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29 marzo 2015

Religión y mito


      Razón y religión


    Como individuo preocupado por el saber y la ciencia, conozco las grandes limitaciones e incertidumbres, con frecuencia desconcertantes, que uno encuentra en el intento de interpretación rigurosa de algunos fenómenos, y en general del mundo que nos rodea. Sin embargo, ha de disculpar el lector creyente el enfoque agnóstico del tema, si es que se quiere tratar con cierta objetividad. Y para justificar tal aserto -perdóneme ahora el lector cultivado- es preciso distinguir entre agnóstico y ateo. Éste niega la existencia de Dios, de cualquier dios; entendido como ser, inteligencia superior, esencia, ente o como se le quiera llamar que, estando por encima de la materia en su estricta significación actual, explique no sólo ésta, sino también todo aquello donde el conocimiento humano aún no ha podido llegar. El agnóstico niega a la inteligencia humana la capacidad para comprender la existencia de lo absoluto, de Dios y sus atributos. Si se fijan, el matiz es determinante. Aquél rebate lo que no conoce, en tanto que el agnóstico sencillamente no entra en lo que desconoce. Es tal el volumen de lo ignorado como para pensar -cuando menos- que hay asuntos que nos desbordan y que, no obstante, no son desordenados ni faltos de coordinación, de manera que pueda dogmatizarse sobre la inexistencia de un orden superior. Por tanto, la actitud agnóstica por neutra, ponderada, abierta y, en consecuencia, más propiamente científica; ha de ser para cualquier pensador por cuenta propia y alejado del rebaño -creyente o no- un filtro al que someter sus teorías sobre esta materia. Ahora bien, no se confunda esto con una defensa de las religiones. Nada más lejos. Ciertamente hay razones para no desmentir la existencia de un orden superior, pero no hay ninguna de peso que permita considerar una religión más dueña de la verdad que otra; ni que por ello -claro está- uno tenga que filiarse a cualquiera de ellas, y ni siquiera el que haya que filiarse.

      El “rol” de las religiones

    En las típicas tertulias de café, practicantes y convictos suelen criticar de los agnósticos su postura cómoda, oportunista, etc. A ellos los supervisa, juzga y sanciona Dios a través de alguno de sus representantes. Pues sí, pero resulta que pecados más o menos graves de insolidaridad y de otros tipos; a unos, con un sencillo rito, una limosna, una bendición y/o una bala redentora se los perdona su dios; en tanto que los otros, o dejan de cometerlos si tienen conciencia, o nunca la tendrán en paz. Sin duda es más cómodo sentirse perdonado por un jerarca (adormece mejor los escrúpulos) así se confiese, una tras otra cien pascuas floridas, alguno de los veniales y siempre el mismo mortal. He aquí un ejemplo claro del papel subliminal de las religiones. Y no es el único o, si se quiere, tiene versiones. Desde una perspectiva científica, un análisis serio ha de llevar a reducir el sentimiento religioso, como cualquier otro sentimiento humano, a mecanismos simples de funcionamiento psicológico. Y en este sentido, para análogas motivaciones profundas del individuo, surgen casi idénticos cometidos en las diferentes religiones, iglesias y sectas para satisfacerlas. Todas tratan de cubrir en el hombre el miedo a lo desconocido y el vacío del más allá, con dioses y profetas a cual más dispar (cierto es que los ecumenistas ya hablan del mismo Dios con diferentes expresiones, acepciones y profetas; actitud que -de haber alguno- parece razonable). Todas explotan el sentido gregario de los menos formados (un poco aquello de “saben más porque son mejores o simplemente más”). Todas, en fin, además de prometer la gloria por tal o cual acción, canalizan de forma calculada rasgos culturales, generalmente bien avenidos con el poder establecido o, lo que ya es peor por ser mezcla explosiva, los pretenden imponer. Claro que, si bien no pueden establecerse diferencias en racionalidad y coherencia entre los distintos cultos, sí se distinguen en cambio en la calidad y cantidad de sus integristas, osea obtusos. Y en esto, las más significadas, aquéllas que se alimentan de la sangre de sus innumerables e inútiles mártires (inútiles para el pueblo llano, claro), las que siguen alentando en los suyos el resentimiento y la venganza, la paranoia al fin; éstas podrán incluso poner en peligro la convivencia universal; aunque, más bien por limitaciones propias y por fortuna para la humanidad, nunca consigan sus pretensiones.

      El mito

    ¿Y dónde está el mito?. Pero bueno, ¿acaso dentro de 2000 años los seres humanos -si aún quedan- no juzgarán de igual manera nuestros dioses de hoy, como nosotros hoy juzgamos la mitología griega o cualquier otra del pasado?. ¿No es la religión de lo más parecido a una fábula, una ficción alegórica, tomada -diríase que muy profusamente- de forma literal y por tal lerda?. Por ejemplo, algunos hablan de “vida”, y al mismo tiempo favorecen que un perturbado, o un pobre, o todo a la vez; cargue con el hijo decimonono, exigiéndole además que no descargue sus impulsos sexuales (casi su único alivio) como exclusivo medio de contracepción. Todo ello con la promesa de un cielo que habría de conseguir igual sin cumplir tales preceptos, y sin ni siquiera sentirse protegido o bajo amparo de ninguna. Preceptos, por otra parte, que cuando a las potestades les parece, bien por intereses o porque ya no se sostienen ni con grúa, excátedra los cambian y aquí no ha pasado nada. Los inquisidores siguen sin ser culpables. Pero no se lleve el lector a engaño. Pues claro que somos críticos con instituciones religiosas en cuyo discurso se mantiene la prohición de cualquier tipo de contracepción, incluido el uso del profiláctico en las relaciones sexuales, con el consiguiente peligro de expansión de la enfermedad sexual por excelencia de la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo no podemos ser menos críticos con esa parte de la sociedad occidental que se pretende progresista, o vanguardista, o incluso intelectual (qué pretenciosos), y que de forma obtusa utiliza como excusa para atacar a determinada institución religiosa el peligro de expansión del SIDA por el no uso del profiláctico, cuando ha sido esa parte la que ha favorecido y al fin alcanzado el acceso, en la práctica universal, a la píldora post-coital, que ésta (al menos en occidente, por ser quien se lo puede permitir) sí es una bomba de racimo en dicha expansión. Y callar u obviar esta crítica es como poco hipócrita, sectario y hasta corto de miras, lo cual pone en entredicho la supuesta intelectualidad.

    En fin, no sólo las religiones son de lo más parecido a un mito; sino que, con exigencias más o menos radicalizadas de sumisión, se benefician de otros mitos y, sobre todo, explotan la miseria mental y/o física de ciertos sectores. En lugares de nuestro país, casos extremos podrían ser o el señorito puro y duro que se cree redimido por un “Sr. mío Jesucristo…”, o el paria cuya única esperanza es Dios o la catarsis de cualquier romería (cuanto de religioso pueda haber en ellas, claro). Otra cosa bien distinta es que cada uno se sienta amparado, libremente y sin tanto corsé-tabú, por un Dios que sea de lo más aproximado a la cultura propia y a la personal concepción del mundo. Esto sí puede ser hasta útil a la humanidad. Véase aquí un sentido y sincero respeto por religiosos y seglares que, canalizando con gran dignidad sus motivaciones vitales, trabajan para arreglar desaguisados provocados por fundamentalismos o codicias del poder religioso y político.

Fin

El mundo según el Diantre Malaquías

24 marzo 2015

Relatos acotados y fantásticos sobre el consuetudinario devenir de la vida en Austria

Concierto para un funeral

REALIDADES COTIDIANAS CON OTRA MIRADA

 CHINAS EN LOS ZAPATOS -IV-

Mi testamento


      Hoy ha caído en mis manos un viejo papel, escondido meses, tal vez años; repleto hasta pringar su blancura de amargos recuerdos, de ilusiones vanas, de tiempos felices ya pasados. Rocío para el alma han sido los versos, literalmente llorados por ese mi amigo de inquietudes y sobre todo penas, muchas penas. Cuán pocas palabras, pero cuánto sentimiento esparramado.

      Amigo, tu gran persona me acompaña. Aunque lejos ambos, nacidos bajo insalvables circunstancias, te tengo cerca, te siento tanto como tú sentías cuando recitabas tus paridos cantos. Y te lo digo hoy, ahora que aburrido me he dispuesto a ordenar mis recuerdos estampados sobre hojas, tan llenas de buena voluntad como de impotencia, ante un obsesivo afán -casi nunca satisfecho- de expresar cuanto soy y lo que siento. Una impotencia visible cuando, nervioso -digo yo- por el tabaco, rasgo sobre el papel todo el odio y el amor de mi existencia. Lo llevo dentro, pero -idea de Bécquer- me cuesta vestir los hijos de la imaginación con recato, para presentarlos en sociedad. Sufro en el intento de arropar con gramática decente las ideas-feto que luego parirá mi mente. Letras, palabras, giros, expresiones... El traje gramatical para -digamos- mis herederos.

      Éste es mi Testamento, ahora, hoy, en este instante que mis retoños literarios dejan de ser prosas o versos y que traspasan mi mundo, cubiertos sus cuerpos del traje gramatical tejido con total mimo por mis conocimientos lingüísticos. Éste es mi Testamento. Gracias, amigo, por tu compañía tras el humilde telar de mi inteligencia.

BILBAO, AGOSTO DE 1972. BCN, FEBRERO DE 1991

Los relatos sucintos del Diantre Malaquías

17 marzo 2015

Diálogo en sueños con mi abuela (huellas remotas del subconsciente)



-I-
Lágrimas que asomen en ojos
aunque los tuyos no sean
te llenarán de congoja
y te ahogarán en tu pena.
Esta vida es muy corta
volátil y pasajera.
Para poner fin al dolor
que se sufre en este mundo
quiero pensar que después
nos premiarán con la eterna.
El dolor de los plebeyos
desheredados por fuerza
el dolor de los enfermos
el dolor de los sin tierra
el dolor de los sin techo
la doliente humanidad…
que ante un Dios bondadoso
por su buena voluntad
obtendrán la recompensa.
Aparcad vuestra ceguera
de no querer ver más allá
de donde vuestra mirada llega.
Asentad vuestro camino
que por momentos se hará
una tortuosa senda.
Porfiad hasta el final
por lograr la comprensión
y practicar  con la entrega.

-II-
Quiero ser partícipe de lo creado
y no simple engranaje en cadena.
Mas tengo miedo
a la vida que me espera
pues temo que hagan de mí
lo que otros quieren que sea.
La entrega y abnegación
parecen buena manera
de amar cuanto te rodea
sin olvidar el dolor
que al placer nunca supera.
Si amas con corazón
dolor no será paciencia
sino mayor grado de amor
que no puede dar cualquiera.
Que no te ciegue el olvido
y la incuria no te venza
que el tiempo no cura nada
ni acaba con las tragedias
las solapa y difumina
con polvo de indiferencia
pero en el fondo perviven
daños que no han de aliviar
santonas ni pitonisas.
Procede con devoción
ejerce la caridad
mejor llamada justicia
y no hagas de la oración
recurrente medicina
de tus cuitas amorosas.
Ora, contempla, medita
mas no exijas
favores por tu fervor
que esa es plegaria mezquina.

Los versos diantres del Diantre Malaquías
(Homenaje a mi abuela materna,
 MUJER TRABAJADORA, entera, íntegra y discreta)

Amores (párvulos) de alma en pena



No conozco palabras ni giros
para expresar cuanto siento
las palabras son vacíos
los giros no expresan el sentimiento.
Imitando ando a Gerardo Diego
en este deplorable intento
de hacer poesía.
Tú eres mi musa y mi guía
en este mundo confuso
de valores pervertidos.
Y aunque no me hayas amado
ni yo poeta haya sido
hoy sí puedo ya decir
que tú lograste de mí
arrancar dolientes versos
de poeta despechado.
¿O tal vez de un gran bobo
cual párvulo enamorado?.

****
Una plomiza mañana
los buenos días te dí.
¿Y tú a mí?.
Con silencio respodiste.
¿Con ello qué pretendiste?.
¿Jugabas a indiferente
o te tomabas venganza
o tu juego era al despiste?.

Otra mañana fulgente
tus ojos de querubín
dejaron de ser uraños
y asomó todo su brillo
en tus dulcísimos labios.
Y, como antes, volví
a acariciarte el cabello
con suaves caricias tímidas
no caricias manifiestas
pues el pudor retenía
lo que  el corazón desbocado
 a pálpitos requería.

Los versos diantres del Diantre Malaquías

16 marzo 2015

Concierto para un funeral

¡¡¡Publicación inédita!!!

(Un solo de ángel)

       Transcurría el mes de marzo y con las aguas del deshielo y los acuíferos rebosantes el Wienfluss, humilde río vienés que compite en inferioridad de condiciones con su vecino el gigante Danubio y al que indirectamente a través del Donaukanal vierte su exiguo tributo, cursaba en esta época con abundante caudal. Desde un acomodado dúplex en Hietzinger Kai, la familia Höhner gozaba de una privilegiada panorámica, con la imagen del río fluyendo en ese tramo de la ciudad tan alegre y raudo como modesto, en pos del seno protector del río madre, porque ya de nacimiento el Danubio es femenino. El núcleo familiar lo constituían el matrimonio, Bertolt y Kristin Höhner, con sus dos hijas de cinco y dos años de edad, mayormente atendidas, cuidadas y hasta educadas por el aya y sus dos asistentas, que no tanto por sus padres. La muy señora Höhner rondaba los treintaitrés y tenía por familia de origen a un padre, militar de rango, que ejercía un puesto de responsabilidad y nombradía en el ejército del país. La madre provenía de otro hacendado clan de ricos vinateros de la región de Wachau, con residencia solariega en Krems. Por su linaje, recibió una selecta educación donde se mezclaban arraigados valores católicos, una disciplina casi cuartelera y una refinada formación que, en su caso como otros muchos casos en la ciudad de Viena, la llevó por las sendas de la música. De todo en su conjunto salió una moza, además de morena y hermosa, cultivada, astuta y con una ambición de la que no se conocían los límites y por eso casó con quien casó.


   La vida de esta dama transitaba en la actualidad por un momento en el que su carrera profesional y artística, a la que con tanto denuedo se había dedicado, muy bien podía estar a punto de alcanzar el culmen, con la proyección universal y un protagonismo excepcional de su figura a través de la emisión televisiva de un evento único. Su instrumento -vaya gracia- era la flauta travesera y con ella alcanzaría gloria ecuménica en escasas pero interminables semanas. La mayor de sus ambiciones la tenía al alcance de la mano y sólo dependía de las yemas de sus dedos y de sus labios. Esposó pues nuestra fémina con un gallo de cresta mellada y pico mocho, nacido en cuna de alcurnia y vividor por naturaleza antropológica. Trabajaba algo en bolsa, pues -como ya se dijo, “gallo de cresta mellada y pico mocho”- tampoco es que picara mucho y ganaba lo que sus asesores le hacían creer, lo suficiente en cualquier caso para tirar con holgura hacia adelante. Desde luego, como correspondía a su condición etológica, lo que mejor hacía era holgar con las gallinas del corral. Tenía el muchacho a veces un punto de mostrenco y en ocasiones estallaba en una incontrolada iracundia que la dama, con sus habilidades en los juegos de bragueta, se encargaba de apaciguar haciendo uso una vez más de las yemas de los dedos y los labios, tan importantes en su devenir vital. Así que la dama todo parece indicar que desposó con el ínclito más por prosapia que no por su porte general de mamarracho, quizá también por gallo, que aunque fuera de cresta y pico minorados, el ariete no le costaba mantenerlo enhiesto y además darle uso con brío.

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   Apenas faltaba un mes para la celebración del concierto de año nuevo en el Musikverein y las relaciones entre la pareja llevaban semanas deteriorándose y tensándose a marchas aceleradas, lo cual multiplicó el tiempo que Frau Höhner había de emplear en sofocar incendios. Por supuesto, esto le robaba parte del que debería dedicar a prepararse para su tan deseada participación en la excelsa función musical que todos los primeros días del año ofrece Viena al mundo.

   Una desapacible mañana de diciembre Kristin Höhner salió, como todos los demás días, en dirección al Musikverein para seguir con los ensayos propios de esta celebérrima gala musical. Notó ese día en el camino una extraña presencia encubierta, como si alguien con disimulo la anduviera acechando. El lugar de trabajo era compartido, no sin ocasionales fricciones, tanto por los músicos de la Filarmónica vienesa como por operarios de la televisión y ya se habían producido varios encuentros, algunos nada casuales, entre la dama de la flauta travesera y un teleco de la ÖRF, la televisión pública de Austria encargada de retransmitir el evento. Se trataba por más señas del realizador del programa, quien a primera vista resultaba un tipo extraño y críptico, por lo que en un primer momento ella pensó que tal vez podía estar tan sonado como para ser él quien la espiara. No parecía éste ser el caso porque cuando llegó al Musikverein por allí andaba ya Arnold Kummer, que por tal atendía tan importante empleado técnico del ente televisivo, con quien poco iba a tardar en avenirse.

   Con toda la parafernalia televisiva esparcida por doquier, personal yendo y viniendo y, en fin, en un ambiente de locura, unas cuantas jornadas de ensayos y trabajos sirvieron para vigorizar rumbo a la calentura las relaciones entre Arnold Kummer y Kristin Höhner, las cuales habían ganado tanto en desparpajo y confianza que ya no les importaba dejarse ver juntos e incluso no parecían tener pudor alguno en mostrar una evidente atracción -más que afinidad- entre ambos. Pero la inquietud de Frau Höhner sobre una invisible presencia que la perseguía no se desvanecía y en cada esquina cualquier desconocido podría ser tomado por el temido espía misterioso.

-No sé. De un tiempo a esta parte tengo la impresión que alguien me sigue- comentó en actitud confidente Frau Höhner. -No soy capaz de ver a nadie sospechoso porque todos me lo parecen, pero algo muy intenso dentro de mí mantiene viva esa sensación.

-¿Ah sí?- replicó Herr Kummer.
-A mí me pasa lo mismo. De hecho el otro día vi a alguien embozado en abrigo, sombrero y bufanda, con el que crucé una inquietante mirada que me dio muy mala espina, pero no lo he vuelto a ver. Quizá haya cambiado sus ropajes y aspecto. Ya sabes que en invierno con tanta ropa es fácil disfrazarse y pasar por anónimo incluso alguien que conozcas bien.

-Te diré algo y espero que no te molestes- continuó la flautista con una sonrisa petulante dibujada en su tersa y suave faz. –Cuando te conocí me pareciste bastante rarillo, tanto como para pensar por momentos que tal vez pudieras ser tú quien me siguieras. Qué tontería, ¿verdad?. Ahora pienso que quizá detrás de todo esto ande mi marido. Es tan desconfiado….

-¿Por tan zumbado me tomabas?. Vaya, vaya, vaya. Ten cuidado entonces conmigo y los dos con tu marido. Es broma, mujer…- terció el teleco en tono dulzarrón de artificio, al tiempo que lanzaba un empalagoso pellizco en la mejilla de la mujer, deslizando después con tanto disimulo como lascivia el pulgar hacia la comisura de sus labios, hasta llegar a tastar la húmeda sensualidad que desprendían.
-Pelillos a la mar, que ya te voy conociendo y no me das miedo. El caso es que noto a mi marido muy nervioso y es por ello que ahora sospecho de él- zanjó ella, mientras con discreción se apartó de la mano intrusa.

   Pasaban los días y a medida que avanzaba el crucial mes de diciembre parecieron irse diluyendo los temores precedentes, de modo que los encuentros entre la pareja proliferaron incluso fuera del lugar común de trabajo, sin que por otra parte ninguno de los dos mostrase ahora preocupación alguna por los respectivos cónyuges ni por el invisible ente que los vigilaba. Compartieron café, mesa y charla en la Café Swarzenberg, en los selectos salones del Vienna Marriot Hotel e incluso un día al acabar los ensayos se les vio a ambos salir en un taxi con rumbo desconocido. Todo tan distinto a lo vivido hasta el momento que olía a cuerno quemado, algo así como si estuviesen tramando algo importante. Aumentaron también las tensiones y trifulcas entre el matrimonio Höhner, en una de las cuales sucedida por esas críticas fechas se llegó al paroxismo e hizo temer lo peor, por cuanto muy cerca anduvieron de la agresión física que -una vez más- la determinación y habilidad de Kristin Höhner pudo aplacar. Lo más significativo y curioso del sarao es que no sucedió en balde, pues en medio de los tomas y dacas, dimes y diretes de la ocasión, surgió una inaudita confesión de Bertold Höhner a su esposa, en la que afirmaba sentirse -también él- seguido y observado, como si todos y cada uno de los protagonistas del relato anduvieran volviéndose paranoicos.

   Apenas faltaban cuarenta y ocho horas para la gran cita. En el Musikverein y sus alrededores la actividad se volvió frenética y un hervidero de personas y máquinas alteraban el sosiego habitual del espacio ciudadano, mientras se ultimaban los preparativos pertinentes. Un constante trasiego de vehículos de transporte aparcaban uno tras otro en torno al vado del almacén, descargando numerosas mercancías de volumen y contenido diversos, entre los que sin duda se encontrarían las flores que una floristería de San Remo, en una lúcida y eficaz estrategia publicitaria, regala cada año al consorcio que gestiona este reputado evento. En una selva electrónica formada por múltiples cables de considerable grosor desperdigados por el suelo, los operarios de la televisión encargada de la retransmisión se afanaban por realizar los últimos empalmes y conexiones. La actividad era febril. El día anterior, como resulta imperativo, Kristin Höhner acudió a su peluquería donde le aviaron en su melena de medio corte un peinado con trenzas afro, adheridas por el lado derecho de su cabeza a una base de cabello liso. Todavía la misma mañana del concierto vino la peluquera a su domicilio para darle los últimos y definitivos retoques a su moreno cabello.

   Y llegó tan anhelada fecha. Por fin amaneció el uno de enero y el Musikverein y la contorna estallaron en esa suntuosa fiesta, tótem y mito para los melómanos de la aldea global. Las barandas de escaleras y palcos ribeteadas con flores recibieron a todo color a los músicos y a su auditorio. El público entraba goteando y buscaba los asientos correspondientes mientras, ocultos en el escenario por el telón todavía echado, los instrumentistas de la orquesta afinaban sus útiles de trabajo entre acordes y toques hirientes por cacofónicos. Al fin se alzó el telón. Con paso decidido aunque muy sereno Zubin Mehta accedió al proscenio, subió a su tarima y, batuta en mano, la golpeó una vez contra el atril. Después la levantó pidiendo a los miembros de la orquesta erguirse para -en pie- rendir tributo y agradecimiento al público asistente. A una nueva señal todos volvieron a sentarse, se hizo el silencio y tras otros tres toques de batuta sobre el atril sonaron valses de los Strauβ, polkas clásicas y otras piezas elegidas a gusto del Director de turno, para finalizar con la Radetzky March y el consabido acompañamiento de palmas más o menos acompasadas por parte del auditorio, como tradicional colofón al solemne acto. Un año más, como siempre, los hombres de corbatas y trajes grises y las mujeres -cada vez más presentes- en negro esbelto, todos con rostros que translucían la responsabilidad y emoción del momento, conmovieron a buena parte del orbe entero con su antológico recital. Las -ahora sí- afinadas notas cubrieron la atmósfera del recinto y por extensión del planeta. Y una sorprendente protagonista brilló por sí sola y con luz propia, casi toda, como ningún otro actor. Ni el violinista jefe, ni el mismísimo Zubin Mehta, ni ningún otro lucieron tanto como una hermosa mujer haciendo sonar instrumento tan humilde cual es la flauta travesera. Formaba la flautista un equipo con otros tres instrumentistas de su misma categoría, tres varones y ella creo recordar, pero sólo en ella se centró una y otra vez el enfoque de la cámara, así hasta en diez ocasiones, como mínimo. Nunca antes ni hombre o mujer flautista tuvieron tanto protagonismo en esta cita del año nuevo. Al menos diez prolongados primeros planos lanzaron a la gloria a Kristin Höhner, para honor y quizá honra de su familia, o parte de ella. Su imagen ganó quilates por arrobas, pues -todo sea dicho- dio la talla en su cometido musical y con su lucida presencia, todo lo cual no debió resultar muy del agrado de su marido.

 ************

   El éxito del concierto sentó bien en el seno de la familia Höhner. Por un tiempo también entre los miembros -vaya por Dios- de la pareja, ella por la proyección alcanzada y él a socaire de la fama de su mujer, lo cual redundaba en la mejora de la suya propia. Aunque no todo serían parabienes. Pronto la sombra de la sospecha mutua volvió a planear sobre la relación y las discusiones entre ambos devinieron frecuentes. Las andanzas de ella con el teleco de la ÖRF traían en jaque al marido ofendido. Mas nada hay que la sabia naturaleza no pueda reparar, de modo que en brazos de una dama versada el humano macho más levantisco se tornaría en dócil siervo, al que haría confesar si conviniese hasta haber matado a su madre aún viva. 

    Una mañana de domingo, a finales de febrero, el toro bravo embistió a su hembra con ese furor que sólo el morbo agranda.

-Nena, me tienes encendido. Esas trenzas afro, ese tu cuello, tu espalda, tus senos; no -qué digo- tus tetas cómo me ponen, guarra mía- exclamó el ardiente asaltante mientras se abalanzaba sobre la presa para tomar su cuerpo, primero por las nalgas. Se frotaron ambos y ambos llegaron a su punto de cocción, antes de romper a hervir por los suelos en toda su extensión, pocas veces mejor expresado.

-¿Tanto te excita mi éxito?- inquirió ella en medio de sus primeros jadeos.

El bragado amante arremetió contra la hembra, la alzó en brazos y la arrojó sobre la cama con fuerza, sin contemplaciones ni consideración alguna.

-¿Que si me pones, que si me pones…?. Y me pondrás más si me dices, si me gritas que quieres ser mi puta. Dímelo, dímelo.

-No, no- replicaba ella entre crecientes ardores y no de estómago. –No, si no me dices a quién has puesto para seguirme. Y que lo sepas, me lo monté con el teleco.

-Lo sabía, so zorra, lo sabía y lo hiciste varias veces para que me enterase, porque sabes que me pone saberte follada por otro. Y ahora dime, grítame que quieres ser mi puta, guarra mía.

   Desde la estricta perspectiva técnica el coito pasó con notable los pertinentes controles de calidad exigidos y además actualizó informaciones de calado. Ella acabó por jadearle que quería ser su puta, le habló de sus espías sin sacarlos del anonimato y lo atemperó por un momento, aunque no logró disuadirle de visitar al teleco, tal como había amenazado, por tal de no hacer de ello un enfrentamiento que acabase en escándalo. Mas la faceta emocional andaba lejos de ser resuelta. Mientras se vestían y restablecían algo de orden en aquel campo de batalla tuvo el muy sabandija que sacar a pasear de nuevo su lengua de áspid y prendió la llama de otro encontronazo.

-¿Qué hacías tú en Eslovenia con el hijo de perra de tu querido, mala puta?

La pregunta actuó como un resorte y, echando por tierra las exquisitas formas con las que cultivaba la cuidada imagen, espoleó a la dama quien arremetió rabiosa sobre su adversario al que entre empujones le espetó:

-¿Y a ti qué te importa, so cabrón?. ¿Qué sabes tú de ese viaje?, dímelo, dímelo porque si no tampoco tú saldrás muy bien parado de todo este embrollo.

En un inaudito gesto de sensatez poco o nada habitual en su repertorio de comportamientos, alzó él los brazos y con las palmas de las manos abiertas y orientadas al frente retrocedió en silencio y se fue alejando de las acometidas de su asaltante. Después se embuchó en sus ropas de abrigo y salió con destino quién sabe dónde. Y no, no le convenció de ahorrarse la visita al ya rijoso amante en fase tan decadente como babosa, porque al día siguiente Bertolt Höhner acudió a los estudios de la televisión austriaca, donde se entrevistó con el realizador en cuestión del que ya se sabía con certeza contrastada que había fornicado con su esposada. De lo que entre ellos sucedió no trascendió mucho, pero el caso es que no generó ningún tipo de conflicto, al menos conocido o aparente y por el momento.Tampoco fueron a mejor las relaciones entre Kristin Höhner y Arnold Kummer, quien parecía haber perdido el norte. Ella lo rehuía, él la perseguía y en varias ocasiones sus cada vez más fríos encuentros en diferentes lugares públicos acabaron en sonora gresca.

   Una semana después del arrebatado coito de la pareja surgió el gran notición y con él unos días venideros plenos de intensidad dramática. Los telediarios de ese día daban cuenta de la aparición de un cadáver aguas abajo del Wienfluss, muy cerca del Stadtpark, en medio de una manada de patos hurgando en torno y sobre el inerte intruso, cuya identidad a duras penas y por muy poco tiempo pudo ser mantenida en el anonimato. Pero antes y durante cinco días un destacado ciudadano en la vida del país permaneció desaparecido y, aunque también se intentó mantener el suceso en secreto, pronto los rumores corrieron y acentuaron la conmoción que vivía la ciudad en pleno. El nerviosismo resultaba patente en los medios de comunicación y -por supuesto- en los lectores adictos al mondongo, como también en importantes ámbitos de la sociedad, entre otros el consorcio del Musikverein. Tanto la noticia como la rumorología que la acompañaba sembraron una honda inquietud en casa de los Höhner, pues el finado y antes desaparecido no era otro que Arnold Kummer, el realizador de la televisión austriaca encargado de la retransmisión del concierto. Y comenzaron las especulaciones de cada cual. Bertolt Höhner sabía mucho de su esposa porque mandó seguirla junto con el teleco ahora muerto. También ella de él, de quien tenía informaciones que podrían pringar su mediocre carrera y echar por tierra un prestigio hecho a socaire del suyo, porque igualmente encargó seguir a su marido para, en todo caso y llegado el momento, poder silenciarlo con sus informaciones de réplica. Además, ambos muy bien podrían tener un móvil, los medios y la oportunidad para asesinar a Arnold Kummer. Debido a ello, las miradas que entre sí se cruzaban lucían cargadas de callados reproches, dudas y recelos mutuos. Por mor del sagrado secreto que envolvía el viaje, a mediados de noviembre, de Kristin Höhner en compañía de Arnold Kummer a Ljubljana (Eslovenia), una honda zozobra anidaba en el alma de aquélla, pues también allí se supieron espiados y, aunque intentaron dar esquinazo a sus acechantes, no podían estar seguros de haberlo conseguido. ¿Sabría alguien de las razones últimas del embarazoso viaje?. Esta insidiosa duda causaba en ella tal estado de tensión que en ocasiones puntuales acababa por estallar en forma de iracundos arrebatos, nunca antes vistos en ella, contra todo ente animado o inanimado que se moviese a su alrededor. No tardó el matrimonio Höhner en ser requerido por la policía para pasar por el duro y agrio trance de testificar sobre el asunto y además como presuntos sospechosos, aunque de todos modos parecía descabellado pensar que cualquiera de ellos pidiera tener algo que ver con el suceso acontecido. 

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   Al margen del trabajo policial y como es habitual en estas tesituras, los medios especializados en mondongos y desparrame de vísceras ya se habían encargado de hacer correr por la calle su versión gualda y rosa, de modo que el ciudadano corriente tenía a su disposición los elementos de juicio suficientes para colgar el estereotipo correspondiente a cada cual. En mercados, peluquerías y tiendas de barrio cualquiera podía exponer su veredicto de inocencia o culpabilidad, según la hondura y ardor de sus secreciones. Entre ellos, los de furor endocrino radical se inclinaban por cargar el muerto a la nenaza del marido, Herr Höhner, que herido por los celos, su cuestionada virilidad (mito falso, como ya se expuso) y al suponérsele incapaz de satisfacer los frenéticos arrebatos sexuales de su esposa, pues ella hubo de buscar en otra parte y él se cargó al amante. Desde luego constituía éste un argumento sólido y lucido (que cada uno le ponga el acento o no, de acuerdo con el ph de sus emulsiones) en quienes con absoluta solvencia son aptos para cabalgar a sus hembras cuando menos siete veces y sin sacarla. Del género viril, los menos -por ponderados- aún mantenían resquicios de duda y de presunción de inocencia sobre los señalados por la sospecha, así que carecían de candidato a asesino. De ellas cabría decir que tenían criterios homogéneos y la gran mayoría ya habían sentado veredicto condenando a la muy zorra de la flautista. Una vez logrado cuanto pretendía, nada mejor que tapar bocas facturando al otro mundo a quien con indiscreción pudiera abrir la suya. El argumento básico -nada desdeñable, por otra parte- de su firme decisión lo constituía el viaje a Ljubljana, según la maledicencia extendida por peluquerías y otros foros a una clínica que se tenía por abortista, y en Austria el aborto puede arrojar al fango los esfuerzos y el prestigio de alguien que pretende hacer carrera pública rumbo a la prosapia. También andaban divididos los de sexo alternativo y el inclinarse de un lado u otro dependía más que nada de su alternante síntesis hormonal -astucia o primitivismo- descollante en el momento. Los más sagaces repararon en la importancia del presunto aborto -sí-, pero también en el nada inocente papel de una mosquita muerta, como parecía ser la esposa del teleco. Esta mujer, una aparente aldeana de Burgenland, provenía de una familia campesina de renta media, quien la presionó para que desposase con un medio primo que había hecho carrera en telecomunicaciones y ahora estaba muy bien colocado en la capital. Repararon de igual modo los de sexo alternativo que en aquel embrollo todos espiaban a todos. Hasta tres detectives pugnaron entre sí por saber lo suyo y lo del otro, y hasta puede que un cuarto los anduviese espiando a todos ellos. En fin, los ingredientes precisos y demás aderezos para cocinar un cocido al gusto. Por las recurrentes filtraciones policiales tan propias, fue sabiéndose también que la víctima había sido estrangulada en algún desconocido lugar y después trasladado a los márgenes del Wienfluss donde, con una clara intencionalidad, fue arrojado al río entre las estaciones del suburbano de Over Sankt Veit y Unter Sankt Veit.

   A finales de marzo, en casa de los Höhner la comida de celebración del Viernes Santo y el Estherhazy estaba resultando muy tensa y no sin razones para ello.

-¿A quién de los dos vendrán a buscar primero?, interpelaba él haciendo gala de una obscena insensibilidad y de un cinismo intolerable.

-Pues será a ti, desgraciado, porque no soy una santa como ya sabes, pero yo no he hecho nada, aunque me haya venido muy bien haber perdido de vista a ese baboso.

   A pesar de este alarde de sinceridad interesada o no, a duras penas mantenía Frau Höhner su entereza y se la empezaba a ver abatida. Fuese cual fuese el desenlace final, ella saldría de todos modos salpicada. En efecto, cuando las sombras del crepúsculo comenzaban a cernirse sobre la ciudad, ese viernes de pasión mala un celular de la policía paró frente al domicilio de los Höhner, de donde salió la esposa esposada. Fue uno de los detectives, ambicioso pero pardillo quien, presionado por la policía debido a su abominable praxis deontológica, había cantado que la diva de la flauta travesera les había tanteado, medio en serio medio en broma, sobre la posibilidad de contactar con alguien especializado en la eliminación física de cualquier bicho viviente, pero no tenía conocimiento que el asunto hubiese llegado a más. Mientras la introducían en el vehículo con los protocolos habituales de la mano en la cabeza y demás rituales, imploró por última vez a su marido:

-Bert, por favor llama a nuestro abogado, llámalo por favor que yo no he hecho nada. Te lo juro por nuestras hijas.

   El celular con ella dentro arrancó en dirección a las instalaciones policiales de Rosauer Lände, donde quedó retenida como presunta sospechosa de la muerte de Arnold Kummer. Los interrogatorios consecuentes los solventó con bastante entereza y lucidez de juicio. Varias pruebas que la policía tenía por tales le fueron presentadas ante sus ojos y las respuestas, tanto como su actitud y reacciones sembraban la perplejidad y descolocaban a sus interrogadores.

-Miren, reconozco haber hablado en puro plan guasón, por supuesto, sobre cómo poner fuera de circulación a un adversario e incluso les añado que esa muerte sin desearla me ha venido bien, pero yo no maté ni encargué matar a nadie y creo que nunca lo haría, salvo por mis hijas.

Kristin Höhner pidió un café y un vaso de agua y continuó:

-Está claro que alguien está interesado en implicarnos a mí o a mi marido, pues no es casualidad que el cuerpo, según señala la prensa, fuese arrojado al río prácticamente delante de nuestra casa. Muy torpes seríamos si lo hubiéramos hecho nosotros, pues no siendo expertos en esta materia, tampoco somos lerdos, ¿no creen?.

-¿Y si fue su marido?, terció un policía.

-Yo sé que mi marido puso a alguien para seguirme, no es la primera vez y me temo que no será la última que haga algo parecido, pero de ahí a matar va un largo trecho, entre otras cosas porque con lo que yo le ofrezco como mujer y madre tiene más que suficiente. Lo hace por puro morbo y porque le provoca una excitación adictiva. De hecho somos asiduos a un local de intercambio de parejas. Así que o presentan pruebas más sólidas o pediré a mi abogado que solicite el “habeas corpus” para sacarme de aquí.

   En efecto, con tan insuficientes elementos de convicción la policía dudaba de liberar a la detenida, porque cualquier letrado reclamaría de inmediato un “habeas corpus” y el Juez decidiría no instruir porque no habría caso. Y en el mejor de los posibles, podría instruirlo, pero ante un jurado y con un buen abogado saldría absuelta. No cabía pues mejor remedio que dejarla libre y reorientar las investigaciones o iniciar nuevas pesquisas. 
En todo este periodo de tiempo, Bertold Höhner entró y salió en varias ocasiones de la comisaría, con estancias no más allá de un par de horas, pero en ninguna de estas visitas se le retuvo ni detuvo por presunto implicado. E incluso, algo extraño -ya se sabe- en su habitual comportamiento de botarate, colaboró de modo sensato y solidario con su mujer. A la mujer de la víctima muy difícilmente se la podría tomar por sospechosa, ni tan siquiera presunta, pues sus comportamientos resultaban de tal simpleza y carentes del más elemental carisma, que apenas podía sujetar a su hija veinteañera en sus furores hormonales. El no denunciar las reiteradas ausencias del hogar de su marido, ni se le había ocurrido hacerlo porque eran algo usual y acostumbrado.

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   Un hecho quizá insólito en las historias de detectives vino a arrojar luz en la oscuridad que se cernía sobre este teatro de intriga y tragedia en el que se había convertido el caso. Los actores, con sus luces y sobre todo con sus sombras, se movían sobre el escenario sin que hasta el momento nadie hubiera determinado con precisión el grado de protagonismo de cada uno de ellos. E irrumpió en la escena un tal Georg Esquizos, como su nombre indica un tipo pelín chalado, conocido en los círculos del espionaje como “el detective pirado”, un investigador privado en apariencia mindundi, un profesional de tres al cuarto. Ya perdió toda credibilidad frente a los más necios del gremio (especie que abunda en todo oficio), cuando en la resolución de un caso se disoció en sí mismo y en María Magdalena como amante de Cristo Nuestro Señor (en sus disociaciones tampoco faltaban identidades travestidas), desnudándose en la elevada Torre A-1 del Parque del Danubio y amenazando con arrojarse al vacío en busca de su amante, cual si de Santa Teresa o San Juan de la Cruz se tratase. Vienés de origen griego, su alimento principal lo constituían las olivas gigantes rellenas de feta y anchoa que compraba por arrobas en tarros gigantes, capuchones de las cuales se comía por kilos y a manta. Desde luego este extraño tipo merece una detallada semblanza e incluso hagiografía en un capítulo aparte y que a buen seguro la tendrá, merecedor como es de aparecer en este tipo de relatos. Apartado desde ese episodio del ejercicio colegiado de su profesión, se dedicaba ahora a investigar por su cuenta y riesgo y resolviendo por vía oficiosa lo que muchos profesionales de la policía o del ejercicio privado de tan gris profesión, se supone que avezados, no eran capaces de resolver. Vivía de su exigua paga de pensionista retirado de la investigación, la cual cumplimentaba con ingresos extra, alguno de ellos antes bien pingües que no escasos. Lo suyo eran las investigaciones en paralelo, espiar a los espías. Su nimiedad y fragilidad aparentes le permitían muchas veces pasar del todo inadvertido, cosa que hacía muy bien como tantas otras, pues le sobraba inteligencia en cuerpo y alma para todo ello y mucho más. Mal hacían e hicieron -pues- quienes lo subestimaron, por cuanto a base de exclusivas en prensa no sólo mejoraba su nivel de ingresos, sino que además dejaba en evidencia a los zafios del oficio que tanto se mofaban de su figura y perfil.

   Melómano como era, vino a interesarse por este jugoso caso cuando, merodeando antes del concierto por los alrededores del Musikverein, observó en una ocasión extraños movimientos que hubieran puesto las orejas tiesas a cualquier vocacional detective que se preciase de tal, así que decidió apuntarse a la intriga y el contraespionaje, y a ver lo que salía de todo aquello. Se percató de  -al menos- dos o tres presencias invisibles -o no tanto- y pronto supo la identidad del espía asignado a Frau Höhner y Herr Kummer y el correspondiente a Herr Höhner. Pero en lo más hondo de su alma de detective sentía una tercera presencia -ésta sí- ausente e invisible, de la que sin embargo no sabía muy bien a quién pudiera servir. ¿Quién puso a ese desconocido tercer espía?, se interrogaba a menudo, porque de la mujer del muerto ni se le ocurría suponerlo y durante un tiempo tampoco tuvo ningún otro candidato firme. Así que hubo de conocer a fondo y con detalle las andanzas de todos y cada uno de los presuntos sospechosos, de ella, de ellos, de los espías ocupados en espiarse los unos a los otros, al tiempo que ellos mismos espiados y todo ello sin sacar tajada sustanciosa de sus asechanzas. De Bertolt Höhner sabía que era un tarambana cabeza de chorlito dispuesto, en un momento de arrebato, a cometer cualquier desafuero del que después sin duda y ya sin remedio se arrepentiría. De Kristin Höhner, que le interesaba estar bien informada de los pasos de su marido para taparle la boca sin alharacas y con discreción, caso de necesitarlo. De Arnold Kummer, el finado, capaz de cualquier cosa por conseguir sexo casi con cualquiera que no fuese su mujer. Mas sólo Esquizos, ese encantador chalado, se fijó en lo que nadie del sindicato de los suyos habría nunca reparado.

   Sucedió por gloriosa casualidad (esta vez sí, la suerte cayó del lado de quienes la merecen), pero unos días antes de la aparición del cadáver tuvo Esquizos la ocasión de seguir al asesinado Arnold Kummer y al que después resultaría ser su asesino. El pintiparado momento le cogió por sorpresa y, dada la inesperada coyuntura, hubo de hacer el seguimiento en condiciones precarias y sin demasiada garantía de anonimato, pues no pudo diluirse en la multitud con sus imaginativos disfraces de hasta travestido, si preciso fuese, como en el episodio de María Magdalena. Aun así pudo identificar a quien fue la víctima aunque en aquel momento y por no arriesgarse a ser descubierto no logró hacerlo con el asesino. Todo acabó por suceder en el Café Schwarzenberg, donde escuchó un suculento diálogo entre los compinches….

-Quedamos en lo que quedamos y tú no has cumplido tú parte- exclamó en un tono discreto y a media voz. –No te extrañe así que yo no cumpla con lo que te prometí.

-Haz lo que quieras- respondió su interlocutor en un tono de ninguneo. –Al fin y al cabo quien tiene mucho más que perder eres tú. Además, te dije que el que se cumpliese o no lo prometido no dependía sólo de mí como así ha sido, por tanto no me cargues a mí todas las culpas.

Tres días después de este encuentro apareció el cadáver de Kummer y Esquizos ya tenía un indubitado postulante a asesino. Se trataba de un oscuro personaje con el que uno de los días previos al magno concierto cruzó una escrutadora mirada que en él percibió torva y en la que reconoció a otro loco, esta vez de los malos, un perturbado de alma turbia y aún más sucias intenciones. Sin embargo, todavía no había encontrado el modo de demostrarlo y aún menos de desenmascararlo.

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   Es de manual detectivesco comprobar cómo el loco de Esquizos gestionó el delicado trance de la resolución del caso. Puso un anuncio en la sección del Kronen Zeitung destinada a tal efecto donde en su literalidad decía: “Se precisa información fiable sobre el asesinato de Arnold Kummer para novela que llevará por título 'Concierto para un funeral'”. De demostrarse su veracidad podrá ser gratificada. Interesados pueden enviarla por escrito al Apartado de Correos 25170, indicando el modo de contacto”. En realidad el apartado de Correos pertenecía a Peter Linker, periodista del Kronen Zeitung y responsable de la sección de sucesos del diario, además de amigo y cómplice de Esquizos, a quien facturaba como colaborador los dividendos de las diferentes operaciones y que éste incluía en su declaración anual de renta en el apartado de “otros conceptos”. Pronto personajes de lo más variado y extraño empezaron a merodear allá por donde se moviese el sospechoso sin dejarlo respirar, lo que llegó a provocarle verdadera angustia. La mayoría de estos personajes no eran otros que el mismo Esquizos disfrazado de mil formas y maneras, su especialidad. Cierto es que antes de transcurrida una semana desde la salida del anuncio el buzón del Apartado de Correos fue reventado, pero justo las filmaciones de aquel día resultaron de tan mala calidad que no servirían para señalar a nadie. Así que cabía encontrar la forma que él mismo se pusiera en evidencia, se mostrase, para lo cual no quedaba alternativa más eficaz que forzar una entrevista directa entre Esquizos y él mismo. Y vino a suceder al fin que el supuesto asesino, al verse de tal modo acosado, acabó por no soportar más la presión, cedió y concertó con nombre falso una cita con Esquizos a través de su compinche y amigo, el periodista Peter Linker. 

   Se citaron en Augarten y allí acudió en fecha y hora el detective loco disfrazado de judío ortodoxo, que con su Tora en mano llegó a pasar hasta tres veces por delante del banco donde se encontraba sentado su antagonista sin levantar en él sospecha alguna. Tal como barruntaba Esquizos el malo, el asesino oculto, no era otro que quien pincha la imagen que aparece en pantalla, el Director del programa, Karl Wiesberger, compañero y jefe del muerto, con quien había acordado compartir los favores sexuales, o sea, beneficiarse ambos de la flautista. A este individuo servía el tercer espía, pues desde el principio quiso tener bien asido de reaños al Kummer, por si en algún momento este socio amenazara con salpicarlo, recopilando todas las informaciones posibles que pudiesen arruinar no su ya maltrecho matrimonio, sino -lo que es peor- la herida en el bolsillo por las consecuencias financieras nada favorables en caso de un divorcio con muy mala pinta para él. Pero se le fue de las manos y cuando desesperado vio que a Kummer le importaban un bledo sus amenazas, temió entonces que las consecuencias de un divorcio ruinoso bien pudieran caer sobre él, así que decidió eliminarlo.
Tras finalizar sus vueltas disfrazado de judío ortodoxo, Esquizos se detuvo y se sentó en el banco junto a su concitado. A continuación siguió un diálogo que no tardaría mucho en agriarse. La abundante y relevante información de Esquizos trastornó al presunto asesino, quien de repente se irguió y blandiendo una pistola apuntó al detective. Pistola en mano mientras lo seguía encañonando, Karl Weisberger le pidió levantarse y hacer lo mismo con las manos. Entre miradas tiesas que se entrecruzaban, el diálogo alcanzó su cénit.

-Alguien te vio y documentó haberte visto a las cuatro de la mañana en las orillas del Wienfluss, a la altura de Unter St Veit, arrastrando un pesado fardo, justo cuatro noches después a la que cenaste con Kummer- dijo sereno Esquizos, quien bien informado sabía por la autopsia que el cuerpo de la víctima hubo de ser arrojado unos dos kilómetros aguas arriba del río, pues de haber permanecido el cuerpo siempre en el mismo lugar donde fue encontrado no se hubiera tardado tanto en descubrirlo.

-Todo eso es una mierda y no te sirve para nada….- replicó Weisberger que no pudo continuar al ser interrumpido por su interlocutor.

-Además hay constancia y testigos que ratificarán que fuiste tú quien reventó el buzón del Apartado de Correos. Si a ello se le añade todo el resto de información de la que dispongo, junto con un buen y profesional interrogatorio, yo creo que acabarás por canturrear hasta un 'sirtaky' en mi honor.

 
-Pues si tan mal me lo pintas, de perdidos al río y ahora mismo te descerrajo un tiro y te dejo frito.


   Por la cara y miradas del malhechor parecía ir el tema muy en serio y cabía actuar con celeridad. En una reacción brillante miró Esquizos para atrás del apuntador, como si alguien se le estuviera acercando por sus espaldas, lo cual atrajo su mirada en esa dirección, instante que Esquizos aprovechó para lanzarse en plancha y a ras de suelo sobre sus piernas, derribándolo y de inmediato desarmándolo. Después lo esposó abrazado a un árbol. En la refriega se escapó un disparo que junto con los gritos de socorro del enarbolado atrajeron la atención de los curiosos, quienes empezaron a acercarse por el lugar y a formar corrillos. Algo debía hacer Esquizos para contener a toda aquella gente  que se iba arremolinando. Con la pistola del asesino asida en su mano con un pañuelo, en actitud serena y a una distancia prudencial de los recién llegados llamó a su amigo, que no debía andar muy lejos, para que viniera a recoger toda la información. Después hizo otro tal con la policía para que se hiciese cargo del canalla esposado al árbol. Como el grupo crecía y estaba ya próximo al gentío, hubo de hacer uso de sus dotes de orador, con el fin de calmar los ánimos de algún redentor desconfiado que al malo quisiera hacerlo pasar por bueno.

-Mirad, -dijo con voz tan firme y convincente como mitinera- ahí tenéis al asesino de Arnold Kummer. Dejadlo en paz y no la agredáis salvo con la mirada. En breve vendrá un periodista a recoger cierta información y después la policía a la que todos esperaremos pacientes hasta que se hagan cargo del canalla. 

   Poco a poco los ánimos fueron calmándose y la gente que llegaba nueva iba siendo tranquilizada por los que ya llevaban tiempo allí. Peter Linker apenas tardó cinco minutos en llegar, pero la policía lo hizo media hora más tarde, tiempo durante el cual todos tuvieron su mirada clavada en el presunto asesino que pagó ya sólo con este calvario, además de lo que le pudiese caer en pena. Allí mismo se derrumbó y acabó llorando como un niño, pues era un loco de alma mala y dura, pero no un psicópata que pudiera resistir un buen interrogatorio sin desmoronarse. Éste fue el malo, ese individuo de mirada torva en el que se reconoció Esquizos, loco -sí- como él mismo, mas uno con buena y otro con mala entraña.

   Tras este venturoso episodio de Esquizos, en la redacción del Kronen Zeitung se guardaba un montón de información que él había aportado y que requería ser gestionada con la máxima delicadeza y privacidad, tanto por cuestiones legales, como por preservar la exclusividad que tan pingües ganancias le aportaría a él y al grupo editorial dueño del periódico. Presta estaba también a ser entregada a la policía, no sin antes haberse garantizado entre todos los implicados los beneficios del intercambio. Del resto, la aliviada viuda del muerto continuaría en solitario, como siempre, su lucha con la hija casquivana y -en efecto- el mismo Karl Weisberger aguantó pocos asaltos y acabó entre rejas, qué importa cuánto tiempo. Frau Höhner, la flautista de flauta travesera llevó una vida convencional plagada de altibajos, con menos altos que bajos. Se la expulsó de la Filarmónica, aunque recurrió, dándole los tribunales la razón y teniendo que ser readmitida y rehabilitada profesional y moralmente, con una cláusula impuesta por el Juez donde se obligada a publicar una nota de prensa que dejara constancia de ello y a salvo su honor, al menos de cara a la galería. Su vida ya nunca más fue tan bonita como lo había imaginado. Readmitida -sí- pero no tardaría en caer en el más gris anonimato por su polémico y tormentoso pasado.

Fin







14 marzo 2015

La eternidad de ese instante



Amor, quiero fundirme en tus entrañas
agotar mis fuerzas
buscando en el placer el alma
-¡inmensa mujer!-
tu corazón trémulo que me ama.

Quiero enrojecer tu cuello a besos
quiero diluirme en ti y contigo
-¡dios y relax del cuerpo!-
y buscar la calma
en el ardor y vaivén.

Quiero acariciar con mi palma
en el sueño de la vida, tus caderas
toda tu cintura y tus espaldas
-¡toda tú!-
comprobar tu hermosura con mis labios
y envuelto entre tus piernas
en el calor de la noche
en el fragor del deseo
darte parte mía
-¡dármete!-
cuando los escalofríos marquen
el irreversible arranque
de nuestro convulso viaje
y sacudido tránsito
a la eternidad de ese instante.

Barcelona. Noviembre de 1972

Los versos diantres del Diantre Malaquías


La sirena de las esclusas

                                        ¡¡¡Publicación sugerida!!!

Barco de recreo atracado en Handelskai, Danubio.Viena. 
Fotografía tomada -ya se nota- por el autor y administrador de este blog.


-I-


      Los Álvarez Walzhofer constituían una familia mixta austrohispana (o viceversa), en la cual la esposa, Karoline Walzhofer, era nativa vienesa del acomodado barrio de Alsergrund, en el distrito -IX-. Doctorada en Filología Hispánica por la Universidad de Viena, en ella ejercía profesionalmente su catedrática docencia, aunque en estos últimos tiempos con horarios de jornada reducida, por mor de dedicar mayor atención al cuidado y educación de sus hijos, sobre todo de los dos más pequeños. El marido, Carlos Álvarez, procedía de Asturias de donde emigró hace ya más de veinte años, acabando por establecerse en Viena con carácter permanente. En el barrio de Hietzing, en el distrito XIII, erigió un Centro de Rehabilitación Fisioterapéutica, con gimnasio incluido, el cual se ubicaba muy cerca del estadio Gerhard-Hanappi-Stadion del Rapid de Viena, varios de cuyos jugadores le confiaban sus cuidados. Por mediación de unos amigos conoció a Karoline, no mucho después esposaron y hoy son padres de cuatro hijos. A la mayor, Manuela Álvarez Walzhofer y alias del alma “Manu”, le tocó la china de ser primogénita por naturaleza y por decreto. Sí, tuvo niñez, pero se le esfumó en un suspiro, pues vinieron sus hermanos y hubo de jugar a ser responsable con ella y con ellos. La verdad es que la responsabilidad la traía Manu no ya en los genes, sino en vena. En general el comportamiento de esta niña apenas tenía tachas. Como su madre, Manu profesaba veneración por la moda, pero no sólo la actual, sino la moda a través de los tiempos, identificando ya con pasmosa precisión los siglos correspondientes a diferentes vestuarios que pudieran verse en películas u otros documentos gráficos. También practicaba el ballet, a través del que -con total certeza- compensaba un cierto nivel de inseguridad personal en absoluto justificada. Con tres años menos le seguía Oliver, de seis cumplidos y alias del alma “Oli”. Niño vivaz y despierto pero a quien se había de marcar en corto, por cuanto tendía en exceso a ir a su pendulona bola. Diríase del crío acratilla capaz de someterte a algún que otro sobresalto en el transcurso de tu cotidiano devenir. Y sin embargo un gran niño, muy inquieto aunque noble, imaginativo (a veces en exceso) y tan ingenioso como su hermana con la que se atrevía en el arte de las rimas. Ya saben, ripios del tipo “en invierno como en verano gabardinas El Zamorano”. Su día lo ocupaba en el colegio, con los colegas del mismo y en compañía de su familia o de sus virtuales compinches (desde Darth Vader y Yoda, a Harry Potter y Ron Weasley), y a estudiar cuando se le obligaba, lo que sin duda ocurriría a diario. Por orden, le seducían las motos, el fútbol, la motonáutica, la navegación fluvial y en general los ríos, así fueran grandes como el Danubio o pequeños como el Narcea y otros de la tierra de su padre. En el Donaukanal (canal del Danubio) también pescaba o lo intentaba y sólo por el paseo lateral de este espacio o en otros lugares donde no importunase practicaba con su moto, todavía y por muy poco tiempo de juguete, lo cual suponía un sobresfuerzo cardial de quien lo vigilase, que en estas actividades casi siempre le correspondía al padre. Desde luego Oli tenía en la relación con éste -entre otras muchas bondades- el exclusivo deleite de poder codearse con los jugadores del Rapid. Casi nada, para vacilar después con sus compañeros del colegio a los que, tras intercambiar cromos, aleccionaba sobre lo “mataos” que eran los jugadores del Austria de Viena, comparados con las rutilantes estrellas futboleras del Rapid. Otro niño de tres años de nombre Rudolf y alias del alma “Rudi”, y una niña morenita de apenas un año llamada Isabel y alias del alma “Isi” completaban la unidad familiar. Nada menos que cuatro bocas a llenar y otras tantas mentes a las que preparar para hacerse un hueco propio en la vida.


      La familia residía en una amplia casa de dos plantas. La planta baja la utilizaba el señor Álvarez para el desarrollo de sus actividades profesionales de fisioterapeuta, mientras que en la primera una desahogada vivienda constituía el domicilio familiar. No lejos de la casa, además del estadio del Rapid como ya se expuso, se extendía el complejo palaciego y ajardinado de Schönbrunn. La explosión de la primavera tenía un esplendoroso reflejo en este lugar y en el resto de los múltiples parques y espacios ajardinados de la ciudad. En Burggarten y Volksgarten los rosales ya despojados de sus protecciones invernales asomaban brotes y en algún caso incipientes capullos valientes y bellos. Donauinsel, Kurpark Oberlaa o Türkenschanzpark lucirían esparcidas por las praderas pequeñas margaritas blancas o minúsculos claveles amarillos o muchas, muchas violetas. Pero en ninguna otra parte como en el entorno de Schönbrunn la primavera estallaba en un constante pasmo de sensualidad floral. Con tan favorables condiciones hoy, en un día lucido como pocas veces se ve en Viena, todo el grueso de la familia había decidido pasear por el recinto. Entre rosales a punto de brotar o en fase ya de pimpollo, bajo árboles impacientes por asomar sus verdores y camino a la Glorieta de Schönbrunn transcurría en estos momentos la vida de unas criaturas que zascandileaban por los pasillos, laberintos y estanques del parque, en un ejercicio de crecimiento personal y emancipación a través del omnipresente juego. Oli pateaba cualquier simulacro de pelota que después debía depositar en la papelera, faltaría más. Rudi, que ya correteaba y de qué forma, se lanzaba como un poseso y con fruición a cualquier estanque que se cruzase en su camino. Madre, qué peligro su fascinación por el agua. Manu casi siempre cerca de la hermana en su carrito y con los ojos puestos en el resto, aun a sabiendas que ahí estaban los papás para tutelar y controlar -o tratar de hacerlo- a la tropa.


-II-

    Para premiar el buen comportamiento académico evidenciado por los dos mayores, aunque en el caso de Oli con algún sobresalto en el trayecto, la familia entera tenía previsto como premio un viaje en barco por los diversos parajes de la ciudad en el entorno del Donaukanal y el Danubio. Y al fin llegó el día de la prometida, esperada y exultante excursión náutica por la Viena fluvial. A las 11’45, en el muelle de Schwedenplatz la familia Álvarez Walzhofer al completo embarcaba en el Vindobona, el decano de los barcos de recreo destinado a la visita turística por esta parte de la ciudad. A las 11 h. en punto el navío soltaba amarras y zarpaba canal abajo (Donaukanal) rumbo al Danubio y a las esclusas del puerto. Oli desde luego se encontraba cual hipopótamo en ciénaga y disfrutaba a borbotones del paseo. Y a Rudi, conociendo su atracción por el agua, debería acotársele de modo drástico el radio de acción, o en sentido literal atarlo para asegurar tenerlo siempre cerca. Así que los “grandes” de la familia hubieron de andarse con mil ojos. El día del evento amaneció de incipiente primavera y correspondía al Domingo de Pascua, jornada festiva en la que tradicionalmente los niños deben buscar los dulces, golosinas y huevos duros pintados en diversos colores y escondidos por el conejito de Pascua en diferentes rincones -secretos, por supuesto- de la vivienda. Ahora, la familia entera a bordo de aquel barco turístico surcaba el Donaukanal aguas abajo, como colofón especial a un jubiloso día. Y a fe que el destino los haría muy especiales, tanto al colofón como al día. Apenas se llevaban recorridos ochocientos metros y a Oli ya se le iba desbocando la imaginación.

-Papa, papá…,¿hay monstruos acuáticos debajo del agua?- preguntó a su padre.


-Sí, hijo sí. Y además no son tan grandes pero se parecen mucho a unas ballenas feas, con unas fauces horribles, de color lila y con lunares rosa- replicó el padre con sorna, después de haber murmurado algo ininteligible, seguramente relacionado con la incontenible imaginación de este chavalín.

En escasos minutos a Oli ya se le había quedado pequeño el barco y ahora investigaba la insondable profundidad fluvial desde la cubierta principal de proa. A la altura del puente que conecta Schlachthausgasse con el Prater no se lo pensó dos veces y volvió a la carga.


-Es que me acaba de alumbrar uno con la espada láser desde debajo del agua.


-¿Un monstruo, hijo?. Mira, cariño, contén un tanto tu imaginación, porque si no de aquí al final del recorrido habré desarrollado complejo de Capitán Nemo. Tu monstruo sería el reflejo de alguna cristalera sobre el agua en un día tan bonito como éste, mi niño.


Quiso el padre con tan racional argumento atajar -por el momento- la exuberante fantasía de la revoltosa criatura, aunque no lo conseguiría por mucho tiempo. Aun así, tanto pragmatismo encendía el ánimo de Oli.


-Jo papa, nunca me crees nada- se lamentó con un punto de amargura y tras la queja siguió a lo suyo.


El barco llegaba al final del canal y se disponía a entrar Danubio arriba camino de las esclusas por las que acceder a los muelles urbanos del río. En llegados a ellas se introdujo la nave en el cubículo correspondiente y allí en el lecho, hundidos a ocho o diez metros de desnivel, a esperar que el agua elevase el barco hasta llegar al ras. Todas estas maniobras eran observadas por Oli con tan cabal veneración que resultaría de difícil descripción. Ascendían ya los últimos metros y la compuerta de salida no tardaría en empezar a batirse para dar escape a la nave. Justo en el instante de la salida una visión inmovilizó, mutó su rostro y dejó traspuesto a Oli. Nadie más hizo ademán de haber presenciado nada extraño, entre otras razones porque el Danubio azul no siempre lo es y a veces baja terroso, no permitiendo ver ni siquiera medio metro de su fondo. Manu, su hermana que andaba cerca de él, no fue ajena sin embargo a tan turbadora mutación y ante la cara de pavor de su hermano le inquirió. 


-Oli, ¿ te pasa algo?- preguntó un tanto inquieta y preocupada.


-Nada, porque nunca me creéis-. Mas no se pudo contener y continuó: -He visto un monstruo y tenía cara de señora.


-¿Ah sí?, entonces era una sirena- intervino el padre que también procuraba estar siempre próximo a sus hijos.


En el mismo barco una señora madura, bien vestida además de elegante, viajaba con tres acompañantes, probablemente amigas invitadas a una turné por el Danubio; a la cual por lo visto le pareció muy interesante el comentario del niño y se le acercó.


-¿Has visto una sirena, jovencito?- preguntó la señora con absoluto tacto y mimo.


-Mire señora- terció el padre- no me estimule todavía más la ilimitada imaginación de mi hijo. Lo siento, en relación a esto no tenemos nada más que hablar.


-Disculpe señor, me llamo Inge Borkner y soy la esposa de un comisario de policía a la que ha interesado y mucho el comentario de su hijo. Porque este niño es su hijo, ¿verdad?. Bien, acabamos aquí, pero le dejo mi tarjeta de visita por si alguna vez y por cualquier motivo hubiera de contactar conmigo o con mi esposo. Y disculpe de nuevo, no era mi intención molestarles.

El barco siguió su ruta y para la porción familiar más crecidita el resto del viaje resultó desangelado y taciturno, en el que ya nadie sabía a ciencia cierta si los monstruos acuáticos existían o no existían. A Oli tan pronto se le notaba agitado, incluso sobreexcitado; como se le veía en estado de notoria introversión y encerrado en un preocupante mutismo. Arribaron al muelle de destino y tras despedirse educadamente de la señora del comisario regresaron a casa.



-III-

Las semanas siguientes al paseo acuático tornáronse infierno y alteraron en grado sumo la estabilidad emocional y el equilibrio psicológico de Oli. Empezó a despertarse por las noches sudando y con horribles pesadillas que expresaba a grito pelado.


-He visto una sirena, he visto una sirena- repetía en sonoros sueños que desvelaban a su hermana con la que compartía habitación. La pobre niña sufría mucho por su hermano pues lo veía perdido y triste, profundamente triste. Los picos de fiebre con los que en ocasiones se levantaba hicieron que faltase más al colegio y en éste sus compañeros también lo veían raro, mustio y abatido, enrareciéndose de igual modo la relación con ellos. Apenas les hablaba porque le dirían que eso de las sirenas sólo ocurre en los cuentos y ellos ya eran muy mayores para creer en milongas infantiles, lo cual -por supuesto- enervaba a Oli. Todos le negaban sus fantasías (¿o quizá no lo fuesen?), así que Oli se ensimismó y tanto se aisló de su mundo circundante que a un tris anduvo de bordear la psicosis y no precisamente por haberse disociado en sirena. Había pues que tomar una drástica decisión para acabar con tan angustiosa situación, así que padres y la hermana grande hablaron extensamente con el niño y al día siguiente Oli sería acompañado a un psicólogo infantil que lo tratase. Media docena de sesiones semanales después, el psicólogo citó los padres para entrevistarse con ellos.

-Al niño lo veo desubicado, pero bien. Es cierto que sufre de profunda tristeza y eso sí me preocupa. Le obsesiona la idea que nadie le cree, que vio una sirena en las esclusas del puerto y ninguno le hace caso. Quizá por todo ello se queja que tampoco nadie le quiere. No sé, pero hay algo en sus adentros que por el momento no he descifrado todavía. Oli tiene un nudo en el alma que cabe deshacer- peroró largamente el psicólogo.


El padre, ya del todo consciente del mal cariz del asunto, alumbró una idea que compartió con el terapeuta. De momento el niño continuaría con las sesiones y la familia se encargaría de dar salida al tema de las sirenas, para lo cual el señor Álvarez, tras recordar a la mujer del comisario que le había dejado su tarjeta de visita, acudiría a ella.


-Oli, cariño, vamos a encontrarnos con la señora que vimos en el barco, a ver si nos puede decir algo sobre la sirena.


-¿Sí, papi?. ¿Lo dices en serio?. ¿Guay!- exclamó Oli con los ojos iluminados en ascuas y el alma rediviva. Por fin se le empezaba a considerar.


En efecto, un día de aquellos el señor Álvarez tomó el teléfono y llamó a la señora Borkner. Tenía la familia pendiente de cumplir la promesa de asistir, a ser posible con Manu como modelo infantil, a un desfile de moda. Y así sucedió, pues tras intensos trámites se había logrado el extraordinario éxito de hacerla desfilar como tal. Quizá allí fuese un buen lugar para quedar con la mujer del comisario y su esposo, el cual había mostrado sumo interés en acudir al encuentro, sin por ello querer darle marchamo de solemnidad especial a la cita. El día del desfile, a la hora en punto la señora Borkner y su esposo el comisario Borkner, ataviados con distinción tal cual la ocasión requería, se presentaron a la cita con la familia Álvarez Walzhofer en las puertas de Modeschule der Stadt Wien, im Schloss Hetzendorf (la Escuela de Moda de Viena), en el barrio de Meidling, distrito XII. Se habían reservado asientos próximos al escenario, aunque también cerca de algún acceso a la salida por si a los más peques les diese por guerrear o montar algún cándido espectáculo paralelo. Se inició el desfile, primero las mayores y después las aún niñas, quienes hacían sus primeros pinitos en pasear con algún garbo por la pasarela en la que exhibir moda diversa. Manu sembró su ensayo con poses tan gráciles como discretas y comedidas, tan insinuantes como educadas y de buen gusto. Resultó ser la modelo revelación por haber aparcado su justificado ego y exhibir sólo moda con tanta pasión, como pasión por la moda sentía. Cuando acabó el evento, todos muy satisfechos se retiraron a la cafetería de  Barockschloss Hetzendorf donde tomaron tartas variadas, con cafés y batidos para los más pequeños. Durante el pequeño ágape charlaron animadamente de banalidades y asuntos menos serios, hasta que la señora Álvarez Walzhofer, con la aquiescencia general, decidió regresar a casa junto a sus cuatro hijos, siendo acompañados por dos policías que los trasladarían al domicilio particular. Mientras tanto, el padre quedaría en compañía del matrimonio Borkner, con los que paseó y conversó a lo largo del extenso paseo que realizaron por los cercanos jardines de Schönbrunn. La agradable y larga caminata sentó las bases de la confianza mutua entre las partes.

-Señor Álvarez, le parecerá extraño que nos interese la historia de una sirena, pero la visión de su hijo estoy seguro que tiene algún sentido. Vd. es una persona informada y conocerá casos de personas desaparecidas. En concreto, los tres últimos meses han desaparecido dos. Comprenderá pues que hemos de considerar todos los indicios por inverosímiles que parezcan y éste me huele que no es un sinsentido. Se lo digo convencido. Por tanto nos interesaría organizar una jornada entre lúdica y de servicio al bien común, en la que Oli habría de ser el protagonista central.

-De acuerdo, señor Borkner, organicémoslo como si fuera una aventura de mucha responsabilidad y así el pequeño se verá resarcido de mi anterior indiferencia e incredulidad. Gracias, señor Borkner.

Se organizó la fiesta y Oli con su padre y su hermana, esta simpar criatura que tanto lo acompañó en su grave crisis, se dirigieron a la Comisaría Central de Policía en el Ring. Allí les esperaba la señora Borkner y su marido el comisario con cervezas para los adultos y patatas chips, gusanitos y refrescos para los menores. Al poco el comisario tomó a Oli y Manu de la mano y los llevó al Parque Móvil de la Comisaría donde contemplaron coches y lanchas policiales, camiones antiincendios, en fin, todo lo que hubiera deseado ver Oli y, por contagio, su hermana. Después regresaron y tomaron más tarta, más cafés y batidos para los menores. Oli se explayó narrando la historia de la sirena de las esclusas tan extensamente como nunca antes lo había hecho. Con la operación que más tarde la policía bautizaría como “Operación sirena de las esclusas” empezaba una hermosa aventura con Oli como actor principal, o casi. Finalmente el señor Álvarez, Manu y Oli, el comisario junto con su esposa y varios policías más subieron a un coche policial y se trasladaron al Donaukanal, donde embarcaron en una lancha con la que se dirigieron a las esclusas. Un grupo de buceadores de la policía ya estaba presente y les esperaba. El cuerpo del niño temblaba de miedo sólo pensar que no encontrarían a la sirena que él había visto. No, no quiero ni pensar el estado de presión de la criatura. Donde él había señalado cuatro buzos iniciaron su rastreo. El tiempo pasaba lento y torturador. Emergía uno y después los otros sin rastro de lo que buscaban. Hasta que uno -sí- con suma calma salió del agua y con el dedo índice señaló el lugar. Allí, a mediana profundidad yacía el cadáver de una joven atada a una cuerda y sin más lastre. No lejos apareció luego una señal de navegación fluvial  que indicaba el lugar de atraque para vehículos náuticos averiados con la leyenda “Für havarierte Wasserfahrzeuge”. Oli no dio un salto de alegría por consideración, pues fue educado y mantuvo las formas, aunque algo por dentro le decía que el asunto era serio y tenía miga. Seguro que en lo más hondo de su cándida alma relucirían de puro gozo las albricias como flores de almendro despidiendo el invierno. Volverían todos a creer en él y recuperaría el respeto de sus pequeños colegas. A las cinco horas de la aparición del cadáver, tres celulares con las sirenas en marcha se dirigieron a Döbling, en el distrito XIX, donde detendrían a tres jovenzuelos mimados, caprichosos y sinvergüenzas como sospechosos de “el crimen de la sirena de las esclusas”, tal que así sería conocido en el futuro por la ciudadanía a través de los círculos mediáticos. El caso lo seguía la policía desde mediados de marzo, cuando en una fiesta de inauguración del curso de vela celebrada por un numeroso grupo de alumnos, una joven desapareció sin dejar rastro. La fiesta había tenido lugar en el inmenso buque escuela atracado cerca del puente de Floridsdorfer Brücke y frente a la Millenniumturm, justo de donde procedía la señal encontrada junto al cadáver, sin duda utilizada de lastre pero del que la víctima se soltó quizá por las corrientes, quizá por el chapucero nudo practicado entre maroma y lastre. El lugar y los alrededores ya se habían sondeado por la policía, pero allí no encontraron ningún vestigio de la desaparición. Con el tiempo, cuando se hubo levantado el secreto de sumario, salió a la luz que se trató de un tema de acoso escolar -con grabación de móvil incluida- un trágico juego de pasiones encuentros y desencuentros de unas jóvenes cocinadas en hormonas, entre ellas la de la mala, mala folla. Dos mozuelas novicias en todo, hasta en su vida ahora destrozada, habían matado accidentalmente a una compañera de curso, a la que empujaron hacia el río yendo a caer sobre el borde de estribor de una pequeña barca de pesca de las habituales en esa margen izquierda del brazo principal del Danubio, desnucándose y falleciendo en el acto. Frente a la inicial impotencia, una de ellas reclamó y buscó auxilio, hallándolo en la figura de un amigo de farras que se prestó a ayudarlas. Con una maroma de la barca y una señal medio suelta que tenían a escasos metros ataron el cadáver y lo arrojaron al río, tras procurar borrar cualquier huella de sangre que pudiera haber, aunque no pudo ser mucha por cuanto el cuerpo ya muerto enseguida fue arrastrado por las aguas y toda la sangre debió fluir corriente abajo. Lo demás ya se sabe.

-IV-



      La señora Borkner fue de las primeras en felicitar a Oli por su excelente trabajo de colaboración y le comentó que siempre le interesó mucho el tema de la sirena, pero que no había querido importunar a su papá. En un futuro cercano volverían a verse las caras, pues cuando el niño confesó lo de la sirena le había hecho una promesa que cabría cumplir al dedillo, para lo que no cejó de hacer gestiones incluso en altas instancias del Ministerio del Interior, hasta conseguir poder cumplir pronto con lo prometido. Y los trámites no debieron ser fáciles pues habrían de dedicar en exclusiva y durante cerca de dos horas una de las esclusas para que las lanchas del cuerpo policial salvasen el correspondiente desnivel. Cuatro meses después toda la clase de Oli, junto a su padre, su hermana y los policías pertinentes viajaban por el Donaukanal y el Danubio en tres lanchas, sirenas (en este caso también policiales) y esclusas incluidas, al frente de las cuales marchaba el héroe reconocido que a través diversas consignas y expresiones usuales animaba a sus más allegados que lo acompañaban en la misma lancha. Ora incitaba a declamar en modo trabalenguas el interminable sustantivo compuesto  der Donaudampfschifffahrtsgesellschaftskapitän que desde muy niño había aprendido de su abuela materna y que todos sus compañeros repetían como loritos, ora gritaban al unísono immer wieder, immer wieder, immer wieder Österreich”. E incluso Oli se soltó por peteneras y con pose flamenca y hasta torera entonó la copla de “Adiós mi España querida” adaptada al gusto y al momento como “Viva mi España quería…” que, tal cual cabe esperar de los estereotipos, hacía las delicias de los policías encargados de tutelar a la chiquillería. Al salir de la esclusa pertinente, y a pesar que la señora Borkner ya se había encargado de pedir otra alejada de la que en su día utilizó el barco de recreo, Oli no pudo reprimir una pulsión vital, miró para el lugar y exclamó ante sus colegas:

-Mirad, tíos, allí vi a la mujer muerta. 

-Ostras colega, qué suerte- comentaban en cándido éxtasis los tiernos escolares mientras jugaban a hombretones en ciernes.

Todos lo rodeaban admirados por haber podido compartir tan excitante aventura con él y también por haberlos hecho partícipes principales. 

Y Oli volvió a sentirse orgulloso de sus padres, de su hermana que tanto lo cuidó, de toda su familia y sus amigos que a partir de entonces lo idolatraron si cabe más. De todos recuperó el respeto perdido, como recuperó la relación fluida y cálida con sus progenitores, de modo particular con su padre que había sido las más dañada, y quien hubo de tomarse de otro modo y con mayor prudencia las supuestas fantasías de su hijo, a distinguir de otra manera los posibles e imposibles. 

-Una y mil veces perdón, hijo mío del alma- le repitió su padre durante mucho tiempo.

Fin