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29 enero 2015

La razón frente a la angustia


      Hay en nuestra sociedad ciertos sectores y hábitats concretos especialmente propensos a estados de angustia. En términos ya tópicos pero quizá más inteligibles, diría que se trata de una especie de “angustia vital” o “angustia existencial”, aunque por razones concretas derivadas de una cruda realidad. Me refiero a la juventud y al tropel de parados (muchos millones ya) que, siendo colectivos diferentes, comparten demasiadas veces las mismas inquietudes. La relevancia sanitaria de este problema queda patente en informes difundidos con profusión por los más diversos medios de comunicación. También se habrá de hacer referencia a ciertas periferias, subdotadas por coyunturas y circunstancias siempre irracionales, al tiempo que colonizadas mayoritariamente por aquéllos (jóvenes y parados, recuerden), como no podía ser de otra forma. Por tanto, en los ámbitos donde se combinen estos preocupantes factores intervinientes, no es difícil suponer entre la población graves situaciones de zozobra e inestabilidad psíquica. Incluso entre personas que, sin estar directamente afectadas por la inestabilidad o precariedad laboral, sufren las consecuencias de un medio inseguro, con discutibles sistemas de valores, culturalmente desmotivado y, en fin, muy limitado en formación y competencias.

      Centrando más el problema, si se entiende la angustia como un estado continuado de ansiedad sin razón aparente, o por causas desproporcionadas al efecto que producen, el primer paso para su prevención y/o solución sería la racionalización y asunción de los factores que la fomentan. Un segundo paso trataría de controlar aquellos aspectos del universo próximo del sujeto que la favorecen o agravan. Respecto al primer punto debe entenderse por racionalización el proceso a través del cual se analizan y se da su justa dimensión a los problemas, tratando que éstos no perturben ni desborden el entendimiento. En este caso sería de aplicación el modelo de psicoterapia denominado “cognitivo-conductual”, en su expresión concreta conocida por la “intención paradójica”, utilizada como técnica, pero también como estrategia terapéutica. Viene todo esto a significar que el miedo a los fantasmas no lo superarás si ante ellos sales corriendo; antes bien lo superarás haciéndoles frente, plantándoles cara y tirándoles de la sábana; o, de forma más comprensible, siguiendo el modismo castellano de “si no querías sopa, pues toma dos tazas”. Respecto a los factores que fomentan y/o acrecientan la angustia el más recurrente es el de hacer de los pensamientos intrusivos temas tabú, lo que sucede al tratar de forzar el alejamiento y olvido de dichos pensamientos, con lo que se están convirtiendo en todavía más intrusivos y parásitos. Por otra parte es lógico pensar que la angustia se producirá con mayor frecuencia e intensidad, cuando las propias incapacidades personales no permitan afrontar las dificultades con inteligencia práctica. Es decir, cuanto menor sea el nivel de cultivo mental (tampoco hace falta que todos sean doctores, que también los hay muy listos con estudios primarios), mayor será la propensión a que los estados de angustia desemboquen en perturbadoras consecuencias. Pero no siempre es así, pues puede haber personas inteligentes y formadas invadidas por este tipo de pensamientos, y no es precisamente porque carezcan de competencias, sino que en cualquier caso están haciendo un uso muy inadecuado de las mismas. Sin embargo, sí parece claro que en el cultivo personal y el desarrollo intelectual (que pasa por creer en la psicología y los psicólogos) se encontrarán los adecuados instrumentos para prevenir y/o tratar la angustia hasta su extinción.

      En cuanto al problema del paro, se deduce fácil que el objetivo casi único de la mayoría de desocupados es, con toda su crudeza, la supervivencia pura y dura en este mercantilizado mundo y, dadas las condiciones del mercado laboral, una de las pocas vías posibles que aún quedan para supervivir es la “alternativa personal”. Conviene señalar, no obstante, que para afrontar con alguna perspectiva de éxito la “alternativa personal” son necesarias unas dotes adquiridas sobre todo a través de un proceso intencionado de formación permanente, las cuales podrían concretarse en expresiones como lucidez mental, capacidad de iniciativa, sentido de la organización, seguridad en las propias posibilidades, otras y muchas ganas. Y si la experiencia directa obtenida a partir de manipulaciones y probaturas juega también un importante papel formativo, es el estudio dirigido o autodidacta el que, sin duda, más capacita. La importancia del estudio no radica exclusivamente en el cultivo del espíritu, sino también en la posibilidad de titulaciones complementarias que enriquezcan el currículum personal. Antes se hacía referencia a la supervivencia y éste es un concepto que conviene precisar. Por sobrevivir debe entenderse la utilización de un medio de vida para cubrir, al menos, las necesidades elementales (cada cual sabrá las suyas), dentro -claro está- de unas normas éticas de civilidad. Sin embargo, es difícil que la civilidad y la agudeza mental imperen en ámbitos donde la pobreza de estímulos ambientales de tipo educativo e incluso el más absoluto desprecio por la cultura cercenan toda potencialidad individual que facilitaría la “alternativa personal”. Así surgen las alternativas marginales, en algún caso con graves problemas para la convivencia. Se podrá alegar que el concepto de “alternativa personal” es vago e inconcreto. Pues no, es concluyente por cuanto, o se construye una “alternativa personal” o se enfanga uno, se enreda y ahoga en las reticuladas raíces de obsesiones y otros estériles pensamientos intrusos que angustian hasta la asfixia a los humanos cuando a una situación no se le encuentra salida. Sobre la angustia en función del universo próximo, cabría preguntarse si un medio insensibilizado y aculturado no favorece hasta extremos preocupantes la “angustia existencial”. Un medio donde campa el desarraigo, tanto el de quienes no hacen ni el más mínimo esfuerzo por una respetuosa y justa integración, como el de aquéllos que con actitudes pazguatas hasta el ridículo practican una integración “militante”, procurando de este modo enterrar su pasado y raíces de las que se avergüenzan; un medio así no es un medio equilibrado. Un medio donde se ultraja a los marginados, olvidando que son producto de una sociedad a la que los ultrajantes han contribuido de forma muy principal a sustentar y alimentar, a veces con mala fe, en no pocas otras desde el sectarismo político y las más de las veces con ignorancia e incompetencia manifiestas del común de la ciudadanía, de las que el sectarismo político saca provecho, por supuesto. O aquel otro medio que ofrece a los resentidos la posibilidad de aferrarse a radicalismos varios (“partidarios” que pegarían e incluso matarían o morirían “por la paz”), no es un medio equilibrado que favorezca el equilibrio psicológico y por tal la superación de la angustia, cuando menos la vital. Un medio donde se dan casos de anteponer los tragaperras a la excursión colegial de sus hijos, o donde las bibliotecas son adornos y componentes del mobiliario urbano -más que otra cosa- es un medio desquiciante y génesis de todo tipo de trastornos psicopatológicos. Son demasiado frecuentes las anécdotas como la del padre que vocifera a su hijo sobre lo estúpido del macramé como trabajo manual del colegio, o el de la madre con sensibilidad de esparto que “esputa” a su hijo lo inservibles que son sus manualidades. Son ejemplos donde la propia frustración personal investida de ignorancia integral frustra y limita las posibilidades de expansión de su pequeño. Entiéndase bien. No pretendo insinuar como única alternativa en estos ámbitos la droga y/o el paro, pero se habrá de convenir que el elevado número de necios ya existente, aquéllos de los que se dice “la ignorancia es atrevida” seguirá existiendo e incluso procrearán nuevos engendros (ya se sabe que los hijos vienen sin manual de instrucciones). Sin embargo, las personas conscientes de sus limitaciones, con buena voluntad, aquéllos que humildemente aceptan lo poco o mucho que saben y que, sobre todo, siempre quieren aprender cosas nuevas; aquéllos -digo- no tendrán graves dificultades para racionalizar sus preocupaciones y acabarán por sobreponerse a su particular calamidad.


      Hasta aquí se ha dado un enfoque preventivo al problema. Y en el caso de los hechos consumados, cuando la angustia nos supera, ¿qué hacer?. Las angustias concretas cada uno deberá tener alguien con quien compartirlas. Probablemente un buen amigo y una familia acogedora alrededor son, al menos, tan importante como un buen psicólogo. En última instancia, los recursos técnicos del especialista sobre los que ya se adelantó algo en párrafos anteriores siempre pueden aliviar y hasta suprimir el daño. 


Fin
El mundo según el Diantre Malaquías

24 enero 2015

Mi testamento


      Hoy ha caído en mis manos un viejo papel, escondido meses, tal vez años; repleto hasta pringar su blancura de amargos recuerdos, de ilusiones vanas, de tiempos felices ya pasados. Rocío para el alma han sido los versos, literalmente llorados por ese mi amigo de inquietudes y sobre todo penas, muchas penas. Cuán pocas palabras, pero cuánto sentimiento esparramado.

      Amigo, tu gran persona me acompaña. Aunque lejos ambos, nacidos bajo insalvables circunstancias, te tengo cerca, te siento tanto como tú sentías cuando recitabas tus paridos cantos. Y te lo digo hoy, ahora que aburrido me he dispuesto a ordenar mis recuerdos estampados sobre hojas, tan llenas de buena voluntad como de impotencia, ante un obsesivo afán -casi nunca satisfecho- de expresar cuanto soy y lo que siento. Una impotencia visible cuando, nervioso -digo yo- por el tabaco, rasgo sobre el papel todo el odio y el amor de mi existencia. Lo llevo dentro, pero -idea de Bécquer- me cuesta vestir los hijos de la imaginación con recato, para presentarlos en sociedad. Sufro en el intento de arropar con gramática decente las ideas-feto que luego parirá mi mente. Letras, palabras, giros, expresiones... El traje gramatical para -digamos- mis herederos.

      Éste es mi Testamento, ahora, hoy, en este instante que mis retoños literarios dejan de ser prosas o versos y que traspasan mi mundo, cubiertos sus cuerpos del traje gramatical tejido con total mimo por mis conocimientos lingüísticos. Éste es mi Testamento. Gracias, amigo, por tu compañía tras el humilde telar de mi inteligencia.

BILBAO, AGOSTO DE 1972. BCN, FEBRERO DE 1991

Los relatos sucintos del Diantre Malaquías

Nieve y patria

Cuando la nieve descarga
en patrias de escaso copo
pero de Historia preñadas
con actitud reverente
en balcones y terrazas
se arremolina la gente
para secarse los mocos
mientras se aparta al de enfrente
pues su nieve no es tan blanca ...

Y eso que lo blanco hiere
sus enseñas y sus modos.

Los versos diantres del Diantre Malaquías

19 enero 2015

Sectas: comulgar con ruedas de molino


      Introducción teórica


      En general, puede decirse que las sectas tratan de ocupar el lugar de las religiones tradicionales, a las que sustituyen en su rol redentor. Se distinguen de éstas por la práctica de un culto más espontáneo e íntimo (no tanto liturgias solemnes), dándose además en sus miembros una voluntariedad ¿…? y una autoexigencia de “santidad” súbita que no es frecuente en las religiones clásicas, donde tanto la militancia como la salvación vienen, en cierta forma, impuestas. Suelen estar también más alejadas del estado, de los poderes y cultura dominantes, a los que toman como enemigos que deben ser combatidos. Históricamente surgen siempre ante supuestos grandes signos (los cambios de centuria y/o milenio vienen al pelo para sus predicciones apocalípticas con las que aterrorizar incautos), por decadencia social (real muchas veces, sí, pero no para necesitar redentores), por frustración socio-cultural, etc. Con ética paternalista y humanista promueven valores como la no violencia, la paz, la felicidad, la gracia, la recuperación de la identidad y el encuentro consigo mismo o con el semejante, y así un sinfín de ellos siempre investidos de ese carácter mesiánico. En definitiva, y de una manero u otra, aparecen para salvar el mundo.

      Cabe distinguir dos tipos de sectas. Unas, cerradas y a las que algunos llaman “destructivas” (como si todo grupo sectario no tuviese algo de destructivo y aniquilador de la personalidad), se caracterizan por la obediencia ciega a un jefe idolatrado. Otras, denominadas abiertas y “no destructivas”, están definidas por una relación horizontal (literal, con frecuencia, sobre todo si se trata del amo), donde el ideal de comunión es primordial y donde cada uno es hermano para el otro. A la postre, todas cubren necesidades de afectividad, de autoestima, de disimulo de la irracionalidad y de redención desculpabilizadora (la culpa, no se sabe muy bien de qué, es un sentimiento recurrente).

      Sujetos u objetos de la redención

      ¿A quiénes redimen las sectas?. Las instituciones tradicionales, quizá por agotamiento del discurso, por desfase del mensaje o simplemente por representar lo socialmente aceptado no pueden tener rango de redentoras para alguien que cree ser distinto a la masa. Ésta es una característica básica, pero se dan otras que completan el cuadro. Las sectas reclutan en medios psíquicamente frágiles (síndrome de carencia de autoridad, integrismo religioso, educación asfixiante, invalidez de modelos, etc.), los cuales favorecen la aparición de individuos de “yo” quebradizo y/o lábil, con estructura de personalidad endeble, hipersensibles muchas veces, con ínfimos niveles de autoestima que se compensan con las expectativas de ser distintos, muy culpabilizados (la culpa, otra vez), con baja tolerancia a la frustración, normalmente incapaces de establecer vínculos interpersonales firmes y seguros y, en fin, sin competencias para superar de forma autónoma los conflictos y contradicciones de la vida. Estos rasgos, junto con la necesidad de adquirir responsabilidades sociales, hacen perentoria la afiliación a un grupo poco numeroso, de corte humano, personalizado y repersonalizante que los valore, los desculpabilice y colme sus anhelos de sensualidad, de paz interior, de rebeldía y de otras muchas subjetivas carencias de mayor o menor relevancia. Obviamente, estos “acogedores” grupos son las sectas.

      Desocialización y resocialización

      Los militantes de tales grupos son sujetos que, sin tener más lacras que cualquier otro ser humano, así no lo creen y recurren a la que yo denomino “técnica del barnizado opaco”; esto es, ponerse muy bonitos por fuera para no angustiarse y enterrar -vivo, por cierto- lo que antes no les gustaba de sus adentros. En otros términos, los miembros hipotecan su “yo” (algo parecido a vender el alma) y se diluyen en el grupo hasta la pérdida, a menudo severa, de autonomía, de yoidad, de individualidad, de actitud y aptitud para el análisis, la crítica y la autocrítica. Con técnicas de persuasión más o menos sofisticadas (no siempre son tan sofisticadas como se pretende hacer ver) instruyen a los adeptos para mostrar lealtad, para formar bloques y alianzas contra el sistema “perverso”, para organizar grupos cohesionados que antepongan siempre los valores conjuntivos a la individualidad, y así definitivamente acabar con la persona como ser librepensante y autónomo. El condicionamiento continúa limitando las relaciones personales (separación de la familia, anulación de los contactos exteriores que no sean de reclutamiento organizado o de actividades para la supervivencia) y tratando de crear la sensación de “élite” , el sentimiento que sólo ellos conocen el modo de salvar el mundo, que son la vanguardia y asisten a un mesías, y otras monsergas semejantes. Se ubican en pisos donde ocurre de manera muy especial el proceso “desocializador” y “resocializador”; es decir, primero sacan al sujeto de su sociedad natural y después lo sumergen en otra que lo “regenera” y “purifica”. Se relacionan bajo excusas diversas como el amor universal (por costumbre mucho más universal para el jefe), el flujo de los sentidos, la experiencia interna, la acción válida y otras más o menos surrealistas; de forma tal que acaba estando bien lo que antes era malo. Y aquí se perfila un modo curioso de disociar que algunos denominan “síndrome disociativo atípico” y al que se llega a través de lo que el Dr. Miller (Berkeley) llama “trance inductivo”. A una verdad antes universal (por ejemplo, la promiscuidad no es buena) le sucede una muy particular (por ejemplo, ahora es buena porque supone una “experiencia interna” o el “flujo de los sentidos”). Se traducen reacciones personales a códigos sectarios (las colectas se justifican como “acciones válidas”). Como dice el Dr. Miller, cada uno se encierra de modo “quasi” esquizofrénico en experiencias particulares y pierde el contacto con el mundo real, produciéndose así una inadecuación de las relaciones del sujeto con su entorno.

      A medida que se asciende en la estructura piramidal se gana autonomía en el grupo, pero se pierde para poder salir de él. Las presiones son cada vez mayores. Hay un mejor conocimiento entre los miembros, por tanto más fácil resulta el chantaje y la manipulación con sentimientos de culpabilidad por la huída y abandono del grupo, caso que alguien estuviese tentado de hacerlo. Las amenazas de mayor o no tanta sutileza son frecuentes y fomentan el temor (terror, a veces) a la venganza. Cuando el adepto ha llegado a estos niveles en los que le produce un sacrosanto horror que le cuestionen sus concepciones y creencias personales (sería como desnudarlos en plena y concurrida calle) , el grado de incondicionalidad al grupo es ya rayano al fanatismo. La capacidad para desarrollar y ejercer mecanismos de defensa ante el mismo ha desaparecido, se restringe la atención crítica y se anula la autoocrítica (algunas sectas hablan de ellas, pero desenfocadas o tendenciosamente enfocadas), aumenta también la sugestionabilidad hasta llegar a un estado de exaltación espiritual tan delirante que altera de modo severo a la conciencia y lleva a la sumisión automática a los dirigentes. Una persona acaba siendo incapaz de irse por su cuenta de una secta, si no es con ayuda psicológica que trate la reintegración normalizada al medio natural, aún si el intento de huída ocurre respecto a sectas en principio toleradas porque sus actividades no pueden demostrarse como ilegales, cual pueda ser el caso de la Cienciología. Porque cuanto más tiempo pase, no sólo la salida del grupo se hará más difícil, sino que también la readaptación será más complicada, y ello debido a factores de carácter psicológico, unos, tales como episodios que especialistas americanos denominan de “flotación” (lo del pulpo en un garaje), el “efecto pecera” (sentirse siempre observado). Otros sin embargo son de naturaleza socio-económica como, por ejemplo, las desfavorables condiciones del mercado laboral que pueden afectar de modo muy singular al antiguo adepto, e incluso su desadaptación integral a las diversas exigencias sociales, en general (proceso de “resocialización” a su sociedad natural). Y es que, según opinaba un desprogramado informador (un “desprogramado” es alguien que ha debido recibir tratamiento psicoterapéutico para superar la “huella psíquica” o secuelas psicológicas tras el abandono de un grupo sectario), “ la libertad es muy bonita, pero da tanto trabajo…”.

FIN

El Diantre Malaquías

14 enero 2015

La nieve (Poema bucólico)

¡¡¡Publicación sugerida!!!

Castrillo de los Polvazares, León. 
Foto de Serafín Pan Falagán

Es la nieve una caricia
de invernales días grises
a los musgosos tejados
y a los yertos rostros tristes
de mis valientes paisanos.

Silenciosa cae y viste
los asfaltos agrietados
la soledad sublime
de los campos en quietud
donde fornidos mastines
vigilan a los rebaños
y encapuchado el pastor, sentado
sobre el hito que divide
la propiedad de los campos
el recto cayado oprime
en sus ateridas manos.

Lanzan los benjamines
del blanco ganado ovino
al aire sereno y frío
entrecortadas cadencias
cual salmo de serafines.

Lentos, melosos, sutiles
siguen los copos cayendo
sobre el ocre de los bagos
sobre los hielos pensiles
del alero del tejado.

SANTA COLOMA DE GRAMENET, Noviembre de 1975

El Diantre Malaquías, Pseudónimo

11 enero 2015

A miel sabe tu mirada

¡¡¡Publicación sugerida!!!

Esa extraña luz profunda
de sueño estremecido
hiere con su brillo
rosado en las caricias
la noche enternecida
los labios apretados
cual pétalos vencidos
polícromos y castos
por el fulgor violento
de los rayos en tinieblas.

Esas ramas retorcidas
entre aromas seductores
y el añil del paraíso
musitan sin palabras
el silencio de las flores
el vuelo de las alondras
el canto de los jilgueros...

Dulce sabe tu mirada
a miel de espliego
que viste de blanco escarcha
en el largo invierno.

Esos gamos cautelosos
por las sendas de la vida
juntos sueñan en la noche
con esos ojos en sombra.

Marzo de 1975. Gavá, Bcn

08 enero 2015

Gincana macabra

(Qué yuyu)

¡¡¡Publicación inédita!!!

      Más de nueve semanas llevaban los residentes en la ciudad de Viena, los de la Baja Austria y, por extensión, en buena parte de Centroeuropa sin ver el sol que hoy lucía con gran relumbrón, muy propio del mejor Jueves Santo o de un radiante Corpus Christi o de una fulgente Asunción. La recién llegada benignidad ambiental embriagaba el espíritu de las gentes del lugar incendiando en ellas nuevas y exultantes ganas de vivir. Por primera vez desde que el calendario anunció la primavera el clima hacía honores a la estación, con un cielo inmaculado teñido en añil intenso, una suave brisa que empujaba el postrer hálito fresco del invierno e infinidad de seres vivos que por tierra, mar o aire exhibían una efervescente actividad vital.  Los rosales de los parques, apenas desnudados de sus protectoras ropas invernales, libarían a chorros y borbotones haces de luz y andanadas de calor para estallar en sensuales rosas hermosas como el sexo abierto de la más bella diosa en lúbrico trance amoroso. Al fin, la meteorología pasada parecía ceder en su rigor, dando tregua y espantando la densa y pesada atmósfera del entelado cielo o la espesa neblina que durante demasiado tiempo en el gris invierno cubrió sin respiro la capital y sus alrededores.
También en el ámbito político y social un clima enrarecido con abundantes brumas y pesadumbres se cernía sobre los ciudadanos de la República de Austria, quienes atravesaban tiempos difíciles y nada propicios para el cuidado de una imagen internacional siempre impoluta e idílica. Un colmado cúmulo de feos asuntos y peores augurios salpicaron en su diario transcurrir la -hasta entonces- pacífica vida ciudadana, inundándola de sobresaltos, presiones y angustia.
Todo empezó a mediados de los años ochenta, cuando varias partidas de vino contaminado con anticongelante destinadas a los mercados de Austria, Alemania e Italia destruyeron el mito idílico de la solvencia austriaca, además de hacer trizas el prestigio y una parte importante de la economía del país. Desde luego, algo inaudito por estos parajes. No mucho más tarde se supo del pasado nazi de su presidente y las hipócritas injerencias de la UE convirtieron en irrespirable el aire de cualesquiera de los ámbitos y no sólo en el político. Las coacciones consiguieron su dimisión -sí- pero también propiciaron el desaforado crecimiento de la derecha extrema, así como el voto populista, ultranacionalista, discriminador y sectario al fin; como reacción lógica, biológica y previsible ante el agravio y las inaceptables sanciones que atizaron la visceralidad de la ciudadanía. Por otra parte, la gran coalición entre socialdemócratas y populares que durante varias legislaturas gobernó en Austria favoreció la aparición de escándalos de todo tipo en los que políticos y jueces sin escrúpulos que, aprovechando la marea y el mareo de poder, metían mano en el cajón de los dineros o en la entrepierna del becario o becaria de turno. Diversos y sonoros escándalos, más los sexuales y no tanto los económicos, abundaron en este periodo de la historia austriaca.  Algunos jueces con la pretensión de alcanzar el estrellato en los medios de difusión dictaron sentencias más espectaculares que ejemplares, alguna de las cuales arruinó la carrera política de ciertos políticos con ambiciones de nombradía y mando. Los morbosos casos de la Krampus, el monstruo de Amstetten, la heladera española que tapiaba a sus inmolados maridos en la trastienda del negocio y otros posteriores aunque no tan mediáticos ya estaban en pleno desarrollo, si bien todavía no todos habían asomado a la luz pública. En el transcurso del segundo lustro de la década de los noventa el patio andaba ya tan revuelto que, allá por donde anduvieras de velada con tus amigos en una noche de copas, te asaltaba la insidiosa sensación que en el momento menos pensado de detrás de cualquier cuadro decorativo podría caerte el brazo con su mano de algún fiambre emparedado entre ladrillos.  Para rematar el siglo XX al presidente de la República, sucesor del dimitido por su pasado nacionalsocialista, la prensa especializada en vísceras y mondongos le había destapado varios devaneos extramaritales que con posterioridad supusieron su divorcio, lo cual en la católica y conservadora Austria no podía sino causar -como poco- estupefacción y guasa a partes iguales. Así que el esplendoroso día  primaveral amanecido invitaba y constituía un pretexto irrenunciable para el saludable paseo con el que despedir las brumas de la vida en gris y saludar el color vital en su -por otra parte- ubérrima naturaleza, tanto por sus extensos campos o profundos valles, como por los parques y paseos de las ciudades.
*****
Tras un agradable desayuno con su esposa (los hijos, dos varones y una hembra, ya vivían independientes) y quizá también animado por el luminoso día amanecido Herr Reinhardt Mahler, un psicólogo y abogado de origen humilde hecho a sí mismo y ahora asesor del presidente de la República para asuntos sociales, decidió salir a pasear. Tomó a Kahn, su perro fiel -éste sí, fiel con certeza-  e incondicional amigo y como vivían en Hietzing, distrito XIII, muy cerca de Schönbrunn, salieron en dirección al amplio y hermoso recinto verde que embellece aún más el célebre palacio de quien fue la Emperatriz Sissi. El político y su leal guardaespaldas accedieron al parque y enfilaron rumbo a la Glorieta por las sendas que lo recorren entre arbustos, arcadas forradas de rosales  y jardines cuidados al detalle. Diseminados a diestra y siniestra los parterres ordenaban la parte no boscosa del recinto y en los arriates narcisos, tulipanes, pensamientos y geranios pugnaban por florecer, en tanto a media altura los rosales lucían ya sus capullos en trance de estallar y abrirse al mundo en su más íntima expresión. En las redivivas praderas margaritas y violetas trazaban pinceladas de anarquía brotando a su antojo y por doquier. Colindante a este espacio y casi abrazándolo el bosque, el zoológico y el mismo palacio perimetraban el conjunto histórico monumental y natural en relación a la ciudad circundante. Feliz cual niño con zapatos nuevos, el can Kahn correteaba de aquí para allá por el frondoso entorno. Kahn era un perro callejero, sin pedigrí, rescatado de la protectora de animales, pero listo como el hambre, tan cariñoso como habilidoso, inquieto y muy curioso que le encantaba perderse entre los setos y por la arboleda para jugar al escondite con su socio y cómplice. En una de sus incursiones por la floresta se le perdió el rastro y por unos instantes se hizo un espeso silencio, hasta que unos ladridos turbadores por lastimeros alertaron a Herr Mahler, quien enseguida acudió a su encuentro. Paralizado frente a una caja de cartón abandonada en el bosque adjunto, hacía el perro ademanes de querer arañarla pero presuroso desistía, como si no se atreviese a tocarla, tras lo cual volvía a su inicial parálisis mientras emitía quejumbrosos gemidos en demanda de socorro urgente. Y así un intento tras otro intento. Extrañado, receloso y cauto se acercó Herr Mahler al paquete y empezó a desembalarlo. Qué vería asomar en su interior que de inmediato y como catapultado por un resorte retrocedió sobre sus pasos sobresaltado, lívido cual leche pura y el pasmo dibujado en la expresión de su rostro. Se agachó, abrazó a su perro con la intención de tranquilizarlo o tal vez por tranquilizarse ambos y aún con el color del papel de fumar instalado en su semblante cogió el celular y realizó una atropellada llamada a la policía. Minutos después una patrulla policial apareció por el lugar del hallazgo, el cual con diligencia delimitaron, precintaron e iniciaron las actuaciones y pesquisas concernientes. Primero habría de darse cuenta al Juez de Guardia para que acudiese a la obligada inspección antes del levantamiento de la prueba del delito, pues -al parecer- la caja contenía restos humanos en lo que sería con total probabilidad un juego macabro que alguien estaba dispuesto a iniciar. Tras la pertinente identificación de Herr Mahler, éste se dirigió al que ostentaba el mando de la unidad policial y le expuso:
-Por razón de mi cargo les ruego máxima discreción y que mantengan mi identidad en el anonimato. Yo colaboraré con Vds. en todo lo que me demanden o yo estime conveniente, pero desde la más estricta reserva.
-No sufra, Herr Mahler- contestó el interlocutor mientras cotejaba el documento identificativo con su dueño, –lo haremos con la prudencia y discreción que Vd. nos demanda y además somos los primeros interesados en que el Juez disponga el secreto de sumario. No obstante contamos con su colaboración que nos puede venir muy bien- continuó el encargado policial como dando por reconocido e intuyendo la eficaz ayuda que en el futuro este político podría proporcionarles.  
Lo que la policía tenía ahora ante sí era el hallazgo de un paquete en el parque, cuyo estremecedor contenido lo constituían una pierna izquierda seccionada desde el mismo tronco, junto al antebrazo derecho con la mano y sus dedos, sí, mas éstos mutilados en sus falanges por la articulación interfalangiana distal y por el momento desaparecidas, sin ningún otro tipo de rasgo identificativo; todo al parecer perteneciente a una -o más de una, pues por el momento no podía determinarse este detalle- mujer joven.
Adosado a la parte superior del muslo venía un mensaje literal y explícito cuyo contenido decía: “Primera pieza del rompecabezas. Cuando deis con la última me habréis de buscar en la inmensidad de la selva amazónica”. Pegados a la muñeca del brazo se hallaban lo que parecían ser otros dos mensajes, a buen seguro encriptados con el objeto de entorpecer todo lo posible las pesquisas policiales. En uno podía leerse “OY-OSY-QU95N-5S”, mientras que el otro tenía escrito “DA8-5IEJA-FI8CHE9BOO7”. Quedaba por delante un duro trabajo de los especialistas policiales para descifrarlos.
*****
Tardó demasiado la policía en decodificar los códigos empleados en los crípticos mensajes y durante un tiempo las investigaciones apenas avanzaron, hasta que un hecho fortuito cambió de plano su curso y la eficacia en la obtención de resultados prometedores.
Mediaba junio y el clima apacible del ya próximo verano se iba asentando, de modo que hasta los mendigos acudían a sus segundas residencias huyendo del insoportable calor que desprenden la ciudad y muchos de sus edificios los días de calima gruesa, cuando es preferible tener el cielo por techo, antes que pernoctar en los más lujosos urinarios del metropolitano o en cajeros automáticos boyantes de caudales. Uno de estos mendigos tenía por suntuoso gusto tomar el espacio de Donauinsel, por donde cargado con sus pertrechos paseaba y donde parecía tener su alojamiento estival. Ese día a punto de caer la tarde llegó por Reichsbrücke con el carrito cargado de sus pertenencias, enfiló en dirección noroeste hacia Floridsdorf, hasta que llegado a un banco del recorrido se sentó y reposó un buen rato. Frente a él, atracada relativamente cerca de Floridsbrücke, una vieja barca de pescador, por lo visto abandonada a juzgar por su destartalado y herrumbroso estado, constituía su segunda residencia. Sin duda en ella las noches le resultarían mucho más agradables, pues la brisa natural a lo largo del caudaloso cauce del Danubio suele estar presente incluso esas noches de insomnio que, aunque no abundan en Viena, también la castigan de vez en cuando. Cayó la noche y decidió a acceder a su lujosa y refrescante morada. Apenas había posado su pie derecho en el casco cuando un voluminoso paquete atrajo su absorta curiosidad. ¿Qué haría aquel paquete allí?. Empezó a desembalarlo y antes que un gallo repitiera canto abandonó su apartamento de verano y la zona como alma que lleva el diablo. De camino quién sabe dónde tomó un móvil que guardaba en uno de sus raídos bolsillos y realizó una llamada al primer número que en su parco entender tecnológico consideró útil.
-Oiga, es ahí la policía- exclamó sin apenas resuello del susto que llevaba en el cuerpo. -Que acabo de encontrar partes de un cuerpo troceado en una barca vieja de Donauinsel, entre Floridsbrücke y Reichsbrücke.
-¿Con quién hablo?. No, mire, esto no es la policía pero dígame- se oyó del otro lado de la línea telefónica.
Y ahí quedó toda la conversación pues el mendigo colgó y siguió con el culo prieto huyendo a toda velocidad del lugar.
A lo largo del proceso de investigación, testigos presenciales dieron descripciones fiables de un mendigo, pero nadie vio a ningún otro personaje sospechoso que merodease por el sitio, salvo una anciana nada habitual por la zona que esa tarde con sus dos jóvenes nietos habían osado pasear por el lugar. Vieron allí  el día de autos lo que les pareció un operario vestido con funda azul y que muy bien pudiera ser el asesino, el cual anduvo trajinando con objetos entre un coche y la barca. No tardó la policía en dar con la dueña del teléfono a quien se lo habían robado y poco después con el mendigo que lo robó e hizo la llamada. Sí, era el mismo hombre de voz cazallosa y fonética pastosa que había llamado anunciando la presencia del endemoniado paquete en la que hasta ese día había sido su residencia de asueto veraniego. En esa vieja barca de pescador atracada en la ribera de Donauinsel la policía estaba de nuevo ante otra siniestra entrega con restos humanos en bastante buen estado, embalados en el interior de un abultado fardo. El contenido estaba compuesto por un tronco entero de cintura a cabeza y el brazo izquierdo al completo con su mano también sin las falanges, como en el anterior descubrimiento. También dos nuevos mensajes cifrados como cabía esperar. Sobre el cuerpo apenas cabían dudas: se trataba de una mujer joven con toda la pinta de ser la misma que ya tenía a la policía movilizada.
La nueva aparición de la ribera del río arrojó nuevas y abundantes luces sobre las pesquisas pertinentes al caso e incluso y en parte por pura casualidad las aceleraron. El móvil, la venganza, estaba claro. Ahora sólo faltaba el quién, al que muy bien podría llegarse dando respuesta al por qué. He aquí las claves. Por otra parte, la entrada de la prensa en el suceso, que desde hacía algún tiempo ya andaba queriendo exprimir como a un limón al mendigo testigo, contribuyó a extender la idea que las investigaciones estaban muy avanzadas, tal vez como carnaza fresca que incentivase el ávido apetito de los adictos a este tipo de consumos. Sus emisiones llegaron sin duda a ojos u oídos del desalmado asesino, a quien tampoco debió gustar en exceso la prontitud en el hallazgo de la segunda entrega, por inoportuno e imprevisto en sus calculados planes. Y fue a través de los medios por donde la policía quiso hacerle llegar el mensaje que si hasta aquí él iba tres pasos por delante, ahora ya sólo les sacaba dos y se acercaba el momento de respirarle en el cogote.
El alijo forense de la barca facilitó sobremanera la labor de los investigadores. Los mensajes empezaban a ser descifrados con cierta fluidez, a lo que ayudó de modo muy relevante -una vez más- la figura de Herr Mahler, quien por su dominio de varios idiomas, entre otros el español, contribuyó en la aclaración de criterios y códigos de interpretación. Había que desenmascarar a la bestia entrando a jugar su juego hasta dar con su cubil.
Por lo visto uno de los dos mensajes estaba en español, era de carácter mixto pues mezclaba números y letras, y seguía como criterio la numeración del alfabeto castellano, poniendo letras mayúsculas en lugar de números donde, por ubicación de la letra,  el ordinal lo constituyeran dos guarismos, distorsionando los significantes con un orden absolutamente aleatorio, es decir, sin ningún orden, salvo cualquier criterio caprichoso brotado en el momento justo de la ocurrencia. Ya se había traducido el primero de estos mensajes donde se decía “YO SOY QUIEN SE…”, en tanto el último encontrado ponía  “…HA FOLLADO A TU…”. El otro tipo de mensajes se componía de vocablos españoles que seguían criterios parejos con el anterior, aunque revueltos con las letras del alfabeto alemán, sin las umlaut "ä-ö-ü " y la β, numeradas y seguidas en orden inverso. En fin, con ganas de liar la madeja. Por supuesto, también estos fueron descifrados. El referido al primer hallazgo decía  “DAS VIEJA FISCHERBOOT” o “LA VIEJA BARCA DEL PESCADOR”, antigua mansión estival de un anónimo mendigo, y el encontrado en ésta que remitía al todavía lejano “CHRISTKINDLMARKT RATHAUS PLATZ”. Observación impagable resultaba ser que el emisor y sin duda ejecutor y asesino, además de denotar una narcisista arrogancia y gran confianza en sí mismo, sabía español, como Herr Mahler, para quien esto ya suponía una tenue pista que abría la veda a la caza de presuntos sospechosos. Con los restos de la víctima ya se había intentado hacer pruebas de ADN, pero con ninguna de las numerosas desapariciones de chicas jóvenes habidas en el país coincidía el cotejo. Así pues, los restos del cuerpo habrían de corresponder a alguien nunca reclamado por nadie, contingencia harto improbable pero sí posible. El devaneo de sus sesos llevó más luz a la preclara mente de Herr Mahler, quien ya albergaba en ella un firme candidato a sospechoso principal. Una encendida chispa entre maliciosa y sabia que sus ojos despedían delataba su regocijo. Por fin empezaba a ponerle cara a ese odioso tipejo contra el que nada personal guardaba, salvo el repudio adquirido al conocer sus andanzas y por el abominable crimen que el canalla estaba perpetrando. Él, el político de extraña escuela, ante todo  una buena persona -“rara avis” en esta especie- que siempre denostó vicios tan extendidos en política como el abyecto nepotismo y el ejercicio del poder con altivez, si no ya con obscena egolatría; tachas de las que siempre hizo gala el carnicero al que ahora trataban de atrapar. Y debían  hacerlo cuanto antes, por mor del sosiego ciudadano. Mas no quiso precipitarse pues el asunto resultaba en extremo delicado y bien pudiera salpicar a inocentes, lo cual sería lo último que él quisiera.
*****
A lo largo del caso la colaboración entre Herr Mahler y la policía devino resuelta y ágil, pero ahora adquiriría nuevos bríos por cuanto sólidas sospechas alumbraban su entendimiento y estaba dispuesto a tomar la iniciativa e implicarse más en el caso. Pidió a los mandos policiales que le pusieran en contacto con el juez  Heinz Niemann, quien años atrás había dictado una sentencia que acabó con la carrera política del entonces diputado parlamentario Ernst Steinberg. No es porque él no pudiera acceder por sí mismo al propio juez, sino porque quería investir la cita con una cierta pátina de oficial, indeclinable y urgente, y fue por tal que recurrió a la policía. Dicha sentencia versaba sobre un escándalo sexual habido entre el parlamentario y la hija del director general de la  ÖMV ("Österreichische Mineralölverwaltung"), la principal industria petrolera del país, que el juez Niemann instruyó, juzgó y sentenció.

Un jueves a mediados de junio, Herr Mahler y el juez Niemann se reunieron a las trece horas en el despacho del magistrado en la Audiencia.
-Señoría, ¿qué sabe Vd. de su hija?.
-Yo no tengo hija- replicó visiblemente molesto el juez –nunca he tenido una hija.  
-Señoría, toda Viena sabe que usted tiene una hija con la que, a juzgar por los rumores que corren por la ciudad, no siempre se ha llevado bien. 
-Bueno, señor, si ha venido a juzgarme como juez, pase, pero si ha venido a juzgarme como padre, hemos acabado. Si es por otra causa dígamelo.
Mire Señoría, se trata del caso Landmann. ¿Recuerda el caso Landmann, el escándalo de la petrolera, que usted juzgó y sentenció?.
-Por supuesto que conozco el caso, así que omítame los detalles.
Tras haberse ganado Herr Mahler el respeto y la atención de Su Señoría, ambos contertulios charlaron durante varias horas. Y cuando abandonó la compañía del juez lo hizo henchido de una -a duras penas- contenida satisfacción, tomando rumbo directo a la policía con la que ardía en deseos de compartir las buenas nuevas. 
La identidad de la víctima troceada, contraviniendo seguramente los cálculos del asesino, no estaba lejos de ser desentrañada. Seguro que al desalmado tampoco le gustó que dieran con los restos antes de lo que él hubiera deseado. Del juez había contraído Herr Mahler el compromiso de aportar muestras biológicas para cotejar el ADN con el de la joven tan groseramente asesinada, pues las sospechas que ésta era la hija del juez no resultaban en absoluto descabelladas y el cerco sobre su asesino no tardaría en ser cerrado. Coligió también del encuentro que el juez se mostró siempre muy rígido con su hija, empujándola a una vida de deriva y autodestrucción que acabó llevándola a tan trágico final. La echó de casa y la dejó sin dinero, aunque con su atractivo palió tal contingencia. Cuando inició su tormentosa travesía no tardó en ser acogida por las más variadas tribus urbanas y algún que otro desalmado de clase alta y cartera ancha al que sacarle pasta con cualquier numerito sadomasoquista. Abominada por su padre deambuló por el mundo sin plantar raíces en ninguna parte, porque allí donde cayera era terreno baldío cuando no emponzoñado. Sus acciones en la mayor parte estaban regidas por el resentimiento y la rabia infinita disfrazada de falsa acracia y desde luego pose de alternativa, lo cual y todo en su conjunto forjaron un ser especialmente vulnerable. Pudo ser que Berta Niemann, que por tal atendía la hija del juez, cayera en las garras del ya principal sospechoso para Herr Mahler, un antiguo político ahora divorciado y antes casado con una española de Altea, que bien pudiera estarse tomando la venganza por la resolución judicial contra él dictada por el juez Niemann, algunas de cuyas consecuencias ya se conocen y a las que cabría añadir el consiguiente descalabró de su vida personal. La sentencia constituyó  un acontecimiento mediático que la prensa especialista en vísceras aprovechó para hacer negocio con los numerosos consumidores de casquería, pues pocos eventos venden más que un escándalo sexual donde anduvieran metidos y mezclados una pija muy guay de papá forrado y el político medrador de turno, entre ambicioso y necio o ambas cosas sobrepuestas. Las dudas sobre la identidad última del presunto asesino carnicero se iban despejando y correspondía con diáfana certeza al culpado Ernst Steinberg. Faltaba ahora poner su cara al día y encontrar un nombre, su otro nombre, porque seguro que se movería con identidad falsa. Y después cazarlo y poderlo imputar, pues aunque se confirmó la filiación de la descuartizada, esto es Berta Niemann la hija del juez Niemann, sin embargo de la naturaleza de la relación entre la pareja se tenían muy escasos datos.  Además y desde hacía mucho tiempo, prácticamente desde que pisó la cárcel por la sentencia judicial ya pergeñada, nadie a quien se preguntara conocía algo relevante del tal Steinberg, más allá de los rumores taberneros inherentes al caso, pero de él ni rastro. Se había esfumado del mundo.
*****
Se habían descifrado los mensajes de la última entrega y uno de ellos con su inscripción, CHRISTKINDLMARKT, remitía a la Plaza del Ayuntamiento de Viena, donde tradicionalmente se celebraba un famoso mercadillo de Navidad con el mismo nombre. Consciente la policía de la intencionada pretensión del asesino de enredar, enseguida interpretó que el mercadillo a utilizar para la próxima entrega no podía esperar hasta diciembre, tal como parecía querer dar a entender el mensaje; sino otro excepcional con motivo de algún evento especial, a celebrar antes de la Navidad. Y así sucedería, pues informada la policía supo que a partir del 17 de junio un certamen extraordinario de cierre primaveral y de bienvenida al solsticio de verano se celebraría en el mismo lugar que este célebre mercadillo navideño.
 Llegaron los días previos a la inauguración de la primaveral feria y la plaza del Ayuntamiento, con el trajín de idas y venidas en los preparativos del evento, poco a poco se iba transformando en un hervidero humano. Distribuidos por el recinto ferial y sus alrededores policías uniformados, en su número habitual para este tipo de acontecimientos, patullaban entre las casetas y por las callejuelas adyacentes; mientras que desde algún ignoto y estratégico rincón los infiltrados, con los sentidos alerta, escudriñarían cada conducta y cada movimiento en busca de cualquier personaje que despertase la más mínima sospecha. Toda una labor de vigilancia e inteligencia que todavía no parecía estar dando sus frutos, porque por allí nada anormal acontecía. Ningún movimiento extraño se avistaba por el lugar. Decenas de carros transitaban de aquí para allá con cajas y otras mercancías, en tanto las casetas iban tomando forma y el ambiente en su conjunto acentuaba el bullicio y algarabía que siempre muestran los mercadillos al aire libre.

Caía la tarde de un agradable e intenso día de preparativos, cuando un estremecedor alarido cortó alientos, heló sangres, paralizó la actividad y el tiempo en toda la plaza y su amplio radio de influencia. En mitad del mercado una aterrada joven presa de mala histeria daba, entre jadeos y convulsiones, cumplida cuenta de una obligada catarsis ante el brutal impacto de haber sido ella quien abriera tan envenenado presente. Una modesta dependienta, a la que ahora sus patrones trataban consolar, tuvo la repulsiva distinción de ser decana presencial de la macabra escena, a la que añadir feriantes, proveedores varios y visitantes como espectadores secundarios. Entre el material consignado para el montaje de una parada destinada a juguetes antiguos de madera apareció el nuevo y temido paquete, con la pierna derecha de una mujer seccionada en cinco trozos y los mensajes consecuentes. El contenido de éstos jugaba con las claves ya consabidas de los abecedarios y siempre costaba descifrarlos, por cuanto el orden que el comunicante aplicase a los signos en la elaboración de los significantes, bien podría ser completamente aleatorio. La desordenada sintaxis buscaría dificultar y retardar la pronta y precisa comprensión que cualquier buen policía anhela. A pesar de la insuficiencia de los resultados, en el ámbito policial se presentía ya más cercana la resolución definitiva o cuando menos digna de tan oneroso e irritante crimen.
Todas las entregas anteriores llegaron sin otro rasgo identificativo que no fuese el propio del fabricante de las cajas y cualquiera hubiera podido comprar las necesarias para su juego, pagar en negro y no dejar ni mota de su identidad. Pero en esta ocasión un pequeño descuido devino definitiva pista que acorralaría por fin a la bestia. Adosada a una de las cajas recibidas en el puesto una etiqueta adherible remitía a una nave de almacenes frigoríficos en Stockerau, donde la policía, como en otros lugares con este tipo de naves, había pensado investigar, desistiendo después porque en realidad cualquier potentado desde su amplia y honorable residencia podría colar tan considerable marrón sin llamar la atención en exceso. Fue la dependienta también la que firmó el recibo a un sujeto al que sucintamente describió como de mediana edad y otras características innecesarias, porque la cara quien había de conocerla ya la conocía y ahora interesaba con urgencia conocer su nueva filiación.
Una parte del operativo policial siguió la línea de investigación desvelada por la consistente pista de los almacenes frigoríficos de Stockerau y a esta ciudad se desplazaron con la firme intención de desentrañar de una vez por todas el nuevo nombre de  Ernst Steinberg. En paralelo, otro grupo trataría de descifrar los oportunos mensajes y pasaría de inmediato a la acción una vez conocida la nueva información. De la presente entrega, el mensaje para el que se había utilizado el abecedario español pronto se descifró y decía “HIJA DE PUTA.” El mixto tardó más en ser desentrañado y expresaba literalmente HEILIGENNISCHE-IN-MARIAZELL(HORNACINA EN MARIAZELL”). En estos nuevos mensajes de macabro continente se infería que muy bien pudiera restar una sola y última entrega, urgía pues anticiparse al felón. El prematuro y rápido descubrimiento de los restos en la dársena de Donauinsel y el fluir de los acontecimientos alentó en seno de la policía la idea que estaban cerca de trincar al crápula, si no por los delitos de asesinato, que todavía estarían por demostrar, al menos por falsedad documental, por lo que podrían obligarlo al cotejo de sus huellas dactilares con cualquiera otra que sirviera a esta investigación. De hecho, al autor ya se le notaba precipitado en sus cometidos y, en efecto, se encontraron huellas en alguna de las últimas entregas con las que poder cotejar las suyas, de requerirse. Quizá tardaron más de lo preciso en la interpretación del mensaje mixto, pero tal vez aún estarían a tiempo de atraparlo y cerrar con honor un muy desdichado episodio. Y de no acabar pronto y de modo eficaz con esta pesadilla, el suceso podría convertirse en un escándalo de enormes proporciones que cabía evitar a toda costa. Todos los implicados sabían que podría ser la última oportunidad para salir bien parados como profesionales de la seguridad pública, atrapándolo antes que pudiese huir a lejanos e ignotos países, tal cual amenazaba en el primigenio mensaje, para después, envueltos en flashes reverberantes y micrófonos cual ofensivos arietes, dar cuenta pública del éxito final ante los medios.
Una vez más y con la máxima urgencia se organizó una discreta vigilancia y seguimiento en autopistas, trenes y hasta en el mismo monasterio de Mariazell con refuerzos policiales del lugar, pues  allí es donde remitía el mensaje de la postrera entrega. Cuando el operativo principal del caso llegó al monasterio el Abad, avisado por la policía local de su próxima llegada, los recibió en persona y sin demasiada demora les soltó a bocajarro que justo el día anterior había venido un monje de Klosterneuburg con un regalo para la virgen.

- Ayer mismamente -dijo- se presentó en la Basílica un monje agustino con un manto para la Virgen, obsequio de los Agustinos de  Klosterneuburg. Por lo que Vds. me cuentan sería un disfraz, pero les aseguro que no despertó en mí ninguna sospecha. En concreto se trataba de un manto bordado por feligresas de esta población que me enseñó y ambos vimos -continuó el Abad- confeccionado al parecer en agradecimiento por una curación mariana. Vengan, vengan, aquí lo guardo.

El Abad les mostró  el precioso manto envuelto con esmero en un cuidado paquete que, tras ser sometido a una inspección somera por parte de la policía, se precintó y pasó a ser custodiado por el agente indicado.  Se revisaron después las hornacinas del templo y en ellas tampoco se dio con nada significativo. El jefe del operativo temió haber sido engañado otra vez y pesadas sensaciones de impotencia e ineptitud le abrumaban tanto como le enfurecían, por cuanto si listos son los criminales, tanto o más habría de ser la policía que los persigue para atraparlos.
Al solícito y locuaz Abad se le agolpaban los recuerdos.

-Ahora caigo que en un momento de la conversación el muy pecador me dijo que lo disculpase unos minutos, pues quería orar ante la talla románica del siglo XII en la Gnadenkapelle, por la que dijo profesar una profunda devoción. “Perdóneme Padre Abad, -adujo- voy a retirarme unos instantes a orar ante nuestra 'Magnos Mater Austriae' que tanto nos identifica”. En este periodo de tiempo, ayudado por el respeto que mantenemos hacia el recogimiento de quienes oran, bien pudo haberlo aprovechado para ocultar con absoluta discreción el  ominoso presente.
 De hecho -siguió el Abad tras una breve pausa en su  conversación con la policía- le vi con otro paquete del que dijo que era una talla mariana del monasterio de Klosterneuburg. La había traído a restaurar en uno de los nombrados talleres de Mariazell, especialistas en estas delicadas faenas, y que bien pudo aparcar discretamente mientras ambos andábamos enzarzados en los beneplácitos sobre el hermoso regalo del manto.

La infructuosa búsqueda cesó justo cuando bajo el altar de la capilla Gnadenkapelle se encontró  el temido paquete  con una inscripción  que decía: “última entrega”. Se recogió todo lo envasado que ya ocupaba demasiado espacio dentro del recinto religioso y antes que algún fiel parroquiano entrase a rezar alguna de sus acostumbradas plegarias,  con discreción y diligencia se introdujeron en la sacristía principal, donde se reconocieron los indeseables componentes de la entrega. Dentro encontraron  la cabeza, las falanges, el bíceps tatuado que ratificaba la filiación de la víctima como la hija del Juez y otros restos de la joven asesinada. La cara del Abad mudó en lívido color y se apartó dando la espalda mientras se santiguaba por triplicado y hundía toda su cabeza y cara bajo la abultada capucha del hábito. En esta última entrega, además de la inscripción que la etiquetaba, encontraron otra que muy bien pudiera ser el colofón y cierre de todos los mensajes de aquella gincana macabra cuyo contenido decía:JUEZ CABRÓN.ADIÓS”. Se cerraba así la comunicación empezada en Schönnbrunn: YO SOY QUIEN SE….”  “…HA FOLLADO A TU…”“…HIJA DE PUTA…”“… JUEZ CABRÓN. ADIÓS”.
Una esperada llamada procedente del equipo de Stockerau aceleró aún  más la frenética actividad llevada a cabo en la sacristía. Del otro lado de las hondas alguien comunicó al jefe del operativo que ya conocían la verdadera identidad del crápula, un tal Wilson Oliveira Kleiber, nombre falso del otrora político Ernst Steinberg quien, dada la naturaleza de sus nuevos nombres, bien pudiera estar en fuga y a punto de volar o estar volando ya con destino a Brasil o a cualquier otro país de la América latina. El tal Wilson Oliveira Kleiber había alquilado una cámara frigorífica en Stockerau donde operaba y conservaba los restos que después distribuía según  fuese la fase. Tal vez por exceso de prisa o de falsa confianza dejó huellas, tanto en la oficina de arriendo, como en el propio almacén donde perpetró las macabras particiones. Estas importantes informaciones parecían abrir la senda a la resolución definitiva del caso.
El jefe del operativo distribuyó las faenas entre sus agentes para que recogiesen y custodiasen con celo todos los hallazgos, mientras él con sus dos más cercanos ayudantes subieron a sendos coches y tomaron rumbo noreste en dirección al aeropuerto de Scwechat, tal como habían convenido con el equipo de Stockerau. Sabían a quién detener, pero ¿por dónde empezaban?. ¿Quizá Brasil, por lo de Oliveira?. En no más de cuarenta y cinco minutos se personaron en el aeropuerto de donde, dos horas antes, había partido un vuelo con destino a Franckfurt am Main y ese ciudadano a bordo, quien con toda probabilidad haría escala allí para tomar otro vuelo rumbo a cualquier selva americana. De Austria se les había escurrido, pero aun así podrían estar todavía a tiempo. Unas llamadas urgentes al Ministerio de Interior y de Asuntos Exteriores contactaron con el Ministerio del Interior alemán para proceder a la detención del buscado malhechor, de ser aún posible. Las autoridades alemanas actuaron con diligencia, pero cuando la burocracia les permitió actuar hacía otras dos horas ya que un vuelo con destino Río de Janeiro y con ese ciudadano a bordo había partido. Y, conocida la pereza policial en los países cálidos, tal cual reza el estereotipo, la captura de Steinberg podía darse por fracasada. El sátrapa se les había definitivamente esfumado.
*****
El fracaso de la operación hundió en un profundo abatimiento y desmoralización a la práctica totalidad del operativo policial y al resto de personas que de una manera u otra intervinieron en su fracasada resolución. Entre ellos Herr Mahler, que pasó muchos y buena parte de los más íntimos momentos al lado del sinceramente apenado Juez Niemann. Para mayor ensañamiento y como funesto simbolismo, el muy canalla, conocedor del destinatario de su obra y dando generosa muestra de sus entrañas encallecidas, había elegido para su última entrega el monasterio de Mariazell, pues en él fue bautizada la hija del juez pocos años antes de perder aquélla a su madre y éste a su esposa.     
El entierro de los restos de la joven se llevó a cabo en el pequeño y coqueto cementerio de Hernals, un hermoso parque más que cementerio en el distrito XVII de la ciudad. El tiempo no acompañaba ni hacía honores a la solemne ceremonia, pues había amanecido más para día de fiesta que no para honras fúnebres. Bandarras, okupas, granujas de medio pelo o de pelo entero, caballeros elegantes con pinta de excéntricos, gente bien y hasta normal; de todo un poco se congregó en las exequias de la extinta joven. Sin duda, bastantes de los allí presentes la amaron a cachitos y con su presencia en el acto otro cachito de amor le profesaron. No debió ser mala chica. Se arrojaron claveles y otras flores sobre el féretro, siendo la última la de Su Señoría, siempre acompañado de Herr Mahler, quien pudo ver cómo una lágrima de alguno de los ojos rodó por su mejilla. Camino cada cual de su retiro, Herr Mahler y el Juez Niemann abandonaron juntos el bello camposanto entre sosegados intercambios de limpias miradas y honestas palabras.  
-Mire, no he puesto impedimento alguno a que toda esta gente acuda al entierro de mi pequeña, porque muchos de estos desarrapados y marginados fueron capaces de hacer feliz a mi hija, al menos por momentos, cosa que yo nunca fui capaz de conseguir- confesó el Juez en un arrebato de una confiada sinceridad que parecía redimirle en algo la onerosa culpa por los muchos años perdidos, ya todos, con su infortunada hija.

A finales de agosto los días se notaban a todas luces menguantes, por lo que cabía ser madrugador, o cuando menos previsor, para poder aprovechar la claridad y los últimos rayos de sol cuando los hubiese. Era sábado y a media tarde Herr Mahler y el Juez Niemann se habían citado en la cafetería existente en el recinto de Schönbrunn. A las cuatro en punto, minuto arriba o abajo, llegaron los contertulios, aquél acompañado de su perro Kahn del que esta vez esperaba no recibir ingratas sorpresas. Colgaron sus todavía livianas ropas de abrigo en la pertinente percha y se sentaron en una mesa donde pidieron y luego saborearon dos tartas Esterhazy con otros tantos cafés melange.
-Quiero comentarle la consternación que reina no sólo en la policía, sino en todo el Ministerio del Interior diría, de modo que entre este Ministerio y el de Exteriores se están promoviendo iniciativas para que esto que nos ha ocurrido no vuelva a suceder nunca. Me refiero a que un canalla pueda huir tan impunemente de tan atroz crimen. Un crápula siempre llevará vida de crápula y es por ahí por donde un rayo de esperanza alegra nuestro espíritu. Permítame no ser más explícito, pero debido a mi cargo he de ser discreto. Pero algo habremos de hacer que palie un tanto -a ser posible- su dolor y también nos alivie parte del peso que oprime nuestras conciencias. Algo haremos- comentó convencido Herr Mahler.
-Bien Herr Mahler, hagan lo que deban. Yo ya no espero nada. Mi vida está vacía y si algún consuelo me queda es saber de su fidelidad y entrega en este asunto. Así que estoy aquí para conversar con Vd., lo cual es en estos momentos de lo mejor que puedo hacer en la vida.
  
 En efecto, algo se hizo. Bajo supervisión última de Herr Mahler, como se sabe adjunto a la presidencia de la Bundesrepública, se inició una intensa actividad diplomática, de cuyo contenido clasificado como materia reservada muy pocos habrían de estar enterados. A la embajada de Austria en Brasil llegaron varios funcionarios del gobierno austriaco para colaborar con los habituales de la legación en las tareas que se les encomendasen, ocupándose en asuntos legales algunos y otros en el umbral o sobrepasándolo, como acostumbra a suceder en el ámbito de la política y la diplomacia.
Fueron pasando los meses y la prensa, como de costumbre menos centrada en opinar que en crear opinión, cejó en sus bombarderos mediáticos con el agreste asunto por tema, de modo que -por extensión- la ciudadanía poco a poco fue cayendo en el olvido de tan agrios sinsabores y repugnantes noticias sobre jóvenes descuartizadas. Aparte -claro está- del bochorno, la humillación, el abatimiento general y en particular el policial, todo ello por partida doble y a cual más sangrante, de una parte la muerte de la chica y de otra la boca abierta con el criminal en fuga. En fin, dejó de ser tema habitual entre vecinos, parroquianos diversos y  contertulios varios que en sus fugaces encuentros improvisasen una conversación informal.     
Aquella pesada y gris mañana de un  seis de diciembre, domingo y día del Nikolo, en la mesa de Herr Mahler lucían sabrosos brioches que con mermelada de mora y mantequilla del Tirol constituirían el desayuno del reducido núcleo familiar. Kahn zascandileaba por el comedor mientras el matrimonio daba cumplida cuenta del sencillo y sabroso ágape. Se preparaban para llevar a sus nietos los caramelos que harían pasar por regalo del Nikolo. Los paquetes estaban listos para ser transportados y después dispuesto su contenido en la preceptiva bota o cualquier otro calzado. Pero este gran deleite en la vida de cualquier abuelo, de golpe se truncó para Herr Mahler. En las noticias matinales se informaba de una operación policial llevada a cabo en Río de Janeiro. Según lo relataba el locutor no sin cierto nerviosismo, se trataba de una redada en un afamado centro de  prostitución de esta urbe en la que diversos personajes fueron detenidos, algunos de ellos conocidos por su influyente posición social y algún otro por ser un delincuente en búsqueda y captura. A Herr Mahler se le encendió la mirada como si algo excepcional le hubiese acontecido y, apenas segundos después del inicial impacto, una llamada le informaba de la necesidad de su inmediata presencia en la sede de la presidencia de la Bundesrepública, desde donde dirigir y coordinar la operación denominada  por alguna extraña coincidencia “Esterhazy en su guarida”. Allí acudió raudo Herr Mahler, se aplicó como siempre en su trabajo y en un receso llamó a su esposa, le expuso la delicada situación por la que no podría realizar la acostumbrada visita a sus nietos y le rogó disculparse por él ante ellos. Más adelante entenderían su lamentable ausencia y se les compensaría. Avanzado ya el domingo, tras una jornada aciaga pero muy eficaz en el trabajo, habló con el juez al que emplazó, si no hubiese otra noticia en contra, a quedar en su despacho de presidencia del gobierno el martes a las 9 horas, A.M. El mismo martes media hora después el juez y el político salieron en coche oficial rumbo al aeropuerto de Scwechat. Aunque ya lo barruntaba, una muy grata sorpresa -dentro de lo posible- esperaba al Juez. Herr Mahler, por mor de no frivolizar con este serio asunto, le comunicó a secas que se trataba de un momento en el que lo quería presente. Se lo debía. LLegaron y un par de coches de seguridad del aeropuerto guiaron al coche oficial hasta el centro de una pista, donde un avión de una compañía privada austriaca fletado por el gobierno traía al último criminal más buscado de toda Austria. Mientras el reo esposado y custodiado bajaba por las escalerillas camino al coche policial que lo trasladaría a comisaría, los dos ocupantes que viajaban en el coche oficial descendieron de él y andando se dirigieron al coche policial en el que acababa de ser aposentado el buscado criminal. Sin permiso ni otros preámbulos el juez Niemann subió al coche, clavó sus afilados ojos de hombre recto -quizá en exceso- en aquellos otros gélidos de mirada glacial por los que no se dejó intimidar y en un arrebato de doliente sinceridad exclamó:
-Vd. me ha derrotado, me ha vencido y humillado. No puede haber derrota peor que arrebatarme Vd. algo que ni Vd. ni nadie podrán devolverme jamás. Ha ganado. Estará Vd. satisfecho. Y ahora vaya Vd. con Dios o púdrase en el infierno. 
Acabado el afectado y sarcástico panegírico bajó del celular policial y regresó con Herr Mahler al coche oficial. Durante el trayecto de regreso le explicó a Su Señoría que desde el principio, tras el fiasco y duro varapalo recibido,  primero la diplomacia y con ella la policía de Austria se esforzaron por conseguir y consiguieron una excelente colaboración con las autoridades brasileñas. En ese tiempo y por iniciativa suya se firmó un convenio de extradición con Brasil, al que en su momento la prensa local no dio demasiado pábulo por su previsible inutilidad, pero por el que se pudo trincar y extraditar al maldito. Diplomacia y ejecutores dentro y hasta un poco fuera de la legalidad. Así es la inteligencia de los estados.
-Se hicieron muchas cosas, Señoría y quería que Vd. me acompañara en esta escenificación. Se lo debía y sabe Vd. que no me gusta frivolizar con cosas tan serias, pero me siento muy satisfecho de haber sido yo quien le ofreciera este momento- comentó Herr Mahler mientras el juez miraba absorto por la ventanilla.
-¿Le dejo en casa?- terció de nuevo ante la nula locuacidad de su interlocutor.   
-Sí, por favor. Hablaremos otro día no tardando mucho, pues sabe que en Vd. tengo un moderado consuelo para mi vida mayormente vacía. Es así. Nos veremos Herr Mahler.

El juez descendió del auto y entró en su asolada casa, en tanto Herr Mahler regresó con los suyos a los que no tardando mucho compensaría por su inoportuna aunque justificada ausencia el día del Nikolo. Al reo que estaba siendo conducido a la comisaría central de la policía, para empezar, por falsedad documental se le obligaría a estampar sus huellas dactilares con las que cotejar la policía las otras propias del caso. Gracias a ellas se documentó sin margen para la duda razonable su participación y responsabilidad única en unos hechos  que soliviantaron a toda Austria durante demasiado tiempo. Tardó bastante en saberse sin escapatoria pero después cantó todas sus felonías, porque al fin y al cabo no era tan inteligente ni tan frío y entero como siempre se creyó. Culminó su macabra venganza, pero dio con sus huesos entre unas rejas tras las que habitaría durante unos cuantos años. Por fin.
Fin