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27 mayo 2016

(₸) El primer amor


Una concepción lineal del amor

      En contra de lo que se podría pensar y de lo que los aforismos primaverales sugieren sobre hervor sanguíneo, no es la primavera el periodo donde se producen un mayor número de escarceos propios del primer amor, sino el verano. Ocurre que en la estación de las flores y de la cocedura genital, entre púberes y adolescentes son muchas la referencias al asunto, pero no tanto se practica. Esto se percibe más probable con la llegada del tiempo de ocio, los calores y todo lo que ambos suponen en el devenir de cuerpos jóvenes y lozanos. Dicho de otro modo, no es descabellado pensar que la frecuencia del primer beso sea mayor en verano, que no tanto en primavera, la cual debe considerarse una etapa preparatoria de ese primer contacto, siempre tansportador y retemblón. Es la última, si acaso, preponderantemente subliminal y, desde luego, menos propicia que el verano para los iniciáticos devaneos amorosos.

      Entraré en materia y lo haré en función de dos conceptos predecibles, cuales son el platonismo y el pragmatismo, quienes han de constituir los dos polos de una concepción lineal del amor, no sin dejar de reseñar desde la génesis biológica de dichas nociones, a la evolución psicosocial de las mismas. Quiere decirse que la visión de este fenómeno es sustancialmente distinta según la distancia o proximidad y posibilidades de acceso al ser amado, y que el mismo a lo largo del proceso se transmuta de místico a real y tal vez no tan romántico. En este desarrollo surgen unos hitos que es preciso no obviar, al mismo tiempo que se despliegan unas pautas propias del sexo; a las cuales, antes que por determinismo de carácter endocrino, sólo las condiciones socioeducativas del medio pueden hacer variar y desviar de la normalidad convencional. Por ejemplo, si no hay una correcta maduración del Edipo y/o no existe una sexualización adecuada, entonces surgirán las indefiniciones, los desequilibrios y con toda certeza futuros desajustes de tipo relacional. Y es que resulta imprescindible inculcar la idea de una específica sexualidad infantil, de cuyo tratamiento dependerán en gran medida las funciones o disfunciones que en el terreno de lo amoroso se van a dar. Porque sólo de los que esto ignoran, aquéllos que a golpes de crucifijo o términos como “grosero”, “so cerdo”, “degenerado”, etc. ; reprimen actitudes de aproximación al sexo; sólo de éstos -insisto- han de salir violadores, impotentes psicógenos, desviados, mirones y demás.

Las etapas evolutivas

      Remontémonos a lo biológico. Cuando uno nace trae grabadas en el ADN unas marcas que van a determinar desde un desarrollo fisiológico sexuado, hasta unas conductas que, aún en la edad temprana, llevarán al individuo a asumir unos roles y a obrar con unas pautas propias del sexo en cuestión; las cuales, en función del nivel evolutivo, tendrán una u otra expresión. Así, en la primera infancia ha de darse un proceso de identificación con las personas del mismo sexo, tanto desde la perspectiva científico-natural (cuestión simple de analogías etológicas), como social; adoptando los mismos papeles de amor, odio, celos, posesión, función social, etc. que el modelo, y vivenciando todo ello con más o menos fantasmas y desasosiegos, según haya sido -claro está- la educación del sujeto. Aparece después una etapa a la que podría llamarse de afirmación de los sexos. Los individuos se agrupan por rasgos sexuales como buscando una definición clara de sí mismos y apoyada ésta por el sentimiento que el resto de los iguales piensa lo mismo. Está cerniéndose el asalto al otro sexo (con permiso de los “insustanciales” de turno o “de pensamiento amebiano” que podrían censurarme por el uso del término “asalto”. Que les den). Tanto unos como otras van a disponer de un modelo referencial ya más alejado del paterno-materno, lo mismo en el proceso de afirmación (un hombre o mujer cualificados por otro/a pequeño/a hombre o mujer), como en el de expresión (una mujer cualificada con la que sueñe un pequeño hombre, o al revés). Los sexuados de la misma edad -aunque contrarios- se insultarán, pero en sus interioridades guardan un mito -por lo general inaccesible- del sexo insultado. No obstante, aún las hormonas apenas han actuado. Acaso algún sintomático pero escaso vello, un mayor o menor desarrollo y poco más. Cuando las hormonas descargan en la sangre con toda su saña, los miembros diferenciadores empiezan a completarse y definirse a ritmo casi de vértigo. Los sujetos se ven con sorpresa, viven un autorreferencial amor-odio, con frecuencia inquietante, además de sentir un abrasador fuego interno que ahora irremediablemente busca una forma de ser con urgencia descargado.

¿El primer amor o los primeros amores?

      ¿Y cuáles son los objetos que favorecen la descarga?. ¿Y cuáles las vías?. ¿Puede hablarse del primer amor o más precisamente debe hacerse de los primeros amores?. A todos estos interrogantes contestaré en las siguientes líneas. En esta etapa persiste de la anterior un sentido del amor personificado en un sujeto de difícil -por no decir imposible- acceso; el cual, cuando el deseo llega, es utilizado por los púberes como objeto de sus ensoñaciones y hasta de sus onanistas y normalizadoras prácticas autosatisfactorias. Pero como se ha dicho, tal objeto -ya- de sus deseos es inaccesible, e inícianse de forma natural unas conductas de búsqueda y heterosatisfacción en sujetos más próximos al potencial amante. A través de un sinfín de paradigmáticas experiencias de “estímulo-respuesta” y de “ensayo-error” los adolescentes irán dando solución a sus preguntas y una gradual sensación de placer en la liberación de sus impulsos (desde los primeros y casi inocentes acercamientos, hasta la ejecución más o menos completa del coito) configurará -por fin- no sólo la definición sexual, sino también la realización de la misma. Y en este camino unos y otras irán tomando o dejando, en función casi exclusiva de la mayor o menor capacidad del otro para aliviar las tensiones ciertas del uno. Por eso desengáñese el lector si espera encontrar en este artículo romanticismo. El platonismo o sublimación del amor tanto más es, cuanto mayor es el alejamiento del ser amado. Y aquí han de incluirse conceptos tales como sentirse abandonado, malquerido, despechado y otros. Cuando más frecuente es el contacto directo con lo amado, mayor es la posibilidad de ocurrencia de situaciones de posesión, de instinto casi puro (pero sin respeto por el otro), de rutina, de aburrimiento, de prácticas torpes del acto amatorio y hasta desajustes filopatológicos serios que turban la relación. ¿Cuántas parejas mal se soportan sólo por inseguridades personales y miedo al abandono?. En fin, mucha gente sabe en qué han devenido matrimonios que antes fueron encendidos amores platónicos. Unos sufren un irracional e incoherente tedio relacional; otros, con seguridad los más privilegiados, viven en lo sexual moderada y/o eventualmente satisfechos y, en lo personal y psicológico, una relación gratificante, compensatoria y con grandes dosis de equilibración personal, pero sin quimeras y conscientes que la pasión ha de ir dejando paso a más convivencia y a compartir caminos, como envejecer juntos, a ser posible. A la postre el auténtico amor es eso, algo que sugiere esa pareja de ancianitos que tan tiernamente -o no tanto- se soportan sus manías. Con el tiempo, lo romántico sólo es posible en las novelas.

Fin

El mundo según el Diantre Malaquías

23 mayo 2016

REBRIOSA ACTUALIDAD

CHINAS EN LOS ZAPATOS -V- (Florilegio cronológico de la memez)

(₸) PAISAJES, AUSENCIAS Y LONTANANZAS (Versos cándidos)

Foto de Néstor Miguélez Fernández

SONETILLO A UN CHOPO
Abanico en la ribera
de aguas cristalinas sombra
solaz y guía de alondras
y en tierra su raíz primera.
Guirnalda de primavera
tu perfume me atolondra
en sueño sobre la alfombra
de hierba, vida y quimera.
Suave brisa con solera
cascabeles que aún asombran
el alma noble y sincera
de un poeta con maneras
primitivas, a la espera
de oír nombre que nadie nombra.

Barcelona. Noviembre de 1972


Foto de Serafín Pan Falagán

AUSENCIA
¿Por qué te abandoné
tierra mía?. ¿Por qué?.
¿Acaso contra mí pecaste?.
¿O yo contra ti pequé?.
Lo hice. Tú nada tienes que ver
en mi desdichada huida.
Yo mismo me desterré.
Solo quedó mi río
de aguas puras, cristalinas ...
-las piedras preciosas más finas-.
Más de una vez
en sofocantes veranos
acariciasteis mis pies
ahora heridos y llagados
por vuestra ausencia.
¿Por qué os dejé tan lejos?.
Que alguien me diga por qué.
Verdes praderas, esmeraldas
donde los rebaños sestean
después de saciar su sed
y pastan.
Felicidad de mi niñez
a patadas con un balón
libre -sí- como el viento
a trote cual buen corcel.
¿Por qué tan lejos quedasteis?.
¿Sabríais decirme por qué?.
Paleras acariciadas
por la brisa matutina
-o vespertina-
y por las aguas.
Cobijos de amor
clamor de la primavera
arrullos y sinfonías
a la vera del remanso.
Solaz. Descanso.
Salicios y Nemorosos
arrancan de vuestros frutos
hondos gemidos, baladas
de monótono son.
De profesores doctrina
dolor y enmienda de brutos
¿por qué de vuestro lado marché?.
Jardín de té mentolado
donde mi abuelo Fidel
ocupaba sus tardes de ocio.
Acacias y chopos
sarampión del plantel
en el rojizo otoño
chulapas al sol
sobre hielos o entre nieves
bajo lluvias. Siempre.
¿Contra mí acaso pecasteis?.
Yo mismo me desterré.
Campanas y esquila
de entusiasmo rajadas.
No oigo vuestra llamada
perdonad. Retornaré.
Anunciad a las cigüeñas
mis anhelos del ayer
ya sólo ficción y sueños.
Cuando por algún San Blas
a su nido regresen
-ahora sí, el mismo de antaño-
quiero con ellas volver.

Barcelona. Abril de 1972


(Foto del río Tuerto. Serafín Pan Falagán)

EN LA ISLA SOMBREADA
Cariño respira el río
bajo suaves caricias
de silenciosos álamos
esposados con el cielo.
Un tenue arrullo
casi imperceptible
de corrientes cristalinas
viste el espacio diáfano
y un verdor furioso
llaga los ojos llorosos
de dos cuerpos
que dibujan el presente
con cada instante ido.
Y esas figuras son hoy
nostálgicas escenas
bellas efigies perdidas
que un extraño
respiró radiante y henchido.
Despierta la brisa
antes cariñosa
y el marco cotidiano de la vida
no cae en mil pedazos
porque el río respira cariño
y el arrullo continúa.

BCN, OCTUBRE DE 1975

Foto del río Tuerto. Néstor Miguélez Fernández

RUMOR DE RÍO, CALOR DE TIERRA
Lejos de mares bravíos
de estepas desiertas distante
duerme mi pueblo sencillo
sueña mi pueblo adorable.
No envidia el rumor de mi río
tu fiera embestida constante
ni tu fondo poblado y sombrío
-oh mar- de acantilado gigante.
Cantan mis aguas cantares
al ave que habita en su nido
y despierta el gorrión con su trino
sublimes susurros de amantes.
Y el calor de mi tierra es cobijo
como es cobijo mi hogar y mi madre.


BCN, DICIEMBRE DE 1975

Los versos diantres del Diantre Malaquías.

17 mayo 2016

(₸) La berenjena caprichosa



( Para Irene, su familia y amigos )


-I-


      Tras una ardua y exigente etapa de exámenes y aprovechando unos días de holganza oficial que le correspondían, Isalba decidió regresar al entorno familiar y con los suyos, a recogerse en ese pequeño paraíso que para ella representaba la casa que la familia tenía en el campo, a decir verdad un auténtico palacio de verano. Venía además de un invierno especialmente crudo en la meseta y precisaba de esos aires levantinos, tan delicados y suaves, a la par que refrescantes en los momentos de intenso calor y resisterio. Nada que ver con el encogimiento que producen los gélidos fríos de sierras y páramos en las altas tierras castellanas. Gran parte de su breve periodo vacacional lo ocupó en su campestre refugio, entre olivos, lantanas, hibiscos, buganvillas y junto a un numeroso grupo de gatos de la contorna que, aparte -claro está- de presentar sus desinteresados respetos a la venerada Isalba, rastreaban las sobras y si podían las previas de los diferentes ágapes cotidianos. Casi a diario recibía la visita de sus padres que, movidos por ese obsesivo amor de todo buen padre, le hacían compañía y supervisaban sus tareas tanto hogareñas como rústicas. Uno de esos días su padre trajo diversas semillas y vástagos que habrían de ser cultivados, para después degustar sus frutos frescos a lo largo del verano y parte del benigno otoño del lugar. Además, en ciertas etapas del año la casa era concurrida por numerosos huéspedes, todos ellos de gusto refinado y grandes amantes de lo más selecto de la tierra, el mar o el aire. Así que de inmediato Isalba se pidió parcela y decidió plantar dos líneas de berenjenas. Con su aparente fragilidad y natural delicadeza de porcelana, cavó la tierra, la oreó, la surcó e introdujo los brotes en el fértil humus del suelo. Mientras tanto, y en un gesto deferente hacia la hortelana y su trabajo, un coro de gorriones se arremolinaban en los almendros alegrándola con sus trinos y gorjeos, los gatos la acompañaban corriendo de aquí para allá o saltando sobre una hoja muerta que la deliciosa brisa desplazaba de un lado a otro, y hasta las pesadas cigarras en un reverente silencio cesaban en sus aserradas y rasposas tonadillas, por tildarlas de algún modo. La escena describía al detalle la comunión que Isalba mantenía con cualquier ser vivo, su extrema sensibilidad, su inmenso amor por las más sencillas y nobles criaturas, tanto que éstas cuando la presentían por el lugar la buscaban para compartir con ella al menos parte de su jornada. Durante unos días ella misma cuidó que lo que había sembrado creciese sin contratiempos, mimando los nuevos brotes, arrancando las malas hierbas, desapelmazando y oreando los pies de planta y ocupándose -en fin- de las tareas agropecuarias que estuviesen al alcance y conocimientos de una neófita en el tema, como ella era. Personalizó tanto el trato con los vegetales que los hizo suyos e incluso tomó una de las matas como su favorita, consintiéndola y favoreciéndola con caprichosos privilegios, tales como no permitir que jamás una mala hierba importunase su plácido crecimiento, o dándole de beber más veces que a las otras; de modo que el resto de la flora de vez en cuando se amustiaba en protesta por la patente discriminación que padecían. Las quejas, en parte injustas pues Isalba nunca relegó el cuidado de ninguna de ellas, no tenían más objeto que reclamar tanto mimo como el proporcionado a la predilecta. Cuando hubo de reintegrarse a sus quehaceres estudiantiles encargó a su padre que, en su ausencia y hasta que ella volviera y la retomara, fuese él quien atendiera la labranza de la pequeña y muy apreciada plantación. Y, en efecto, cada vez que Isalba regresaba con su familia, sin demasiada demora se dirigía a su finca donde constataba el milagro del crecimiento y de la vida, y el resultado ya visible de su trabajo llevado a cabo con tan tierna pasión. Por supuesto, dispensó una especial atención a su berenjena favorita, mientras las demás cabizbajas esperaban los contados remilgos que les correspondían.

      El curso y la carrera finalizó con éxito y ahora tocaba encontrar un trabajo que complaciese el tan noble y angélico espíritu de Isalba. No tardó en encontrarlo y empezaría tras la Navidad del curso entrante, pues por esas fechas una señora debía jubilarse y necesitarían personal nuevo y competente para esa plaza. El impoluto currículum y sobre todo el pertinente y tan admirable perfil de Isalba llevó a los responsables del Centro a ofrecerle un contrato indefinido, a rescindir cuando ella estimase conveniente, bien por superar unas oposiciones, o por lo que fuese. De la formalidad de la contratada no tenían duda alguna; por tanto, de ocurrir cualquier rescisión, las partes llegarían a un pronto y total acuerdo. Con objeto de celebrar acontecimiento tan relevante, ese otoño Isalba decidió viajar a León para ver a su amiga Nerea, quien a su vez también tenía muy cerca el final de su carrera de Medicina. Así que lo festejarían en tan estimable y mutua compañía. Tomó el tren en Elda y partió a través de las dos mesetas al Viejo Reino. Para Isalba León era una fiesta continua. Una de las noches de su estancia las dos amigas salieron a cenar al Racimo de Oro, nada menos. Como plato principal y manjar de dioses pidieron una caldereta de cordero, capaz sin duda de fundir en alma sensible hasta el espíritu más grosero. Y aunque Nerea a punto estaba de acabar Medicina, no por eso era imbécil y no se acababa de creer esa parte de la Ciencia médica que todo lo resuelve a base de analíticas y recetazo, de manera que se pasaron por el forro de las partes sean salvas el colesterol y los alimentos con antioxidantes, omegas y otras cosas raras que hoy en día nos piden comer. Nunca Isalba había probado un cordero tan exquisito. Al día siguiente, y aprovechando el espléndido otoño leonés, optaron por disfrutar de un día de excursión. Llegaron a la tupida floresta de la ribera del Órbigo, allí justo donde la confluencia del río Luna y del Omaña le dan carta de naturaleza e identidad propia como cauce importante de la verde planicie leonesa. El paisaje resultaba de una fastuosa belleza, mayor de la que pudiera expresar el mejor de los impresionistas, con eclosión de colores ocres y rojos burdeos de los robledales del altozano, amarillos de todos los matices en las choperas del sotobosque, rojos y fucsias en las plantaciones frutales de manzanos y cerezos, o en los bosques de hayas y abedules, o los tonos lilas de zarzales y viñedos; con agua corriendo por doquier pendiente abajo en busca de cualquier curso al que acogerse. No muy lejos de donde se encontraban una manada de vacas con sus delicados erales pacían y rumiaban en la húmeda ladera. Algo más alejado otro rebaño de ovejas pastaba custodiado por su pastor, quien en sus brazos tutelaba un par de corderitos de apenas días. Qué delicia de criaturas. Isalba se aproximó y contempló de cerca a esos frágiles borreguitos, quedando prendada de su ternura. Viéndola en sus intenciones, el gañán le extendió uno de ellos que Isalba tomó, lo acarició y contempló hasta caer absorta en una especie de ensoñación mística. De repente se sintió mal, la invadieron arcadas y a punto estuvo de vomitar, pues tanto su cabeza como su corazón se vieron sacudidos por el horripilante recuerdo de la cena degustada la noche anterior, en la que precisamente habían comido un pobre animalito como el que ella tenía ahora entre sus brazos. Por sus adentros se juró no volver a comer cordero, muy a su pesar. Ni vacuno, de los que también había contemplado sus delicados retoños, algunos de los cuales acabarían pronto en cualquier matadero de la zona. Con el tiempo fue dejando de comer todo tipo de carnes animales, ni rojas ni blancas, habiéndose reducido su dieta a verduras, hortalizas, quesos y poco más.

      El mes de abril se abría paso, con el curso ya muy avanzado e Isalba repartiendo felicidad a raudales entre sus pupilos. Prácticamente todos los niños del colegio querían asistir a clase con ella y sus jefes estaban encantados, pero por la cabeza de Isalba discurrían muchas dudas existenciales. También aquella Semana Santa se retiró Isalba a su pedazo de paraíso, a supervisar y cuidar la tanda de berenjenas que tiempo atrás había plantado, pero en esta ocasión lo hizo con especial atención y esmero, de modo que la partida de frutos que venía esa primavera era tal, que nunca antes hubo producción tan vistosa y abundante. Incluso, como de costumbre, Isalba se encariñó con una planta, aunque esta vez se excedió en los mimos y a las otras, más que nunca, se las veía mustias y con cara de enfadadas. Desde que no comía carne los gatos sólo aparecían para presentarle sus respetos, pero no quedaban mucho tiempo pues se iban a otros lugares donde pillar sobras y a ser posible previas. Sin embargo, el resto de fauna y flora la cortejaban como solían hacerlo, con trinos y silencios, reverencias y caras de enfado en las berenjenas menos afortunadas. Poco a poco éstas fueron pasando a formar parte de excelentes pistos y ensaladas varias, para gozo de los habituales y epicúreos huéspedes. Quedaba la mimada y con todo dolor de su corazón decidió cortarla, porque además si no lo hacía acabaría pudriéndose. Se acercó con las tijeras e hizo ademán de tomarla, pero la berenjena en un mohín brusco, mal educado y hasta casi violento, la esquivó. No sabía si volver a probarlo. Lo intentó de nuevo y otra vez la berenjena caprichosa se volvió a apartar con la misma brusquedad y rebeldía mostrada antes. La mente de Isalba se inundó de confusión. Ella, amante de la biología, se había olvidado por un momento que las berenjenas también tienen vida. Uno tras otro y más intentos se apartó la repelente berenjena hasta que Isalba desistió, no sin antes haber roto en llanto, medio de rabia medio de pena. ¡Que se pudriera!. El desagradable episodio desasosegó todavía más a la buena de Isalba. Dejó de comer también verduras, queso y casi de todo, siendo su dieta principal pan con agua. Poco a poco fue debilitándose, más su espíritu que su cuerpo. Menos mal que pronto llegarían las vacaciones de verano y tendría tiempo para recomponer su vida, aunque en estos momentos no sabía muy bien cómo. Pero tan confusa y descorazonada no podía continuar. Así que después de mucho y largo tiempo meditándolo y devanándose la sesera hasta la cefalea, Isalba decidió dar un vuelco total a su vida.

-II-

      Tres días hacía que Isalba había llegado al Tíbet a poner en orden su confusa existencia, retirada en un monasterio budista, entre aquellos cenobitas que parecían profesar un respeto incluso exagerado hacia todo viviente, por invisible, minúsculo e indefenso que fuese; hasta el punto de limpiar el lugar por donde pisarían para no lastimar a ninguno de ellos. Extraño e inútil comportamiento, pues siempre alguno habría de perecer por encontrarse en el lugar y momento inoportunos. En medio de aquella paz real y envuelta por el monótono recital de narcóticos monosílabos, su cabeza cavilaba y cavilaba en busca de respuestas para sus existenciales dudas. Allí se encontraba muy bien, pero tampoco lo que hacían y veía en los monjes le aportaba solución alguna, por ello no podía dejar de ser crítica con un modo de vida respetable, aunque en su opinión demasiado recluida y sin ninguna contribución práctica al mundo que los envolvía y del que no parecían formar parte. Sin embargo, sí estaba plenamente segura del hambre atroz por la que de vez en cuando se sentía invadida y que aliviaba con tés y alguna pastita. Con tanta necesidad y vacío gástrico cualquiera no meditaba. Un día, en una de esas sesiones interminables de rezos y cantos, allá, al otro lado del incensado recinto divisó a un joven de aspecto pálido e inequívocos rasgos occidentales. Cruzaron varias miradas y el muchacho, tras tomar la iniciativa y dar él los primeros pasos en el acercamiento, se dirigió hacia Isalba e inició con ella una conversación que sería el principio de una hermosa relación. Oriol, que así se llamaba el aludido, era un Ingeniero Agrícola de Alicante, quien decepcionado también por el estilo de vida europeo había decidido dar un golpe de timón a su fácil, anodina e inane vida de burgués obligado a serlo. Pero tampoco él acababa de cuajar en esa otra que parecían querer vender los monjes, aspecto respecto al cual coincidía con Isalba. La relación y amistad fue creciendo hasta llegar a compartir la mayor parte de su tedioso tiempo en aquel lugar. Una de aquellas tardes tan fatigosas e interminables, como atenazadas por un hastiado silencio, con sus estómagos vacíos y el alma en ascuas por descubrir al fin alguna certeza que, aunque fuese leve, aliviase en algo su inquietud; decidieron realizar una particular e íntima sesión de meditación, los dos solos.

      Tomaron un té rojo muy especial, acompañado de unas galletitas que le habían regalado a Oriol unos tenderos de los alrededores del monasterio y practicaron unos cantos y unos rezos. Bien por los efectos del té y las pastitas, bien por el hambre que también ayuda a la mística, de pronto se sintieron ingrávidos y envueltos en una especie de pompa flotante que los empezó a transportar por una especie de túnel de la ubicuidad y de la sabiduría, donde no existían limitaciones ni trabas espaciales, temporales o materiales. Ante sus ojos comenzaron a aparecer retales de realidades nunca vistas ni vividas y de ilimitada perspectiva. Primero vieron un manzano con unas apetitosas manzanas que pendían de sus ramas, pero no podían hacer daño al árbol (ni en aquellos momentos lo necesitaban), tampoco cortar sus ramas para asar la manzana, ni utilizar el tronco talado para quitar el frío a quienes de frío muriesen. Por otra parte, el árbol robaba las sales al suelo desertizándolo, aunque sin el árbol ladrón de sales y minerales tampoco habría regulación clorofílica y de fotosíntesis. En fin, no era aquel el momento para disquisiciones o para entretenerse en cosas tan materiales como comer (en el estado en el que se encontraban ni lo querían, ni les urgía), así que decidieron dejar el árbol intacto y continuar su cósmico viaje. En medio de volteretas como las que practican los astronautas en sus naves, disfrutaban de su sideral periplo y de un bienestar jamás antes experimentado. Se vieron en Benarés, al lado del Ganges, donde la miseria e inmundicia se mezclaba con los santones que haciendo gala de su libre albedrío minimizaban la hambruna con preces recitadas cara al río, mientras el sol del este emergía de sus aguas. Por las calles de la populosa ciudad desfilaban niños en busca de la supervivencia, a los que no les vendría nada mal un solomillo de las sagradas vacas, las cuales comían mejor que el personal presente a pie de calle. Afortunadamente Isalba no tenía que elegir, pero entre vaca y niño tenía clara su elección. En el otro lado del túnel un leopardo corría tras una frágil gacelilla, sentenciada desde el mismo momento que por descuido abandonó el grupo que la protegía. Y todo ello lo estaban viviendo con una absoluta normalidad, con una serenidad interior nunca sentida, como si de un ciclo natural se tratase, tal cual era, y que ahora parecían entender a fondo. Se vieron entre guerras, entre muchas guerras que apreciaron con detalle singular y propio, de modo que también empezaron a no comprender, o quizá sí empezaron a comprender por qué unas resultaban más famosas que otras, por qué unos eran malos y otros buenos, cuando todos eran malos e incluso en no pocos casos de los que pasaron ante sus ojos la crueldad de los que llamaban víctimas superaba con creces la de quienes denominaban sus verdugos. Les pasó todo el mundo por delante y empezaron a entenderlo a su manera, a verlo con sus propios ojos y percibirlo con su alma, a observarlo con perspectiva absoluta, en ninguna dirección concreta y en todas al mismo tiempo, o sólo en la suya y a los mandos de su timón. Cuando llegaban al final del túnel de la ubicuidad y la sabiduría vieron de nuevo el manzano, se detuvieron frente a él y lo observaron. Tenían hambre y después de todo lo vivido los instantes previos, con su mente ya abierta a los nuevos conocimientos, cogieron la manzana y la comieron con infinito gusto y fruición, aún sabiendo que estaban comiendo vida extinguida que contribuiría a mantener más vidas. Después se abrazaron y se amaron tan profundamente como luego quedaron dormidos.

-III-

      Oriol e Isalba esperaban con infinita ilusión y anhelos un bebé concebido en ese milagroso viaje al Extremo Oriente. Isalba, esa adorable joven que siempre fue ella misma, pero que en su natural discreción a veces pedía permiso para serlo, había esposado con un joven sensato y estable, cuya acomodada familia lo había dotado de una excelente educación, aunque no habían conseguido hacerlo entrar en la cadena de sus expectativas, ni que se sintiese de los unos (los suyos) o los otros (los contrarios). Aún así siguió siempre muy unido a su progenie pues, al fin y a la postre, junto a su compañera, la familia de ésta, los hijos que viniesen y su gratificante y medioambiental trabajo era lo único que de verdad le interesaba. Isalba continuaba dando sus clases en el Centro en el que siempre quisieron tenerla y Oriol disponía de una pequeña empresa dedicada al asesoramiento e intervención en agricultura sostenible, más que ecológica, pues el término ponía de los nervios al lúcido Oriol. Su ecologismo no era militante, pero sí más eficaz que todos los arcoirisados ejércitos de salvación del mundo. No, no eran precisamente Isalba y Oriol quienes más acelerasen la destrucción del planeta, al que desde su experiencia en el Tíbet vieron siempre como un elemento más de la cadena al que correspondía un papel que cumplir. Desde hacía ya bastantes meses comían equilibradamente, de hortalizas y quesos, a pescados y carnes variadas, erales y añojos incluidos, más ahora que esperaban esa deseada criatura aún nonata y que necesitaba ser alimentada por boca de Isalba. La incipiente familia, fiel al estilo de vida que anhelaba llevar, había comprado una hermosa y muy acogedora casa a las afueras de Elche, desde luego bastante parecida al palacio de verano de los padres de Isalba. En ella los gatos volvieron a multiplicar sus visitas, tanto las de cortesía como las interesadas -claro está-, retornando a los antiguos e incruentos conflictos territoriales entre la joven embarazada y los felinos. En realidad no podían vivir los unos sin la otra, y al revés. Según ya una arraigada usanza, Isalba había reservado la parcelita donde cultivar sus amadas berenjenas, que aquella primavera venían, otra vez y por supuesto, con frutos especialmente lucidos y sabrosos. Crió a sus retoños vegetales con el mismo cariño y apego de siempre, aunque -ahora sí- sin discriminación; o al menos lo procuraba, pues siempre habría una planta preferida. Le gustaba su huerto y su vivienda, su cocina y sus recetas, sus comidas y sus niños. Le encantaba vivir como vivía. Encontraba muy gratificante y se sentía plena con ejercer de mujer de su casa, faceta no muy bien vista en tiempos de sabiduría sectaria y epidérmica. Con toda su conciencia, con todo su criterio y como decía esa canción de uno de sus gemiautores favoritos: “Tuvo fe, mantuvo su criterio y siempre conservó la curiosidad”.

      Conmemoraban el octavo mes de su primer embarazo (luego vendrían más) y el menú de celebración con la familia de uno y otro lado consistiría en verduritas especiales traídas frescas de la huerta, además de cordero al horno y de postre un sorbete de fresas salvajes, también cultivadas por la pareja. Isalba se dispuso a preparar las viandas, tomó sus tijeras podaderas y se dirigió al huerto a cosechar los ingredientes. Tajó por aquí y por allá cuanto necesitó. Las berenjenas escaseaban y ya quedaban pocas unidades. Las cortó y recogió, pero cuando llegó frente a su berenjena favorita se detuvo y dudó. No sabía qué hacer, ni siquiera tras la lección aprendida en el Tíbet, ni siquiera pensando en el hijo que llevaba dentro. Hasta tal punto la ahogaba su sensibilidad. Todavía se acercó a ella sin ánimo de podarla por miedo a una temida reacción que, si bien no se produjo, aun así desistió finalmente de hacerlo. Allí se quedaría y que el ciclo de la vida le diese el fin adecuado. A punto estaba de alejarse, cuando otra vez sorprendida observó que la berenjena se inclinaba dócil y sumisamente a su paso, mostrándose y como ofreciendo su fruto para el sacrificio, por mor tal vez de su rol en la naturaleza, que también era el de fortalecer la criatura de su mentora y cuidadora que venía en camino. Daba el manso vegetal la sensación de tener muy claro su papel en el ciclo de la vida y parecía estárselo expresando a Isalba. Ya sin dudarlo más, Isalba se acercó a la planta y ésta de nuevo se inclinó suavemente para ser podada. Con todo el dolor de su corazón y cerrando los ojos como quien pide a Dios clemencia cortó el fruto y se dirigió a la cocina, donde preparó el pisto más sabroso jamás catado por paladar humano.

      A partir de entonces, tan felices vivieron que vinieron cuatro hijos más, aparte del concebido en la montaña sagrada. Ya tenía Isalba cuanto quería; esto es una casa, un muy juicioso y maduro compañero que fue siempre el amor de su vida, unos hijos maravillosos y una guardería donde los niños la adoraban. Tampoco nunca más nadie osó darle lecciones de ecologismo y sostenibilidad, porque incluso cuando regresaba a casa con su prole, los granados se inclinaban a su paso, las lantanas se erizaban, las buganvillas agitaban sus coloridas hojas produciendo bulliciosos aplausos y toques de campanilllas, las chicharras guardaban silencio, los gatos regresaban regocijados a oír en su boca algo de sus amores, o de sus broncas si algo de las previas se hubieren apropiado. Así fue siempre Isalba, un ejemplo de equilibrio entre su mundo particular e íntimo y el más amplio al que, junto con su cabal compañero, siempre cuidó con eficacia y sin alharacas militantes ni superfluas. Y, sí, ansiaba entretenerse en su casa y en su cocina, aunque nunca se sintió capaz de ser ella misma quien diera matarife a cualquier animal que luego tuviese por destino la cazuela. Así era Isalba.

FIN

El Diantre Malaquías

14 mayo 2016

(₸) La eternidad de ese instante



Amor, quiero fundirme en tus entrañas
agotar mis fuerzas
buscando en el placer el alma
-¡inmensa mujer!-
tu corazón trémulo que me ama.

Quiero enrojecer tu cuello a besos
quiero diluirme en ti y contigo
-¡dios y relax del cuerpo!-
y buscar la calma
en el ardor y vaivén.

Quiero acariciar con mi palma
en el sueño de la vida, tus caderas
toda tu cintura y tus espaldas
-¡toda tú!-
comprobar tu hermosura con mis labios
y envuelto entre tus piernas
en el calor de la noche
en el fragor del deseo
darte parte mía
-¡dármete!-
cuando los escalofríos marquen
el irreversible arranque
de nuestro convulso viaje
y sacudido tránsito
a la eternidad de ese instante.

Barcelona. Noviembre de 1972

Los versos diantres del Diantre Malaquías


12 mayo 2016

(₸) A dos (Canto pornolírico)




Es tu presencia
toda
tú, toda entera
tu luz y ese tu brillo
el de tus formas
que me pierden.

Es tu mirada
la que enciende
cuanto mira.

La sangre hierve
cuando tus ojos la cruzan
y el péndulo en el tiempo
en tu tiempo y contigo
se torna resorte
que penetrarte anhela
con calambres de deseo
y humedades ciertas
de tus pliegues en sombra
y de tus labios
todos ellos.

Y tus entrañas
y tus cavernas
se hacen profundo vacío
mientras esperas
y los eléctricos espasmos
tus nervios cimbrean
de arriba abajo
de ti, toda entera
de ti, todas tus partes
de ti, toda bocado
de ti, toda mojada
que beberte es cielo
que con la lengua esculpirte
es gloria de serafines
que con el ariete enhiesto
crucificarte una y mil veces
con mi clavo en tus agujeros
es el infierno más caliente
y el pecado que más quema
más pecado
sí, todo pecado.

Que retorcerse contigo
revolcarte, amarte
con los cuerpos anudados
y los líquidos a punto
para inundarte entera
toda por dentro
toda por fuera
de ese su blanco brillo
es -¡ay¡- lo que suspiro
mi pecado.

A por ti que voy
mi muerte y mi vida.
Pero espera ..., espera.

Los Versos del Diantre Malaquías

(₸) ROMANCES PARDILLOS (De cuando el acné te estalla en la cara)


VENUS
De amarillo como el sol.
Sobre el verde de las hojas
tu tallo color marrón.
Bella cual perla preciosa
tienes todo de una rosa
y algo más: un corazón.
La cabeza de botón
brote de primavera.
Del cosmos la más hermosa
si en el cielo no existiera
mi Venus de perfección
tú misma pero hecha diosa.
Colmena de miel golosa
abeja, voz de la flor
avecilla caprichosa
que abanica el corazón
del alma sólo dichosa
cuando a tu sombra reposa
forjando nueva ilusión.
Sauce siempre llorón
del jardín verde y tranquilo
tímido en un rincón
junto a la fuente de aguas
las más puras, las más claras
alivio para el sudor
caricia al sopor de mi cara.
Paraíso sin dolor
sin odios y sin espadas.
Cariño, mucho cariño
amor y pasión, ¡amor!.
Mírame sin temor.
Ábreme hacia ti un camino.
Barcelona. Marzo de 1972



EL AMOR NIÑO
Aquella tu bella
y esbelta figura
colmó mi persona
de loca cordura
de tierna alegría
y agitado sosiego.
Aquella tu cara
dulce y hermosa
de un ángel humano
de un dios terrenal
simulaba una rosa
bonita, golosa
viva y abierta
galante y pomposa.
¡Qué hermosa es tu cara
sencilla y graciosa!.
¡Qué labios tan tuyos
rojizos capullos
en flor!.
Ah, ojos profundos
en alas revoltosas
de grácil mariposa.
Cabello castaño
largo y precioso
fruto de un año
-¡qué digo!, de más-
de cuidado cariño.
Tupido racimo
en cabeza platónica
cubría tu rostro
cuando el viento furioso
rabioso soplaba
¿o tal vez envidioso
que acariciarte osaba?.
Aquel tu querer
de niña y mujer
me hacía pensar
en nuestra niñez
de antes y ahora
¿de ahora y después?.
Posterga la infancia
amada mía
regálame la madurez
de ese tu cuerpo perfecto
que el juicio me hace perder.

Barcelona. Febrero de 1972


CRISTINA
Cristina, alma en sopor.
Apuesta muchacha argentina
con huellas de dolor.
Falsa o sincera
necesitada de amor.
Pragmática o idealista
gélida de tanto calor
saturado de deseo.
Bestias sin compasión
famélicas de cuerpo
dispuestas a devorar
la presa de tu atracción.
Cristina, musa de mi canción
apuesta muchacha argentina
con tino de cazador.
Por este mundo caminas
amada y amada hasta el asco
hastiada de soledad.
Descansa, descansa.
No hagas de tus caderas armas
contra aves de rapiña.
Haz un alto en el camino.
Reposa, reposa.
Escucha tu corazón palpitar
y serás de nuevo Cristina.
No administres la pasión
comienza una nueva vida.
Cristina, Cristina
te llamo, afina
marcha.
Para tu recuerdo tengo un rincón
en mi acogedora persona
que también lo fue mezquina…
ya me entiendes.
Llaga de mi escozor
apuesta muchacha argentina
airosa, fina
lastrada de incomprensión.
Cristina, tus lágrimas
y tu llanto me espantan.
Cristina, bohemia sin ilusión
apuesta muchacha argentina.
Vuela como el silvestre azor
libre, sin vendas ni campanillas.
Marcha, huye, vuelve a nacer
a la vida y al amor.

Barcelona, Abril de 1972



A MONTSE BOVÉ ( EL AMOR QUE NUNCA FUE )
Amiga, -¿quizá algo más?-
menos penetro en tu mundo
cuanto más lo intento.
No sé si te odio o te quiero
cuando te veo pasear
remilgada sin remedio
por las sendas de la duda
-o eso quiero creer-
sobre juguetes jamelgos.
Tal vez sea yo tu juguete
mas... ¿por qué juegas con fuego?.
No sé si te odio o te quiero
supradjetivada Montse.
Intento pero no consigo
hacer de lo tuyo mío.
¿Quién eres tú en mi vida?.
¿Acaso el hada de mis sueños
o lágrimas que colman ríos?.
¿O fuerza por un momento
palabras en el silencio
de divergentes destinos?.
¿Eres duda?. Así lo anhelo.
¿Eres sombra, luz o brío
de un poeta trasnochado?.
¿Eres una o más de una?.
No olvido lo caminado
ni las piedras del camino
ni fiscal quiero ser en tu sino
sólo sumiso a tu lado
quiero aprenderme tus huecos
el humus de tus vacíos
el amor que ahora me emboba
o de la vida el teatro.
¿Aún no quieres ser torrente
al que inunde mi torrente?.
¿O ni torrente te soy?.
No sé si te odio o te quiero
mi Montse supradjetivada
mas... ¿por qué juegas con fuego?.
¿Eres amante y amada
(no sé yo de, ni por quién)
o sólo amante
o sólo amada?.
¿Lo tienes por amistad
mi sentimiento hacia ti?.
¡¡Pues bien andamos!!
¿Quién te soy, un huracán
un transeúnte por tu alma
un pobre lelo, un pardillo
ese tontaina de turno
una carga, un fantasma?.
Mi Montse supradjetivada
no sé si te odio o te quiero
mas... ¿por qué juegas con fuego?.
Tengo tu interrogante
arraigado en mi querer.
¿Eres tú mi querer?.
¿Soy acaso tu ideal
o un infeliz despechado?.
¿Quién soy yo
Montse supradjetivada?.
¿Eres mi amada y no amante
o sólo amada?.
¿Por qué no amante?.
No sé si te odio o te quiero
mas... ¿por qué me enciendes en fuego?.

BCN, OCTUBRE DE 1972. RETOCADA EN MARZO DEL 2001, EN BCN

Los versos diantres del Diantre Malaquías

07 mayo 2016

(₸) Cultura e ideologías


      Sin duda no todos entenderán la auténtica dimensión del término cultura, pero por respeto al lector formado no entraré a conceptualizarlo. Sí ha de señalarse que es menos culto quien más verdades absolutas cree poseer. Y no se equivoque el lector juzgándome humilde. Por entera afición y medio de oficio, el que esto escribe de vez en cuando piensa, y de tanto ejercitar la abstracción supone estar investido de alguna que no ha de callar. Aclárese, no obstante, que aún puede aprender de las gentes ponderadas de cualquier clase, credo o nivel formativo. De las ponderadas, sí, pues los “machaca” (o acríticos siervos de la ideología) en todos los grupos son iguales y nada nuevo pueden enseñar. Así de absoluto.

      Al hilo de lo anterior, el verdadero necio va a equivocar el etiquetado y los atributos, tan sólo por considerar el medio y/o autor progresista o retrógrado. Comentará impávido que tal o cual opción política es votada por personas sin sentido de clase, cuando de haberlo tenido, los ciudadanos de este país en más de una cita no habrían ni pisado los colegios electorales. Calificará de intolerable y fascista el aserto que seguimos bajo la dictadura de los tontos, como si los que ahora los mantienen en el poder (a unos y otros) no fueran casi los mismos que hacían arrasar al régimen anterior en sus consultas (?????) de mentirijillas. Dirá apoyar a la única alternativa progresista, cuando lo genuinamente progresista hoy es derrocarlos y correrlos a gorrazos (a unos y otros, por más que uno no crea en las equidistancias), sobre todo para ver si una cura de poder les hace enrojecer, que al fin y al cabo para algunos es lo suyo. Juzgará las personas por sus “proyectos” (que les suene rimbombante, y más si tienen que ver con “lo social”), y no por su equilibrio interior o coherencia personal, lo cual es tan cateto como el peor de los tópicos al uso muy propios de los simples de mente. Y si ha de hablarse de coherencia, éste no es rasgo que cuadre a las ideologías en boga o “guais”, por cuanto han dejado a su izquierda actitudes que con acritud mitinera denunciaban en la recalcitrante derecha de yates, amantes, lujo, etc. Y es que la buena vida se contagia. Eso sí, los tiempos son otros y disponen de la cuantitativa (que no cualitativa) excusa de los votos. Pero sepan algo que he aprendido: dictadura por dictadura, prefiero la del menos hambriento de poder… y de hambre. “No sirvas a quien sirvió ni pidas a quien pidió”, dice un viejo aforismo. En definitiva, es a esa panda de farsantes pseudoprogresistas y mal llamados “de izquierdas” (les pegaría mejor los de “la siniestra”) a los únicos que en estos momentos cabe temer. Entre otras insensateces han demostrado aferrarse a las prebendas del mando, incluso con más fuerza y rapiña que aquéllos por ellos tantas veces -y por lo mismo- denostados. A veces uno ha llegado a suponer que las diferencias entre unos y otros estriban, de forma casi exclusiva, en la cantidad de amiguetes (más advenedizos e ineptos, cuanto más escorados hacia las esferas de quienes menos han gobernado) a colocar por ministerios y ayuntamientos. Y para corroborar estos datos siempre podrá recurrirse a las diferentes leyes de la función pública que se han ido elaborando. En realidad uno piensa que, salvo en el hecho de poder elegir a los más variopintos representantes, en lo demás los privilegios que no hace mucho algunos denunciaban en la derecha “rancia”, tan sólo han cambiado a otras manos, cuando menos tan rapaces.

      Todo cuanto aquí se ha expuesto, a ojos del intelectual de copete, con arrogancia y papada nuevas, y feroz defensor de lo establecido le parecerá marginal. Pero ya se sabe a lo que llaman marginal. Su halo de lucidez con pajarita ya no adormece conciencias. Ya ni siquiera parecen más cibernéticos, informáticos, tecnólogos punta, etc. ¿Y de su realismo?. Tan realistas son que varían las hipótesis, básicamente, en función de personales criterios de incombustibilidad política. ¿Cómo puede darse pábulo de intelectualidad a alguien cuya fundamental misión es conservar la influencia, aun por encima de una gestión hipócrita que ni legitiman los votos, ni debe dejar al pensador impertérrito en su puesto?. Estoy convencido que la cultura que llaman “progresista” no es sino la excusa perfecta para el mantenimiento de un estatus (tan rancio como el de esa derecha a la que demonizan) en aquéllos a quienes tanto les costó alcanzarlo. Para un sabio, mejor es estar anclado en cualquier tiempo, antes que en el presente, salvo –claro está– si es por hacer el paripé y vivir de la comedia a la que nos tienen acostumbrados ciertos cultos e ideólogos de actualidad. Ay, si Quevedo levantara la cabeza.

      Para finalizar les “fusilo” un sugerente párrafo de Bertrand Russell (afamado Filósofo de la Ciencia, también conocido por su fundamentada inquina a la clase política) que en opinión de quien esto escribe define muy bien la catadura (que suena a caradura) del político y el sesgo manipulador inherente a la ideología. Dice: “Si los hombres son suficientemente irracionales, se les puede inducir a que sirvan a tus intereses bajo la impresión de que están sirviendo a los suyos propios. Este caso es muy corriente en política. La mayoría de los líderes políticos adquieren su posición al lograr que gran número de personas crean que esos líderes se mueven por motivos altruistas. Es bien sabido que esta creencia se acepta con más facilidad bajo influencia de la excitación. Las bandas, la oratoria de multitudes, el linchamiento y la guerra son etapas en el desarrollo de la excitación. Supongo que los que defienden la irracionalidad creen que hay una mayor oportunidad de engañar al pueblo provechosamente si lo mantienen en efervescencia. Quizá sea mi aversión por este tipo de procesos lo que hace que la gente diga que soy excesivamente racional”. De la obra “Sociedad humana: ética y política”. Ediciones Cátedra, S.A. Madrid, 1984.

El Diantre Malaquías, pseudónimo