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01 mayo 2016

(₸) Hermano César, primo César

¡¡¡¡Publicación sugerida!!!
-I-

      Hermano César, primo César, César queridísimo. ¿Cómo empiezo?. Y si empiezo, ¿dónde paro?. Abriré con la emotiva y muy honda nota necrológica que me brotó a chorros del alma, cuando tu sobrina Begoña nos anunció la noticia de tu óbito, no por esperado menos amargo. Adiós, amado y admirado César. Qué vacío queda detrás de ti. Pocas veces te tuvimos demasiado cerca en las distancias materiales y cortas, pero qué dentro, qué aquí dentro te teníamos. No olvidaré nunca cuando, en Premiá de Mar y a la entrada de una de tus clases,  declamaste -como era costumbre en ti- el “Ave María purísima” y un tal Eugenio, buen chico aunque un poco atolondrado, contestó con un “sin pescado con cebolla”, rescatándolo de su desorientación y advirtiéndole de su irreverencia con una mueca (mueca que yo tan bien conozco) a medio camino entre doliente y serena, más serena que doliente y desde luego siempre presta a dibujar una contenida sonrisa. Y sobre todo con pocas palabras, con muy pocas palabras. Como siempre. A decir verdad, este muchacho también entró a formar parte de mi vida con relativo protagonismo, pues aparte de haber sido enviado conmigo y alguno más a Les para estudiar allí el segundo de bachillerato, en varias ocasiones además formó parte de algunos equipos de fútbol de los que yo era componente y/o capitán. La foto que abre este escrito pertenece precisamente a mi estancia en Les el año que estuvimos separados, donde verás que soy el pringadillo ése al que le gustaba jugar al fútbol, justo en el centro de los agachados, teniendo a mi derecha a Caballero y a mi izquierda a Eugenio. A los tres sin duda nos reconocerás. Recordarás a la perfección que para Eugenio el juego del balón era más bien un ejercicio de caza de mariposas, sin que con ello quiera decir más de lo que digo, pues Eugenio siempre me pareció un chaval noble e íntegro, a su manera. En fin, César, se me disparan los recuerdos y ahora apenas me caben más palabras porque tengo ahogado el pecho y los ojos inundados. Antes de irte a África te acompañé a donde te destinaban, salvo en Les como se ha dicho, pero ni en Les  me dejaste solo, pues tu carisma se haría presencia e influjo entre los miembros de la congregación lasaliana, habiéndome salvado en más de una ocasión de la expulsión del colegio. Y sí, antes o después tenía que llegar tu marcha, pero es una marranada que haya sido ya. Estoy acostumbrado a recios dolores, aunque éste me ha vuelto a golpear con saña. Sin embargo no del todo, pues nunca antes había sentido que la tristeza puede no ser tan triste, el llanto no ser llanto desolado sino agua refrescante en el yermo, el abatimiento un alto en el camino y tiempo para el reposo. No, no había sentido algo así antes de tu tránsito. Es la vida, dirías. Pues sí, pero tratándose de ti la muerte es en especial inoportuna, por más que hayas coqueteado no pocas veces con ella rondándote. Un abrazo infinito y eterno, primo César.

-II-
      Habrá quien se pregunte, primo César, por qué tu persona ha sido tan influyente en mi devenir, casi una fijación mitificadora de la que no soy muy amigo y que tú en tu humildad tampoco aprobarías. Al  margen del esbozo trazado en el apartado anterior,  la explicación es muy sencilla. Fuiste en la práctica mi tutor entre los 11 y los 16 años, periodo de duras encrucijadas personales; es decir, algo más de dos años antes de la muerte de mi padre que ya estaba muy mal, y otros dos años largos tras su defunción. Una época, por tanto, determinante en muchos sentidos, con la orfandad, la ruina material de mi familia, la pubertad y el paso a la adolescencia, el sobresalto continuo -en fin- y el dolor que no cejaba siempre acechándome. En primero y tercero de bachillerato (cursos 1964-65 y 1966-67) estuvimos juntos en Premiá de Mar y ahí tuve cerca el aliento y la sombra de tu material compañía, siempre tan perceptible como discreta (¿cuántas veces habré de recurrir al término "discreto" para calificarte?). En segundo de bachillerato (curso 1965-66) a 4 ó 5 (no recuerdo exactamente cuántos, pero entre los que sí estaba el mencionado Eugenio de la foto) se nos envió al paraíso de Les (Valle de Arán). En realidad nunca supe la razón por la que fui uno de los elegidos para esta mudanza, detalle que siempre quise preguntarte cuando coincidíamos, pero que nunca me acordaba de hacerlo, supongo que porque teníamos otros temas más interesantes de los que conversar. Me inundan la memoria arrobas y arrobas de evocaciones que poco a poco te iré desgranando en este artículo, en el que a modo de remembranza y merecido homenaje esparramaré para que los sentimientos las vistan de nostalgia. Ya sé que no eres nada amigo de lisonjas y agasajos, pero ahora que -si acaso- estarás un poco más callado de lo que siempre acostumbraste, déjame que me explaye.

-III-

      Transcurrían los primeros años de la década de los sesenta y mi existencia estaba a punto de dar un vuelco espectacular. Una tarde de esos días te  acercaste a mi casa. Conocías a mi padre, sabías que ni era creyente, ni pisaba la iglesia (detalle por el que -en los tiempos que corrían y en mi caso- nunca me sentí traumatizado ni marginado), ni sería fácil convencerle de tus propósitos que no eran otros que estudiase en La Salle como aspirante, siguiese después como miembro de la congregación, o no. En cualquier caso acabaría con un buen nivel de estudios y preparación, lo que atestiguo que en La Salle es norma no ya frecuente, sino irrenunciable. A lo largo de la charla oí a mi padre decirte que él se arruinaría, pero que su hijo estudiaría en el Instituto de Astorga y no iría a ningún internado ni convento. Por lo que recuerdo, tal convicción no le duró mucho, puesto que esa misma tarde empezaron a desplegarse planes para mi ingreso en La Salle Premiá, donde por entonces tú estabas destinado. La decisión supuso para mí una verdadera conmoción, pues los condicionantes históricos y personales del momento hacían de ese lugar un sitio demasiado alejado de los míos. Otra tarde de septiembre de 1964 me vi con la abuela Aurelia y mi madre en la estación ferroviaria de Astorga, donde habría de tomar un tren que me llevase a mi nuevo destino. Mi madre y la abuela subieron al vagón conmigo y me acompañaron hasta Veguellina, dándome durante el trayecto las últimas instrucciones sobre la ropa marcada por mi hermana Tuli con delicados adornos y el número 251, pero sobre todo de cómo habría de ser mi comportamiento en el centro. Mientras tanto ya había anochecido y mi madre y la abuela deberían regresar a pie de Veguellina al pueblo, siete kilómetros y medio en noche ya cerrada. Tiempo después mi madre me confesaría que, allí por La Casilla, les entró algo de miedo y decidieron hacer el camino rezando el rosario, lo que al parecer no sólo aplacó sus temores sino que les hizo el trayecto de regreso más llevadero. LLegamos a Premiá la noche siguiente.  A mí y a quienes en la misma situación habían viajado conmigo nos distribuyeron por los dormitorios comunes, sitos en la segunda y última planta del edificio. Cuando por la mañana nos despertaron, las ventanas estaban abiertas y delante, a unos 500 metros, contemplé un paisaje que me asombró. Recuerdo haber discurrido cuántas liebres andarían sueltas por ese monte bajo que se veía al frente. Menos mal que fue un pensamiento silencioso, si no más de uno se hubiera partido de risa conmigo. Porque mi sorpresa fue mayúscula cuando esa misma mañana nos llevaron a la playa y vi, para mi absoluto pasmo, la infinitud de un mar que en el pueblo nos imaginábamos como siete u ocho veces más grande que el Tuerto, a lo sumo. El extenso carrascal que recién levantado yo había imaginado no era sino el inmenso mar ante el que ahora estaba paralizado. Y es que la luz entre plateada y grisácea de ese día, el trecho desde el colegio de un medio kilómetro, el mar en calma chicha, el ambiente de un típico brumoso matutino y la sensación de una creciente elevación que siempre ofrece el mar cuando lo observas desde una cierta distancia; le daban un aspecto de monte bajo poblado de matojos y otros arbustos menores, donde sin duda abundarían más las liebres que no las sardinas. El primer curso (1964-65) y bajo tu directa tutela y supervisión transcurrió sin grandes incidencias pues era un muchacho aplicado, respetuoso y hasta devoto. Y como yo nunca he sido tan humilde como tú, déjame que te recuerde el orgullo que lucías de verme tan buen deportista al que se le daban bien casi todos los deportes, si bien a eso siempre me ganó Laurentino. ¿Te acuerdas de Laurentino, el de Zotes del Páramo?. (En la foto que abre este apartado es el segundo de pié, al lado del entrenador, y a su costado también de pié y en el centro estoy yo). En relación a los estudios nunca dio un palo al agua. Hasta que lo expulsaron del colegio porque los profesores entendieron que, con todo lo inteligente y brillante -lo aseguro- que era, lo suyo no estaba en los estudios sino en trabajar el campo. Le encantaba el campo y siempre lo tuvo clarísimo, para disgusto de sus padres y pena nuestra, pues perdimos un maravilloso compañero, una grandísima persona (como suelen ser los parameses), un chaval adorable  y un deportista sin parangón o difícil de encontrarlo. Hasta el mismo Hermano Director en su despedida le dedicó palabras de respeto y consideración. El vocablo “rodrigón” lo tengo grabado a cincel en mi mente y siempre lo asociaré a su persona. Un día el profesor de matemáticas, hombre de edad y sabiduría avanzadas, viendo que Laurentino estaba como de costumbre en la inopia, su cabeza sujeta en la palma de la mano con codo y brazo apoyados sobre el pupitre; se le acercó con disimulo y en un rápido movimiento le apartó con brusquedad el brazo, yendo la cabeza de Laurentino a caer sobre la mesa con cierto estruendo y acompañando el profesor el lance del siguiente comentario: “Laurentino, vas a necesitar un rodrigón”. Qué genio de los deportes y de los estudios si hubiera querido. En fin, el curso pasó sin otra novedad especial, salvo que a final del mismo a mí y algún otro compañero (media docena más o menos, como ya te dije) nos trasladaron a estudiar en Les el segundo curso de bachillerato (curso 1965-66). Este cambio me sacudió otra vez el alma, por lo menos al principio.

-IV-

      En el Valle de Arán descubrí el paraíso en la tierra, así que mis temores resultaron totalmente infundados. (Ver foto superior. El de atrás con el palo es Benjamín Miguélez, uno de los hijos de Fermín el de Castro y en primer plano yo). Qué lugar más bello y entrañable. Siempre me he sentido encantado de haber podido vivir todo un año en un lugar como ése. En una furgoneta “de hocico de gorrino” típicamente francesa que tenían los Hermanos para sus asuntos, nos recogieron en la estación ferroviaria de La Pobla de Segur y nos trasladaron al colegio a través de parajes de inusitada belleza, con riscos y roquedos, aguas y ríos, presas y saltos, árboles y bosques… Esto acontecía en septiembre de 1965. Aun sabiendo que mi padre tenía los años contados (o los meses o los días, ésa era mi gran incertidumbre) mi biografía en Les tomó derroteros en verdad gratificantes. Si se considera el contexto de un justificado desasosiego e inquietud por el estado de salud de mi padre, podría decirse que fue un tiempo de rosas y espinas, de paraísos donde de vez en cuando aparecían negros nubarrones que allí no llegaron a descargar del todo. En Les trabajábamos el campo sin sentirnos explotados en medio de unos paisajes excelsos, vimos el Tour de Francia en El Portillón, donde ese año por casualidades del destino pasó destacado nuestro paisano, López Rodríguez, en compañía de Julio Jiménez que aquella edición ganaría el premio de la montaña. También en Les descubrí la sexualidad y -por primera vez- el amor en la relación de enamoramientos que a partir de entonces se sucederían en mi vida y que llevarían a mi madre a repetirme con cierta frecuencia aquel aforismo tan suyo de “hombre de las treinta novias y conmigo treintaiuna, si todas son como yo, te quedarás sin ninguna”. Con toda la locura que mis amigos ya conocen en mí, me enamoré con desaforado platonismo de Laura, una querubinal alma púber, hija de unos tenderos de la margen derecha del río Garona, junto al puente que une los dos barrios en los que está dividido el pueblo, de modo muy parecido al nuestro, aunque con trazas diferentes. Levitaba cada vez que la veía, bien porque pasábamos por delante de su tienda en el carro cargado de hierba y tirado por vacas, bien porque con los pocos cuartos que teníamos nos pasábamos muy de tanto en tanto a comprar chuches baratas que sus padres nos vendían con sumo gusto. En fin, la gloria en la tierra. La última vez que visité el lugar, no hace demasiado tiempo, me acerqué por donde estuvo la tienda y hoy en su sitio hay un banco. Recuerdo que esperaba los domingos con fruición, pues ese día asistíamos a misa en la parroquia del pueblo, oficiada por el párroco Mossèn Armengol, que entre semana era también nuestro sacerdote en el colegio. La iglesia parroquial, como otras muchas iglesias de la región, tenía vestigios de románico pirenaico, era majestuosa, construida en piedra con tejado de pizarra, el campanario cuadrado y elevado sobra la cubierta de la nave, rematado en pirámide cuadrangular y con las campanas en sus huecos a los cuatro vientos. En el interior, a la altura de una primera planta y ubicado en la parte opuesta al altar mayor se hallaba el coro, el cual ofrecía una perspectiva inmejorable para visionar todo el habitáculo. Y en el coro es donde a los aspirantes de La Salle nos acomodaban los domingos para asistir a la misa. Ni que decir tiene que ese día yo corría como un poseso para coger la primera fila, desde donde se disponía de una privilegiada posición y un aventajado observatorio para atisbar movimientos y personas que entraban y salían del sacro recinto. Y cuando aparecía Laura en compañía de sus padres mi cuerpo sentía tal flojera que muy bien podría compararme a un globo hinchado. Y si Laura giraba su cabeza para mirar al coro, entonces ya me derretía como un helado al sol de agosto en pleno desierto de Almería.

      Pero no quiero hablar mucho de mí, sino de mi relación contigo. En Les no estuvimos juntos (tú ese curso te trasladaste a La Salle Mollerusa), pero -como siempre- noté tu halo e influencia en múltiples detalles, tales como el trato recibido o el hecho de no haber sido despedido por actos de indisciplina graves e inaceptables, en expresión genuinamente mía sin que tú jamás me la hubieras dictado ni insinuado. Desarrollé mi personalidad, crecí, me hice rebelde; incluso sintiéndome muy querido por los Hermanos, de modo muy particular por el Hermano Anastasio, el cocinero (riojano él, lo que ya es garantía para andar entre platos), del que guardo un imborrable recuerdo. Me viene a la memoria la insidiosa lesión durante la que fui cuidado con mimo y respeto por este Hermano. Había recibido un planchazo jugando al fútbol en los fértiles campos de hierba natural que teníamos frente al colegio, entre la fachada principal de éste y el cementerio de Les. La hinchazón no acababa de bajar y durante tres o cuatro meses tuve que vivir en la enfermería, donde me traían los deberes para no perder el curso, desde donde para asistir a la misa u otros ritos y en silla de ruedas que llevaba este Hermano accedía al coro de nuestra capilla colegial (en la misma primera planta que estaba la enfermería), y donde el Hermano Anastasio jugaba conmigo, escondiéndose bajo el suavísimo edredón de plumas que cubría mi lecho, todo ello además de darme de comer lo mejor que tuviese a su alcance, que no era poco. Hoy tengo reparo en relatar este episodio, porque sin duda a más de un simplón retorcido (vaya paradoja, ¿no?) le podría dar por imaginar a un fraile abusador, aunque si alguien dijera eso del Hermano Anastasio en mi presencia le sacaría los ojos y se los pisaría. Jamás tuvo un comportamiento indigno conmigo, jamás. Tras diversas consultas con personas relevantes y en particular contigo, se decidió llevarme a La Salle Bonanova para una exploración y tratar de determinar el mal que me aquejaba. Por fin, y en la furgoneta ya varias veces pergeñada, me trasladaron a La Pobla de Segur y allí tomé el tren que me llevaría a Lleida. En LLeida me esperabas tú y de allí nos dirigimos a La Salle Mollerusa, donde pernoctamos y a la mañana siguiente salimos para Barcelona. En La Salle Bonanova y después de diversas analíticas me diagnosticaron que mi tobillo no mejoraba por una infección sanguínea debida a una muela en muy mal estado que había que extraerse. Así se hizo y cuatro o cinco días después volvimos, yo para Les y tú para Mollerusa. No mucho tiempo después mi recuperación ya era completa. Sin embargo me correspondió vivir  otro largo tiempo de fastidio, puesto que a todo lo que ya me concernía por historia, hubo de añadírsele un extenso periodo de inactividad y de un cierto aislamiento, sin duda duros para un muchacho con ganas de vivir, a pesar de todo. Y aunque Laura me daba vida, la enfermedad de mi padre y la incertidumbre de un fin que podía llegar en cualquier momento devinieron como una espada de Damocles en constante amenaza sobre mi cabeza, y me convirtieron en un alumno en cierta medida amargado, difícil (antes dije rebelde, y también) y bastante insoportable. Me encantaba el teatro (como a mi padre) y el Hermano Casiano, profesor de Religión y nativo de Estébanez de la Calzada, organizó una obra de la que quería el papel de protagonista y no me lo asignó. Hoy no recuerdo muy bien lo que ocurrió, pero debió ser tal la trapatiesta que le organicé, que no tuvo más remedio que castigarme de modo ejemplar, con severidad y merecimiento. El castigo consistió en una reclusión en la capilla del colegio durante una semana y en horario de las clases de Religión que él nos impartía. Por supuesto, era aburrido, pero no aterrador. No recuerdo en La Salle de ningún castigo que lo fuese, ni que ningún Hermano me pusiese la mano encima, al menos en mi tiempo y en mi caso. Si tú tuviste algo que ver o no, no lo sé; pero tampoco lo vi con ninguno de mis compañeros y alguno era bastante peor que yo. Uno de los días que permanecía castigado en la capilla me vino a buscar el Hermano Director, me llevó a su despacho y me aseveró que si no me expulsaban del colegio era por mi parentesco contigo, César, pues te consideraban ya poco menos que un santo en vida. Y eso -te aseguro- lo oí yo. Me llamó indisciplinado y arrogante (pobre de mí, si estaba cargado de complejos y sentimientos de inferioridad, en todo caso "amargado" y "resentido" hubieran cuadrado mejor); si bien parte de razón no le faltaría, pues como por un mecanismo de compensación podría dar esa imagen.

-V-

      En el curso 1966-67 volvimos ambos a Premiá (tú de Mollerusa y yo de Les) y empecé el tercero de bachillerato. Este fue un curso especialmente agitado para ti, por las papeletas que en relación a mí te tocaron repartir. El tres de febrero de 1967 (día de San Blas y fiesta invernal de nuestro pueblo) me rescataste de una clase o de donde estuviese y me sacaste a pasear por la huerta del colegio, parte mar. Una vez más me temí lo peor y esta vez acerté. Con toda la suavidad imaginable y tu frágil tono de voz me comunicaste la muerte de mi padre, a cuyo entierro decidisteis que no acudiera, si bien sí acudí a otros eventos familiares no tan relevantes. Por ejemplo, no recuerdo si fue durante este curso o el 64-65 que algo celebraron los abuelos (las bodas de oro me dice Servando que no, que fueron en 1959) y nos dieron permiso para viajar y festejarlo con ellos. El Hermano Salvador en su 600 de hijo de familia de la alta burguesía barcelonesa nos llevó y nos recogió a la vuelta en  la Estación de Francia, desde donde también partíamos los aspirantes de vacaciones cuando nos correspondían, con aquellos inmensos  vagones en cuya chapa lateral aparecía la leyenda “Reservado para La Salle” escrita a tiza y en los que viajábamos por Ariza, Martialay, Soria, etc.; en paralelo a la N-234 entre Soria y Teruel. El evento  de los abuelos (el que fuera) lo celebramos con una gran comida en el Bar de la casa de Araceli, asistiendo también a ella alguno de los mendigos que con regularidad eran acogidos por los abuelos y Servando leyó un libreto, del que no sé si conserva el libreto o el recuerdo o ambos. Yo sí conservo el recuerdo y no creo alucinar. Y en este apartado por fin aparece Servando, tu hermanísimo y “alter ego”, que a pesar de estar tan unido a ti como la carne y el hueso, no tuvo tanta influencia en mi vida porque cuando yo empezaba mi andadura formativa, él transitaba ya por la Universidad de Lyon, o en Sankt Moritz (Suiza), o en Bordighera (Italia) o en El Cairo. En fin, en relación a la muerte de mi padre, y fuese como fuese, seguro que la decisión de no asistir a su entierro la tomaste de acuerdo con mi madre, la cual mucho me creo que no quería verme por casa en esas circunstancias. O quizá no había dinero para el viaje, que también podría ser altamente probable. Vinieron meses muy duros que empezaron cuando el sacerdote que nos oficiaba la misa en el colegio (párroco de Premiá -como Mossèn Armengol lo era de Les- y tan ancianico que se caía a pedazos) durante semanas estuvo  recordando a mi padre y pidiendo oraciones por su alma y la mía como hijo del finado. Aquellos recordatorios eran auténticas coces en plena entrepierna del alma. Todo esto fue forjando mi personalidad, pero en el proceso se atravesaron trances extremos. Mi rebeldía y complejos crecieron y se endureció mi carácter. La mayor prueba a la que te sometí y que también salvaste con cintura y autoridad sucedió la primavera de 1967. Ignoro por qué razón, aunque supongo que por alguna justa como no haber presentado algún trabajo o algo así, a un grupo de 10 ó 12 de los aspirantes se nos había   sancionado con un cruel castigo difícil, muy difícil de digerir y por el que algunos hoy hasta hubieran matado. Durante la temporada futbolística los partidos televisados que los compañeros pudiesen ver, nosotros los tendríamos vetados y para ello se nos había recluido en un aula en la que cumplir la sanción (haciendo deberes, supongo), mientras el resto vociferaba frente al televisor. Aguanté un tiempo, pero un día durante un partido Inter-Real Madrid de Copa de Europa mi indignación alcanzó cotas no soportables y estallé. Los pupitres de las aulas tenían unos cajones con la tapa en la parte superior que se abrían y cerraban a modo de trampilla. Así que por dar cauce a mi rabia levanté la tapa del pupitre y empecé a golpearla contra la mesa con ira desatada, acción a la que se fueron agregando unos cuantos de mis desgraciados compañeros castigados. Como es lógico, no tardó mucho en aparecer por allí el Hermano Ramón, que era quien nos había impuesto la pena, el cual tras aplacarnos con la obligada y pertinente bronca, preguntó quién había empezado semejante motín. Me adelanté y le dije que lo había empezado yo. Reorganizó al resto (de los que ya no recuerdo si siguieron o no castigados), me tomó aparte y me pidió que lo acompañara. Me  llevó a la primera planta donde estaban las celdas de los Hermanos (en la baja estaban las aulas y equipamientos varios, y en la segunda, como ya se ha dicho, los dormitorios comunes). LLegados a su celda me introdujo en ella y me amonestó con justa y bien ganada severidad. Acto seguido me tomó del brazo y me acompañó al pasillo, donde casi en el dintel de la abierta puerta de su cuarto me señaló dos baldosas sobre las que debería permanecer estático, me colocó de perfil y me pidió que no me moviera ni para respirar, advirtiéndome que en todo momento me estaría vigilando. Yo sabía de su presencia por sombras, pues al colocarme de perfil y sin poder moverme no podía verlo a él directamente. No sé cuánto tiempo pasé allí, una infinidad. Sería la una, las dos, las tres …, yo qué sé; cuando por el fondo del largo pasillo apareciste tú caminando tan pausadamente como de costumbre. Primero, por no desautorizar a tu colega y porque además tu delicadeza y sentido del orden justo no ha conocido equivalencia, te dirigiste a la celda del Hermano Ramón, entornaste la puerta y tras breves minutos saliste y me pediste que te acompañara a los dormitorios donde me mandaste acostar y dormir. Nunca olvidaré el inicio de la marcha tras el castigo, pues me flaqueaban las piernas y se me iban doblando, hasta que unos cuantos pasos después  retomé y normalicé el hábito de la locomoción. Y a pesar de los muchos apuros de los que me fuiste sacando, no recuerdo haber frivolizado nunca en tu presencia (ni fuera de ella) mis punibles acciones, pero tampoco jamás sentí tensión alguna, ni ninguna clase de miedo. Por supuesto, tampoco me tocaste nunca. Ello dejó en anécdota un avatar al que tampoco hoy tengo por amarga experiencia. Y doy por seguro que seguí castigado, pero no por mucho tiempo más, porque gustándome el fútbol como me gustaba, lo hubiese recordado y hasta puede que me hubiera traumatizado alimentando un odio que jamás he llegado a sentir por ningún miembro de la comunidad lasaliana.

-VI-

      A partir de cuarto de bachillerato (curso 1967-68) me trasladaron al Colegio San José de Cambrils (el grande que está ubicado a las afueras del pueblo, pues en el centro del pueblo había -y todavía hay- otro) y ya no volví a compartir colegio contigo nunca más. Sin embargo tu influjo siguió estando presente en mi educación y en la relación establecida con los diferentes Hermanos responsables de mi formación. En cualquier caso esta tutela devino en virtual, como si se tratase de una prolongación tuya, o no tan virtual pues en el Colegio San José me encontré con el Hermano Marcos, el zapatero multiusos tan cercano a nuestra familia y también fallecido (él, nonagenario) no hace mucho. Además, en el colegio del pueblo estaban sus sobrinos el Hermano Marcos y el Hermano Pablo, quienes con el tiempo se acabaron convirtiendo en fans futbolísticos míos, subiendo de su colegio a verme jugar partidos de fútbol, contra La Salle Port -mismamente-, que era un equipazo campeón de varios trofeos y a los que una vez ganamos 2-0, resultado en el que tuve mucho que ver. Lo dejamos ahí, ¿verdad, César?, que a ti no te van las vanidades. El Colegio San José era otro lugar paradisíaco y, estando lejos de ti, no podía tener mejor compañía. Por supuesto que en este centro también te tuve de valedor, cuando -por ejemplo- el Hermano Donato de Latín, a la exclamación “in fosum”, nos mandaba a cavar las hierbas en los alcorques de los naranjos. Claro que la palma se la llevó la barrabasada que a continuación relato. En este colegio hacíamos actividades de lo más variado e instructivo, como órgano (para lo que teníamos cubículos individualizados), guitarra, bandurria, laboratorio, etc. Quien te escribe, junto con otros pocos y tras haberme cansado de hacer órgano, habíamos decidido experimentar en el laboratorio. Como que en aquellos tiempos la seguridad no era ninguna obsesión (y no había más muertes que ahora), se nos llegó a permitir manipular solos y sin la presencia del Hermano Anglada y del Hermano Oller, que eran el físico y el químico -respectivamente-, sustancias de un completísimo laboratorio con el que estaba equipado el Colegio San José. De ese modo, un día un buen amigo de nombre Roberto Niarra (natural de Abejar -Soria- con quien tengo una foto en Lourdes que abre este apartado, justo el verano -aunque no lo parezca- que murió abuela Aurelia), acompañado por un servidor y algún otro investigador suicida decidimos experimentar con diversos materiales químicos; a ver qué éramos capaces de descubrir. Sacamos a la terraza muy cercana al chiringuito donde el Hermano Marcos arreglaba zapatos y cuidaba de sus perros y jilgueros un montón de frascos, y allí mismo empezamos a mezclar fósforo y otros elementos que ahora no recuerdo, con la idea de ver qué podía suceder. Pasaba el tiempo y, puesto que nada acontecía y se acercaba la hora de recoger y volver a las clases, decidimos tapar el emplasto con restos de baldosas que fuimos acopiando de la terraza. Cuando Roberto Niarra se acercaba para colocar uno de estos trozos de baldosa sobre el compuesto, una tremenda explosión seguida de una llamarada salieron de aquella mixtura, alcanzando las llamas de pleno el cogote de Roberto que quedó bien chamuscado, con la fortuna que justo en aquel momento lo cogieron dándose la vuelta, de modo que quedaron a salvo cara y ojos. El resto estábamos más lejos y no nos pasó nada, pero los perros y jilgueros que cuidaba el Hermano Marcos empezaron a gorgear y a ladrar despavoridos. De inmediato se atendió a Roberto en la enfermería (no se necesitó más) y el asunto no pasó a mayores, salvo el suave correctivo que se nos impuso, por el que a partir de entonces quienes habíamos estado implicados en la explosión tendríamos terminantemente prohibido pisar el laboratorio si no fuésemos acompañados de algún Hermano que se hiciese responsable de nosotros. En otra ocasión, en un examen de Física que nos daba el Hermano Anglada, Pedro José Pérez Urroz (gran amigo tambíén y de Peralta o Azkoyen -Navarra- que después llegaría a Hermano y a director de un colegio, luego no sería tan malo), y quien suscribe habíamos acabado de hacer el examen y como la sala del mismo era muy espaciosa y con amplias cristaleras, no se nos ocurrió otra idea que hacer una gran pancarta de papel de embalar con las fórmulas del examen, sin percatarnos que aunque el Hermano Anglada nos tuviese a sus espaldas, antes o después y ante la reiterada curiosidad que los alumnos del interior mostrarían hacia el lugar de la pancarta, se nos cazaría; como así fue. Sí, nos amenazó con el suspenso, pero lo que ocurrió es que sólo tardó un poco más en darnos la nota, la cual dejó en un triste aprobado, cuando por méritos académicos hubiéramos merecido más, pero por indisciplinados también hubiera podido suspendernos. Al Hermano Anglada le hice más, pero también me quería mucho (y yo a él, pues era otra excelente persona) y no le daba mucha importancia. Además, se trata más de hinchar tus méritos y no tanto recordarte batallitas por las que más de un disgusto te di. 

   
-VII-


      Hay una última anécdota que jalona mi relación contigo, admirado primo César. Trascurría el curso 1971-1972 y estudiaba yo 2º de Magisterio en la escuela de fundación lasaliana denominada Escuela Universitaria de Formación del Profesorado “Sagrat Cor”, junto a otros aspirantes a los que la comunidad había considerado adecuados (el resto habían sido enviados a aprender oficios en Sant Martí de Sesgueioles, Anoia, Bcn). Esta Escuela que empezó perteneciendo a la Iglesia (ver foto que encabeza este apartado) y que con posterioridad devino en "Blanquerna", tuvo su primitiva sede en el antiguo Colegio La Salle Josepets, donde -como nosotros más tarde- estudió y se entrenaba Joaquim Blume, y en cuyo gimnasio se conservaban las cuerdas y anillas de su famoso “Cristo”, además de una placa en su honor. Vivíamos en La Salle Bonanova y bajábamos todos los días por Sant Gervasi a la Escuela. En enero de 1972 y durante las vacaciones de Navidad tomé la decisión de no seguir en La Salle, si bien continuaría en la Escuela de Magisterio, adecuando el precio de la matrícula a la nueva situación, según conviniese y fuese justo. Así se lo comuniqué a los responsables del centro y no recibí contestación. Cuando tras Reyes volví a la Escuela para seguir estudiando por mi cuenta, me comunicaron que no podía seguir, que sería mejor para mi madre y, en general, para mi familia que estudiase en las Escolapias de Astorga, donde decían me habían reservado plaza. Alegaban que había sido un mal ejemplo, porque alguien me había visto cogido de la mano con una chica. Pues sí, fue un día que con una compañera de la Escuela nos habíamos ido a ver la película "Love Story" y un  criado de La Salle Bonanova (el encargado de la furgoneta de trasporte de alumnos) nos vio y se lo comunicó al Hermano Director. Y es que precisamente por eso había decidido no continuar en La Salle. Bueno -me dije- vuelvo a León. Pero resulta que llegué a Astorga y nadie allí sabía nada de mi matrícula y además me aseguraban que no había plazas. No podía perder el curso, así que movilicé a parte de la familia, entre ellos a tía Tina y a ti, y contactamos con responsables del centro, a los que advertimos que si fuera preciso iríamos incluso a hablar con Monseñor Marcelo González Martín, a la sazón Arzobispo de Barcelona, que había sido Obispo de Astorga y que miembros de nuestra familia conocían (tampoco debe olvidarse que la Escuela pertenecía a la Iglesia, de ahí la fuerza del Arzobispo). Me viene a la memoria que por San Antonio Abad de ese año (1972) todavía andaba yo por el pueblo, y ese día habíamos ido a la fiesta de Villarnera en compañía de varios compañeros de los que sólo recuerdo a Daniel. Pues bien, en la Escuela de Magisterio acabaron por readmitirme, volví y me dispensaron un buen trato, aunque no exento de lo que yo tengo por una cierta venganza; pues por entonces el 7% de las mejores notas tenían acceso directo al funcionariado, meta que yo luché por alcanzar y todavía hoy no descarto haber podido conseguir en otras circunstancias. Mis calificaciones fueron buenas, sin embargo no lo suficiente para entrar yo y sí que entraran otros. La verdad es que esto lo imagino, no puedo saberlo a ciencia cierta, pero ha sido uno de los pocos malos recuerdos que conservo de La Salle; por cuanto conocí a alguien en quien se percibía una mal disimulada animadversión hacia mi persona y que me puntuó con un cinco raspado (lo que bajó mi media de modo ostensible) las prácticas realizadas en La Salle Gracia, donde a mis dos compañeros y a mí se nos recibió y trató de maravilla, con un excelente y favorable informe del trabajo realizado. Esta fue la última vez, César, que tu efecto salvador me rescató de un desastre recuperable, pero desastre al fin y al cabo, como hubiera podido ser perder un curso. Por cierto, querido primo, todo el revuelo que se ha llegado a montar con tu entierro y funerales sería lo último que tú hubieras deseado, pero has de entender que es la única forma que nosotros tenemos de demostrarte cuánto te queremos y de posponer todo lo que podamos tu definitiva marcha material, aunque de otras muchas formas seguirás entre nosotros para siempre. Y en fin, también tengo algo que reprocharte y es que si no hubiera estado tan bien allí donde tú me enviabas hubiera acabado en León. Claro, que de haber acabado en León ni hubiera conocido toda la gente que he conocido, ni hubiera vivido toda la vida como la he vivido. No, no es que mi vida haya sido un dechado de nada, pero tampoco abomino de ella ni reniego de los míos (muy al contrario), así que mejor me guardo los reproches, César queridísimo. ¿Entiendes ahora por qué te tengo por fijación, que en tu humildad a mí sí me consientas?. Hasta siempre Hermano César, primo César. Hasta siempre.


(En E.U.F.P. "Sagrat Cor", 
de pie Mateu, yo y Rubio con gafas de sol; 
y agachados Bordas delante de Mateu, 
Pedro José Pérez Urroz y Téllez, de Almazán)

 Fin






(₸) Sueño. (En recuerdo de CÉSAR PAN CASTRILLO)

¡¡¡Publicación sugerida!!!


(Poema dedicado a la memoria de CÉSAR PAN CASTRILLO  
y de quienes, como él, dieron su vida por África, 
para mejorar la de los más desfavorecidos de ese continente)
 
Tierra sobre humilde féretro
de factura artesanal
con argollas plateadas
tenidas por asideros
de la yacente morada
de quien en vida eligió
sin brizna de vanidad
la senda del sacrificio
la ofrenda de su bondad
la entrega a los desvalidos.
“El menor de entre vosotros
conmigo será el mayor”,
reza la escritura sacra
del finado y de su Dios.

Guijarros del cantizal
golpean contra el cajón
y rompen el piadoso silencio
con tiros al corazón
de sus postrados hermanos
los de sangre compartida
y otros de congregación.
Mas aliviad vuestro peso
que él donó su existencia
pero el cielo se ganó
sirviendo a sus semejantes
sin distingos de color.
Con jirones de su vida
hizo para otros suero
que a otros vida les dio.
Alimento en cuerpo y alma
de sus nobles almas blancas
dentro de sus cuerpos negros
el color de su esperanza
en justicias imposibles
que no menguaron su empeño
envuelto en resignación.

Sepulturero, descansa
dale tregua a sus hermanos
que vuelvan a suspirar
en el despido postrer
frente a la sencilla cárcel
de ese su liviano cuerpo
que encerraba alma de ángel.

Ni el nombre del Dios supremo
ni gestos de compasión
conseguían  aliviar
 el ahogo de sus pechos.
De esta vida ya se fue
y pléyades lo acogerán
con su tan frágil presencia
que busca no importunar.
El triste destino
vestido de muerte
en la vida material
los separó para siempre.
Váyanse sus hermanos
y háganlo sin demora
antes que de pena mueran
aferrados a su sombra.

La última palada
hasta rebosar la fosa
sobre la tumba cayó
en recogido sigilo
e infausta desolación.
En la cabecera una cruz
símbolo del dolor.
Adiós, hermano querido.
Nos acabas de dejar
y ya se nota tu ausencia.
No puede ser.
Ha de haber resurrección
sin fanfarrias celestiales
que turben la discreción
de quien vivió en la humildad
de su muy útil labor.
Adiós, hermano querido.
Adiós, en negro color.

(M.Miguélez Castrillo)

27 abril 2016

REBRIOSA ACTUALIDAD

CHINAS EN LOS ZAPATOS -V- (Florilegio cronológico de la memez)

(₸) QUIMERAS


MI AMOR ES SUEÑO
Amo cuando sueño al amado.
Amo cuando sueño tocar
el sueño del amado.
Amo porque mi sueño
construye el amor soñado
sobre armaduras de sueño.
Sueño porque quiero amar:
amar el flamígero mar
soñado mientras lo miro.
Éteres mentales de mar.
Amar al pobre y desheredado
soñados poéticos
en estructuras poéticas
y reclamo sus derechos
poéticamente, pues claro.
Mas el eco de lo escrito
se evapora en su lirismo
y los pobres seguirán silentes
con su carga de sueños-carga
-en tanto respiren-
y la miseria será la musa
de poetas epidérmicos
en sus sueños de amor al pobre.
Éteres mentales de pobre.
Amo y sólo amo
el sueño de amor
que mi mente ha forjado.
Un paso del soñador:
del ser visto al ser soñado.
Otro paso:
soñar por amar
sin ser amado.
Éteres mentales de amor.
Sueño que amo
con amores ecuménicos
y sólo amo mi sueño.

BCN, JUNIO DE 1973/ BCN, SEPTIEMBRE DEL 2001


A LA PAZ BUENA
Es urgente, amada
buscar entre esos trastos olvidados
las viejas alas
que nuestro vuelo elevaron
sobre múltiples cabezas
de vacío absoluto.
Es urgente, amada
remover sin escrúpulos
las tumbas desconocidas
entre la densa maleza
de humildes cementerios
al encuentro de esas manos
que guíen el viejo timón
ya carcomido.
Es urgente, amada
rebuscar en los ignotos archivos
aquel tiempo feliz
voluntariamente ignorado
por la aplastante minoría
de conciencia punzante
que lo tiene por vano.
Es preciso, amada
ser uno y no todos.
Es preciso, amada
-contigo voy por el mundo-
resucitar a los muertos
que a nuestro lado caminan
y mostrarles de nuevo la vida
y sus colores.

( Al mundo y a esa persona que llene mi vida )
SANTA COLOMA DE GRAMENET, DICIEMBRE DE 1975. REPASADA EN MARZO DEL 2002


DÉJALO
Cada día un miserable
en los pasillos del Metro
interrumpe mi trayecto
pidiendo para comer
buscando calor al cuerpo.
-Vámonos, amigo, déjalo.
No le gusta trabajar.
El dogma como evasión
no me deja satisfecho.
Y la pregunta retumba
cuando ermitaño en el lecho
librada la imaginación
de rutinarias cadenas
me entretengo en meditar.
¿No le gusta trabajar
o no hay trabajo para él?.
¿Es un hombre sin derechos?.
¿Qué es más duro
llagar la mano a limosnas
o sudar, cansar el cuerpo
cuando seguro está el pan
y un cobijo bajo techo?.

Barcelona. Noviembre de 1972. 
Inspirada oyendo la música de “Let it be”, de The Beatles.


VERSOPOPEYA A UN ROJO DE SU TIEMPO
Quien te observa cada día
caminar doblado
sufre pesadillas
goza delicias ignotas.
Tú, el claroscuro
de ese amado arrabal
donde te saludan
te agarran, te adulan
te odian en silencio
los difuntos condecorados.
Porque eres mies
eres bandera, eres leña
eres fuego.
Tú, el añil primaveral
eres silencio inquietante
eres palabra tímida
eres tímida y aguda saeta.
Eres la duda
que extraña y que asusta
que acaricia el bullicio de la vida
ese anarquismo donde mueves
tu cósmica figura.
Las comuniones devotas
ya han sido desterradas
pero aún nos rodean pirañas.
Eres el rojo explosivo
de una verbena
-insólita hoy-
y olvidada ya en la prehistoria.
Eres el beso estudiado
la coz dormida
a la espera de ese cáncer
-nunca y por nadie deseado-
que acabe de roerte.
Eres la flor roja
la roja flor
de tu propia primavera.
Te envuelve el misterio
con su cortina.
Eres el gris del lluvioso día
a veces amargo
donde tratamos de ignorarnos
cuando el corazón nos ata.
Eres el gris auténtico
la auténtica cortina del misterio.

(BCN, 1975)


Los versos diantres del Diantre Malaquías

Poema inspirado en Josep Mª Dalmau i Serra y dedicado a él, 
profesor muy querido por sus alumnos 
del desaparecido Colegio-Academia Milán, de Badalona

22 abril 2016

(₸) De duelo en duelo...

¡¡¡Publicación sugerida!!!

(Fotografía de Serafín Pan Falagán)

Y la espesa noche
en toda su negrura 
cayóme encima a plomo 
cual cruel asma furtivo 
robándome el aliento 
quitándome los aires 
que apenas hoy respiro. 

Marchaste de madrugada 
sin bici, ni carretillo 
(en Google Maps 
como huérfanos iconos
perpetuados contigo) 
celoso de tus silencios 
que ya nunca, nunca más 
y mirándote a los ojos 
podré yo volver a oírlos. 

Y como siempre discreto 
sin querer importunar 
hoy andarás de camino 
a la ilusa eternidad 
que es en mí  hondo vacío 
e insufrible soledad. 

Dios sabrá por qué te has ido 
porque yo.., yo no lo entiendo. 
Descansa en paz, ser querido. 

(A mi primo querido E.M.F.)