemente perteneciente al conocido tratante de ganado llamado Porfirio. Cuando desistimos de seguir corriendo tras el vehículo regresamos a las escuelas donde continuamos con el juego. En una alocada carrera, no sé muy bien con qué sentido, resbalé o tropecé y fui a estamparme de cabeza y con gran virulencia contra los escalones encementados de acceso a una de las aulas (la de los mayores). No recuerdo nada más pues perdí el conocimiento y a punto estuve de hacerlo con la vida. Me dicen que sangraba a borbotones, como un gorrino cuando le hincan el cuchillo en la gorja. Al parecer fue mi primo Julián, el hijo mayor de mi tío Agustín, quien me socorrió y me procuró los primeros auxilios, tales como detener la hemorragia o cualquier otro que estuviese al alcance de sus conocimientos. Esta anécdota permanece en alguna zona oscura de mi cavidad craneal y tampoco es fácil olvidarla, por cuanto una cicatriz de tres centímetros ahora disimulada bajo mi ceja derecha da fe incuestionable del enorme susto.

En otra ocasión, y en ésta Rafa no estaba conmigo, mi madre y mi madrina Mariana lavaban ropa en el plantel y por allí merodeaba yo a su cuidado. En el prado ribereño pastaba un caballo que había sacado de pleno su verga a refrescar. En un ejercicio de suprema inteligencia cogí una vara del suelo y bien situado, justo a sus espaldas, le aticé un buen latigazo en el colgajo, ultrajante agresión ante la que en su defensa lanzó una violenta coz que me arrojó varios metros lejos, la cual no me produjo verdadero daño porque quizá en un acto reflejo encogí el vientre y éste me hizo de cojín. Enseguida mis cuidadoras acudieron asustadas a atenderme que en viéndome se tranquilizaron y me llevaron a casa para acabar de revisarme. Y aquí estoy, si no miento. A las tres de la tarde de ese mismo día acudí a la escuela como cualquier otra parte.

Un día cualquiera de mi infancia decidí ser “monaguillo”, a lo que mi padre -una vez más- no puso impedimento alguno, al menos que fuese por fuera visible. Lo hice quizá por obtener alguna perrilla ayudando a misa o en otros ritos, tal vez por comernos los recortes de las hostias, que las hostias plenas como ruedas de molino ya nos las comíamos cuando a Joselón el Cabrón se le cruzaban los cables y, la verdad, éstos le chisporroteaban a menudo. Aprendí de memoria algunos latinajos con los que murmurar plegarias o entonar cánticos y entré en la sacristía por cuatro meses, que fue cuanto aguanté en este servicio, porque a la primera colleja me salí fuera o mejor dicho mi padre me sacó. Y la cita anterior de las hostias ni es frívola ni gratuita, porque en mí fue una colleja (nunca se atrevió a más, seguro que no por mi padre, mas sí por mi familia materna), pero Pepín el Panadero todavía hoy anda medio sordo de un oído del imponente e inaceptable guantazo que el muy baboso le atizó en la cara y con Ramón se ensaño de tal guisa que a su lado una hiena hambrienta pasaría por un tierno querubín. Me quedo con lo bonito y relataré, porque tiene su miga, la historia por la que Ramón comulgó ese día con hostias tan grandes como ruedas de molino.
La esquila, ubicada en lo alto de la espadaña de la iglesia, puede tocarse desde debajo del coro, porque un alambre que discurre por un estrecho tubo empalma con ella para poder voltearla desde el interior del recinto religioso. A partir del campanario ese tubo queda seccionado y el alambre asciende sin protección hasta su destino. Cuando se celebraba una fiesta grande se hacían tres toques, el primero con la esquila lo daba el cura o algún monaguillo, el segundo consistía en voltear las campanas desde el campanario con aires tan festivos que era una de las cosas más esperadas por todos nosotros, una verdadera orgía de la que todos deseábamos ser protagonistas, sobre todo cuando perdían vuelta y no sonaban  de tan vertiginosos volteos. En ocasiones nos enviciábamos tanto en nuestra ceguera campanil que el cura debía empezar a dar el tercero y definitivo toque, para advertirnos de este modo que parásemos ya. Así sucedió un día que Ramón, entre otros, andaba por el campanario de volteador y al oír la esquila no tiene otra ocurrencia que sacarse el falete de mear y empezar a hacerlo sobre la sección del tubo por donde subía el alambre, de modo que el orín fue deslizándose tubo abajo, hasta acabar en la mano del cura que agarrado a ella daba en ese momento el último toque. Del campanario debía descenderse y justo en el acceso a la escalera de caracol por la que se accedía a él estaba el cura esperando con la mano no sé si todavía pringada. Como de costumbre amedrentó en este caso a los campaneros, hasta que el autor, Ramón mismo, se hizo confeso. Vaya serie le cayó y esto ya no es tan gracioso. De la escalera de caracol de acceso al campanario debe añadirse que disponía de un estratégico escalón, en el cual por costumbre todos apoyábamos la mano para ayudarnos en el último esfuerzo y donde en ocasiones algún gracioso plantaba su mazacote de mierda, que después alguna mano cándida con total gusto aplastaría.
Con Ramón, aparte de otras habidas ya de jóvenes con mi montesa 250 c/c o su seiscientos, viví una auténtica peripecia propia de cualquier libro de aventuras de literatura infantil. Sería enero porque jugábamos con un balón grande de plástico recién estrenado por Ramón, su dueño, solos él y yo. El río venía crecido y en una vicisitud del juego el balón cayó al río por mi culpa y fluyó hasta un remanso de la pequeña isla que aún quedaba entre el brazo de las escuelas y el de las Llamacinas, así que la riada no era histórica pero sí respetable. Qué desgracia. No podía dejar al pobre Ramón sin un balón nuevo de trinca. Cavilé cómo llegar a la isla, para lo que acudí a casa de donde saqué a hurtadillas un varal con el que alcanzar el balón y al que agarrarme para que la corriente no me arrastrase, volví y me lancé río a través por el objetivo. Llegué, lo cogí e inicié la vuelta, pero en un momento del regreso algo me falló que caí entero al río y me mojé al completo. Como éramos avezados logré alcanzar las orilla buena, pero empapado y ¡¡¡en enero!!!. Mi tía Tina que vivía enfrente me vio y a grito pelado salió manta en mano con la que cubrirme y me llevó a casa donde con toda razón hube de oír de todo, mientras me cambiaban de ropa y después me metieron en la cama. Pero el balón de Ramón lo recuperé.

En torno al solsticio de verano, cuando en esta tierra la primavera eclosiona pletórica y procura feraces y frescos pastos, al ganado vacuno y bovino que en estas fechas todavía no se necesitaba para el acarreo u otras labores agrícolas, en lugar de mantenerlo estabulado se le sacaba a pastar por los terrenos comunales, en una faena mancomunada tan propia de nuestro León y su cuidado se atendía por tandas de vecindario, o sea, la alegría iba por barrios. En general, este encargo le correspondía cumplirlo a los pequeños de la casa, fuesen niños o niñas. Yo, que tuve el privilegio de criarme entre mujeres, no fue distinto mi destino en “la vaquera”, pues así se la denominaba en nuestro pueblo. Llegado mi turno, solía hacerlo acompañado de Angelines, Rosa, Tere, Celia y Chelo. A las cuatro de la tarde el sonido de la campana volteada anunciaba el inicio de la vaquera, soltaban los vecinos sus reses y los niños las acompañábamos y aquedábamos en los pastos de los terrenos comunales. Si el día había sido en especial cálido, apetecía un fresco baño en el cercano río. Eso hacían mis vecinas, quienes me mandaban colocar de espaldas a ellas, como así hacía con religiosa obediencia, mientras con sus camisetitas y otras ropas livianas chapoteaban en el agua cual gráciles ánades en un ritual de seducción. Más tarde me permitían volverme, ignorando o quizá no que sus ropitas mojadas traslucían sus melosos pechos incipientes que alegraban la vista de cualquiera a quien por dentro le ardiera el amor. Mas nunca y no por falta de deseo, osé -válgame el cielo- hacerles llegar mis anhelos. Frío calor me habría dado, por Dios.
Y ya entrados en materia erótico-festiva, tres propuestas, tres, de sexo explícito hice a otras tantas mocitas o proyecto de ellas, una en los cubos de la escuela al lado del río, otra entre las parvas y las máquinas de limpiar las mieses en las eras del transformador y una tercera en un lugar de Santibáñez de cuyo nombre mejor será no acordarse, más que nada por no dar pistas pues quedaría muy feo. Las tres se saldaron con un rotundo rechazo, para variar, en uno de los casos con el inquietante añadido de amenazarme con contárselo a su padre, qué pavor. En otros juegos infantiles de nuestras tiernas vidas la inocente -o casi- sexualidad ocupaba un destacado papel. En algún lugar que no tenía por qué ser muy recogido, como por ejemplo las escaleras del antiguo almacén frente a la actual cooperativa, sacábamos el bisoño penecito y nos lo enseñábamos, si bien nunca llegamos a prácticas tan cafres como mi amigo Delfín me dijo que hacían en su pueblo, donde por pares se ataban por el miembro y salían a correr, procurando no ser tú a quien se la estirasen por quedarte retrasado. En las eras del transformador, entre medas, parvas y maquinaria propia de la trilla jugábamos con las niñas a “el corro la patata”, al cual era obligado darle un singular colofón conocido por  “el revolcón” y que consistía en agarrarte al final del juego y su canto a una de las dos niñas anexas (a las niñas les correspondían dos anexos machos o en trance de ello) y abalanzarte sobre ella hasta conseguir frotarla, si se dejaban que a mí -una vez más- nunca me sucedió que recuerde, porque con suma facilidad se me desembarazaban. Qué flojera la mía, para el hambre que pasaba.

 A veces oímos el aforismo que “con amigos así más vale no tener enemigos”. Sirva esto de preámbulo de la siguiente historia. Les hablaré de mi amigo Pepe el Oso (algunos años mayor que yo, tal vez cuatro o cinco) y digo amigo, porque me consta que él siempre me mostró y aún hoy lo hace un notable cariño, como el que yo profeso por él. Pepe el Oso, el truhán, el tipo duro, temido y respetado por todos, al lado del cual acudíamos a las fiestas por si alguien osaba cascarnos, de profesión oficial basurero en la capital leonesa y, como oficio alternativo y bien remunerado seguramente en negro, jefe de seguridad en lupanares varios. El muchacho fuerte aunque no lo parezca que me montaba consigo en su caballo y a pelo lo cabalgábamos bien a paso, bien al trote, bien lanzando el equino “a las cuatro”, que es como en el pueblo llamábamos a la quinta velocidad del caballo. Tanto me quería el muy desgraciado que un día pasaba por delante de mi casa con su corcel y al verme que estaba sacando la lengua a mi abuela María me dijo:

-Se lo voy a decir al maestro.

-No lo hagas, Pepe, por favor, no lo hagas.

Y desapareció al trote. Y sí lo hizo el muy cabrón. Don Ricardo, el maestro, amigo de mi abuela Aurelia y al que mi madre por unas perras lavaba y planchaba la ropa suya y la de su anciana madre, me tomó en uno de sus brazos con el culo en pompa y una regla en la mano con la que me azotó unas cuantas veces, sin mucho dolor la verdad, porque no pareció ensañarse mucho, como tampoco me sentí humillado. Quizá por entonces, año arriba o abajo, me regaló su madre una cazadora de cuadritos de 3x3 mm., en gris claro unos y otros amarillos, la cual me gustó tanto y me hizo tanta ilusión que no encontraba llegado el momento para ponérmela.

Otros castigos de Don Ricardo consistían en, acabado el horario escolar, dejarnos en la escuela solos “cantando la tabla de multiplicar”, con las ventanas abiertas para oírnos, mientras él desde delante de la casa de mi abuela Aurelia y en cháchara con ella y otros vecinos controlaba nuestro castigo. En una ocasión de éstas, Marino, un pobrecito que como no tenía bastante con lo suyo había de meterse con otros a los que percibiese más débiles (lo típico de los acosadores), me convenció que mi padre había comprado la Derbi 49 c/c y si quería verla la tenía debajo de la escalera del pajar. Conocía mi sueño de la Derbi y mi casa porque su hermano Carlos era y todavía es mi quinto, un buen chaval y amigo, y por él sabía de mis debilidades. Cogí, salté por una ventana trasera y corrí a casa para ver la moto. Llegué y allí no había nada. De vuelta  a la escuela todos se desternillaron de risa, pero nadie tan cruelmente como Marino del que recibí pero también sacudí lo que pude, porque a este muchacho no le hacía mucho caso nadie, creo que ni en su casa. Cuando jugábamos al fútbol y goleábamos celebrábamos el gol, claro, como los grandes y Marino y yo nos hicimos famosos porque lo hacíamos planeando, lo cual se acabó de conocer entre nosotros por la expresión “hacer el aviador”. No sé si los derechos de autor me corresponden a mí o a Marino, pero se los cederé a él porque nunca fue muy feliz el hombre. De hecho ha desaparecido del pueblo porque seguro que se avergüenza de su pasado, caso que no ocurre con su hermano Carlos al que todos apreciamos. Para los partidos de futbol “importantes”, por ejemplo los inefables derbis barrio contra barrio (casi siempre perdíamos los de mi barrio y eso que éramos muy buenos), nosotros mismos pintábamos sobre un cartón los números que después prenderíamos en las correspondientes camisetas con un imperdible y hasta diseñábamos escudos en los que prácticamente nunca faltaba una remolacha como distintivo rasgo de identidad. La verdad, lo hacíamos con tanto arte y gusto que ya lo quisieran para sí los más exigentes expertos en heráldica o los diseñadores más afamados. También fabricábamos los trofeos con remolachas y otros componentes, todo en su conjunto embellecido con papel plateado, en general extraído de paquetes de tabaco vacíos que pudiésemos encontrar a nuestro paso.   

En invierno habíamos de encender la estufa, actividad a ejecutar por turnos de alumnos y que a todos nos gustaba porque campábamos a nuestras anchas por la escuela, sin maestro y haciendo diabluras con el fuego. Llegábamos una hora antes, a las nueve, pues a las diez empezaban las clases y el aula debía estar ya caldeada. En medio de nuestras faenas de fogoneros, aprovechábamos para prepararnos unos peculiares cigarrillos hechos con las hebras que hay entre la corteza y el tronco de los tueros (“jara” la llamábamos) y liados en hojas de libreta. Soltaban una humareda tan blanca que ni la fumata anunciante del nuevo papa la mejoraría y a los cuales dábamos tan ahumadas caladas que nos provocaban una cavernosa tos de las honduras, capaz de descongestionarnos hasta el mismísimo colon descendente.  
En ocasiones esto también lo hacíamos fuera y si por casualidad nos sorprendía el temido Joselón, lo arrojábamos lejos y al suelo si nos daba tiempo  hasta que se apagase, lo cual sucedía en breve, o bien lo metíamos en el bolsillo con la mano haciendo hueco para no prendernos hasta los cataplines, con la esperanza de ver al cura largarse raudo o cuando menos que también en el bolsillo se apagase pronto.
Hubo también un tiempo en el que por alguna razón los inmensos y fascinantes camiones del transporte de remolacha camino a Veguellina habían de pasar por el pueblo y delante de la escuela. Generaron tal expectación que para no verlos y por tal no distraernos, pues eran muchos los que circulaban, hubieron de tintar tres o cuatro hileras de cristales, si bien no tardaron demasiado en salir rascados y arañados para seguir viendo el espectáculo, así fuera por una mirilla.
Hermosos recuerdos tengo igualmente de las obras de teatro que me gustaban tanto como a mi padre, de modo que no sólo lo hacíamos en la escuela, sino también en cualquier lugar que tomásemos por teatro, como mi gallinero, alguna casa abandonada, etc. Allí colocábamos unos sacos de telón e iniciábamos la sesión. De la escuela, la más famosa fue la de Viriato con la que recaudamos parné suficiente  para ir de excursión a la otra parte del mundo, o sea a las hoces de Vegacervera, donde mi prima Ana se cayó por una ladera y nos dio un buen susto. Y hermoso recuerdo lo constituye también aquel día en el que tuve la inmensa fortuna de haber sido agraciado con un premio de valor incalculable, cual fue un estuche de madera con pinturas, una carpeta y alguna cosa más. Tan importante fue la recompensa que a día de hoy, cuando me quejo de mi mala fortuna porque nunca me ha tocado nada importante (léase quiniela, lotería de Navidad, euromillones u otros), pienso si con aquel galardón no se habrá agotado el cupo de buena fortuna que la vida me tenga deparado. Más tarde sabría que mi amigo Rafa también imploró por él con todas sus fuerzas, pero en esta ocasión sus plegarias no fueron escuchadas.

En primavera todo reverdecía y el soto era un paraíso para perdernos con nuestros juegos de acarreo, baños furtivos, Dios cuánto frío que por entonces no sentíamos. De las ramas de paleras hacíamos berronas, algo así como las bubucelas del primer mundial celebrado en África, pero de manufactura propia cual delicados artesanos. Con la corteza tierna de una vara fina preparabas la chifla, la cual empalmabas después enrollándola con la corteza verde y jugosa extraída en espiral de otra rama más gruesa, la sujetabas con una astillita y a dar guerra, porque aquel horrible tormento no sería yo quien lo recomendase a gente mayor o en estado delicado.

Si de sotos y ríos hablamos, contaré que nos bañábamos a hurtadillas, daba igual se hubiera hecho o no la digestión, por más que eso lo teníamos muy presente de tanto repetírnoslo. Un día después de comer y antes de entrar a las tres en la escuela, así lo hice y en pelota picada con algún otro  que ahora no recuerdo nos dimos el preceptivo bañito en el río. El caso es que me vio mi prima Celia y se lo dijo a mi madre que nada tardó en aparecer por el lugar, me cogió la ropa y con una fina vara que cimbreaba como si fuera a sacudirme el culo me llevó desnudo hasta casa.

Del soto también hacíamos pendones. Tomábamos algún hermoso varal caído o derribado por el viento, le colgábamos un saco, le atábamos una larga cuerda como remo y a procesionar por el pueblo, como el día que les cuento. Veníamos de esta guisa, o sea de procesión con pendón, y al llegar frente a la casa de Toribio alguien dijo:

-¿Por qué no jugamos a derribar la puerta como si fuera un ariete?.

No sería el caso porque los varales de chopo rompen pronto, mucho antes que una puerta, pero tocaba hacerla sonada para incordiar. Así obramos hasta que salió Feliciana toda furiosa, con razón, y todos salimos corriendo. Mas ahí no quedó la cosa. En los días siguientes, yo andaba por el huerto de casa y llamaron a la puerta.

-Isabel.

-Qué dices Feliciana, pasa para adentro mujer- oía yo decir a mi madre desde el huerto donde deseaba hacerme invisible.

-Te lo digo a ti porque tú le vas a decir algo a tu hijo. El otro día el tu rapaz, junto con otros “andaron” con un varal golpeándome en la puerta y te digo que si vuelven y pillo a tu hijo le daré unas buenas tortas.

-Sí, hija, sí, dáselas y después me lo dices a mí que yo le daré otras cuantas.

No recuerdo cuánto tardé en entrar a casa, pero supongo que no antes de intuir el ánima y ánimo de mi madre menos soliviantados.

Y en el soto teníamos otra fuente de financiación irregular para nuestras livianas fechorías que, en buena lógica contable dada nuestra condición de rapacines sospechosos de insolvencia, manejábamos “en b” o “en negro”. Entre las aves de corral habituales como las gallinas que la mayoría de vecinos explotaba, algunos además tenían patos, más conocidos en el pueblo por el nombre de “curros”. Bien entrada la primavera y una vez finalizadas las impetuosas crecidas del río, estas palmípedas eran sacadas de esparcimiento a su medio natural, cual era el río y su entorno, sin duda para desentumecer y poner al corriente la musculatura natatoria y voladora de vuelo corto propia de su naturaleza y, de paso, para picotear lo que a su paso cayese que pudiera ser comido, ahorrándose así al menos parte del menú casero. Pues bien, en no pocas ocasiones dábamos con género con el que mercar, pues al abrigo de algún matojo o mismamente sobre sedimentos más o menos recoletos formados por las avenidas aparecían huevos que estas aves habían puesto. Con mi prima Araceli, por supuesto, no se podía negociar, pues nuestras madres no tardarían más de un día en enterarse de nuestros negocios, así que acudíamos a la tienda de Regina, más laxa en sus costumbres y por tal cómplice. De ésta, bien a guisa de convencional compra-venta, bien a través del trueque conseguíamos un “orange” (una especie de naranjada hecha de polvos insalubres) y, dependiendo de la abundancia del abasto, un paquete de tabaco Antillana o algo así, no recuerdo bien la marca; el cual nos duraba meses celosamente escondido en cualquier oquedad entre las piedras de los cubos que jalonaban las márgenes del río.    

Con las bicis, también muchas veces sustraídas a hurtadillas porque no nos las dejaban si estábamos solos, recorríamos la contorna, en especial para acudir a la línea férrea de la Ruta de la Plata, en la Isla o Toral, donde poníamos el oído en la vía como los indios de las películas que veíamos en San Cristóbal. Colocábamos sobre el raíl una perrina o chapas de refrescos o incluso piedras, éstas no sin miedo a que pudieran causar una catástrofe, las cuales tras pasar la imponente locomotora quedaban hechas papilla. Por el otro lado, la línea de León que enlazaba en Astorga con la de la Plata, era eléctrica, de hermosas locomotoras verdes con un morrito por delante y otro por detrás, cuyos maquinistas viajaban sentados, bien limpios y viendo el mundo pasar a su alrededor desde las alturas de sus elevadas ventanillas. Sí, también caíamos por esta línea, pero nos fascinaban más las máquinas de vapor de la que transcurría (y aún hoy transcurre, pero sin convoyes) por la Ruta de la Plata. Algunos incluso intentaban números circenses haciendo rodar la bici montada por encima del raíl, lo cual casi siempre acababa en caída y hacerlo contra las picudas piedras que rellenan las vías no debe ser plato de gusto, eso si no destrozabas la bici, porque entonces hasta podrían despacharte de casa. A mí, cuando cogía la bici sin permiso, casi siempre me descubría mi madre, no sé por qué enigmáticos métodos forenses. Bueno, alguna ligera idea tengo. Un día me dijo:

-¿Has cogido la bici entre siesta?

-Nooooo- le contesté muy seguro de mí mismo

Me cogió de la mano y me llevó al portal donde me enseñó unas roderas hechas en el suelo que antes de dormir la siesta había regado por costumbre, no para sorprenderme, pero así fue como me descubrió.
Como dice el tópico, quedan otras muchas historias en el tintero, pero esto supondría alargar el capítulo hasta hacer sólo de él un libro entero. Lo dejaré si acaso para la transmisión oral, al menos mientras me respondan con algo de lucidez las facultades superiores.

En septiembre de 1964, a los doce años cumplidos en abril, ingresé en La Salle Premià con mi ropa nueva, su olor a ropa nueva y el número junto a otros ornamentos suplementarios bordados en ella por mi hermana Tuli. Por delante un incierto panorama, tanto en lo personal, pues me enfrentaba a una situación desconocida y por tal angustiosa, como en lo familiar por cuanto a mi padre, en una fase de deterioro grave de su enfermedad, le quedaba muy poco tiempo de vida. Ésta fue la primera de otras cuantas desgarradoras despedidas más, sobre todo al ver la inmensa cara de pena de mi pobre padre.

Fin

(De mis memorias en marcha y ya avanzadas que llevarán el título de 
"Memorias apenas corrientes de un ciudadano corriente")