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20 diciembre 2014

La heladera de Rudolfsheim


¡¡¡Publicación reciente!!!


(Relato dedicado en especial a Mario Pérez López, por su afición a la lectura, a la literatura y por su simpatía hacia los ciudadanos balcánicos. Y como también puede tratarse de un regalo (o castigo) de Navidad, hago extensiva la dedicatoria a todos mis amigos ilicitanos, de los que me siento muy honrado de formar una pequeñita parte de sus vidas)

-I-
      Noviembre venía de frío pelón y las primeras nieves presagiaban un invierno largo e inclemente, estrenando  el incipiente estado de aterido letargo en el que muy pronto caería la ciudad de Viena. Rudolfsheim-Fünfhaus daba nombre al distrito XV y conformaba un barrio en lo urbanístico ordenado y bien comunicado con el centro, de clase media (punto arriba, punto abajo), que además de los habitantes naturales y naturalizados acogía a turcos radicados y bien posicionados e inmigrantes dinámicos y audaces del ámbito sociocultural de la antigua República de Yugoslavia y los Balcanes. Serbios, croatas o bosnios se relacionaban por el lugar con absoluta normalidad e incluso colaboraban entre ellos. A través de los amplios ventanales y al contraluz de las farolas suspendidas un metro por encima de la catenaria del tranvía caían los copos sobre Schweglerstraße, nítidos, calmosos, casi ingrávidos; blanqueando alféizares y repisas, y enharinando las aceras pero sin llegar a cuajar todavía en la calzada. Esta calle, al enlazar la importante Estación del Oeste o Westbahnhof con Ottakring en el distrito XVI, constituía una de las principales arterias transversales del barrio, por tanto se trataba de una vía bastante transitada, concurrida, viva y muy apta para probar negocios. Abajo, desafiando el clima hostil, se encontraba reunido un grupo de ciudadanos balcánicos prestos a celebrar una efeméride con todas las trazas de bodorrio; a juzgar por su disposición, indumentarias y el penetrante olor a perfume que impregnaba la manzana entera hasta el soponcio. La animación, saludos y parabienes se sucedían frente a la Pizzería Marengo, lugar de encuentro habitual para estos inmigrantes, donde acabarían por entrar para celebrar el ágape pertinente. Entre los participantes en los festejos se encontraba Jelena Nikolic, una serbia emigrada a Viena en los estertores -y digo bien, estertores- de la Guerra de los Balcanes. A esta joven y bella mujer le precedía una fama de hembra recia y con poderes, decidida, difícil de arrugar y hasta se rumoreaba que si fue amante del sanguinario -para occidente- General Mladic. Con sus papeles en orden se disponía a iniciar una nueva vida y en las próximas semanas tenía una importante cita en una inmobiliaria de Märzstraße, donde rubricaría el contrato de un local que pensaba explotar como heladería artesana y coctelería. Desde el principio de su aventura, Jelena Nikolic conocía la historia de fracasos de los inquilinos anteriores a ella, pero eso no la amilanó y tiró para adelante con su proyecto e incluso aprovechó el hecho para conseguir rebajar el alquiler. El arrendador, con el que en breve refrendaría el contrato, era un vienés sexagenario que atendía por Gerhard Stadler, viudo desde años atrás y casado en segundas nupcias con una eslava del este, por su apariencia salida de algún lupanar o curtida en parques recogidos y por oscuras esquinas. Y no mucho más se sabía de él. La mañana convenida se firmó el contrato y se cerraron, por escrito y verbalmente, los últimos flecos del compromiso adquirido. Entre tanta convención y reconvención Nikolic no pasó por alto la reiterada matraca del arrendador con no realizar obras mayores en el recinto sin su conocimiento, sin su permiso y consentimiento expreso, quizá escaldado por experiencias previas nada agradables. Tirando de broma macabra, recordó el caso de la heladera española, asesina convicta, que enterraba a sus maridos poco menos que entre los helados. Tomó nota la serbia, llevó a cabo las modificaciones pertinentes, siempre bajo la estrecha mirada del arrendador y puso en marcha el negocio. A tenor de la gente que empezó a frecuentarla, se supone que tanto a ella como al establecimiento, podrían deducirse las excelentes relaciones que parecían envolverla, o bien el respeto que de inmediato se granjeaba entre la gente. Poco a poco se hizo con una clientela diversa y fiel, más numerosa entre serbios y croatas ya apartados de belicosidades pasadas (o ésa era la impresión), la cual contribuyó a consolidar la explotación. Los helados artesanos hacían las delicias del público, los cócteles gustaban, soltaban la lengua y desataban pasiones a las que Nikolic siempre tuvo la habilidad de atar en corto, a las pasiones y en especial a los apasionados. Todo aderezado por el desparpajo y lozanía de la tabernera del Nikoleis, que así bautizó a su  local y así la denominaremos a ella en ocasiones a partir de ahora, pues de una bragada e intrépida tabernera se trataba. El viento soplaba por la popa, mas pronto el rumbo de su ya dilatada y rica biografía tomaría derroteros insólitos, incluso para ella curtida como estaba en mil batallas, pocas veces mejor dicho, pues de alguna de ellas emergió.

-II-
      Por el establecimiento de Nikolic empezaron a desfilar personajes de lo más variado, entre los que destacaban ciudadanos de mediana edad, con porte acomodado y acento serbocroata, bastantes de ellos con gran atractivo e investidos de gran respeto, al tiempo que integrados en la sociedad vienesa a juzgar por sus modales y relaciones. En las mesas del recinto se sirvieron helados y cócteles, pero también fueron punto de encuentro donde se diligenciaron papeles como en una oficina de ocupación, en muchos casos. De allí salió una licencia de taxista para una importante compañía de un bosnio prendado de la selección española de fútbol, más conocida por “La Roja”, o permisos para  trabajar en la construcción o en el servicio doméstico. En fin, a gusto del demandante. A la tabernera del Nikoleis nunca le importó ni hizo nada por evitarlo pues, conocedora como  era de sus derechos, lo tenía por un ejercicio de libertad individual que a ella no le incumbía. Lo cierto es que la policía acudió por el local en alguna oportunidad aunque -por lo visto- jamás debieron ni buscar ni encontrar nada sancionable o irregular.
      La vida sentimental de la tabernera del Nikoleis también vivió diferentes avatares, cuando menos excitantes. Su primera relación duró seis meses y el amante, al que ya se le empezaba a reconocer por la zona, desapareció de pronto sin dejar rastro, hecho para el que no tenía ninguna explicación y ella misma era la primera sorprendida. No sólo sus palabras sino el lenguaje corporal de toda su cautivadora figura parecían decir la verdad. De hecho jamás se la investigó a este respecto. Se esfumó y punto, lo cual tampoco sorprendía en una ciudad a caballo de dos mundos, tan cercanos en lo físico como antagónicos en su cultura y filosofía de vida; donde como parte del paisaje campan legales, ilegales, alegales y anónimos varios. Un segundo amante corrió similar suerte, aunque resistió ocho intensos meses y eso, considerando el brioso carácter y la indómita personalidad de la serbia, suponía todo un récord y un gran mérito. Tampoco supo nunca explicar su repentina e intempestiva evanescencia y/o espantada. Pero ni una brizna de sospecha podía caer sobre la tabernera, a pesar que algún rústico parroquiano guasón se atreviese con bromas más bien toscas e insolentes.

-Tabernera, ¿no me habrás puesto arsénico en el cóctel?-, vociferó uno de los presentes haciéndose el ocurrente.
Como impulsada por un resorte, con su brazo izquierdo en jarras y el otro presto a soltar un sopapo se abalanzó sobre el osado interlocutor y tras endilgarle un arrebatado pellizquito en su sonrosada mejilla le replicó:
-Yo, a mis amantes si acaso los mato a polvos, guapo, no los enveneno- Y sin duda aleccionada por su segura experiencia en el submundo del espionaje añadió para zanjar la disputa. –Te diré más, querido,  de cada uno de ellos con saber lo justo ya me basta y ni quiero, ni me interesa, ni me conviene conocerlos al detalle , pero no los mato. ¿Te vale, capullito de alhelí?.

-Vale, vale, no te enfades mi ama hermosa- se avino el temerario huésped ya más atemperado.

      Todo este revuelo ocasionó algunos inconvenientes, entre otros que el arrendador arreció el acecho sobre su inquilina, fiscalizando todos las idas y venidas y siguiéndola cual perro de presa allá donde se dirigiese que no fuese su casa o el trabajo. Hasta que habló con ella, tras lo cual acabó también convencido que en lo acontecido con los esfumados no estaba implicada ni tenía responsabilidad directa alguna. No, no andaba suelta por allí la heladera asesina. 

      En la esquina de Schweglerstraße y Tellgasse aparcó un coche de alta gama y de él, a riesgo de dejarse algún resto en el intento, se apeó un hombre que en medio de un infierno con fuego cruzado avanzaba hacia algún determinado destino. Se celebraba la infausta noche de Sylvesternacht o Nochevieja y el volumen, calidad y cantidad de la pirotecnia por metro cuadrado amenazaba incluso la propia supervivencia. Ora un petardo que por poco te revienta el juanete, ora un cohete perfilándote la oreja y a un tris de arrancártela de cuajo. Claro que al caballero del coche, seguramente acostumbrado a explosiones más potentes, no parecían arredrarle las que ahora lo envolvían. Nevaba con intensidad, pero los destellos, el estruendo y el humo de la pólvora en forma de intensa y maloliente neblina difuminaba los copos y deshacía lo que tiene de mística y estética este poético fenómeno natural. Tadavía vivo y tirando de experiencia para salir indemne en medio de la marabunta (para algo se había curtido en guerras sucias -las más- y ahumados sus cojones por el humo de mil batallas) caminaba el hombre con tan decidido paso que al impulsar sobre la nieve acumulada la perfilada suela de goma de su calzado restallaba en sonoras pisadas, a modo de invernal sinfonía. Llegó a la heladería Nikoleis, se introdujo en el recinto y abordó sin más avíos a la jefa del negocio con la que en un breve intervalo de tiempo congenió, para sorpresa de los parroquianos inmersos en plena fiesta de fin de año. Por la animada charla que de inmediato se entabló y la evolución de los acontecimientos, daba la impresión que tal vez no se conociesen en persona, pero algo muy importante les unía. En noche tan dada a todo tipo de pendencias y desmanes, el recién llegado, con trazas de seductor pero sobre todo aguerrido, hubo de hacer gala de sus variados recursos para contener piropos subidos de tono y sujetar o hasta retorcer manos  con destino directo al culo de la tabernera, y lo hizo con tanta eficacia, discreción y clase que ya aquella misma noche (de madrugada, por supuesto y bajo la atenta y envidiosa mirada de los más rezagados) abandonó el local en compañía de Jelena Nikolic. La relación entre ésta y Mirko Klosnic, que así se hacía llamar el recién llegado, pronto se consolidó, aunque siguiendo cada uno por su camino sin interferir ninguno en los asuntos del otro. A él se le veía obrar como una especie de gestor avezado y emprendedor, aunque en extremo discreto y hasta un punto huraño -que no antipático-, acometiendo funciones en apariencia similares a las llevadas a cabo por otros individuos que en el pasado ya gestionaron en la heladería asuntos y papeleos. Mas no tardarían los acontecimientos en precipitarse de nuevo. En los últimos tiempos la policía había vuelto a personarse en el local con mayor frecuencia de la habitual, a la sombra de la cual siempre aparecía el arrendador como para tomarle el pulso a la situación. Aunque tampoco ahora se produjeron inspecciones ni interrogatorios formales, ni se constató irregularidad alguna.

-III-
      En el local lindante unos turcos recién emigrados se preparaban para establecer un negocio de lanas y tejidos exóticos, así como prendas típicas de su país de origen. En principio no realizaron grandes obras y se limitaron de modo somero a vaciar, limpiar y acondicionar  el establecimiento para disponer y emplazar los artículos a vender. Como en cada ocasión que algo nuevo se cocía por el barrio y sobre todo cuando cualquier modificación o cambio se producía en el entorno cercano al local de su propiedad, Herr Gerhard Stadler, el arrendador, aprovechaba la ocasión para inspeccionar cualquier actividad excepcional y fuera de lo común. Cuando advertía que todo volvía al orden natural que él -por lo visto- esperaba, se retiraba y volvía a sus quehaceres cotidianos. Aunque en esta ocasión su tranquilidad se vio a los pocos meses truncada, por cuanto los turcos iniciaron obras ruidosas y de gran envergadura en la nueva tienda, a fin de remodelarla a fondo y darle un nuevo impulso que aumentase las escasas ventas realizadas hasta entonces. Este lance trocó en perenne la presencia de Herr Gerhard Stadler por la zona. Para colmo de males, la desaparición por esos días del tercer amante de Jelena Nikolic encendió el resto de alarmas de su ya muy turbado espíritu. Y la policía de nuevo hizo acto de presencia con carácter extraordinario, interrogando a la heladera en el interior del recinto en varias ocasiones. Ella seguía jurando y perjurando no saber nada del paradero de este individuo, ni de los otros dos, ni de su pasado, ni siquiera de su presente que tampoco quiso nunca conocer al detalle, tal como así y con absoluta naturalidad se lo relataba a los agentes. Se supo que en los tres últimos años la policía andaba tras la pista de un serbio, miembro de los servicios secretos de su país y cercano al General Mladic, al parecer muy activo en la ciudad de Viena tanto en la identificación y búsqueda de traidores a la patria; es decir, croatas, bosnios, montenegrinos, macedonios, kosovares y mismamente serbios “desleales”, como en la gestión de documentación para compatriotas perseguidos por la justicia internacional acusados de crímenes de guerra, y éste no era otro que Mirko Klosnic, el último novio de la heladera.. Hasta el presente no se había podido probar la implicación y colaboración de Nikolic en turbios asuntos de sus desaparecidos amantes, si es que la tuvo y la hubo, ni por el momento se la pudo relacionar con semejante organización, por más que el último de sus queridos ocupase un lugar relevante en el organigrama de la misma. Pocas semanas después recibió Nikolic una visita definitiva y que cambiaría para siempre el rumbo de su vida.
      En el local de los turcos seguían las obras y el arrendador de la heladería merodeando sin descanso por el lugar. Se oían taladros, barrenos, buriles y martillos que golpeaban aquí y allá, hasta que un día y en medio del estruendo que este tipo de obras producen, unos gritos de auténtico terror sobresalieron y acallaron el resto de herramientas, al tiempo que un par de individuos sarracenos corrían despavoridos Hütteldorfer Straße abajo. Su trabajo de ese día había acabado en horror. Con el fin de ganar espacio labraban un armario empotrado sobre la pared colindante con la heladería, cuando una gran placa de cascote cayó dejando al descubierto un brazo esquelético, tras el cual se vislumbraba un esqueleto completo yacente y emparedado. Alguien estaba allí enterrado. Pronto se personó en el lugar la policía científica y judicial y se iniciaron las pesquisas, no tardando en detener a Jelena Nikolic como presunta asesina y/o implicada en la desaparición de todos o de alguno de sus antiguos presuntos compinches.

-IV-
      Las declaraciones de la heladera ni esclarecían ni disipaban dudas en relación al batiburrillo de hipótesis posibles que manejaba la policía. Demasiados indicios señalaban que el esqueleto hallado, por el estado de los restos y por cronología, no podía ser vinculado con la detenida y -desde luego- no correspondía a ninguno de los tres desaparecidos que no hacía mucho se cruzaron en su vida. Por otra parte, una y otra vez reiteraba la tabernera su total ignorancia sobre todos y cada uno de los inauditos sucesos (pocas veces mejor empleado el término) que estaba viviendo. Dada su aventajada inteligencia -no se engañen- debió barruntar en sus compinches actividades al filo del margen o al margen mismo, pero siempre procuró ignorarlas y vivir ajena a ellas. Si congenió pronto con Mirko Klosnic, el espía serbio y su tercer amante, sucedió porque compartían amigos comunes en los herméticos círculos del General Mladic, antigua amistad ésta que ni la avergonzaba ni creía que constituyese ningún delito. Tampoco el espía quiso implicarla y jamás le pidió ni participación ni colaboración alguna en sus ocupaciones. Ninguna de estas importantes realidades fue negada nunca por Jelena Nikolic ante las autoridades policiales. Se dio además la favorable casualidad que, justo por aquellos días, Mirko Klosnic fue detenido camino de Belgrado y acusado de asociación para delinquir, tráfico de personas, desapariciones y asesinatos. En efecto, desde que la policía tuvo constancia de la presencia de Klosnic en Viena, varios ciudadanos procedentes de las repúblicas de la antigua Yugoslavia y habituales en la órbita del espionaje y contraespionaje se habían esfumado, entre ellos los dos primeros amantes de Nikolic, que resultaron ser kosovares en estrecha relación con altas instancias del gobierno de Pristina. Con total certeza, de su suerte final no podrán hacerse sino conjeturas, pues en una nave de un pueblo a orillas del Danubio y cercano a la capital la policía descubrió un enorme y siniestro crematorio donde, a juzgar por las informaciones policiales, más de un enemigo irreconciliable acabó hecho carboncillo y hoy descansará en forma de fertilizante ceniza en algún tramo de la ribera del río o en las praderas de las pequeñas islas que el Danubio va conformando rumbo hacia el Mar Negro. En este contexto, otras hipótesis iban tomando cuerpo y en cuestión de horas la policía habría de liberar a la heladera sin cargos o con cargos menores.

      Una semana llevaba libre Nikolic y -aunque con el local todavía precintado, por tanto limitada en sus movimientos y horarios- ya trasegaba por él preparándose para seguir explotándolo hasta la extinción del contrato. Desde su libertad  se sintió no ya acechada por su arrendador, como antes, sino directamente acosada. Le echaba la culpa de todo aquel alboroto y la amenazaba con rescindirle de inmediato el contrato por incumplimiento de ciertos acuerdos previos. A Nikolic todo aquello ya no le afectaba, porque en su cabeza ya tenía otros planes de futuro que empezaba a madurar, así que ahora la despachase si se atrevía. No le dio tiempo, por cuanto esa fecha resultó determinante para el desarrollo de la investigación policial. Cuando la policía inspeccionó el edificio determinó que el volumen mayor del enterramiento hallado correspondía al local de Herr Gerhard Stadler. Su primera mujer se dio antes por desaparecida y después por oficialmente muerta, aunque su cuerpo no se encontró; por tanto, la hipótesis más creíble lo hacían ahora el principal sospechoso, al que difícilmente podrían inculpar con indicios o pruebas tan poco sólidas respecto a un cadáver ni identificado ni reclamado por nadie. Tampoco de los restos podrían obtener información genética útil, dado el estado de reducción esquelética que presentaban. ¿Quién sería pues la persona allí encontrada y cómo determinar su identidad?. Por aquellos días, en la comisaría que entendía el caso se presentaron para declarar dos personas que decían tener informaciones de gran calado y datos importantes que aportar al proceso. Se trataba de un joven en la treintena que se acreditó como Jens Stadler, hijo pródigo y huido en su juventud de la casa de su padre Herr Gerhard Stadler, y de una monja hermana de la  primera mujer de éste, así que su cuñada  y tía de Jens. Algo muy importante debían de traerse entre manos. Cuando Jens Stadler se enteró por la prensa del macabro hallazgo en el local de su padre, entró en contacto con su tía, pues de inmediato sospechó que aquel cadáver podría corresponder al de su madre. Viajó a Mariazell (Steiermark o Estiria) donde la tía desempeñaba importantes funciones en el cuidado y mantenimiento del famoso santuario mariano de la villa y se entrevistó con ella. De tanta importancia hubo de ser lo tratado que la madre superiora dio permiso a la religiosa para tomarse el tiempo preciso e incluso ausentarse el que hiciera falta para gestionar todo lo concerniente al asunto. Y ahora ambos declaraban ante la policía y le entregaban en forma de documentos el fruto de sus indagaciones. Describieron con precisión detalles de la mandíbula de Frau Margarethe Stadler (Leitner, de soltera), que por este nombre se conocía a la mujer años  atrás desaparecida, y aportaron informes odontológicos que evidenciaban las diferentes intervenciones realizadas y la singularidad de las mismas, lo que constituiría un factor irrefutable para determinar su identidad. De ser así, la libertad de Herr Gerhard Stadler tenía los días contados. De hecho todo empezó a cuadrar y pudo documentarse que el esqueleto hallado a caballo entre la tienda de los turcos y la heladería correspondía a Frau Margarethe Stadler, asesinada -presuntamente, todavía- por el que fue su marido y enterrada emparedada al más puro estilo mafioso. Hasta ahora a Herr Gerhard Stadler no lo habían podido acusar de nada, a pesar que la sombra de la sospecha planeó sobre él desde el inicio, pero supo escabullirse hasta el día que la justicia, lenta como casi siempre, vengó semejante felonía. Ya puede imaginar el lector que no tardó la policía en detenerlo, a él y a su actual compañera por encubrimiento. Y, como ya se expuso, Nikolic agotó los meses de explotación que le restaban, con un par de ovarios y coraje suficiente para buscar otro local en el que llevar a cabo nuevos planes, por supuesto en gran medida amalgamados de sus inolvidables experiencias en el negocio que todavía hoy regentaba.

-V-
      No lejos del antiguo local, la indómita y audaz heladera se disponía a abrir otro con la única temática de la muerte. Las mesas serían ataúdes, de una pared un brazo saliente presto a sujetarte el vaso por cualquier emergencia, más allá una cara con morritos  y un cigarrillo en la boca te invitaban a pasar a la sección “fumadores”, algún esqueleto colgado de una lámpara y así otros detalles de similar catadura. Los servicios no variarían mucho respecto al anterior negocio, si acaso añadiría crepes en un fondo de chocolate amargo caliente con forma de calavera, su nueva especialidad. Quería lograr un ambiente que fuese la mejor expresión de lo tétrico y macabro, con el morbo añadido de tener por jefa a la heladera asesina. Pronto las tribus urbanas de estética gótica inundaron su local y otros que fue prodigando por  barrios de la ciudad, y la coronaron su reina gótica cuya fama corría como la pólvora. Y ella tomó las calles con su belleza, elegancia y buen gusto, reinando en el Graben o Kärntner Straße o en el corazón palpitante del centro urbano, desde donde ganó un trozo del corazón de los vieneses a quienes alegraba las noches con sus bromas e indumentaria tan macabras, como al tiempo investidas de un delicado sentido del humor negro y una prestancia y gracia que hasta a la misma muerte le arrancaría una sonrisa. Atrás quedaron los oscuros años de servicio a la patria serbia, el lado oscuro del pasado que la empujaron a labrarse un perfil independiente y libre, a salvo de servidumbres y dependencias en ocasiones difíciles de superar. Esta arrojada y noble mujer es un canto a la supervivencia, a la lid por la salvaguarda de la vida, tan apreciada ésta en quien sobrevive en medio de diarios bombardeos de tus malnacidos hermanos y peores vecinos. Hoy, la ciudad entera se rendía a su figura y aunque su fama no llegó a igualar la de Waluliso, el tronado más entrañable de Viena con espacio en la red, a Nikola, su nuevo alias artístico, la hubieran podido entronizar como vienesa ecuménica con hueco en la red, de haber sido un personaje real como sí lo fue Waluliso. Y si a Waluliso se le conocía por “el apóstol de la luz”, tal cual él se autodenominaba; a ella daríamos en llamarla “la reina gótica de las tinieblas”.

Fin


16 diciembre 2014

La bella aldeana del Kamp

¡¡¡Publicación reciente!!!

(Vivienda en St. Leonhard H., Baja Austria. 
Fotografía de Brigitte Stefanek-Egger) 


-I-
      St. Leonhard am Hornerwald, un pequeño pueblo en la comarca natural de Waldviertel bajo administración federal del Land de Niederösterreich (, o Baja Austria), esparcía sus ordenadas edificaciones sobre un amplio altozano de bajo perfil y pendientes muy suaves con panorámica a los cuatro vientos. Vastas y densas selvas de esbeltas coníferas, salpicadas de calvas y terreno roturado destinado al cultivo de forrajes u otros alimentos para el ganado lo circundaban, aunque por la mayor elevación de la regular loma no impedían que pudieran divisarse diferentes poblados diseminados por la contorna. Al norte Horn, Altenburg, Rosenburg; al sur Aschauer, Wilhalmwald, Kasernenhütten y otros varios donde alcanzase la vista. Tan fastuosa belleza la completaban animales salvajes -corzos, ciervos y faisanes, principalmente- correteando en libertad a través de los campos de labor. Sus gentes -sin embargo- se mostraban hurañas y poco sociables, quizá por una combinación de factores en apariencia contradictorios, cual es de una parte vivir en notorio anonimato a una centena escasa de kilómetros de una populosa urbe como Viena, y de otra verse invadidos en su territorio por estos indeseables intrusos de la capital, por cuanto la accesibilidad y el nivel de vida más barato que en la metrópoli impulsaban este tipo de éxodos. Y esto ya no sucedía sólo los fines de semana, sino incluso entre semana y como residencia fija, pues no pocos se avecindaron en el pueblo, bien porque la pensión les daba más de sí en él, bien por la paz reinante en el lugar o en algún otro caso porque ejercían un empleo -servicios sobre todo- en esta zona rural. Fuese como fuese, sus habitantes no se revelaban muy dados a la cháchara con propios y menos con extraños, lo que convertía al pueblo en una sociedad atomizada compuesta por individuos casi desconocidos, que en no pocos casos vivían de espaldas los unos con los otros. Allí un incógnito agricultor y ganadero absorto en sus cultivos y ganado, a menos de 1500 metros alguien dedicado al cuidado y cría de aves de cetrería, no mucho más lejos un pequeño grupo de alternativos que apostataron de la ciudad para instalarse en el campo y en el centro de la villa todos sabían -o decían saber- poco o nada del resto de sus convecinos. Así que a nadie podría sorprender ver aparecer o desaparecer por el pueblo a conocidos o desconocidos, residentes o foráneos; ni las ausencias del pueblo -de cualquiera de sus habitantes- llamarían la atención o preocuparían, tal cual era. En St. Leonhard la vida transcurría con la pausa propia de los pueblos extendidos en bellos parajes pero perdidos en ignotos rincones, donde la rumorología toma carta de naturaleza e idiosincrasia identitaria de los lugareños. Como inagotable fuente de rumores destacaba sobre las demás la familia Berger. El padre, Heinz Berger, cobraba pensión desde los 53 años por un accidente laboral de camionero, que ésta fue siempre su profesión y en la que aprendió gramática parda y a moverse por antros y ambientes de discutible reputación. Había nacido en el pueblo y allí vivió toda la vida, aunque por el oficio desempeñado hubo de pasar frecuentes periodos de tiempo alejado del hogar o algo que se le pareciese. Su esposa, Angela Berger, yacía en una silla de ruedas anulada, casi impedida y postrada por una fibromialgia aguda, una esclerosis múltiple en curso y un marido déspota y más frío que los témpanos invernales habituales por aquellos pagos. Mas entre los miembros del clan alumbraba con luz propia Alice Berger, muchacha ésta inteligente, avispada, decidida e inquieta. También muy hermosa, con esa sonrosada belleza aldeana, rolliza y poderosa. A sus 19 años le correspondía el dudoso honor y la enorme responsabilidad de cargar con todo el peso de las variadas obligaciones domésticas, incluida la economía familiar; y aún más desde que otra hija conocida por Ulrike Berger y un hijo varón llamado Max Berger, ambos mayores que ella, abandonaron la casa para no volver nunca más. Alice los visitaba muy de tanto en tanto, pero los escasos contactos tampoco fueron tan profundos como para recuperar sólidos vínculos familiares, al menos por ahora. Sencillamente Ulrike y Max habían decidido no tener nunca nada más que ver con su familia de procedencia.
      Desde hacía algún tiempo daba toda la impresión que Alice había plantado sus reales ante el jefe del clan (en otros casos conocido por padre de familia) y se propició a sí misma un espacio de libertad  frente a su yugo opresor, por lo visto sin regresión posible, pues los poderes disuasorios de éste sobre la joven parecían muy o del todo debilitados y ésta campaba a sus anchas por el pueblo. Trabó amistad con Renate Meier, una asistenta social venida de la capital, con sueldo a cargo del Land y responsabilidades de atención sobre los colectivos más vulnerables en su ámbito de competencias, además de enemiga irreconciliable de Heinz Berger. Pocas veces dos personas podrían llegar a odiarse tanto. Además de estudiar inglés y español a distancia en sus momentos libres, que alguno se buscaba; al menos dos veces al mes, habitualmente en jueves, viajaba Alice a la capital, donde decía acudir para proveer la casa y asistir a un cursillo de pintura (lo que debía ser cierto, pues pintaba unos admirables cuadros impresionistas de paisajismo rural). Pero tanta libertad empezaba a escamar en el hogar de los Berger.

-II-
      No lejos de St Leonhard, a escasos seis kilómetros, se extiende el pueblo de Gars am Kamp, cuya importante estación de ferrocarril se ubica en el centro geográfico de la zona y en un populoso núcleo urbano, lo cual la convierten en la principal (junto a Horn) de un ramal que enlaza Hadersdorf am Kamp, en la linea convencional destino Krems, con el pueblo de Sigmundsherberg, situado en la linea que en paralelo transita por el norte de Austria en dirección Gmünd. Para numerosos habitantes de los pueblos ribereños al río Kamp, de natural aislados por quedarles a desamano cualquier nudo de comunicación de importancia -aunque sólo fuese relativa-, el servicio prestado por esta  bifurcación suponía una bocanada de aire fresco y una ventana abierta a la libertad. En épocas benignas, recorrer el trayecto entre St Leonhard y Gars por cualquier medio podría resultar incluso de un bucolismo campestre, pero hacerlo en invierno no era tan poético. Sólo los coches con sus ruedas preparadas y otros complementos bien ajustados podrían hacerlo sin mayores riesgos para la integridad. Claro que siempre hay algún orate que lo intentará con alternativas imposibles, en vehículos biciclos, por ejemplo, aunque no sería la primera vez que aun estando la zona nevada Alice hubiese llegado a Gars en bicicleta. Pero el jueves que nos ocupa debía viajar sin falta a Viena y no quiso arriesgarse, de modo que pidió a su amiga Renate Meier que la llevase a coger el tren. Como otros jueves antes, subió al “Schienenbus” o ferrobús del lugar y con él siguió el curso del Kamp rumbo a su destino en la capital. El tren lo constituían dos coches y transcurría por un recorrido que seguía con sorprendente fidelidad los accidentes de este río de consideración humilde, aunque de caudal notable y regular, ora transitando en paralelo a rápidos de aguas torrenciales y bravas, después dibujando con precisión de cirujano los meandros, aun fuesen de ságita larga y, ya cercano a tributar su peso en líquido a la madre Danubio -y digo bien, porque en Austria el Danubio es mujer-, configurando remansos y formaciones lacustres de tonos turquesa. Varias estaciones del trayecto, de humilde dotación y sin personal al cargo, no llegaban a tal condición y más bien deberían ser tenidas por sencillos apeaderos, compuestos de una básica edificación donde resguardar las máquinas de expendeduría automática y un amplio cobertizo  para protegerse de las inclemencias del tiempo, conservando los andenes bien perfilados y delimitados respecto a las vías, pero con el piso de tierra repisada propia del lugar o de césped natural, allí donde y cuando el menor trasiego, el frío, las heladas y las nieves lo dejasen crecer. En Hadersdorf am Kamp, donde finalizaba el ramal y enlazaba con la línea convencional, Alice se apeó, cruzó la vía camino al edificio principal de la estación y en una máquina automática de expedición de billetes compró su ticket y subió al siguiente tren que, tras cruzar el Danubio por Tull an der Donau, llegaría a Viena en la estación Franz Josefs Bahnhof. Ya en la urbe, siguió Alice su ruta habitual, salió a Alserbachstraße, enfiló después Liechtensteinstraße en dirección Votivkirche hasta el cruce con Berggasse, donde viró a la izquierda y se introdujo en un edificio a través de un amplio portalón decimonónico. Tan absorta vendría en sus pensamientos que no llegó a reparar en la presencia de un caballero, quien a una prudencial distancia siguió sus pasos desde la estación hasta el edificio en Berggasse, donde se perdió su rastro. Soló en el momento de pulsar el timbre del piso donde acudía pudo observar unas sombras sospechosas que se movían en la planta baja e intuyó que alguien la estaba espiando. Sin embargo ella, lúcida tanto como aguerrida, no pasó por alto el hecho, pero tampoco se atemorizó ni quiso darle mayor importancia. Tras una interminable espera, una mujer salió y la hizo entrar al amplio recibidor de la estancia visitada. Se trataba de la consulta de un afamado Psicólogo vienés, reconocido en la ciudad y fuera de ella por sus éxitos terapéuticos y que Renate Meier le recomendó visitar. Desde hacía bastante tiempo Alice acudía a él y a él hizo depositario de todos sus secretos, que eran muchos y -aunque su aspecto no lo delatase- tanto daño causaban en su joven y ya muy escarnecida vida, cargada de responsabilidades e íntimas amarguras. Seguro que el Psicólogo sabía mucho de ella, de los pesares y culpas que sin duda la invadían y quebraban su paz interior. Esa noche de regreso a casa tomó parte de la cena fría que había dejado preparada, como hacía siempre que viajaba a Viena, en medio de un ambiente tan frío como la cena misma (nada excepcional por otra parte), tirantez que Alice Berger llevaba con gran habilidad y fortaleza, pues disponía de una prodigiosa capacidad para la supervivencia en las peores condiciones.
      El martes 5 de febrero el Dr. Viktor Fränzl, que así se llamaba el especialista al que acudía Alice Berger, atendió una nueva visita en su consulta de Berggasse. Rondarían las 4 de la tarde, cuando un hombre en la cincuentena o inicios de la sesentena, con apariencia de persona corriente, indumentaria sencilla y formal, y un cierto nerviosismo contenido llamaba con insistencia al timbre de la consulta. Al tiempo que la asistenta abría la puerta el caballero se introdujo en el vestíbulo sin otro consentimiento que su propia voluntad, identificándose como Herr Thomas Bauer, quien pedía ser atendido con urgencia ese mismo día y que de allí no se movería mientras eso no sucediese. Con el fin de pedir consejo sobre el imprevisto al jefe, entró la asistenta en su despacho y en breve salió prometiendo al solicitante que en un tiempo prudencial sería atendido. Cuando el Dr. Fränzl despidió a la paciente programada hizo pasar a Thomas Bauer y conversaron largo tiempo. No se sabe lo que allí se habló (cuestión del secreto profesional, suponemos), pero a partir de entonces y durante unos cuantos martes, médico y paciente se encontraron en el consultorio y, aunque en ocasiones mantuvieron discusiones acaloradas, al parecer ello no impidió establecer una buena sintonía que acabó por manifestarse en la tasca croata de la esquina, donde en alguna oportunidad compartieron vino de Burgenland y un cuenco de judiones de Dubrovnik. Uno de esos martes destinados a Herr Thomas Bauer, éste acudió a la cita y como ya resultaba también normal acabaron saliendo del despacho juntos. Herr Bauer le sugirió al Dr. cambiar en esta ocasión el lugar del aperitivo, proponiendo una taberna española al otro lado del Donau Kanal, donde servían unos excelentes caldos españoles y algún pinchito de tortilla de patatas o un buen pulpito "a feira". Sí, muy típico. Hacia allí se encaminaban, cuando apenas a cien metros de cruzar este brazo interior del Danubio, en la confluencia de las calles Hahngasse y Berggasse apareció de improviso un joven vestido con cierta normalidad que no enmascaraba su aspecto marginal y barriobajero, quien blandiendo una navaja de grandes dimensiones asestó tres certeras puñaladas al Dr. Fränzl, el cual cayó fulminado al suelo, mientras el asesino huía hacia la cercana estación Roßauer Lände del metro, donde se perdió en la ya cerrada noche y por los vericuetos del suburbano. Herr Bauer, preso de gran excitación, empezó a gritar en demanda de auxilio y pronto se personaron en la zona, tanto las asistencias sanitarias como miembros de la policía. El Dr. Fränzl murió camino del Allgemeines Kankenhaus Hospital y Herr Bauer tuvo que quedar a disposición de la policía durante más de ocho horas, para contrastar su identidad y testificar.

-III-
      La noticia corrió como la pólvora y sorprendió no sólo a Viena entera, sino a toda Austria, pues al fallecido se le consideraba un hijo preclaro de la patria por sus aportaciones intelectuales de fama internacional. Los periódicos anegaron los kioscos de tinta y fotografías en las que aparecía Heinz Berger, identificado como tal, con protagonismo principal en el suceso. Todo esto llegó también a St Leonhard, donde Alice recibía las informaciones consternada, pues no sólo se encontraba apenada por la pérdida de un ser humano en la persona de su Psicólogo, sino también porque numerosos indicios sobre la naturaleza del crimen iban apuntando en la misma dirección. ¿Quién podría haber hecho una cosa así?. Y sobre todo, ¿qué hacía Heinz Berger en el centro de una noticia como ésta, así fuese sólo -y en el mejor de los casos- como testigo determinante y presunto inocente?, junto a otras muchas preguntas por ahora sin respuesta. Su alma pareció ahogarse en temores y, si bien se le había acabado el alivio psicológico con el Dr. Fränzl, tampoco ahora podría decepcionarlo no tirando de la vida por sí misma. Así que la hermosa cavidad craneal de Alice devino en olla a presión de tantos misterios por discernir y… a resolver. En su mente se cruzaron las extrañas coincidencias entre las ausencias de su padre y los días claves del suceso bajo sospecha. Claro, que lo de las ausencias del padre a nadie podrían extrañar porque eran habituales, acostumbrado como estaba a patear con sus colegas los cazadores de la zona campos y antros de fama dudosa. El pueblo también era un hervidero de comentarios, como siempre a hurtadillas y en «secreto a voces». Todos se temían algo pero nadie hablaba sin doblez. Incluso durante aquellos días en la casa de la asistenta había aparecido un anónimo colgado en una de las paredes y escrito con letras de periódico con la leyenda “Aléjate de Alice o acabarás fiambre”, lo cual -por supuesto- Renate Meier puso de inmediato en conocimiento de la policía.
      En la sede policial continuaban las pesquisas y se filtró a la prensa la hipótesis de un asesinato por encargo, llevado a cargo por un asesino contratado en los bajos fondos, de escasa experiencia y por el momento sin identificar. El motivo podría ser pasional, si bien no se descartaban otro tipo de hipótesis, salvo el robo con violencia que quedaba desestimado. Ésta era la lacónica información que -por entonces- facilitaba la policía. Pronto las indagaciones policiales produjeron avances importantes, los cuales llevaron a detener como autor material del crimen a un buscador de alimentos en los contenedores donde los supermercados vierten los productos caducados o a punto de hacerlo. Tampoco tardaron mucho en dar con quien lo contrató, un rumano encargado de los reponedores de un supermercado cercano, a quien alguien había provisto de papeles y colocado en ese puesto. A fin de cometer el crimen con la máxima discreción posible, al mercenario se le compraron ropas más o menos decentes que no llamasen en exceso la atención y se le prometieron 1500 € pagaderos en dos plazos, aunque debe maliciarse que por tan chapucera ejecución (la policía enseguida dio con certeras pistas) al convicto le faltó tiempo y la voluntad del pagador para cobrar el segundo de ellos. Pero nunca señaló más instigadores del crimen, afirmando ser el único que estaba detrás del mismo y haberlo hecho por venganza, pues sostenía estar enamorado de una bella joven a quien el Psicólogo había alejado de él. Sin embargo, pocos en Viena y en St Leonhard dudaban ya del papel inductor de Heinz Berger. Las informaciones de prensa indicaban que los indicios eran tropel, pero ninguno de ellos podrían constituir prueba sólida contra este turbio personaje. Sí, tenía amistad con el rumano detenido, como decía tenerla con otros muchos amigotes y camaradas, mas el rumano -se supone que bajo amenazas o bien untado, pues al antiguo camionero no le faltaba la pasta- nunca lo inculpó y el autor material tampoco lo conocía ni sabía nada de él, porque nunca llegaron a contactar en persona. En fin, el rastro criminal de este desabrido menda que la inmensa mayoría de ciudadanos daba por cierto se diluía, revelándose tan inconsistente como una mota de polvo en el núcleo del huracán. Además, cuando Heinz Berger se vio acorralado por las gravísimas imputaciones de las que era objeto, y con total certeza bien asesorado por su buen abogado, desplegó toda su brillante frialdad y, aferrándose a los derechos más insólitos, siempre acababa por escabullirse entre la urdimbre legal como un pez recién pescado en manos de un bisoño pescador. Gracias a las declaraciones de la asistenta del Dr. Fränzl pudo acreditarse que era un impostor, por cuanto quien pasaba por Herr Thomas Bauer resultó ser Heinz Berger. Aunque, sólo con esto lo podrían acusar como mucho de falsedad en documento público (delito accesible a cualquiera en el mercado negro de los barrios bajos) y falsa identidad, que no suplantación, pues Thomas Bauer existían muchos, pero ninguno con aquel número de identificación personal. Y ¿qué motivos tendría para instigar? ¿Quiso quizá acabar con el Psicólogo porque poseía información tan sensible como para llevarlo a la trena?. En cualquier caso, no podía ser que este monstruo se escurriese y siguiese en libertad envenenando cuanto a su alrededor se moviese y sin pagar por sus felonías.
      En aquellas prolongadas semanas en las que el suceso centró -con absoluta lógica- la atención de muchas gentes, en el hogar familiar de los Berger la vida se hacía irrespirable. La inaudita violencia física y psicológica que siempre brotó a borbotones de las entrañas de Heinz Berger en su versión de bestia parda, algo aplacada en los dos últimos años, reapareció con toda iracundia, sobre todo contra la madre. A Alice hacía tiempo ya que no la tocaba, pues sabía que podría matarla pero nunca la arrodillaría. No la  dejaba ni a sol ni a sombra, fiscalizaba todos sus movimientos y sus actos, le racionó drásticamente el dinero (nada importante, pues ella sabía ahorrar y tenía a buen recaudo sus personales fondos) y le prohibió ausentarse del pueblo sin él saberlo. Por supuesto, le abrasaba el alma -o similar- verla junto a la asistenta Meier. De todo lo anterior Alice podía soportar gran parte, pero lo de su madre ya sobrepasaba el castaño oscuro y eso no lo permitiría, así que por segunda vez en su vida (la primera sucedió cuando a los 17 años plantó sus reales ovarios ante el déspota irredento de su padre) iba a tomar una decisión de extrema importancia. Hasta aquí había llegado. Debía reconducir estos escabrosos derroteros, pues de lo contrario su vida devendría en un infierno del que los tres hermanos conocían las llamas y que de nuevo comenzaba a arder. Programó varias visitas con Max y Ulrike, quienes no eran ajenos al suceso del asesinato del Dr. Fränzl, las cuales se llevaron a efecto con total discreción y esquivando el estrecho cerco paterno, para lo que encontró un soporte importante en la persona de la asistenta Renate Maier. De las novedades al respecto hubieron de hablar los tres hermanos y debieron convenir que ahora más que nunca, especialmente ahora, habrían de estar juntos, dejando de lado desencuentros y diferencias. En todos ellos se había instaurado el mismo temor difícil de digerir, aunque tampoco raro ni novedoso para ninguno, por lo cual el acuerdo sobre futuras actuaciones conjuntas hubo de llegar con suma facilidad. Sabían que fue su padre quien aquel día siguió a Alice, hasta dar con el psicólogo; tenían la certeza que él encargó su muerte, conocían de vista al rumano con el que Heinz Berger compartía afición por la caza y las parrandas. Él, que violó repetidamente a su hija Ulrike, como después hizo con Alice, a menudo en presencia de su hermano Max, al que por un cierto amaneramiento tildaba de maricón y a quien debía enseñar a follar. No, un individuo así no podía salirse de rositas. Y no esperarían al juicio.

-IV-
       La mañana de un viernes de mayo, los tres hermanos, con la asistenta de acompañante, se dirigieron decididos a la Comisaría donde habían concertado cita previa. Testificaron todo lo testificable y aportaron el acta secreta que, cuando Ulrike y Max abandonaron su particular mazmorra familiar, levantaron ante el notario que hasta ese momento la había custodiado, y donde se detallaban las vejaciones vividas y otras revelaciones y testimonios de vital importancia para inculpar a Heinz Berger. Dicha declaración debería mantenerse en secreto mientras cualquiera de los dos hermanos así lo estimasen oportuno o hasta la muerte de ambos. En ella quedaba también advertido el padre que si por cualquier razón osara acercase a cualquiera de estos dos hijos o tratase de interferir en sus vidas, la rescatarían y pleitearían hasta enviarlo a prisión. Faltaban -no obstante- detalles que Ulrike se había reservado y que ahora estaba dispuesta a utilizar, como el hecho de haber tenido dos partos de las relaciones incestuosas con su padre biológico, por alguno de los cuales quedó estéril. Nunca supo con exactitud el destino final de los bebés muertos, de los que en el pueblo tampoco nunca hubo conocimiento, al menos a ciencia cierta. Arrojarlos a un contenedor, por descubrirlos alguien o algún perro olisqueador, podría alertar antes a la policía, así que debieron acabar bajo el seto de rosales, pues en alguna ocasión se fijó Ulrike en el terreno sospechosamente removido. Con todas estas aportaciones, de allí no se moverían ni se levantarían, mientras no se consiguiese una orden judicial que autorizase y ordenase el registro exhaustivo de la vivienda familiar. El sábado siguiente, sin considerar para nada todo el fin de semana que había por delante, en consecuencia mayor expectación, el pueblo de St. Leonhard amaneció invadido de coches de la policía, con las luces titilando, un par de camiones articulados que transportaban otras tantas excavadoras y algún otro coche de alta gama con trazas de algo oficial. De uno de ellos bajó un caballero bien trajeado, quien debiera ser el que estuviera al mando de la operación. Tras ser apeadas de los vehículos pesados, las excavadoras entraron en el jardín de los Berger por la puerta de la calle que daba acceso al mismo y empezaron a operar. Apenas transcurrieron dos horas hasta que el ajetreo paró y al poco salió esposado de la residencia Heinz Berger, introducido después en un celular y conducido al lugar de arresto donde declarar antes de ser llevado frente al Juez competente. El órdago de los hermanos Berger dio los frutos tan esperados como deseados y el rastreo logró los resultados apetecidos, de modo que en el lugar señalado por Ulrike se encontraron los restos de los dos bebés, por fortuna todavía útiles como pruebas y cuerpo del delito. A lo largo del proceso que se siguió contra Heinz Berger, quedaron objetivados sin presunción ninguna los crímenes contra su familia, incluidos los dos de asesinato y desaparición de los bebés, por lo que le cayeron quince años de prisión efectiva y sin posibilidad de remisión. Sin embargo, y en contra de lo que toda la ciudadanía sabía y comentaba «soto voce», nunca llegó a reconocer ser el instigador del asesinato del Psicólogo (hecho por el que le hubieran sumado al menos otros diez más en la sombra), quizá con la secreta esperanza de volver a pisar la calle, aunque fuese en su decrepitud, sin duda igualmente peligrosa. Pero la paz definitiva la recobraron al completo los hermanos Berger cuando, siete años después, supieron que había muerto de tres certeras puñaladas en una reyerta carcelaria de la cual tampoco nunca se supo con exactitud el instigador último, si es que lo hubo. Tres precisas puñaladas asestadas por un tipo de los duros, líder presidiario y polisexual por más señas, lo despacharon al otro mundo tras haberlo pasado por la piedra, como él antes hizo con sus hijas frente al hijo maricón. Donde las dan las toman y quien aquí puso su culo fue quien pasó la vida entera por el culo dando. Nadie acudió a su entierro y se le  inhumó en un lugar del pequeño cementerio de St. Leonhard, en tierra de nadie, bajo una lápida al pie de una cruz sin más inscripción que el « Inri » de serie y alejado de donde yacía su esposa, fallecida dos años antes, tras cinco de relativa paz en una residencia pública de su pueblo y donde a menudo recibía visitas, tanto de sus hijos, como de la asistenta social. Que el infierno haya hecho cenizas hasta de su espíritu y aquí siga la paz al lado de quienes la merecen. Max, marchante de arte que proveía de cuadros a muchas salas de exposición de toda Austria, y  Ulrike, gestora de una agencia de viajes, volvieron a Viena. Max retomó también su activismo amable y moderado en favor de los homosexuales y resultaba ser un ciudadano no sólo ejemplar, sino adorable. Con el tiempo Alice, tras vender la propiedad familiar de St. Leonhard, en Waldviertel, se trasladó a Retz, en Weinviertel (también NÖ o Baja Austria), donde empezó a trabajar de guía en las famosas bodegas subterráneas del pueblo, trabajo proporcionado por su hermana Ulrike, que por su profesión estaba muy metida en asuntos turísticos, no sin antes haber superado un examen de inglés (de algo le sirvieron los estudios a distancia), lo cual facilitó la «recomendación» y consecución del puesto a ocupar. Allí desarrolló su faena con la soltura habitual y los traductores automáticos, su gracejo y su decisión hicieron el resto. Renate Meier, la asistenta social, tan discreta como eficaz en sus cometidos personales como profesionales con los que ayudó muchísimo a Alice; allí siguió con sus tareas, pues su casa debía seguir siendo reconstruida, los gatos de la zona sin hogar recogidos y ella visitando o siendo visitada con relativa frecuencia por los hermanos Bauer, quienes perdieron el miedo al pueblo del que salieron huyendo, pero nunca recuperaron las ganas de volver a establecerse en él. 

Fin

12 diciembre 2014

REALIDADES COTIDIANAS CON OTRA MIRADA

 CHINAS EN LOS ZAPATOS -III-

Elegía impertinente (Homenaje póstumo a Aníbal L. Tello, mentor cultural en yermos parajes)


      Aníbal, amigo, para empezar te diré que tu historia es como la de San Antonio, sus prédicas y los peces. Cuán baldíos pagos te atreviste a labrar e inseminar de cultura. Tú, tan convencional y al mismo tiempo tan contracorriente. Facha para la secta de moda, que de tanto perder enjundia y desteñirse ha pasado de progresista a sólo “pogresista”. No todos ellos, claro, pero algunos no dan más de sí. En fin, mira cómo empiezo a provocarte. ¿Te acuerdas de las veces que me censuraste artículos por mi irreverencia, o así?. Pues ya ves, hoy pienso ponerte en un brete, porque la semblanza que de ti haga no será al uso. O lo intentaré. Conoces mi obsesión por alejarme de los tópicos, a los que yo defino como expresiones propias, y sobre todo ajenas, manidas ya cuando su uso supere el par. Podría facilitarte las cosas (aunque seguro que ahora no necesitas ayuda) señalando con un asterisco los giros y vocablos a los que aplicarías tu tijera de Torquemada. No lo haré por no complicar el trabajo de imprenta. Por cierto, mi homenaje empieza con parábolas al modo bíblico y castellano recio. Tan a tu gusto y tan poco valorado por meninges amojamadas del desierto que te envolvía. Tú, el río Jordán que humilde corría en medio de la nada, dibujando en sus riberas un breve pero tupido vergel que a duras, a muy duras penas abría brecha entre la vorágine de ese otro río Besós, cauce rojo y de tantos otros colores con predominio de los tonos mierda. Lo van mejorando, Aníbal, lo van mejorando. Y lo seguiremos amando, aunque no tanto como a tu ubérrimo Jordán, que tiene mucho más mérito.

      Vayamos con tu semblanza, Caballero Andante (pocas veces mejor dicho) de Valdepeñas, amante moderado de los frutos de la uva, de la buena uva. Quijote, que fuiste quijote en páramos fríos, y no precisamente de ese frío y esos yermos de tu Mancha, que tal frío y tales yermos es sólo cuestión de grados en el termómetro o aridez únicamente en los campos. Señor de corbata a diario y gabardina puede que gris claro, de tiros largos, abrigo de sastre y misa los domingos, con tu digna compañera, señora y madre de tus hijos, como Dios manda. No olvidaré nunca la noche que con nuestras familias cenamos en La Taberna del Arte una cena también muy quijana, con quesos en aceite, jamón de cerdo oscuro y otros pecadillos de la gula. Os acompañábamos de regreso a vuestra casa y en el trayecto tu mujer y mi suegra, cogiditas del brazo como si toda la vida hubieran sido amigas y confidentes, la una sin saber ni palabra de español y la otra ni palabra de alemán, no callaron en todo el recorrido, hablando quién sabe sobre qué, y en qué extraño esperanto. Claro que el buen vino despierta hasta el don de lenguas. El domingo lo completabas con la lectura del ABC, del que decías te informaba. De los medios al uso en tus habituales paisajes, los que podías encontrarte allí donde desplegabas cual libro abierto tu tortilla de jamón y perejil, más que lecturas te eran vacunas, dosis virales contra lo somero o directamente vacuo. Sin duda siempre tuvo más contenido intelectual tu bocata abierto que ese otro medio zafio, parco en letras (por eso es el más vendido en ciertos predios), trivial, voz de sus amos y -cómo no- “pogresista”. Lo conocíamos por El ePidérmico de Catalunya, que habla lenguas, pero no educa en ninguna. Nunca logré convencerte de pasarte a El Mundo, ya que Pedrojota te parecía demasiado liberal. Ni te digo la risa que te entraba cuando te pedía empaparte un tantín de la excelsa modernidad que rezuman las publicaciones del imperio (“social”, por supuesto)  Polanco. Todo, todo muy “social” y de "pogreso". ¡Qué bonito!.

      Caballero Andante, o mejor Andarín, que pateaste esa ciudad, hoy Babel de múltiples idiomas todos a medio decir, tratando de desparramar por las tiendas y negocios algo de sintaxis y semántica de cierta solidez y coherencia. Además, con tanto paseo comercial fuiste compensando tus excesos que, aunque pocos y veniales, alguno sí tenías. Ya digo, ese tu deporte te acercó al final de tus días bien erguido y henchido de dignidad. Sólo tu último año doblaste, pero no mermó para nada tu decoro. “Estoy enfermo del alma” decías a tu hijo, homónimo y puede que heredero de tus dotes censoras. Tú, que en bares cutres de suelo adoquinado con peladuras de altramuces y cáscaras de gambitas saladas hiciste ágoras de cultura, cafés Gijón de esa ciudad donde el analfabetismo funcional es signo de identidad. Qué valor. Y encima, hagan lo que hagan sus políticos siempre van a ganar los mismos, y seguiremos igual, Aníbal amigo. Nunca llegarán los nuestros ni aunque desde allí donde estés te empeñes en el milagro. No lo intentes, que luego nos echarán a nosotros la culpa que estallen viviendas o apaleen a niños sin que los S.S. (con perdón) se enteren.

      Y sí, allí donde estés porque tú, tan inquieto, no es posible que te hayas ido sin más, sin estar ahora mismo intentando probar que hay y tienes vida después de muerto. Tú, tan alejado, tan en las antípodas de lo políticamente correcto (epidérmico e insustancial), que nunca fuiste infiel (así lo creo, granujilla) a nadie de quienes querías. Bueno, las mozas rollizas algo afectaban las órbitas de tus ojos, pero te contenías y como mucho salían de tu boca requiebros delicados, sutiles, elegantes, de Caballero Andarín, que así serás para mí ya siempre. También te sacaban de tus quicios ciertos comportamientos y es entonces cuando decías que creer en Dios te ponía límites, pues de lo contrario... No, no los hubieras necesitado, que en tu alma -creo- no cabría más bondad. De Valdepeñas sacaste el porte, tus entrañas y las altas miras de tus meninges, tan cervantino todo ello. Y algún pecado venial, como ya insinuamos, sí habrás tenido que presentar en el zurrón de tus cuentas al Altísimo. Por ejemplo, tu pasmosa facilidad para travestirte en escritor o escritora, tanto daba el sexo. Te gustaba el juego, malandrín. Así que utiliza tus influencias con San Pedro para que en el Purgatorio, que es donde lo venial se purga, hagan contigo como con las carnes exquisitas: vuelta y vuelta y a formar parte del coro de serafines, querubines y pléyades celestiales, a quienes enseñarás a tomar unos vinitos y a debatir sobre versos métricos (los tuyos) o asimétricos y más modernos, que igualmente apreciabas.

      Sabe Dios y lo juro por mi honor (muy adecuado a tus maneras) que este escrito no es ninguna falta de respeto ni a ti, Aníbal protagonista, ni a tus creencias, más bien al contrario y tú que me conoces bien, bien lo sabes. Es sólo algo de retranca que estimo sana. Una disculpa, Aníbal amigo: no pude despedirte de cuerpo presente, pero ahora mismo te estoy dedicando y con sumo, sumo gusto mucho tiempo en esta despedida de cuerpo (y sólo en su versión material) ya ausente. Y estoy seguro que, sabiendo de la incuria de algunos para afeitarse, ese lunes de tu entierro conseguiste que lo hicieran, que se maquearan y perfumaran y, en su también sobrio y elegante estilo mesetario, te dieran su último adiós. Todo un milagro que pienso presentar al mismísimo Ratzinger como el primero de la serie necesaria para el protocolo de tu beatificación y posterior canonización. Porque mereces ser Santo y patrono cultural de los “negaos”, de los “sostenella y no enmendalla”, de los ciegos de encenegado espíritu. San Aníbal L. Tello, patrón y redentor de estólidos, entendido el término como seres de cerebro espongiforme, osea, de piedra pómez por cuyos poros se escurre cualquier atisbo de espíritu cultivado. No te me revuelvas ahí arriba, censor compulsivo, y ocúpate de que tu hijo no se inquiete por nada de lo que en este escrito lea, porque todo lo que en él va es cariño, admiración y respeto. Me adelanto y diré que sólo yo soy el responsable de continente y contenido, exculpando de toda responsabilidad a cualquiera que esté relacionado con esta publicación. Tengo también la certeza que su lectura te habrá arrancado esa mitad sonrisa y la otra mitad risa sin son (de aprobación, por supuesto), que tan grabada a hierro candente siento ahora mismo en mi frontal y parietales ambos. Un cariñoso y eterno abrazo, Aníbal amigo. Hasta siempre.

M. Miguélez Castrillo, Psicólogo

En algunos escritos, pseudónimo de Sasién

08 diciembre 2014

La odisea del viento


Foto de Serafín Pan Falagán

Compañeros
aún perdura en mi recuerdo
la subida del Montsant.
Aquella sabrosa cena
y a la vera un cementerio.
Nuestros retos a sus piedras
recostados sobre ellas
buscando brigada al viento
para poder disfrutar
de un “fuego de campamento”.

Ni un solo sonido humano
aparte -claro- los nuestros.
Todo naturaleza.
No. No lo podré olvidar.

La predicción de aquel viejo
oráculo de su pueblo
tan humilde y diminuto.
“Clavad fuerte la tienda
muchachos
o habréis de ir al pajar.
Allí estaréis más seguros”.

Se plantó la tienda
con cuatro valientes dentro
alentados por coñá
de garrafón, que más quema.
Otros prefirieron las pajas
para conciliar el sueño.

Estamos a cero grados.
Sobra frío. Falta bebida.
Un trago tras otro trago
con que aliviar tiritonas.

Los yacentes bajo techo
bien cubiertos y arropados
reían de los osados
cuando un furioso empujón
de dos desertores rendidos
tumbó el frágil portalón
de tan cálido habitáculo.
"No se aguanta. No hay licor".

Un remolino de paja
ojos y entrada cegó.
El viento soplaba iracundo
silbaba por las rendijas
de las piedras y las tejas.
La paja nos inundó.

Dos quedaban cuyos cuerpos
aún aguantaban calor
bajos los batientes lienzos
de la tienda arremetida
y cantaban ... y cantaban.
Sus voces en lontananza
por las paredes y el cierzo
sonaban como poesía.

Otra rabiosa embestida
rompió las gomas tensoras
y los vientos aflojó.
La tienda se derrumbó.
"¡A las pajas, compañeros!".
Eran, sin luz ni reloj
horas de la madrugada.
De nuevo cedió la puerta.

Ellos perdieron la apuesta
mas grande fue la cogorza.
Venció la naturaleza
en la odisea del viento
en aquella noche hermosa
y de perenne recuerdo.

BCN, FEBRERO DE 1972.
 RETOCADA EN BCN, EL MISMO MES DEL 2001.

Los Versos diantres del Diantre Malaquías

03 diciembre 2014

Cuento del pagano ciudadano (De cuando las copias eran en papel-carbón)


      Dicen que murió de ira. Siempre tuvo por hospitalaria a la ciudad que eligió para ejercer su oficio; pero los “virreizuelos” de la misma, en su mayoría venidos a más, nunca parecieron enterarse de los mangoneos de sus economistas y contables. Amaba a sus gentes. No en vano había ejercido la docencia durante años en varios centros del lugar. Sin embargo, su espíritu inconformista no le permitía establecerse de forma definitiva en ningún lado. Un día decidió romper lazos con lo provisional, asentó su cabeza y su vida y cambió de actividad profesional. Tenía ímpetu, seguridad y conocimientos suficientes para ello. La competencia ya se completaría con la práctica. Arregló sus papeles como mejor supo, buscó subvenciones fáciles y todo el parné que pudo y se lanzó a la aventura de establecerse por su cuenta. Movió los hilos precisos, invirtió su dinerillo y -por fin- abrió despacho de profesional en ejercicio libre.
 
      Los primeros tiempos fueron muy difíciles, casi insalubres (sí, así). Nunca hasta entonces había percibido con tanta crudeza lo insultante que puede llegar a ser la ignorancia del opositor a ignorante; esto es, el obtuso de mente estrecha, o sea, el necio verdadero y además recomendado (que si no, por otra vía no llegaba). Por otra parte, las deudas lo inundaron. No podía atender con puntualidad y prestancia de ciudadano ejemplar el pago de impuestos y otros sablazos. La vida, en suma, se puso imposible. Como suele suceder en estos casos, acudió a familiares y amigos en busca de ayuda para tapar socavones de su maltrecha economía. Esta confianza que encontró en sus allegados le sacudió el alma. Poco a poco empezó a asomar la nariz por entre el fango y la vorágine del vil metal. Dejó de temer a los recaudadores. Recuperó el optimismo con la gente, pues comprendió (una vez más) que de todo hay en todas partes. Eso sí, y no sé si por azar, en unas hay más de una determinada calaña que en otras. Apuntaló pasito a pasito su “modus vivendi” y optó por cumplir honradamente con el deber solidario de la deposición tributaria.

      ¡Cuánto le habían amenazado con embargos!. Revisó sus documentos, calculó el montante con un margen de error (hacia arriba, claro está) del veinticinco por ciento y se dirigió a la oficina de recaudación. Allí exigió sus cuentas. Su sorpresa fue de espasmo al comprobar que el total presentado era cuatro veces superior al margen de error calculado (hacia arriba, claro). En esta ocasión el veinticinco por cien había fallado. Indagó y dedujo que le estaban cobrando dos veces por el mismo concepto en cada uno de los ejercicios tributarios, y además el lote completo de un año que él creía haber pagado. Incluso presentó un justificante, pero no pasó de “presunto”. Cosas del papel carbón de la época. Los “zaqueos” de turno lo mandaron primero a hacer gárgaras y después a reclamar a otra ventanilla de otro edificio, aunque -efímera suerte- de la misma ciudad.  Aquel lugar apestaba. Le dijeron que pagara y más tarde hablarían. Su cara enrojeció hasta casi reventar sus venas, pero las contuvo y salió raudo. Volvió de nuevo a la siniestra oficina de recaudación y sucedió otro tanto. De no ser por su sensatez se hubiese arrojado contra una cristalera.
-Al fin y al cabo-  pensaba  -éstos no son los responsables últimos (¡pobrecitos!), sino simples ejecutores-.
Pero la duda se apoderó de él por todas partes y poros. Aquello le pareció la cueva de Alí Babá. O algo peor: la imagen de unos vasallos arrastrándose bajo la bota del verdugo, para rendir tributo material a sus señores. En el recinto de la oficina  se oía de todo.
-Yo nunca he tenido un bar en la calle Zorras y Baches- exponía una señora de mediana edad.
-Habrá otro con el mismo nombre- replicaban los recaudadores sin el menor pudor ni grado alguno de sonrojo.  
-Además, tampoco he tenido nunca un renaú cinco y el seiscientos hace seis años que aquí mismo lo dí de baja- contraatacaba la primera.
Otros muchos decían haber pagado dos veces el mismo impuesto por un ciclomotor, o por el bar, o … en fin, tantas cosas. Tuvo la tentación de ir con una grabadora y recoger tan sólo media hora de lo que allí se comentaba, pero no lo hizo. Sin embargo no descartó la alternativa de buscar una emisora de radio, valiente y con ganas de presentar la realidad tal cual es, que lo hiciese. Sería un programa original y dramáticamente divertido.

      La sospecha se incrustó en su mente como un tumor y se hizo extensible a los empleados parapetados detrás de aquel mostrador. Él, rousseauniano de toda la vida, nunca había desconfiado de la bondad natural de las personas (incluida la de los políticos), pero era tal el número y calibre de los errores que…. ¡Podría no estar tratando con personas honradas!. ¿Eran sólo errores, o quizás otra forma de financiar motos y coches de alta cilindrada, campañas partidistas, etc.?. No podía ser, aunque sus dudas ya nunca se desvanecieron, y aun más cuando con posterioridad se precipitaron acontecimientos de inaudita corrupción jamás vivida ni con el antiguo régimen.  Y que no le vinieran con el cuento de la burocracia y sus enredos, pues ya estaba harto de oír tamaña majadería. Sentía como si le hubiesen clavado un tornillo en pleno corazón.
Para limpiar su despacho de amenazas de embargo, pagó religiosamente (¡con perdón!) lo que debía y lo que no; dio los pasos pertinentes para recuperar, en el tiempo preciso que imaginaba casi eterno, lo que no debería haber abonado.
-Éstos no se quedan con mi dinero- se repetía obsesivo.
Luego se reunió con unos amigos para desahogarse. En el fragor de la última celebración les propuso fundar la asociación ciudadana G.O.T.A. (grupo objetor a los tributos del ayuntamiento), cuya finalidad fuese no tanto acudir a los tribunales ordinarios (ya se sabe lo inútil que resulta, y más si se trata de litigar contra poderes y bienes públicos de los que viven los más buitres); sino -y sobre todo- arrojar a la luz pública a través de todos los medios a su alcance las aberraciones tributarias existentes, cuando no la mala entraña o la negligencia e inoperancia. Seguro que esto sí les dolería, particularmente a los que no hubiesen dispuesto de tiempo suficiente para colmar su avaricia. Dispuso todo para que sus ideas se tradujeran en hechos y abrió camino. Después, antes de perder las formas por fuera y emitir juicios injuriosos sin discriminación, dejó fluir la ira por sus adentros y así, en un dulce y arrebatado colocón de sublimación teresiana, se despidió de los suyos, paró el mundo y se apeó. Hoy, desde su cósmico observatorio, pide como castigo para los responsables que se les ilumine su órgano de la conciencia y un rayo de sonrojo alumbre su jeta de una vez. Así sea.   

Fin
El mundo según el Diantre Malaquías