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24 agosto 2014

Mi mundo y yo


      Yo. No cabe duda: vivo en el mejor de los mundos posibles. Más aún, vivo en el mejor de los mundos. El optimismo torna beodo de gozo mi espíritu, me embriaga, me transmuta en coyuntural y humilde querubín al servicio de un fin trascendente y de inmateriales miras. Ésta es mi vida. Para empezar ni bebo, ni fumo, ni me drogo (cuán grande virtud), ni voy con mujeres, osea no fornico (con la mujer de uno se cumple, como amparan leyes de divino rango y eso, como se sabe, no es fornicar, sino consumar un sacramento). Estoy también ungido de otras bondades que no voy a referir, en acto de contricción por mi impura y reprobable vanidad. No es que carezca de instinto, no; aunque lo canalizo como Dios manda, sin excesos y con el único objetivo de la procreación, sublime exponente del amor. Que, como dicen que muy bien dice Ortega y Gasset, “la moral corrige a los instintos y el amor corrige a la moral”. ¡Qué bonito!. Esto es cuanto me tienen que agradecer mis hijos. Además, en coherencia con mis creencias, practico moderadamente con las obligaciones de bautizado; vamos, sin llegar a integrista. Sin embargo debo reconocer (con un poco de vergüenza por lo que algunos pudieran pensar de mí) que antes observaba los primeros viernes de mes. Ahora, entre las prisas y la ola de ateísmo que recorre el planeta, esta tradicción tan edificante se ha perdido. Pura pena.

      Podría seguir, pues razones para sentirme plenamente realizado no me faltan. Mas, en una sincera obra de humildad cristiana, concluyo que mi tránsito por esta vida no es -al fin- sino uno entre tantos, sólo que viajado en paz entrañable. En otros términos, y ya que la vanidad según la doctrina que abracé no es buena (insisto en ello), soy tan insignificante como esa minúscula gota de agua en medio del proceloso océano. Tengo, como cualquier otro humano, muchos defectos. A veces no sólo me aguijonea la tentación de la carne, sino también (por aquello de la gula) la del pescado y el marisco (mero, rodaballo, merluza de palangre y -¡cómo no!- las almejas de todo tipo, para ser más exactos). Y la de desfarrapar al vecino que me cae mal (casi siempre lo perdono, claro). Y la de envidiar no ya a los que tienen yate, sino -y hasta ahí llegan mis flaquezas- a los que estrenan coche. Y la de la ira… Uy, si no fuera porque el Todopoderoso pone brida a mis pulsiones arremetería a muerte contra quienes apoyan o directamente asesinan vidas recién concebidas (en USA, que son muy adelantados, esto ya ocurre). O contra los responsables de esas infames campañas de “quita y pon”, como pretexto -entre otros- de prevención de esa plaga bíblica de nombre SIDA (aunque olvidan -y en un acto de generosidad cristiana hemos de comprenderlo y perdonarlo, pues ciertas “memorias” y “alcance de miras” no van muy allá- que lo de la píldora post-coital no es precisamente un modelo de contención de esta epidemia). Si no quieren concebir o contaminarse, pues que matrimonien como es debido, en lugar de dar rienda suelta a su endemoniada lascivia. Y a ésos que quisieran verme preso de mis propias contradicciones les digo, así mismo, que estoy contra la pena de muerte y las guerras, salvo si son santas. Ah, y ahí está la enjundia de cuanto quiero que el Señor juzgue de mi paso por este valle de lágrimas, mitigo y hasta ahogo el fuego de mis pasiones, sobre todo lujuriosas, con el sagrado respeto de ese otro fuego (que los frívolos llaman las calderas de Pedro Botero), prometido para quienes lleven vida de pecado. Este temor es el freno y muro de contención de mis impulsos más bajos y rastreros. En el otro mundo pienso ser de los que se sienten a la diestra del trono, que allí también mandará la derecha y los neoliberales más recalcitrantes. Así pues, no paso de ser uno más entre la turba. Mismamente soy turba, miembro imperfecto de la turba que, como otro cualquiera de sus constituyentes, perturba y turba -si cabe- tanto o más. Pido a la Providencia -eso sí- que, sin verse en mis anhelos ni egoísmo ni vanagloria, conserve mi espíritu límpido y preclaro, claro. Sólo para mejor y mayor honra de su nombre.

      Mi pueblo. De ser mi vida una balsa de aceite sobre aguas en calma chicha ha su mérito particular mi pueblo amado. Tiene calles (ahora todas encementadas, pero tanto, tanto que huelen a cohecho), aceras (algunas con una farola en medio para mantener el espíritu alerta, que los peligros no sólo vienen de la calzada y te pueden aparecer por doquier) y coches, que no es poco. También arbolitos muy bien dispuestos (algunos, pertinaces supervivientes de una irrefrenable compulsión destructiva en forma de vecino poseso, en verdad hilarante, si no tragicómico) y farolas enhiestas (¡vaya por Dios!), sólo curvadas e inclinadas en señal de respeto a las puertas del mismo cielo; que con sus luces y sobre todo sombras perfilan oscuros rincones para solaz de los enamorados. Todo calculado. El diseño, modelo funcional, no gusta a los maledicentes e inconformistas de siempre, a los que les hubiera gustado un sistema de alumbrado estilo centenario, incluso milenario. El caso es tegiversar la Historia, tal el asunto de ese arco al que quieren falsificar, envejeciéndolo de forma artificiosa y a golpe de martillo. Pero el carbono 14 no engaña. Mira que son guerreros. Por todo ello, el más insigne de los personajes de mi pueblo -a la cabeza- y sus regidores últimamente los pobres han sido y están siendo muy criticados por quienes ignoran (¡ignorantes!) la dura tarea intelectual que supone idear (¡uf!) y plasmar proyectos de sonada envergadura. No veis que el dinero no da para más… En fin, no reproduciré otros judaicos alegatos de esas tercas e impertinentes moscas cojoneras, contra tan -y de tal calibre- insigne caterva de dirigentes locales (osea, propios del lugar), pero sí les hablaré de sus paranoias de cemento. ¡Qué obsesión!.

      De un tiempo a esta parte en mi pueblo se han realizado muchas obras que están muy bien y muy bien, casi todas -por supuesto- de cemento mazizo. Una de las últimas ha sido el encementado (¡faltaría más!) de la superficie entre las viviendas y la carretera. Todo un esparrame tan lisín, tan lisín que se nota ejecutado (perdón, quería decir elaborado, como el mismo pan) con gran sensibilidad, gusto y mimo. Apenas minimalistas oquedades preparadas (digo yo) para la planta de minúsculos arbustos, previendo -sin duda- no ya las torpes maniobras de algún conductor de tráiler poco avezado, sino empresas más ambiciosas. ¿Y si un día llegase el ferrocarril, dónde diantres aparcarían todo un mercancías?. Guarden sus infundios los de siempre, que nadie todavía ha previsto la construcción de un puerto fluvial y menos aún marítimo, que no son tontos, leches. Delante, la espadaña de la iglesia se cae en mil pedazos, pero hay que ahorrar para cemento, que es muy caro y necesario en históricos proyectos. Un poco de ahorro por aquí y otro poco por allá, pues para cemento. Cuando la espadaña pierda hasta las campanas se la remacha con cemento y se la remata (muy propio) con una cruz, también de cemento. ¿Puede encontrársele mayor funcionalidad al cemento?. Además, el cemento es eterno hasta su caducidad y el pueblo que no afirma sus raíces en cemento está condenado a ser barrido por la más que previsible yerta posteridad. Su uso y hasta el abuso es de utilidad tan obvia que, en un acto de fe poco exigente, debe ser más comprendido que no explicado. Claro, nada de esto cabe en las estrechas mentes de los detractores de tal material y el odio entre unos y otros se mastica (y cuando no nos odiemos por esto, hagámoslo por los regadíos o por un quítame allá esas lindes). Bueno, en realidad pienso que son algo más belicosos unos (los partidarios de su masivo empleo) que otros, ésa es la verdad; aunque en su enorme tolerancia y talante estoy casi seguro que no llegarán a matar por cemento, ni por lindes ni regadíos. Los otros, los vanguardistas incautos de creciente inclinación mafiosa ya hablan de sesos a la calabresa, lo que no es otra cosa que encementarle las meninges al lúcido ingeniero de todos estos planes de desarrollo. Malvados. Dejadme en paz al Sesines, ínclito responsable de tan abundantes y gloriosas epopeyas en cemento armado, desparramadas en nuestro pueblo allá por doquier atisbes, sin más interés ni beneficio que la satisfacción del deber cumplido y el arte por el arte. Ni comisiones, ni comisiones, leñe. Para eso ya están los de la derecha rancia. Mis congratulaciones a tamaño (menor) musculín pensante.

      En mi pueblo no se va muchas veces la luz (no más de ocho o diez al mes), ésa es la verdad, generalmente en domingo o festivo por la mañana (durante la sagrada misa) o cuando hace mucho frío, o mucho calor, o mucho viento, o cuando nieva; en fin, mil imponderables. ¿Qué culpa tendrán de ello las compañías eléctricas?. Ésos son asuntos divinos, de ellas es sólo la responsabilidad de garantizar tanto la luz, como los prolongados apagones, que por algo se les denomina así. Como no podría ser de otra forma, el que estas eventualidades sucedan es también carnaza y motivo para las injurias de los cretinos de siempre. Dicen que pagan la luz, que se la cortan si no la pagan y que a ellos nadie les indemniza cuando se pasan dos, tres o más horas a oscuras. Ni dicen, ni dicen. ¿Tan difícil es entender que las compañías eléctricas también tienen sus cosas y ellas sabrán por qué lo hacen?. Algunos, que se creen mucho porque son muy viajados, comentan que esto no ocurre por ahí fuera. ¡Hala ya, que me lo creo!. No quisiera pecar de chauvinista, pero para mí que estoy en el mejor lugar del mundo entero (y no hace falta ser muy viajado para saber esto). Lo demás, lo de que estamos más próximos a Marruecos que no a Francia -talmente- y otras bobadas, no son sino patrañas del redivivo contubernio judeomasónico.

      Mi mundo. En mi mundo los hay tan impregnados de fe que hasta tajan gorjas por Dios y procrean por un tubo (hasta siete en una camada) y también por Dios (el mismo de antes u otros, que no hemos de discriminar), e inundan de famélicos la faz de la tierra para mayor gloria de su nombre y de paso para que el infiel adinerado (descreído y fornícalo) redima con obras de caridad sus inconfesables pecados. Y el rico, para seguir siéndolo, tala tantos árboles como indígenas se le cruzan en su selvático camino; a los que -eso sí- aniquila con escrupuloso respeto a los derechos humanos, devolviéndolos e integrándolos directamente a la tierra de la que provienen, bajo las ruedas de potentes y apocalípticas máquinas arrasadoras. En esto también se ha avanzado, no como hasta hace muy poco que se engañaba a los pobres indios con exquisitos bocadillos de jamón con cianuro o, un poco más atrás en el tiempo, a golpe de crucifijo, mismamente. Es el precio de la culta modernidad. Por fumar, pueden fumarse hasta el mundo, como así están haciendo, que para eso son ricos. En otros lugares no tan remotos (concretamente en mi país), algunos siegan vidas humanas de cualquier condición por Dios (a elegir), por la patria y … ¿Y por qué?. Mis ideas se han secado. ¿Se me habrá contagiado lo del cerebro esponjiforme?. ¿Habré comido carne de vascas (sí, han leído bien) locas? (De las otras ni siquiera lo he intentado, pues témome no se hubieran dejado). Muerte a la vida y a la razón. Mi mundo va bien.

Fin

Los relatos sucintos del Diantre Malaquías

19 agosto 2014

NATURALIA


ARREBOL
Rizos amorosos rojizos
rezuman amoroso zumo.
Bucles vivos sensoriales
arilo jalde
que desafían la luz
cuando el sol, dulce soneto
en los días estivales
hunde firme su fuego
fiero y furtivo
en el fondo del abismo
hasta el amanecer
después de cantar el gallo.
Labios melosos
con vehemencia libados
placer, deseo, ansia
en el febril arrebol
donde los rizos rezuman
los bucles dibujan
narcotizan los labios.
Y el sol se hunde rojizo
tras los collados.

BCN, SEPTIEMBRE DE 1975



COMO UN ARBOL DESNUDO
Deja correr el llanto
amable y silencioso
hacia la profunda herida
de una soledad triste
en los bosques caducos
de caricias soñadas.

Apaga en tus labios
el susurro trágico
que mis labios duermen
en el satén de tus mejillas
fogosas e indelebles.
Tiembla la eternidad
el mar inmenso de amor
entre mis dedos rabiosos
por dibujarte ahora
cuando lejos
recuerdes la ribera verde
el sigiloso río claro
los cristalinos besos.
Como el árbol desnudo
del otoño gris y pardo
tiemblo de anhelo
por sentir el jalde tacto
de un cabello
ahora lejano, lejano.
Espera entre los coros
de música sublime
la comunión sacra
de doradas formas sacras.

( A Carmen. Inspirada en la canción “Com un arbre nu”, de Lluis Llach )
BCN, OCTUBRE DE 1975


(Foto del río Tuerto. Serafín Pan Falagán)

EN LA ISLA SOMBREADA
Cariño respira el río
bajo suaves caricias
de silenciosos álamos
esposados con el cielo.
Un tenue arrullo
casi imperceptible
de corrientes cristalinas
viste el espacio diáfano
y un verdor furioso
llaga los ojos llorosos
de dos cuerpos
que dibujan el presente
con cada instante ido.
Y esas figuras son hoy
nostálgicas escenas
bellas efigies perdidas
que un extraño
respiró radiante y henchido.
Despierta la brisa
antes cariñosa
y el marco cotidiano de la vida
no cae en mil pedazos
porque el río respira cariño
y el arrullo continúa.

BCN, OCTUBRE DE 1975

Foto del río Tuerto. Néstor Miguélez Fernández

RUMOR DE RÍO, CALOR DE TIERRA
Lejos de mares bravíos
de estepas desiertas distante
duerme mi pueblo sencillo
sueña mi pueblo adorable.
No envidia el rumor de mi río
tu fiera embestida constante
ni tu fondo poblado y sombrío
-oh mar- de acantilado gigante.
Cantan mis aguas cantares
al ave que habita en su nido
y despierta el gorrión con su trino
sublimes susurros de amantes.
Y el calor de mi tierra es cobijo
como es cobijo mi hogar y mi madre.


BCN, DICIEMBRE DE 1975

Los versos diantres del Diantre Malaquías.

14 agosto 2014

Esa noria que chirría (En homenaje y recuerdo de esos viejos artilugios)





      La tarde es de paz balsámica y decido salir a pasear con un fiel amigo. El pueblo, con sus rojizas casas de ladrillo, va quedando tras de mí. El camino de la ribera parece desierto, el trabajo escasea y el campesino descansa. Mi perro, siempre juguetón, corretea por los campos y los regueros a la caza de ranas. A una llamada sumiso acude y acaricia mi pierna con su lomo, mientras menea el rabo satisfecho. Pero lo suyo son los saltos entre las coles o la alfalfa. Me detengo un instante y observo cómo el agua acaricia suavemente los cantos de ese río próximo a su fin, aunque todavía joven. El sol, lejano ya, besa la montaña de silueta clara, al tiempo que débil. Lentamente avanza entre los chopos reverdecidos, al arrullo diáfano de la corriente. El murmullo de las hojas movidas por la brisa endulza mi espíritu, tantas veces herido en la gran ciudad. Oscurece, sin embargo algún labriego aprovecha hasta el límite la jornada. Sobre uno de los minúsculos mogotes artificialmente dispuestos para el riego, un mulo gira con paso cansino. Tiene los ojos vendados. Un poste atado a sus nalgas y sujeto a la noria extrae el agua del pozo. La imagen me atrae. En tanto me acerco, el caniche viene a mí con algo en la boca. Sus patas están embarradas. Contento y retozón me muestra la presa. Es -en efecto- una rana, que después suelta de entre sus considerables dientes para jugar con ella.

      El híbrido animal sigue dando vueltas. Quizá piense en divisar nuevos parajes cuando caiga la venda de sus ojos. ¡Tantos metros -kilómetros, diría- recorridos sobre ese círculo de escaso diámetro!. Tal vez, por el monótono ruido del agua al caer del cangilón sobre la acequia, haya adivinado su trabajo. Un chirrido constante del engranaje hiere con aguda violencia el azul tenue y pacífico del cielo. Hace ya fresco, casi frío. El arrebol en el horizonte intimida a Eolo (el aire que antes corría ha cejado), pero también Helios pierde facultades. Impetuosamente froto mis brazos desnudos. Comienzo a notar el ambiente hostil por mi piel de gallina. Son las noches de ese agosto que, según dicen por esta tierra, enfría el rostro. Y a mi lado el jumento suda. Su calor me alcanza, entre el agitado respirar y algún que otro resoplido de su hocico. Bajo las correas que lo esclavizan adivino alguna llaga. Un tábano zumbón se clava en el lomo del animal en busca de sangre y éste, con un temblor eléctrico de su piel, trata sin éxito de espantarlo. El moscón vuelve una y otra vez sobre el mismo punto, no cede. La escena continúa. Los calderos suben y bajan, siempre con idénticos sones y el mismo recorrido. De alguno, agujereado, caen gotas que resuenan en el fondo del pozo con timbre cristalino. Todo parece hablarme de amor, de odios, de guerra -cuán lejos la siento-, de paz que también ahora sueño y deseo con los ojos abiertos y los sentidos alerta. Podría escribir un lírico verso -pienso-, y veo cómo todo cuanto me rodea lo graba el espíritu cuando descansa en el regazo de las musas, en la esencial página de lo imperecedero, de lo inmarcesible, de lo siempre bello y siempre eterno. ¡Oh diosa Natura!.

      Me había sentado y con el alma ausente, vagando entre las hermosas flores de la inspiración, ignoraba que había caído la noche y el frío era ya intensísimo. Me alejé del mulo y de la noria, que seguían como antes. Crucé al campesino, a quien saludé. Me dijo que había acabado. -Ya era hora- murmuré, pues pensaba en la pobre bestia y en las vueltas y en todo. Aquel ocaso pensé en todo. Turón y yo regresamos a casa.

SANTIBÁÑEZ DE LA ISLA, 1975

El Diantre Malaquías, pseudónimo

Elucubraciones


Ayer brilló una estrella
hoy otra
junto aquélla.

Ahora sólo veo una luz:
la de la nueva.

Quizá mañana
para mí se apague
ante el fuerte fulgor
de una tercera....
o la de ayer.

( PRINCIPIOS DE LOS 70 )

Pedirle un favor a quien te admira
es hacerle el favor de confiar en él.

( PRINCIPIOS DE LOS 70 )

Los versos diantres del Diantre Malaquías

Verano en armonía


Sentado en el malecón de la ribera
queriendo adivinar tu grácil paso
trémulo y ebrio mi corazón espera
fundirse apasionado en un abrazo.

Susurra dulcemente la palera
poemas de amor al rojo ocaso
y la tenue brisa pasajera
celosa juega en el espacio.

Sobre el verde tapiz de la pradera
regresa el campesino de sus campos
o de cribar el grano de la era.

Fluye la vida por mis manos
pues diviso la dorada cabellera
y el carmín encendido de tus labios
cual arrebol rubí del verano
ahora que agoniza y muere.

BCN, diciembre de 1975

El Diantre Malaquías.

El ideal de belleza


      A lo largo de la Historia ni neoplatónicos, ni escolásticos, ni racionalistas y positivistas de los siglos XVIII y XIX, ni aun hoy día se ha podido dar una noción exacta y precisa del concepto belleza. Tiene una explicación. La belleza no es sino un cúmulo de sensaciones subjetivas (en potencia reductibles a un simple proceso fisiológico), condicionadas básicamente por valores de naturaleza cultural.

Una visión fenomenológica

      En un alarde de eruditismo, podría exponer múltiples citas y sentencias sobre el fenómeno en cuestión pero, por redundantes o incontinentes (así sean incontinencias de pensadores famosos) las abreviaré en lo posible, ciñéndome a aquéllas más sustanciosas o que ilustren mejor mi personal concepción. Como sublime ejemplo de la subjetividad esencial de la belleza, empezaré con una febril y psicodélica descripción del mismísimo Platón (430 A.C.). Entre otras cosas dice: “Cuando la influencia de la belleza le entra en el alma por la vista, su cuerpo entra en calor, se rocían las alas de su alma, pierden la dureza que detenía sus gérmenes, se licúa y sus gérmenes, hinchados en las raíces de esas alas, se esfuerzan para salir por toda el alma” . ¡Jo, vaya esparrame!. Así seguro que ni siquiera dos podrían sentir algo parecido. Esto sí que es subjetividad condensada. Plotino (270-205 A.C.), un neoplatónico, es mucho más comprensible y -a mi modo de ver- certero en su intento de aproximación a la idea. La define como “inmaterial por ser inteligible y no sensible, sin que pueda depender de proporción y medida”. En lo que a mí respecta puedo coincidir con parte del enunciado (visión mentalista, independiente de proporciones y medidas), pero no con el carácter “inmaterial y no sensible”, pues por inteligible es mental y, por tal, ya fisiológica. Y más aún si se considera sensual por excelencia, osea, bioquímica pura.

      Ya en nuestra era aparecen una serie de pensadores cristianos (San Agustín, Santo Tomás de Aquino, Boecio y otros), cuya característica común es el enfoque místico de sus análisis. Vienen a decir algo así como que la belleza es un destello, sólo un reflejo de la absoluta que es la divina. Para este colectivo se llega a lo bello por contemplación sensible o inteligente. Distinguen entre belleza sensible (objetos físicos) y belleza espiritual, moral e intelectual. Estas últimas constituyen la virtud a partir de la cual se reconoce un orden suprasensible, naturalmente Dios. Como se ve, peca la teoría de un grave inconveniente, cual es el prejuicio religioso en un estudio presuntamente riguroso. Remitiéndolo todo a Dios abarcan el absoluto. Allá donde no llegan las inducciones y deducciones siempre estará Dios.

      En el siglo XVIII (aparte de algún anclado en la vetusta escolástica) coexistieron dos corrientes que, antes de ser contrarias, fueron más bien complementarias. Son el positivismo y el racionalismo representados por ilustres filósofos como Kant, Hegel, Hume y otros. Kant señala que se da en la belleza una relación entre la obra y el “yo” (¿antecedente del “yo” freudiano?), a través del sentimiento. De acuerdo. Pero no puedo estarlo cuando eleva este sentimiento (¿por qué no otros?) a la categoría de conocimiento. Tampoco cuando afirma que la belleza reside en la perfección de los objetos, con independencia de toda apreciación subjetiva. Habla de la perfección como algo objetivo, cuando no me cabe ninguna duda que es todo lo contrario. El positivista D. Hume (por el que -ocioso ha de ser decirlo- siento una especial predilección) opina de la belleza que “no es cualidad de las cosas, sino que está en el espíritu que las contempla”. En el pasado siglo XX, Freud se refiere a la belleza como producto de una pulsión, tanto en el que la contempla (el deleite o desagrado), como en el artista (el numen, la inspiración), a la que se llega por un mecanismo de sublimación que más adelante detallaremos.

La obligada concreción del término

      A fuer de convencionales, una referencia ineludible ha de ser el diccionario de la R.A.E.L. Allí se escribe: La belleza es “armonía y perfección de las personas o cosas que nos inducen a amarlas, produciéndose un deleite espiritual. Propiedad que existe en la naturaleza y obras literarias” . De nuevo me inundan las dudas. Armonía. ¿Todos la entienden igual?. ¿Y la armonía de lo desarmónico?. ¿Será lo de la armonía un invento o un sencillo reflejo condicionado?. Perfección. Ah, ¿pero hay algo perfecto?. ¿O imperfecto?, qué más da. Y que no imponga esta sociedad modelos de perfección, cuando es en esencia imperfecta. Tal vez sea más bella una piel sobre cualquier urbana leoparda que sobre un piojoso león. O no, que las modas cambian y la leoparda urbana puede pasar a ser políticamente incorrecta, por tanto “desposeída” de toda su belleza. Bueno, son cosas diferentes, apuntan los más comprensivos y tolerantes. Claro, la mujer de leona y la hormiga de lagarterana. Pero con frecuencia se ignora que actitudes como las antedichas llevadas a la irracionalidad pueden poner en peligro hasta el equilibrio del planeta, entiendo que éste sí muy próximo a la belleza absoluta. Luego, descártense los reclamos consumistas como criterios rigurosos de belleza, incluso en no pocos casos de lo que “se suponen obras de arte”.

      Con tantos ingredientes cabe preguntarse si la belleza es un don divino o un invento humano, una expresión de divinidad o una mitificación nuestra. ¿Hay alguna cualidad que dote de belleza?. ¿Existen condiciones objetivas para que todo el mundo y en todo el mundo algo se considere bello?. Bello es todo aquello que uno quiera y “sienta” hacerlo. “Cada cual debe limitarse a gozar de lo que le guste sin empeñarse en someter a su gusto el de los demás” (D. Hume). Si acaso hay algún tipo de belleza, ésta es la ideal, por platonismo o por convención. Pero sospecho que sólo es un sustantivo común, cuya función es denominar de una sola forma una infinitud de nociones. No es atributo de las cosas, sino atributo que nuestra mente asigna a las cosas, coincida o no con los cánones. Es un invento muy singular, pues cada uno tiene o debe tener su propia noción y sensación de belleza.

      En ocasiones se oye que para apreciar lo bello son fundamentales el sentido de la vista y el oído. Sucede sin duda porque en las personas sin minusvalía son los sentidos más utilizados. Sin embargo, puesto que la belleza es una imagen mental creada a través de sensaciones, también éstas pudieran ser táctiles, olfativas, cenestésicas, etc.. Pongo por caso el del ciego de nacimiento que, por compensación de sus sentidos, retrata a su amada con inusitada creatividad y “belleza”. He aquí un buen cimiento para un diseño experimental: cotejar y sacar conclusiones sobre dibujos de invidentes y de videntes.

Un vano intento de objetivación del fenómeno

      En todo acto de belleza (o como se quiera denominar) hay un sujeto y un objeto. El sujeto puede ser activo (creativo) o pasivo (contemplativo). El objeto es, para el sujeto activo, un “producto” cargado de significantes (caos, orden, color, propoporción, forma, etc.) que encierran una definición exacta del mismo “producto” y del sujeto activo (y no el uno sin el otro). Para Paul Ricoeur “el placer auténtico constituye la intuición más audaz de toda la estética psicoanalítica”. Yo diría más: con los sueños, es la mejor expresión psicoanalítica. Por otra parte, para el sujeto contemplativo la obra o producto deviene arte porque lo carga de significaciones; las cuales a menudo en nada coinciden con los significantes primigenios. Tanto en el producto, como en la “obra de arte” (cuando así se la considera) entra en juego la teoría de las sublimaciones que algunos de modo simplista denostan. Existe una pulsión generada por una corriente subliminal inducida (adquirida, provocada) que condiciona al sujeto activo a crear ciertos “productos” y al sujeto contemplativo para interpretarlo de una determinada forma, convirtiéndola en su caso en “obra de arte”. Debe entenderse por “pulsión” todo aquello que nos mueve a actuar en una dirección, y por “corriente subliminal inducida” la impregnación sociocultural a la que está sometido cualquier miembro de una sociedad.

      A un nivel todavía más -si cabe- fisiológico, toda forma de evaluar es un condicionamiento adquirido por educación, por imposición visual (la moda -por ejemplo- acaba triunfando, así sea de dudoso gusto), por imitación o rotura con la naturaleza, etc. Tal condicionamiento activa una infraestructura neurológica, la cual desata una respuesta fisiológica (procesos bioquímicos y bioeléctricos), que son quienes producen una sensación de placer o displacer ante una observación significativa. El escalofrío ante una obra (socioculturalmente inducido), no radica -claro- en la obra, sino condicionado en nuestras estructuras mentales. Un lagarto y un picasso, por igual, son fuentes potenciales de sensibilidad, pero unas condiciones educativas, geográficas, climáticas, socioculturales, adquiridas, al fin; harán que se valore así o asá, según el toque definitivo de personales sublimaciones. Se nos condiciona a lo largo de nuestra vida para, en el estricto sentido fisiológico, sentir o no deleite. Es pues lo adquirido (susceptible de modificar mínimamente nuestras dotes biológicas, tanto desde el punto de vista ontogenético como filogenético) quien desata las diferentes respuestas fisiológicas.

Fin

El mundo según el Diantre Malaquías

10 agosto 2014

Das komplexbeladene Mäuschen


   (Diese Erzählung widme ich aus meiner tiefsten Seele Vera, meiner Liebe und Lebensbegleiterin)

-I-
      Dies war bereits der vierte Sommer, in dem die Ernte im Allgemeinen - und die Getreideernte im Besonderen – so üppig ausfiel, dass sie an die Bibelgeschichte des Mannas erinnerte. Ganz dem Wunsch der einheimischen Bauern entsprechend rieselten in regelmäßigen Abständen feine Regenschauer auf die samtigen grünen Felder herab, als die ersten zarten zerbrechlichen Halme schüchtern aus der Erde sprossen, ohne dass dafür Bittgebete oder Wallfahrten notwendig gewesen wären. Hin und wieder wurden die hl. Jungfrau und andere Heiligenfiguren auf festlichen Prozessionen durch das Land getragen, aber nur, damit ihre heilende Kraft in den hartnäckig immer wiederkehrenden Dürrezeiten nicht der Vergessenheit anheimfallen sollte. Jahr für Jahr stellten sich die Sommer mit intensiver, manchmal sogar erdrückender Hitze ein, doch waren sie trocken und der Gesundheit durchaus nicht abträglich, genau so, wie diese Jahreszeit eben sein soll und ganz nach dem Geschmack der Bauern. Schließlich ließen sich die landwirtschaftlichen Arbeiten der Saison, wie das Dreschen, das Trennen des Getreides von der Spreu und das Heubündeln bei diesem Klima besser durchführen, da die trockene Hitze dazu beiträgt, dass sich das Korn schneller und sauberer aus den Ähren löst. Dem Überfluss und den großzügigen Ernten war es unter anderem zu verdanken, dass die Tierwelt der Gegend ein bedeutendes Bevölkerungswachstum erfuhr, wobei nicht nur die Anzahl der Angehörigen einer bestimmten Gattung stieg, sondern auch die Zahl der Gattungen an sich. So gab es sogar einige, die bereits halb vergessen waren, weil sie in längst vergangenen Zeiten in Gebiete abgewandert waren, wo sich ihrer Existenz weniger Hindernisse in den Weg stellten, kehrten nun glücklich in ihre alte Heimat zurück. Dies war etwa der Fall des Eisvogels (Alcedo Atthis) und verschiedener Säugetiere, wie Wildschweine, Füchse und Hirschen, die sich der menschlichen Evolution in frecher Herausforderung stellten und wagten, selbst verkehrsreiche Landstraßen zu überqueren. Auch Reptilien aus vorgeschichtlichen Zeiten ließen sich in From von riesigen Schlangen erblicken, wie man sie noch zuvor tatsächlich zu Gesicht bekommen hatte, wenngleich sie Bestandteil des volkstümlichen Sagenguts bildeten. Zur Abschreckung behauptete man, sie besonders an jenen Orten gesehen zu haben, wo die Dorfjugend nicht gestört werden wollte und sich suchende Hände täppisch unter Röcke und in Unterhosen vortasteten, im Versuch, die dringenden körperlichen Leidenschaften zu stillen. Die Kornkammern der Bauerhäuser waren radvoll gefüllt mit fettem Korn und goldenem Weizen, der von den Landmäusen ebenso geschätzt wird wie die Goldkörner von jenen, die nach diesem wertvollen Metall suchen, weshalb auch die Bevökerungszahl dieser Nagetiere deutlich zunahm. Und so bot sich dem Beobachter, wohin er auch blicken mochte, an den lauen Augustabenden ein Bild des Aufruhrs und des geschäftigen Treibens auf den Bäumen und Gartenmauern, den Feldwegen, Zäunen, Strompfosten, Kabeln und Dächern und konnte nicht einmal von der blindesten und gefühllosesten Seele übersehen werden. Auf den Wegen, die von Traktoren und verschiedenen Wägen befahren wurden, hielten die behenden Spatzen ihr Mal und pickten die frischen Körner auf, die von den Fahrzeugen gefallen waren und füllten ihre Kröpfe mit Nahrung für ihre Jungen, die in den Nieschen der Hausmauern eifrig piepsten, während der Waghalsigste unter ihnen bereits erste Flugversuche unternahm, um seinen Geschwistern zuvorzukommen und den besten Happen für sich zu ergattern. Einige fielen dem Prozess der Anpassung an die neuen Zeiten zum Opfer und lagen leblos mit zerissenen Körpern auf dem Boden, nachdem sie von ebenso unerwarteten wie rasend schnellen beweglichen Gegenständen, wie man sie noch nie zuvor gesehen hatte, erfasst und niedergeschmettert worden waren. Nicht alle Lebewesen bestehen die natürliche Auslese, einige bezahlen den Preis für den menschlichen Fortschritt. Mit ohrenbetäubendem Zwitschern flogen die Schwalben mit teuflisch rasanter Geschwindigkeit zu ihren aus Lehm und Stroh gebauten Nestern unter den Dachvorständen, aus denen die Jungen ihre zerbrechlichen Köpfchen hervorreckten und mit weit aufgesperrten Schnäbeln ihren Anteil am adendlichen Mahl forderten. Durch die klare Luft des durchscheinend blauen Himmels flogen auf halber Höhe die Mauersegler, zogen abrupte Kurven, zeitweise bewegten sie sich sogar im spitzen Winkel, auf der Suche nach ein paar verirrten Insekten, mit denen sie sich den Magen füllen konnten und so schlossen sie sich dem allgemeinen Festgelage an. Hin und wieder ließ sich ein fast unhörbares Geräusch, ein zartes Rascheln im Laub, vernehmen, das auf die Gegenwart von Nagetieren hinwies, die – möglicherweise von anderen für sie gefährlichen Raubtieren erschreckt, flink und grazil wie ein Pfeil zu ihrem Unterschlupf schossen. Überall war überschäumendes unaufhaltsames Leben zu spüren, weil nun schon seit mehreren Jahres überreichlich Nahrung für alle da war.

-II-

      Von der ständigen Not in ihren heimatlichen Gefielden veranlasst begaben sich die Mitglieder der Familie Mausi auf derSuche nach einer fruchtbareren Gegend, die ihnen das Überleben eher gewährleisten würde, auf die Wanderschaft. Der Clan gehörte der Gattung der Feldmäuse an und befand sich aufgrund der harten Lebensumstände in ihrer Heimat und der drückenden Armut der Menschen, mit denen sie zusammenwohnten vom Aussterben bedroht. Schon vor drei Generationen hatte die Familie Mausi ihre mühevolle Existenz in jenen kargen Feldern der kargen Gebirgslandschaft zurückgelassen, wo nur Roggen angebaut werden konnte, das einzige Getreide, das dort gedeihen konnte und selbst der wuchs nur spärlich mit mageren Ähren. Selbst die reichste Ernte ergab kaum genug Korn für ein para wenige Laibe schwarzen Brotes, die angesichts der vielen Mäuler, die in der Bauernfamilie zu ernähren waren, ein sehr frugales Mal abgaben. Die Flucht der Mäuse war alles andere als einfach, denn sie mussten mehrere Steineichenwälder durchqueren, in denen sie unzähligen Raubtieren ausgesetzt waren, für die – wie jeder weiß – Nagetiere einen Leckerbissen darstellen. In ihrer chronischen Notlage hatten die bescheidenen Mäuse kaum Hab ung Gut, die sie mitnehmen konnten, aber die wenigen Dinge, die sie mitschleppten, war eine Bürde, die ihre Wanderung und ihren Kampf ums Überleben noch mehr erschwerte. Sie überquerten Bahnschienen und stark befahrene Landstraßen, wobei jedes Familienmitglied ständig Gefahr lief, von einem Fahrzeug erfasst zu werden und dabei sein Leben lassen zu müssen. Sie marschierten über dürre Gegenden, wo ihnen keine Vegetation Schutz und Versteck bot, fortwährend damit bedroht, von einem ihrer natürlichen Feinde gesichtet zu werden. Sie trippelten durch Haine, über Nutz- und Fußwege, die von den Menschen im Laufe der Zeit ausgetreten worden waren. Nach langem mühevollen Marsch gelangten sie in eine fruchtbare Senke (eine Gegend, die unter dem Namen borgañas bekannt ist), in der die allgegenwärtige Feuchtigkeit bereits die Nähe einer üppigen und überaus fruchtbaren Landschaft ankündigte. Sie wichen so gut sie konnten den Tümpeln und Schilfwäldern aus und erreichten – endlich – ein winziges, doch gemütlich anmutendes Dorf, wo ein paar Häuser an den Ufern eines Flusses angesiedelt lagen, der den Ort in zwei Bezirke teilte, welche durch eine widerstandsfähige Brücke aus den Zeiten der Republik verbunden waren.

      Drei Versuche waren notwendig, bis sich die Familie endgültig in einem neuen Heim niederlassen konnte, denn obwohl in allen Häusern reichlich Getreide, Schinken, Paprikawurst und Brot vorhanden waren, fanden sie in den ersten beiden nicht jene Sicherheit vor, die ihnen ein Leben in Ruhe und Frieden gewährleisten konnte. Ihr dritter Anrang führte sie schließlich in einen geräumigen Bauernhof, umgeben von fruchtbaren Feldern und einem üppig bewachsenen Gemüsegarten, der wahrhaft paradiesisch anmutete. Sie richteten Ihr Heim unter den Brettern der alten Küche ein, wobei ihnen ein Loch im Boden, das durch die ständige Feuchtigkeit der nahen Spüle ins Holz gefressen worden war, als Eingang diente. Die Höhle schien ausreichend sicher zu sein und bot schnellen und einfachen Zugriff auf die Lebensmittel, welche die Köchin in ihrer Reichweite ließ, sobald sie darauf vergaß, diese gebührend zu verwahren. Außerdem teilten sie mit den menschlichen Bewohnern jenen Teil des Hauses, der das gesellschaftliche Zentrum des Familienlebens bildete, wie es in den Dörfern der Umgebung üblich war und an dem besonders an den langen kalten Winterabenden für behagliche Wärme gesorgt war. Bald bemerkten die Mäuse, dass die Inhaber des Hauses nachts, wenn sie sich in ihre Schlafkammern zurückzogen, die Tür der Küche offen ließen, sodass sie sich mit ziemlicher (wenn auch nicht völliger) Freiheit im gesamten Wohnbereich bewegen konnten, wo es, wie sie bald feststellten, auch nicht an Nahrung fehlte. Es gab prall mit dem feinsten Korn gefüllte Säcke und wohlschmeckende Würste und Schinken, die nach dem Schlachttag in der Speisekammer aufgehängt wurden und dort der bescheidenen, erst kürzlich eingezogenen Mäuse harrten, um verkostet zu werden. Für einige Zeit waren sie restlos glücklich in ihrem neuen Zuhause. Hier erblickte ein neuer Wurf junger Mäuse das Licht der Welt und wuchs im Überfluss heran. Diese neue Generation bestand aus zwei kleinen Männchen und einem Weibchen, wobei sich bald herausstellte dass das letztgenannte ganz besonders geschickt und klug war. Die Brüder nahmen das Mäusemädchen, das sie vergötterten und das sie auch ihrerseits bedingungslos liebte, von Anfang an zu ihrer Anführerin und begleiteten sie auf ihren nächtlichen Entdeckungsreisen, manchmal getrauten sie sich sogar tagsüber aus ihrem Loch. Natürlich war dies sehr viel gefährlicher, aber das wagmütige unerschreckte Mäusemädchen ließ sich nicht mal bei Tageslicht einschüchtern. Nichts kündigte die Ereignisse an, die sich später noch zutragen sollten. Wie schon ein altes panisches Sprichwort so schön sagt: “Im Hause der Armen ist jede Freude nur von kurzer Dauer”. Kaum waren einige sorgenfreie Wochen verstrichen, da bemerkten die menschlichen Besizter dieses Hauses, dass sich in der Küche Mäuse eingenistet hatten und diese – von ihnen unerwünschten – Untermieter ihre Unterkunft mit ihnen teilten. Sie fassten alsbald den Entschluss, an strategisch wichtigen Stellen des Hauses Mausefallen aufzustellen, um diese damit einzufangen und sie somit auszurotten. Das war allerdings nicht so leicht und die erreichten ihr Ziel auch nicht ganz, aber dieser Kampf sollte doch die kleine zarte “Mausi Tochter” für ihr restliches Leben prägen.

-III-

      Der Sommer ging seinem Ende entgegen und bescherte der Nagetierfamilie einen leichten Zugriff auf die neu gefüllte Kornkammer und andere Nahrungsmittel, sodass kein dringender Anlass für sie bestand, ihre Höhle zu verlassen, um ihre eigenen Vorräte aufzustocken, vor allem angesichts des Umstandes, dass nun schon seit Tagen ein intensives Treiben im Hause herrschte und ständig Menschen aus und ein gingen. Schließlich wurden die Lebensmittel aber dennoch knapp und es wurde ein neuerlicher Streifzug nötig, um Nachschub zu besorgen, um eventuelle zukünftige Notsituationen ausschließen zu können. In jener Nacht herrschte eine ungewöhnliche und beunruhigende Stille im Haus, obwohl die Stunde noch gar nicht so weit fortgeschritten war. Misstrauisch und mit größter Vorsicht wagten sich der Mäusevater und seine drei Kinder auf der Suche nach Nahrungsreserven aus dem Loch. Bald bemerkten sie einen seltsamen Gegenstand, der sie wegen des starken Geruchs nach gut ausgereiftem Käse, der von ihm ausströmte, anzog. Wohlweislich vermieden sie es, diesen Gegenstand zu berühren, denn sie wussten sehr gut, dass es sich um eine Falles handeln konnte. Es schien ihnen zu schön um wahr zu sein, dass reifer Käse, ein in dieser gegend ziemlich teurer Leckerbissen, so leicht für sie erreichbar sein sollte. Gerade wollte sie sich umdrehen, um sich einem anderen Ziel zuzuwenden, als plötzlich die Lichter angingen und einer der Hausbewohner, wie verrrückt vor Wut und Zorn und mit einem Reisigbesen bewaffnet erschien und damit wild herumzuschlagen begann. Mit einem gut gezielten Streich erfasste er den Mäusevater und schmetterte ihn nieder, wo er tödlich getroffen auf den Bodenbrettern der Küche liegen blieb. Ein zweiter Schlag fügte einem der Brüder schwere Verletzungen zu, doch schleppte er sich so gut und so schnell er konnte mit seiner Schwester zum Mauseloch, um dort Schutz zu suchen. Währenddessen aktivierte der andere Bruder mit einer ungewollten Bewegung wegen des furchtbaren Schreckens, den er erlitten hatte, den Mechanismus des eltsamen nach Käse duftenden Gegenstandes (der nichts anders war, als eine Mausefalle) und blieb tragisch zwischen dessen Stahlfedern hängen. Der erzürnte menschliche Angreifer fand bald heraus, wo sich das Loch befand, durch das die Mäuse zu ihrem Nest gelangten und schon nach kurzer Zeit verschlossen die Menschen diesen Eingang und versigelten ihn mit Zement. Dies stellte für die Mäuse kein größeres Hindernis dar, denn es war nicht schwer, schnell eine neue Öffnung in diesem morschen Holzboden auszunagen. Die Mäusemutter fand sogar einen Schlitz zwischen dem Holzboden und der Hausmauer, der groß genug war, dass ganze Mäuseherden dort bequem ein- und ausgehen können hätten. Nein, diese Angelegenheit bereitete ihnen kein Kopfzerbrechen. Was ihnen wirklich schwerfiel war, nach diesem schweren Schicksalschlag die alte Lebensfreude zurückzugewinnen, nachdem sich die Familie nun so drastisch verkleinert hatte. Es waren nur mehr die Mutter mit zwei ihrer Kinder übrig geblieben, wobei der einzige verbliebene Sohn überdies nach seiner Verletzung noch schwer behindert war, sich kaum noch bewegen und sich daher nicht mehr selbst versorgen konnte. Wenn er auch überlebt hatte – jawohl – und er lebte noch für längere Zeit, so würde er doch vor seiner Zeit das Zeitliche segnen müssen, früher als es von Natur aus vorgesehen war. Bei dieser Wiederherstellung der Lebensfreude sollte mit der Zeit – wer hätte das gesagt – dieser arme vom Leben misshandelte Mäuserich eine tragende Rolle spielen, denn ihm kam es, zusammen mit seiner Mutter, zu, sein angebetetes Schwesterchen aus dem schwarzen Tunnel der Verzweiflung herauszuziehen. Nach dem schweren Schicksalschlag verfiel das Mäusemädchen in tiefste Traurigkeit und in der Folge weigerte sie sich, Nahrung zu sich zu nehmen, ihr bisher so herzhaftes Lachen verstummte und jede Fröhlichkeit verschwand aus dem Heim der Mäusefamilie. Den ganzen Tag verbrachte sie bei ihrem kranken Bruder, den sie zum Essen ermahnte, während sie selbst jede Nahrung zurückwies. Es war einzig und allein dem Mut und der Ausdauer der Mutter zu verdanken, dass die Mäusekinder nicht an Kummer und des Hungers gestorben sind. Nach und nach, nicht zuletzt dank der Bemühungen des behinderten Bruders, seine Schwester aufzuheitern, besserte sich deren Zustand. Sie begann, ihrer Mutter im Haushalt zu helfen, wenngleich sie sich auch noch nicht unter dem Bretterboden hervorwagte (davor hatte sie panische Angst) und ihre Mutter, die dazu neigte, sie überzubeschützen, ließ dies auch nicht zu. Nichtsdestoweniger regte sich nun wieder der unruhige Geist des Mäusemädchens und ihr Kopf füllte sich mit Gedanken, die ihr schwer zu schaffen machten. Sie hatte den Verlust ihres Vaters und ihres Bruders nicht wirklich verkraftet. So widerlich waren die Geschöpfe Gottes der Gattung, der sie angehörte, dass sie alle Menschen – oder zumindest schienen es alle zu sein – ausrotten wollten? Woher all dieser Hass und die Abneigung? So hässlich, widerwärtig und gräulich waren die Mäuse? Sie wollten doch bloß ihr Plätzchen auf dieser Welt einnehmen und in Ruhe leben, wie alle anderen Lebewesen auch! Mausi, Tochter, konnte das alles nicht verstehen und fand keine Antwort auf diese Fragen. Nichtsdestoweniger fühlte sie sich moralisch verpflichtet, mit ihrem Leben fortzufahren, so gut sie konnte und ihrem geliebten verkrüppelten Bruden beizustehen, der ihr allein mit seiner Anwesenheit, aber auch mit seiner tiefen Zuneigung und seinen aufmunternden Kommentaren unerwartet starke Kraft einflößte. So gelang es ihr mit der Zeit, sich über das erlebte Unglück hinwegzusetzen und schließlich erreichte sie sogar, dass sie ihre Mutter auf die Streifzüge zur Nahrungssuche mitnahm, denn Nahrungsmittel taten Not, vor allem auch, um den behinderten Bruder am Leben zu erhalten. Sie dachte gar nicht daran, sich von ihm abzukehren und ihn im Stich zu lassen.

-IV-




      Es war nun schon eine ziemlich lange Zeit nach jenen Ereignissen vergangen, die der Mausefamilie diesen nicht wiedergutzumachenden Schaden zugefügt hatten und inzwischen war wieder einigermaßen die Normalität in ihre Mitte zurückgekehrt. Mausi, Tochter schien ihr Selbstvertrauen nach und nach zurückgewonnen zu haben und erweckte sogar den Eindruck, sich mit der menschlichen Gattung wieder ausgesöhnt zu haben. Doch hielt dieser Zustand nicht lange an.

      In einer eisigen Winternacht hörte Mausi die menschlichen Hausbewohner in der Küche reden und das Gesprächsthema interessierte sie dermaßen, dass sie sich versucht fühlte, ihre Nase aus dem Loch zu recken und an der Konversation teilzunehmen. Sie nahm also allen ihren Mut zusammen und näherte sich der öffnung im Bretterboden, die nun wieder ganz hergestellt war. Ihre zarten Beinchen, ja ihr ganzer Körper, zitterten wie Espenlaub. Sie überlegte hin und her, ob sie sich wirklich an dieses Abenteuer wagen sollte und tatsächlich, am Ende entschloss sie sich zu handeln. Sie steckte zuerst ihr Köpfchen durch den Ausgang und schob dann den ganzen restlichen Körper durch das Loch. So gelangte sie in die Küche, wo ihre vermeintlichen Freunde miteinander plauderten. Doch wie sehr irrte sie sich in dieser Annahme! Alle, oder zumindest fast alle, Anwesenden schrien erschreckt auf und sprangen auf ihre Stühle oder den Tisch, als wäre ihnen den Teufel selbst erschienen oder etwas noch Schlimmeres, das abscheulichste grauenvollste Wesen, dass es geben kann, sodass sich neben ihm der Basilisk vergleichsweise wie ein Märchenprinz ausnimmt. Mausi, Tochter, rannte in ihre Höhle zurück, wo sie der Schmerz üermannte und sie in Tränen ausbrach. Ihr trostloses Schluchzen schnitten der Mutter und dem Bruder tief ins Herz. Was war es nur, das sie nun verbrochen hatte? Dies fragte sich Mausi und versank in der Folge ineine neuerliche tiefe Depression, von der sie ihre Familie nicht mehr zu befreien wusste. Sie fing an, schwere Komplexe zu entwickeln, wie sie jedes Lebewesen überkommen, das sich zurückgewiesen und verabscheut fühlt. Sie wähnte sich häßlich, abscheulich und grauenhaft, dick und verachtenswürdig. Also hörte sie wieder auf zu essen. Nicht, dass es ihr besonders wichtig war, ob man sie so wie sie war sehen konnte. Viel mehr war ihr überhaupt nichts mehr wichtig, nicht einmal, von den anderen geshen zu werden. Sie weigerte sich einfach, weiter am Leben teilzunehmen. Ihr Bruder widmete ihr viele Stunden der Aufmerksamkeit und unzählige Male schloss ersie zärtlich inseine Arme, aber es gelang ihm nicht wirklich, ihr Trost zu spenden. Er sagte ihr, dass sie die niedlichsten Grübchen auf ihren Wangen hatte, die die Welt je geshen hatten, dass ihre Barthaare die längsten, glänzendsten und hübschesten Barthaare waren, die je ein Mäuschen besessen hatte und, überhaupt, dass sie die schönste Maus im gesamten Universum war. Er meinte, dass sie an jenem Tage sicher nicht alle mit Angst und Schrecken betrachtet hatten, denn das wäre gar nicht möglich, bei einem so reizenden zarten Geschöpfchen, wie sie es war. Unmöglich, dass sie jemand verabscheuen könnte und töten wollte. Nein, niemand konnte sie so verachten, zumindest nicht jemand, der zumindest etwas Gefühl im Leibe hatte und dem die Natur ein wenig grundlegende Liebesfähigkeit in die Wiege gelegt hatte. Und tatsächlich, ihr Bruder sollte rechthaben. Nicht alle, die an jenem Abend anwesend waren, hatten mit solch übertriebener Hysterie reagiert. Es gab da jemanden, der sich angesichts eines so verständnislosen Verhaltens gegenüber anderen ebenso vertrauensvollen, wie wehrlosen, und warum auch nicht, schönen Lebewesen überaus enttäuscht fühlte, nur wusste das Mausi, Tochter, damals noch nicht. Lange Zeit hindurch erbrachten die vielen Aufmerksamkeiten, die ihr die Mutter und der Bruder widmeten, keinen Nutzen und schließlich, um das Maß des Unglücks voll zu machen, verstarb ihr Bruder plötzlich und ohne dass es klare Gründe gab, die zu seinem jähen Ableben geführt hatten. Möglicherweise versagten ihm endlich die Kräfte, die er so lange aufrecht au erhalten schien, oder vielleicht war er nun nicht länger fähig, seinen Kummer zu verbergen und hatte, versunken in unsäglichem Schmerz, beschlossen, diese grausame Welt zu verlassen. So verblieb Mausi allein mit ihrer Mutter und fühlte sich so elend wie der Tod selbst. So unglücklich war sie, dass sie selbst sterben wollte und weigerte sich, Nahrung aufzunehmen, bis sie der schwarze Geselle mit der Sense abholen würde. Die verzweifelten Bemühungen der Mutter blieben fruchtlos, bis sie ihre Tochter eines Tages an das Versprechen erinnerte, das sie ihrem Bruder am Totenbett gegeben hatte. Sie hatte ihm im Angesicht des Todes geschworen, dass sie ihre unermüdliche Mutter niemals allein lassen würde, solange ihr noch ein Funken Leben beschieden wäre. Ja, Mausi erinnerte sich an ihren Schwur und versuchte noch einmal mehr, ein neues Leben zu beginnen. Doch war sie noch viele Tage lang bettlägrig, da sie schon so schwach geworden war, dass sie nur um ein Haar dieser Welt nicht Ade gesagt hatte. Mit unendlicher Geduld schob ihr die Mutter ein Körnchen nach dem anderen in den Mund, damit sie es, wenn auch widerwillig, zerkauen und die Nährstoffe aufnehmen konnte, um wieder einigermaßen zu Kräften zu kommen. Immer noch erfüllt von Trauer, Schmerz und Verzweiflung, die sie wie ein Reich der Schatten umgaben, erholte sie sich langsam von ihrn körperlichen Leiden, doch auf psychischer Ebene war bis zu diesem Zeitpunkt noch kein Ausweg zu erkennen. Die Mutter versorgte sie mit Nahrung, wofür sie die größten Mühen und Gefahren auf sich nahm, obwohl ihr zumindest die Mausefalle keine Angst mehr bereitete, da sie schon gesehen hatte, wie dieser Mechanismus funktionierte und mit diesem Gegenstand nicht mehr überlistet werden konnte. Mausis Komplexe bereiteten ihr weiterhin Probleme mit der Ernährung. Sie aß allein, weil sie sich ihrer Mutter und ihrem Bruder gegenüber dazu verpflichtet hatte, denn sie hatte sich geschworen, dass man sie zumindest nie mehr deswegen zurückweisen sollte, weil sie fett war, wenn das der Grund sein sollte, warum man ihre Gattung so sehr verachtete. Unter diesen schmerzlichen Umständen vergingen drei unendlich lange Monate, wie sie der Autor dieser Geschichte nicht einmal seinem schlimmsten Feind wünschen würde.

-V-




      Es näherte sich jetzt bereits der Frühling und dies bescherte dem komplexbeladenen Mäuschen neue Hoffnung. Die Arme. Doch bald sollte etwas geschehen, das sie an die Prophezeiungen ihres einfühlenden Bruders erinnern sollte, der ganz richtig über die menschliche Natur geurteilt hatte, als er meinte, nicht alle in jener Nacht in der Küche anwesenden Personen wären über einen Leisten zu scheren. Was an diesem Tag geschah war von durchschlagender Bedeutung für die Zukunft von Mausi. Es war ein sonniger Tag mit angenehmer Temperatur und der Nachmittag verlief ruhig und ungestört im ganzen Bauernhaus. AllMählich brach die Nacht herein und in den verschiedenen Räumlichkeiten des Gebäudes war kaum ein Geräusch zu vernehmen. In der Küche herrschte friedliche Stille, wenngleich von Zeit zu Zeit leise leichte Schritte vernehmbar wurden, welche die Anwesenheit eines Menschen ankündigten, doch waren die Geräusche so schwach, dass sicher sich nur wenige Personen im Raum aufhielten. Mausi, Tochter, war inzwischen schon ziemlich von ihren Problemen mit der Ernährung genesen, wenngleich sie noch immer an zahlreichen Komplexen litt, die ihr psychisch zu schaffen machten. Sie war also – für ihre Verhältnisse – guter Dinge und entschied sich, aus ihrem Loch in den Brettern zu gucken. Sie spürte, dass irgendjemand da war, doch wer immer das sein mochte, er flößte ihr keine Furcht ein. Mit zitternden Barthäarchen sah sie sich um und ihr forschender Blick fiel auf eine ältere Frau, die in der Küche allein zu abend aß. Alsbald wurde ihr klar, dass die Besitzerin des Hauses (denn die war es, die hier ihr einsames Abendmahl hielt) sie ebenfalls bemerkt hatte. Gefasst und gelassen wendete sich die Frau an das Mäuschen und fing an, auf das Tierchen einzureden. So mild und freundlich klangen ihre Worte, dass Mausi bald Zutrauen zu ihr fasste und sich ganz aus ihrem Loch getraute. Nein, das konnte unmöglich die grausame Person sein, die so gewaltsam das Glück ihrer Familie zerstört hatte. Mit langsam fließenden Bewegungen warf die Hausfrau nun ein para Bröckchen Käse von ihrem eigenen Abendessen der Maus zu, damit sie an ihrem Mal teilhaben sollte und so kam es auch. Sie stand vorsichtig auf, um das Tierchen nicht zu erschrecken und obwohl die Maus verstand, dass das Verhalten der Frau freundschaftlich war, verkroch sie sich dennoch halb in ihrem Loch. Die Hausbesitzerin ging nur in die Kornkammer und holte ein paar Körner Getreide, die sie dem Mäuschen ebenfalls zuwarf. Sie streute sie nacheinander, wie einen Weg formend, auf den Boden, um das Mäuschen herauszulocken und ihm Vertrauen einzuflößen. Eins nach dem anderen las Mausi die Körner auf und verspeiste sogar das eine oder andere in Anwesenheit der netten rücksichtsvollen Menschenfrau. Gemeinsam verbrachten die beiden einen langen Abend, der so glücklich verlief, dass er für Mausi wie im Flug verging. Endlich hatte sie jemanden gefunden, der sie verstand und sie zu schätzen schien, oder zumindest wurde sie nicht gehasst. Strahlend und froh kehrte sie dann nach Hause zurück und erzählte ihrer Mutter von den so bemerkenswerten Vorfällen, die sie eben erlebt hatte. Eingedenk der Probleme ihrer Tochter zog es die Mutter vor, an diesem Abend keine weiteren Kommentare über die Gefahren des Umgangs mit den Menschen verlauten zu lassen, um nicht die Angst zu schüren und des von diesem zerbrechlichen Wesen endlich wiedergewonnene Vertrauen zu zerstören.

      Von dieser Nacht an kamen das Mäuschen und seine Mutter viele Abende aus ihrem Versteck hervor, um der freundlichen alten Frau Gesellschaft zu leisten, von der sie sich so gut verstanden und behandelt fühlten. Mit der Zeit verwandelten sie sich tatsächlich in eine Art Haustiere der Bäuerin und folgten ihr überall hin, sogar in den Gemüsegarten. Dies war jedoch ein Ort, an dem ihnen viele Gefahren auflauerten, den es handelte sich um ein beliebtes Durchzugsgebiet der wilden Katzen aus der ganzen Umgebung, welche die Mäuse nur zu gern verschlungen hätten, denn diese stellten ihre bevorzugte Beute dar. Die schlimmste von ihnen war eine graubraune Bestie, die der Nachbarin gehörte und mit der Besitzerin des Hauses auf freundschaftlichem Fuße stand. Jeden Nachmittag kam sie in den Garten, besonders, wenn die Bäuerin nach einiger Zeit der Abwesenheit, in der sie sporadisch Besuche erledigte, zurückgekehrt war, und begrüßte sie mit klagendem Miauen von der Gartenmauer herunter. Für die Mäuse des gesamten Dorfes bildete sie eine ständige schreckenerregende Gefahr. Bei einer Gelegenheit, las Mausi und ihre Mutter der Bäuerin in den Garten gefolgt waren, nützte diese Katze einen Augenblick der Unachtsamkeit und stürzte sich mit ungestümer Gier auf die Mäusemutter. Wieder schien die Tragödie über dem schicksalgeplagten Mäuseclan zu schweben, doch konnte ein Unglück noch im letzten Moment vermieden werden, da sich die Hausbesitzerin flink einschaltete und dem wilden Raubtier mit einem drohenden Stock so verbittert, entschieden und endgültig Widerstand leistete, dass dieses die Beute sofort losließ und sich mit eingezogenen Ohren in einer Ecke verkroch. Nach diesem Akt der Unterwerfung zeigte die Katze nie wieder irgendwelche Angriffsabsichten, sondern versuchte, ganz im Gegenteil, ihren Irrtum wieder gut zu machen. Von da an fanden Mausi und ihre Mutter nicht nur in der Bauersfrau eine bedingungslose Beschützerin, sonder hatten auch in der Katze eine unermüdliche Wächterin, die nichts und niemanden auf weniger als hundert Meter an ihre Schützlinge heranließ und selbstverständlich alle anderen Katzen wütend wegknurrte, wann immer sie sich zu nähern versuchten. Bald war allen diesen Katzen sonnenklar, dass in diesem Jagdrevier nur Florentina (denn so hieß die Besitzerin des Hauses) und die graubraune Katze das Sagen hatten und ihre Mäuse unatastbar waren. Sogar das komplexbeladene Mäuschen schloss eine wunderbare Freundschaft mit der wilden Katze und wurde zu deren beliebtesten Spielzeug. Das Mäuschen pflegte sich zum Schein von der Katze jagen zu lassen und diese tat, als ob sie es fressen würde, ohn ihm jedoch wirklich wehzutun. Mausi hatte daran solchen Spaß, dass sie aus voller Kehle lachte wie schon lange nicht mehr. Es ist nur zu hoffen, dass ihr Vater und ihre Brüder (vor allem ihr Lieblingsbruder) sie von irgendeinem Winkel des Paradieses aus beobachten konnten. Nach einiger Zeit und zum Schmerz aller verstarb die Mausemutter, betrauert von ihrer Tochter, der Bäuerin und sogar der Katze. Doch in diesem Fall dauerte der Kummer nicht so lange, denn bald lernte Mausi ein passendes Mäusemännchen kennen, mit dem sie mit der freundlichen Genehmigung der Katze, nachdem diese eine anfängliche Etappe der akuten Eifersucht durchgemacht hatte, eine eigene Familie gründete, welche die Katze ebenfalls unter ihren persönlichen Schutz stellte. Zum Stolz Florentinas (und dies war ein Wunder der Natur, die bisweilen vorkommen, ebenso wie die Schicksalschläge) wurden auch Mausis Nachkommen zu Schülern und Lieblingsspielgefährten der graubraunen Bestie, die niemals mehr zuließ, dass irgendjemand den Frieden der gesamten Familie störte, die in der Vergangenheit so viel Leid erfahren hatte. Wer hätte das jemals gedacht, dass eine wilde Katze, ein Mensch und ein paar Mäuse so harmonisch und einträchtig zusammenleben konnten? Als auch Mausi zum gegebenen Augenblick das Zeitliche segnete, ließ sie eine neue Generation von Mäusen zurück, die nune endgültig in ungestörter Sicherheit leben konnten und in jenem Bauernhaus, das sie auch heute noch bewohnen, ein gemütliches Heim gefunden hatten.

ENDE

El Daintre Malaquías. Traducción de Vera Krutisch

La ratoncita acomplejada


(Dedicado con todo mi ser a Vera, mi compañera del alma)

-I-

      Ya era el cuarto verano consecutivo que la cosecha en general, y en particular la de cereales, se presentaba con tanta opulencia que recordaba al bíblico episodio del maná. A decir de los labriegos del lugar, las primaveras se sucedían como Dios manda, descargando puntualmente sus finas lluvias sobre los enmoquetados campos verdes, cuando tan tímidos como frágiles asoman en incipiente caña los brotes de trigos y cebadas, y ello sin necesidad de rogativas ni romerías. Si acaso sacarían a pasear en festiva procesión a vírgenes y santos, para que en tiempos de pertinaz y cíclica sequía no cayeran en el olvido sus agropecuarias cuitas. Los veranos acudían a su cita anual con un intenso calor, a menudo sofocante, pero seco y sano, tal como los lugareños deseaban para esta época del año. Al fin y a la postre, las labores de trilla, aventado y cribado resultan más eficaces con esta climatología, la cual ayuda a que la espiga desgrane con mayor celeridad y limpieza. La abundancia y las generosas recolectas estaban también favoreciendo un significativo crecimiento demográfico en la fauna propia de la zona, no sólo con el incremento de los miembros de la misma especie, sino de las especies mismas. Incluso algunas ya olvidadas en la noche de los tiempos que en su momento hubieron de emigrar en busca de nichos menos hostiles, ahora -felizmente recuperadas- regresaban a su antiguo hábitat. Tal era el caso de aves como el Martín Pescador (Alcedo Atthis), mamíferos como jabalíes, zorros y ciervos, quienes -bravucones y desafiantes del desarrollo humano- se atrevían a cruzar transitadas carreteras. Y hasta reptiles prehistóricos en forma de gigantescas serpientes que nunca nadie vio, pero que el interesado mito popular utilizaba como tótem y tabú de esos pagos donde el mocerío del pueblo no quería ser perturbado, justo porque allí acudían para sofocar pasiones con tientos y meneos bajo enaguas y calzones. Por supuesto, las paneras de las casas rebosaban de abultados y sustanciosos granos de un dorado trigo, bien tan codiciado por los ratones de campo como las pepitas de oro lo son para los buscadores de este precioso metal, por lo que el número de estos animales se vio de igual modo acrecentado. Y no era de extrañar, contemplando la algarabía que cualquier atardecer de agosto se organizaba en árboles y tapiales, en las veredas y en sus lindes, sobre postes, cables y tejados, por doquier y tanto que no pasaría inadvertido ni al observador más torpe, insensible e incapaz de emocionarse. Por los caminos donde transitaban tractores y carruajes diversos, los saltarines gorriones se atiborraban de semillas frescas que el traqueteo de los vehículos hacía caer, llenando después el buche para sustento de sus retoños que alborozados piaban en el hueco de cualquier pared, mientras el más osado simulaba un iniciático vuelo en busca del primer y mejor bocado. Algunos, en su proceso de adaptación a los nuevos tiempos y según dictan las leyes de selección natural, yacían destripados en medio de la calzada, al haberse visto sorprendidos por la rapidez e inesperada presencia de ingenios móviles hasta entonces nunca vistos. Era el precio a pagar. Con gorjeos que más parecían chirridos, en vuelos rasantes y a velocidades endiabladas, las golondrinas se dirigían a sus nidos construidos de barro y paja bajo los aleros de los tejados donde los polluelos, asomando sus frágiles cabecitas y con los picos abiertos hasta casi desencajarse, reclamaban también gruñendo su parte del ágape vespertino. Sobre la diáfana atmosfera de azul índigo, a media altura, los vencejos trazaban curvas y hasta ángulos imposibles, en busca de cualquier insecto despistado que llevarse al estómago, uniéndose así al festín general. De vez en cuando, por el tenue sonido y el movimiento de las hojas de alguna planta rastrera, se advertía la presencia de roedores que, tal vez sorprendidos por cualquiera a quien pudieran considerar su predador, gráciles y raudos cual proyectiles corrían a guarecerse en su refugio. En fin, todo en el ambiente plasmaba la intensa y lujosa vida, porque desde hacía ya algunos años sobraba comida para todos.

-II-

      Empujados por la necesidad y a la búsqueda de tierras más fértiles y productivas como garantía de supervivencia, los miembros de la familia Mausi se vieron involucrados en uno de esos inevitables movimientos migratorios. Pertenecía el clan a una especie de ratones de campo en grave peligro de extinción, dadas las duras condiciones de su lugar de procedencia y la notable pobreza de los inquilinos con quienes cohabitaban. Tres generaciones hacía ya que la familia mudó de destino, habiendo dejando atrás en su momento campos yermos y fríos páramos baldíos, donde lo único que podía sembrarse era el recio centeno, el cual sin embargo crecía ralo y de enjuta espiga, con tan exiguo y diminuto grano que, en la más abundante de las cosechas, apenas podría alcanzar para dos hogazas de pan negro. Magra recolecta sin duda, cuando por la casa sí abundaban las bocas a llenar. El éxodo no resultó nada fácil, teniendo que atravesar bosques de encinas plagados de rapaces dispuestas a echar la zarpa sobre la primera presa que se les pusiera a tiro, y para las rapaces -ya se sabe- los roedores son apetitosos manjares. En su humildad e indigencia apenas llevaron consigo pertrechos, pero los que cargaron constituyeron una dificultad añadida en su lucha por la subsistencia. Cruzaron vías de ferrocarril y concurridas carreteras, con peligro de morir aplastados cualquiera de los miembros del clan en cualquier momento. Caminaron por terrenos áridos y despoblados de vegetación, al albur y bajo constante amenaza de ser oteados por cualquiera de sus predadores naturales. Recorrieron florestas, caminos agrícolas y sendas que el pie humano había esbozado a base de pasar una y otra vez por el mismo lugar. Después de una larga y penosa marcha, y no habiendo perdido -por fortuna- a nadie en el trayecto, arribaron a unas feraces bajuras (conocidas en la zona por borgañas) empapadas de agua y premonitorias de una tierra que se presagiaba ubérrima. Tras franquear como pudieron extensos humedales atestados de juncos y espadañas, llegaron -por fin- a un diminuto pero acogedor pueblo de casas desperdigadas en la ribera de un río que lo dividía en dos barrios, unidos ambos por un recio puente republicano.

      Tres intentos fueron necesarios para que la familia se estableciese definitivamente, pues aunque en todas las casas reinaba la abundancia en cereales, jamones, chorizos y hogazas; la seguridad que el clan necesitaba para vivir con la tranquilidad por todos deseada no la vieron garantizada en las dos primeras. Hasta que en la tercera tentativa tomaron una espaciosa quintana rodeada de fértiles campos y de una frondosa huerta, lo más parecido al paradisiaco edén. Se aposentaron bajo el tablado de una vieja cocina al que accedían por un agujero que la humedad del cercano fregadero, al pudrir la madera, había ocasionado. El habitáculo parecía seguro y tendrían acceso fácil a las viandas que la cocinera, al menor despiste, pudiera dejar a su alcance. Además compartirían con los humanos inquilinos el mismo centro de sus reuniones y de la vida social y familiar de los pueblos de la zona, el cual no era otro que esa cálida estancia tan concurrida, sobre todo las largas y frías noches de invierno. Pronto se apercibirían también que los dueños de la casa, al retirarse a dormir, solían dejar la puerta del recinto abierta, por tanto podrían moverse con amplia libertad (que no absoluta) en todo el ámbito de la vivienda donde, como en el resto de las que habían tanteado, no faltaba ninguno de los alimentos propios del lugar. Abultados, sustanciosos y abundantes granos del mejor trigo de San Rafael, así como los más sabrosos y típicos productos de la matanza de cerdos, terneras y vacas esperaban ser catados por esta familia de modestos roedores, recién instalada en su nueva mansión. Durante algún tiempo fueron muy felices en su nuevo hogar. Allí nació y se crió en la abundancia una nueva camada compuesta por dos ratoncitos machos y una ratoncita que, a pesar de ser la única hembra, se reveló como la más espabilada. Sus hermanos, que la idolatraban y a los que ella adoraba, la tomaron desde el primer momento como guía y la escoltaban en cada una de sus exploraciones nocturnas, e incluso en las diurnas, obviamente mucho más arriesgadas, pero con las que también se atrevía la osada y valiente ratoncita. Nada hacía presagiar que fuese a suceder lo que más tarde acontecería. Pero, como enuncia el viejo aforismo, “la alegría en casa del pobre dura poco”. No tardaron en notar los dueños de la quintana que en algún lugar de la casa anidaban ratones y que compartían morada con esos -para ellos- indeseables ocupantes. Acordaron entonces colocar en lugares estratégicos del edificio ratoneras con las que darles caza y así, como ellos mismos decían, “descastarlos”, o sea, acabar con ellos. No les fue fácil, ni lo consiguieron del todo, pero esa lucha marcó la vida de la pequeña y delicada Mausi hija.

-III-

      Acababa el verano y la familia de roedores accedía con facilidad al granero recién colmado y a los otros alimentos, de modo que no les urgía salir de la madriguera para abastecer su particular despensa, y menos considerando que durante varios días se produjo en los diferentes recintos de la vivienda un intenso trasiego de idas y venidas. No obstante, el sustento empezaba a escasear y deberían llevar a cabo una nueva batida para reponerlo hasta cotas que descartasen las penurias o el apremio. Aquella noche no era muy tarde y sin embargo reinaba una extraña e inquietante calma en la casa. Con gran desconfianza y sigilo, el padre de familia y sus tres hijos salieron en busca de reservas. Pronto descubrieron un raro artilugio que les atrajo por el intenso olor que desprendía a queso curado. Ni se les ocurrió tocarlo, porque enseguida advirtieron que podía tratarse de una trampa, pues desde luego parecía muy raro tener tan a mano queso curado, para lo caro y apreciado que era en la zona. A punto estaban de variar el rumbo de sus rastreos, cuando de repente se encendieron las luces del recinto y apareció algún enloquecido residente que, transido de ira y armado con un escobón de esparto, empezó a repartir estopa (pocas veces mejor dicho) a diestro y siniestro, alcanzando de un certero golpe al padre que fulminado cayó tieso sobre el tablado de la cocina, y dejando malherido a uno de los hermanos quien, junto con su ilesa hermana, corrió tan raudo como pudo a buscar el resquicio a través del cual refugiarse en la guarida. Mientras tanto el otro hermano, en un brusco movimiento debido al mayúsculo sobresalto sufrido, había activado sin quererlo el mecanismo del insólito dispositivo (que no era sino una ratonera) quedando trágicamente atrapado entre sus muelles y resortes. Por supuesto, la iracunda persona que los atacó descubrió la abertura por la que los ratones se colaban en su nido, taponándola con el tiempo a cal y canto, y después sellándola con cemento armado. Pero esto no supondría mayor inconveniente, por cuanto en el deteriorado tablado no resultaría muy difícil obrar con rapidez un nuevo orificio de acceso. Incluso la madre se cercioró pronto que entre la pared exterior del edificio y el entablado de la cocina se abría una longitudinal ranura por la que podrían entrar y salir miríadas de ratoncitos. No, eso no les causaría problema alguno. Sí lo sería sin duda recuperar el hundido ánimo del clan tras el severo golpe recibido, con la familia drásticamente diezmada y reducida a una madre y sus dos hijos, el único varón tullido, impedido en su locomoción e incapaz ya de sobrevivir por cuenta propia que, aunque sobrevivió -sí- y todavía viviría bastante tiempo, acabaría también por morir antes de lo que por naturaleza le hubiera correspondido. En esta recuperación anímica -quién lo diría- adquirió con el tiempo un preponderante papel este ratoncito maltratado por la vida quien, junto con su progenitora, hubo de realizar ingentes esfuerzos por sacar del pozo de la desolación a su venerada hermana. Tras el duro castigo del destino, cayó ésta en una profunda tristeza por la que dejó de comer, callaron sus risas y la alegría desapareció del hogar. Pasaba todo el día y a cada instante acompañando a su doliente hermano, al que exigía alimentarse cuando ella no lo hacía. De no haber sido por el empuje y coraje de la ratoncita madre, probablemente los hermanos se hubieran dejado morir de pena e inanición. Poco a poco, con el paso del tiempo y los hermosos requiebros con los que el hermanito inválido animaba a su hermana, Mausi hija trató de irse reponiendo y empezó a ayudar a su madre en las tareas de la casa, si bien todavía no salía de debajo del tablado (le producía verdadero terror), ni su superprotectora madre se lo permitía. Pero la inquieta mente de la ratoncita continuaba colmada de ideas que la perturbaban profundamente. No acababa de asumir la pérdida de su padre y su hermano. ¿Tan apestados resultaban ser estas criaturas de Dios, que todos lo humanos querían -o así lo parecía- exterminarlos?. ¿Por qué tanto odio y tanto rechazo?. ¿Tan feos, horrendos y apestosos serían los de su especie?. ¡Si nada más querían formar parte de ese mundo en el que todo ser vivo sólo aspira a vivir en paz!. Mausi hija no lo entendía y a ninguna de estas preguntas encontraba respuesta, pero tenía la obligación moral de seguir adelante y ayudar al adorado y lisiado hermano, cuya sola presencia, su amor y sus comentarios de reverencia y fervor sublime por ella la dotaban de inusitadas fuerzas sacadas de la flaqueza. De modo que acabó por sobreponerse a la incuria, convenciendo a su madre para acompañarla en la búsqueda del sustento que necesitaban, en particular su incapacitado hermano. No pensaba abandonar y dejarlo en la estacada.

-IV-


      Había pasado ya bastante tiempo desde las irreparables pérdidas de sus seres queridos y la normalidad parecía haber vuelto al seno de la familia de roedores. Mausi hija fue ganando paulatinamente confianza en sí misma y hasta daba la impresión de haberse reconciliado con el género humano. Pero no sería por mucho tiempo.

      Una noche de frío invierno oyó Mausi que en la cocina los humanos inquilinos se encontraban reunidos en familia y mantenían una conversación que le interesó profundamente, tanto que se sintió tentada de mostrar sus bigotitos y participar de alguna manera en tan envidiable velada. Se armó de valor y enfiló hacia el agujero de nuevo practicado en una parte del dañado tablado. Sus delicadas piernecitas y hasta su cuerpo entero temblaban como las hojas secas de la fronda en pleno vendaval. Pensó y repensó varias veces si osar llevar a cabo tal proeza, hasta que finalmente lo hizo. Asomó su cabeza y después sacó todo su cuerpo accediendo al recinto de la cocina donde platicaban los que pretendía como amigos. Craso e inmenso error el suyo. Todos, o casi todos de los allí presentes gritaron despavoridos y se subieron en mesas y sillas, como si el mismísimo diablo se les hubiera aparecido, o peor incluso, como si el ser más abyecto y repulsivo (al lado del cual el basilisco pasaría por princesa) hubiera irrumpido en la estancia. Mausi hija huyó despavorida a su cubil y con un desgarrador dolor empezó a llorar sin consuelo, entre sobresaltados sollozos que partían en mil pedazos rotos el alma y el corazón de su madre y de su hermano. ¿Y ahora qué había hecho?. Después se hundió en una profunda postración de la que su familia no veía cómo hacerla salir. Empezó a desarrollar todos los complejos susceptibles de asaltar a cualquier ser vivo que se perciba abominado. Se sintió fea, abyecta y repugnante, gorda y despreciable; así que otra vez dejó de comer. No es que le importase mucho que la pudieran ver de esa manera, sino que ya no le importaba nada, ni siquiera que la pudiesen ver. Se negó a seguir viviendo. Su hermano le dedicaba horas muertas y cálidos abrazos, pero no encontraba modo de darle consuelo. Le decía que tenía el hocico más bonito y sensual del reino animal, que poseía los bigotes más largos y lustrosos que ratoncita alguna nunca pudo lucir, que era la más hermosa del universo conocido, que con absoluta certeza no todos los que aquel día estaban en la cocina la miraron con ojos de terror y repugnancia, que no podía ser que a una criatura tan suave, bella y delicada como ella todo el mundo pudiera repudiarla e intentara exterminarla. Que no, que ella no podía ser merecedora de tanto desdén, al menos para alguien dotado de una elemental sensibilidad y amor por la naturaleza. Y, en efecto, su hermano tenía razón, pues no todas las personas presentes aquella noche reaccionaron de forma tan histérica y desproporcionada, antes al contrario hubo alguien que quedó profundamente decepcionada por tan incomprensible comportamiento ante criaturas tan bonitas, confiables e indefensas. Durante mucho tiempo todas las atenciones de su madre y de su hermano fueron inútiles. Para colmo de males, pocas semanas después el hermano falleció de forma repentina y sin saberse muy bien las causas que desencadenaron el deceso. Tal vez al hermano le abandonaran las maltrechas y reducidas fuerzas que durante un tiempo pareció conservar, o quizá ya no pudo disimular más su pena y, preso de un infinito dolor, decidió abandonar el mundo de los vivos. Quedó por tanto sola con su madre y sumida en una pena aún mayor y tan grande como la muerte misma. Así que quiso morir también ella, encamando y negándose a comer hasta que la negra señora de la guadaña viniera a buscarla. Los esfuerzos de la progenitora devinieron baldíos, hasta que una madrugada, en un desesperado intento y haciendo uso de toda su capacidad persuasiva (casi hasta el chantaje emocional), le recordó la promesa hecha al hermano en su lecho de muerte, al cual había jurado no abandonar mientras viviese a la infatigable madre de ambos. Sí, Mausi recordó el juramento e intentó una vez más rehacer su vida. Todavía permaneció varios días más en cama, pues su debilidad llegó a extrema y a un tris estuvo de perecer. Con infinita paciencia su madre le introducía grano a grano en la boca, para que a regañadientes fuera masticando y asimilando nutrientes hasta recuperar una mínimo fuerza vital. Aún invadida por la tristeza y una desesperanza cual fidedigna expresión de la más oscura de las tinieblas, fue en lo físico reponiéndose, pero psicológicamente no se intuía todavía una salida. La madre le procuraba los alimentos, asumiendo graves riesgos para su vida, si bien el peligro de la ratonera ya no le preocupaba porque había visto funcionar el artilugio, y a ella ya no la engañarían con semejantes trampas. Los complejos de Mausi hija continuaban causándole problemas con la alimentación, así que comía por puro compromiso con su madre y su fallecido hermano, pero se había jurado a sí misma que por gorda (si es que ésa fuera la razón de tanto desprecio hacia su especie) ya nadie y nunca más la rechazarían. En estas dolorosas condiciones se sucedieron tres interminables meses, que quien suscribe no desearía ni al peor de sus enemigos.

-V-



      La primavera estaba próxima y esto infundió un cierto ánimo en la ratoncita acomplejada. Pobre, ella. Pronto sucedería algo que le recordaría de modo muy especial a su hermano, quien con gran intuición y hasta dotes proféticas había muy certeramente atinado sobre la condición humana de alguno de los que aquella infausta noche se encontraban en la cocina, y que sería clave en la marcha de los acontecimientos que se avecinaban. El día había transcurrido con una temperatura muy agradable y el atardecer se presentaba sereno y con gran sosiego en todo el ámbito de la quintana. Poco a poco fue cayendo la noche y apenas se notaba movimiento en los diferentes aposentos de la vivienda. En la cocina reinaba una gran calma, si bien de vez en cuando se percibían delicados pasos que señalaban la presencia de alguien, pero por el escaso revuelo resultaba casi imperceptible, por tanto no podían ser muchos los que por allí anduviesen. Finalmente la noche cayó en cerrada y la paz prácticamente total invadió el lugar. Mausi hija, ya bastante recuperada de sus problemas alimenticios, aunque ni mucho menos de los psicológicos en forma de múltiples complejos que todavía la asaltaban, se encontraba relativamente animada, así que dispuso asomar sus mostachos por el agujero del tablado. Notaba la presencia de alguien, pero quien allí estuviese no le infundía temor alguno. Sus sensibles bigotitos y su escudriñadora mirada divisaron a una mujer de cierta edad que comía sola en la cocina. Pronto se dio cuenta que la dueña (pues ella era quien debía estar cenando) también había advertido la inesperada presencia de Mausi hija. Con mucha serenidad la señora se dirigió a la ratoncita y empezó a hablarle con tan dulces palabras y tanta delicadeza, que ésta confiada decidió salir del agujero ya de cuerpo entero. No, no podía ser ésta la miserable y cruel persona que había destrozado y roto con extrema violencia a su familia. Sin movimientos bruscos el ama arrojó en las inmediaciones del agujero trozos de queso curado de su particular ágape, para que la ratoncita los fuera comiendo, como así ocurrió. Se levantó con ademanes suaves para no asustar al pobre animalito y, aunque éste enseguida percibió las maniobras como amigables, aun así se resguardó discretamente en la boca de su escondrijo y esperó con medio cuerpo fuera a ver pasar los acontecimientos. Después la dueña se dirigió a la panera y cogió un puñado de grano, volvió a la cocina y lo fue arrojando y esparciendo grano a grano por el tablado para que la ratoncita los tomase y fuese ganando confianza. Uno a uno Mausi los fue recogiendo y algunos hasta masticándolos y deglutiéndolos en presencia de aquella mujer tan considerada y afable. Resultó una larga y feliz reunión en tan agradable compañía que a la ratoncita se le hizo un efímero instante. Por fin, alguien la entendía y al parecer la quería, o al menos no la repudiaba. Henchida de gozo y alborozada regresó a su guarida, contándole a su madre la inolvidable experiencia vivida aquella noche. Consciente de los problemas de su hija, la madre optó en aquel momento por no hacerle comentario alguno sobre amenazas y peligros en sus relaciones con los humanos, pues no quería llevar de nuevo el miedo y la desconfianza al alma de tan frágil criatura.

      A partir de aquella fecha, noche sí y la siguiente también, la ratoncita y más tarde su propia madre empezarían a salir con asiduidad a la superficie de la cocina a compartir veladas con aquella entrañable señora por la que tan comprendidas se habían sentido. Con el tiempo se convirtieron en sus animales de compañía, siguiéndola a todas partes, incluso al huerto de la casa. Pero ese lugar estaba plagado de peligros, porque solía ser transitado por fieros gatos, dispuestos a devorar a sus presas favoritas. El peor de todos era la bestia parda de la vecina, sanguinario y corpulento cazador que, aún llevándose muy bien con la dueña de la casa (cada atardecer y, sobre todo, tras regresar de esporádicos y breves periodos en los que ésta acostumbraba a ausentarse, la saludaba maullando quejumbroso desde la tapia del huerto), suponía un aterrador peligro para los roedores del territorio. En una ocasión Mausi y su madre seguían a la dueña por el huerto cuando, en un descuido de ésta, el implacable felino preso de inusitada furia se abalanzó sobre la ratoncita madre. De nuevo la tragedia rondó al infortunado clan y si no sucedió nada fue por los ágiles reflejos y la rápida intervención del ama, quien armada con una amenazadora estaca conminó con tanta determinación, amargura y persuasión al agresivo felino que éste liberó a su presa sin daño y sumiso se acurrucó ante la mujer con las orejas gachas, cual acto de contrición por su error y como propósito de enmienda para no volverlo a cometer nunca jamás. A partir de entonces, la familia Mausi no sólo encontró una incondicional defensora en la dueña de la quintana, sino que ganaron como implacable guardián al temible gato, el cual no dejaba acercarse a menos de cien metros a ningún congénere de la contorna y, desde luego, erradicaba a cualquier otro roedor que osara invadir el territorio que él había delimitado para sí y para esa familia de sus protegidos ratoncitos. Pronto los competidores entendieron que en todo el ámbito de aquella quintana sólo Florentina (que así se llamaba la dueña de la finca), él y sus huéspedes predilectos podrían moverse con libertad y a sus anchas. Incluso la ratoncita acomplejada trabó una maravillosa amistad con el felino, se convirtió en su juguete preferido con el que jugaba a dejarse cazar y a ser devorada sin que le procurase daño alguno, de modo que Mausi hija reía a mandíbula batiente como hacía mucho tiempo nadie recordaba. Ojala su padre y sus hermanos (sobre todo su amadísimo hermano) pudieran estar contemplando la escena desde algún lugar semejante al paraíso. Poco después la ratoncita madre falleció para dolor de todos, dueña y gato incluidos. Pero la pena duró poco porque pronto Mausi, con la aquiescencia y permiso de la bestia parda, ennovió con otro roedor al que el felino dio su consentimiento (no sin antes pasar -obvio es- por una tensa etapa de gatunos celos finalmente superados), fundando su propia familia bajo la protección inquebrantable del imponente minino. Para orgullo de Florentina (y milagro de la naturaleza que, aunque en ocasiones es cruel, en otras los obra los de tal tamaño), los propios descendientes de Mausi se convirtieron igualmente en sus pupilos y juguetes favoritos, respecto a los cuales nunca permitió que nada ni nadie perturbase en su paz, en la paz de toda aquella familia que tanto había padecido, ¿Quién diría que un fiero gato, unos humanos y una familia de roedores pudieran acabar conviviendo tan bien avenidos?. Cuando con el tiempo Mausi también murió, ya había dejado una nueva generación de ratoncitos, ahora sí de forma definitiva y segura, establecidos en una quintana que todavía hoy es su hogar.

FIN

El Diantre Malaquías