Páginas vistas en total

23 mayo 2015

ELECCIONES: UN RETRATO DE POLÍTICOS

Erótica y poder

Relatos acotados y fantásticos sobre el consuetudinario devenir de la vida en Austria

Concierto para un funeral

PAISAJES, AUSENCIAS Y LONTANANZAS (Versos cándidos)

Foto de Néstor Miguélez Fernández

SONETILLO A UN CHOPO
Abanico en la ribera
de aguas cristalinas sombra
solaz y guía de alondras
y en tierra su raíz primera.
Guirnalda de primavera
tu perfume me atolondra
en sueño sobre la alfombra
de hierba, vida y quimera.
Suave brisa con solera
cascabeles que aún asombran
el alma noble y sincera
de un poeta con maneras
primitivas, a la espera
de oír nombre que nadie nombra.

Barcelona. Noviembre de 1972


Foto de Serafín Pan Falagán

AUSENCIA
¿Por qué te abandoné
tierra mía?. ¿Por qué?.
¿Acaso contra mí pecaste?.
¿O yo contra ti pequé?.
Lo hice. Tú nada tienes que ver
en mi desdichada huida.
Yo mismo me desterré.
Solo quedó mi río
de aguas puras, cristalinas ...
-las piedras preciosas más finas-.
Más de una vez
en sofocantes veranos
acariciasteis mis pies
ahora heridos y llagados
por vuestra ausencia.
¿Por qué os dejé tan lejos?.
Que alguien me diga por qué.
Verdes praderas, esmeraldas
donde los rebaños sestean
después de saciar su sed
y pastan.
Felicidad de mi niñez
a patadas con un balón
libre -sí- como el viento
a trote cual buen corcel.
¿Por qué tan lejos quedasteis?.
¿Sabríais decirme por qué?.
Paleras acariciadas
por la brisa matutina
-o vespertina-
y por las aguas.
Cobijos de amor
clamor de la primavera
arrullos y sinfonías
a la vera del remanso.
Solaz. Descanso.
Salicios y Nemorosos
arrancan de vuestros frutos
hondos gemidos, baladas
de monótono son.
De profesores doctrina
dolor y enmienda de brutos
¿por qué de vuestro lado marché?.
Jardín de té mentolado
donde mi abuelo Fidel
ocupaba sus tardes de ocio.
Acacias y chopos
sarampión del plantel
en el rojizo otoño
chulapas al sol
sobre hielos o entre nieves
bajo lluvias. Siempre.
¿Contra mí acaso pecasteis?.
Yo mismo me desterré.
Campanas y esquila
de entusiasmo rajadas.
No oigo vuestra llamada
perdonad. Retornaré.
Anunciad a las cigüeñas
mis anhelos del ayer
ya sólo ficción y sueños.
Cuando por algún San Blas
a su nido regresen
-ahora sí, el mismo de antaño-
quiero con ellas volver.

Barcelona. Abril de 1972

17 mayo 2015

La berenjena caprichosa



( Para Irene, su familia y amigos )


-I-


      Tras una ardua y exigente etapa de exámenes y aprovechando unos días de holganza oficial que le correspondían, Isalba decidió regresar al entorno familiar y con los suyos, a recogerse en ese pequeño paraíso que para ella representaba la casa que la familia tenía en el campo, a decir verdad un auténtico palacio de verano. Venía además de un invierno especialmente crudo en la meseta y precisaba de esos aires levantinos, tan delicados y suaves, a la par que refrescantes en los momentos de intenso calor y resisterio. Nada que ver con el encogimiento que producen los gélidos fríos de sierras y páramos en las altas tierras castellanas. Gran parte de su breve periodo vacacional lo ocupó en su campestre refugio, entre olivos, lantanas, hibiscos, buganvillas y junto a un numeroso grupo de gatos de la contorna que, aparte -claro está- de presentar sus desinteresados respetos a la venerada Isalba, rastreaban las sobras y si podían las previas de los diferentes ágapes cotidianos. Casi a diario recibía la visita de sus padres que, movidos por ese obsesivo amor de todo buen padre, le hacían compañía y supervisaban sus tareas tanto hogareñas como rústicas. Uno de esos días su padre trajo diversas semillas y vástagos que habrían de ser cultivados, para después degustar sus frutos frescos a lo largo del verano y parte del benigno otoño del lugar. Además, en ciertas etapas del año la casa era concurrida por numerosos huéspedes, todos ellos de gusto refinado y grandes amantes de lo más selecto de la tierra, el mar o el aire. Así que de inmediato Isalba se pidió parcela y decidió plantar dos líneas de berenjenas. Con su aparente fragilidad y natural delicadeza de porcelana, cavó la tierra, la oreó, la surcó e introdujo los brotes en el fértil humus del suelo. Mientras tanto, y en un gesto deferente hacia la hortelana y su trabajo, un coro de gorriones se arremolinaban en los almendros alegrándola con sus trinos y gorjeos, los gatos la acompañaban corriendo de aquí para allá o saltando sobre una hoja muerta que la deliciosa brisa desplazaba de un lado a otro, y hasta las pesadas cigarras en un reverente silencio cesaban en sus aserradas y rasposas tonadillas, por tildarlas de algún modo. La escena describía al detalle la comunión que Isalba mantenía con cualquier ser vivo, su extrema sensibilidad, su inmenso amor por las más sencillas y nobles criaturas, tanto que éstas cuando la presentían por el lugar la buscaban para compartir con ella al menos parte de su jornada. Durante unos días ella misma cuidó que lo que había sembrado creciese sin contratiempos, mimando los nuevos brotes, arrancando las malas hierbas, desapelmazando y oreando los pies de planta y ocupándose -en fin- de las tareas agropecuarias que estuviesen al alcance y conocimientos de una neófita en el tema, como ella era. Personalizó tanto el trato con los vegetales que los hizo suyos e incluso tomó una de las matas como su favorita, consintiéndola y favoreciéndola con caprichosos privilegios, tales como no permitir que jamás una mala hierba importunase su plácido crecimiento, o dándole de beber más veces que a las otras; de modo que el resto de la flora de vez en cuando se amustiaba en protesta por la patente discriminación que padecían. Las quejas, en parte injustas pues Isalba nunca relegó el cuidado de ninguna de ellas, no tenían más objeto que reclamar tanto mimo como el proporcionado a la predilecta. Cuando hubo de reintegrarse a sus quehaceres estudiantiles encargó a su padre que, en su ausencia y hasta que ella volviera y la retomara, fuese él quien atendiera la labranza de la pequeña y muy apreciada plantación. Y, en efecto, cada vez que Isalba regresaba con su familia, sin demasiada demora se dirigía a su finca donde constataba el milagro del crecimiento y de la vida, y el resultado ya visible de su trabajo llevado a cabo con tan tierna pasión. Por supuesto, dispensó una especial atención a su berenjena favorita, mientras las demás cabizbajas esperaban los contados remilgos que les correspondían.

      El curso y la carrera finalizó con éxito y ahora tocaba encontrar un trabajo que complaciese el tan noble y angélico espíritu de Isalba. No tardó en encontrarlo y empezaría tras la Navidad del curso entrante, pues por esas fechas una señora debía jubilarse y necesitarían personal nuevo y competente para esa plaza. El impoluto currículum y sobre todo el pertinente y tan admirable perfil de Isalba llevó a los responsables del Centro a ofrecerle un contrato indefinido, a rescindir cuando ella estimase conveniente, bien por superar unas oposiciones, o por lo que fuese. De la formalidad de la contratada no tenían duda alguna; por tanto, de ocurrir cualquier rescisión, las partes llegarían a un pronto y total acuerdo. Con objeto de celebrar acontecimiento tan relevante, ese otoño Isalba decidió viajar a León para ver a su amiga Nerea, quien a su vez también tenía muy cerca el final de su carrera de Medicina. Así que lo festejarían en tan estimable y mutua compañía. Tomó el tren en Elda y partió a través de las dos mesetas al Viejo Reino. Para Isalba León era una fiesta continua. Una de las noches de su estancia las dos amigas salieron a cenar al Racimo de Oro, nada menos. Como plato principal y manjar de dioses pidieron una caldereta de cordero, capaz sin duda de fundir en alma sensible hasta el espíritu más grosero. Y aunque Nerea a punto estaba de acabar Medicina, no por eso era imbécil y no se acababa de creer esa parte de la Ciencia médica que todo lo resuelve a base de analíticas y recetazo, de manera que se pasaron por el forro de las partes sean salvas el colesterol y los alimentos con antioxidantes, omegas y otras cosas raras que hoy en día nos piden comer. Nunca Isalba había probado un cordero tan exquisito. Al día siguiente, y aprovechando el espléndido otoño leonés, optaron por disfrutar de un día de excursión. Llegaron a la tupida floresta de la ribera del Órbigo, allí justo donde la confluencia del río Luna y del Omaña le dan carta de naturaleza e identidad propia como cauce importante de la verde planicie leonesa. El paisaje resultaba de una fastuosa belleza, mayor de la que pudiera expresar el mejor de los impresionistas, con eclosión de colores ocres y rojos burdeos de los robledales del altozano, amarillos de todos los matices en las choperas del sotobosque, rojos y fucsias en las plantaciones frutales de manzanos y cerezos, o en los bosques de hayas y abedules, o los tonos lilas de zarzales y viñedos; con agua corriendo por doquier pendiente abajo en busca de cualquier curso al que acogerse. No muy lejos de donde se encontraban una manada de vacas con sus delicados erales pacían y rumiaban en la húmeda ladera. Algo más alejado otro rebaño de ovejas pastaba custodiado por su pastor, quien en sus brazos tutelaba un par de corderitos de apenas días. Qué delicia de criaturas. Isalba se aproximó y contempló de cerca a esos frágiles borreguitos, quedando prendada de su ternura. Viéndola en sus intenciones, el gañán le extendió uno de ellos que Isalba tomó, lo acarició y contempló hasta caer absorta en una especie de ensoñación mística. De repente se sintió mal, la invadieron arcadas y a punto estuvo de vomitar, pues tanto su cabeza como su corazón se vieron sacudidos por el horripilante recuerdo de la cena degustada la noche anterior, en la que precisamente habían comido un pobre animalito como el que ella tenía ahora entre sus brazos. Por sus adentros se juró no volver a comer cordero, muy a su pesar. Ni vacuno, de los que también había contemplado sus delicados retoños, algunos de los cuales acabarían pronto en cualquier matadero de la zona. Con el tiempo fue dejando de comer todo tipo de carnes animales, ni rojas ni blancas, habiéndose reducido su dieta a verduras, hortalizas, quesos y poco más.

      El mes de abril se abría paso, con el curso ya muy avanzado e Isalba repartiendo felicidad a raudales entre sus pupilos. Prácticamente todos los niños del colegio querían asistir a clase con ella y sus jefes estaban encantados, pero por la cabeza de Isalba discurrían muchas dudas existenciales. También aquella Semana Santa se retiró Isalba a su pedazo de paraíso, a supervisar y cuidar la tanda de berenjenas que tiempo atrás había plantado, pero en esta ocasión lo hizo con especial atención y esmero, de modo que la partida de frutos que venía esa primavera era tal, que nunca antes hubo producción tan vistosa y abundante. Incluso, como de costumbre, Isalba se encariñó con una planta, aunque esta vez se excedió en los mimos y a las otras, más que nunca, se las veía mustias y con cara de enfadadas. Desde que no comía carne los gatos sólo aparecían para presentarle sus respetos, pero no quedaban mucho tiempo pues se iban a otros lugares donde pillar sobras y a ser posible previas. Sin embargo, el resto de fauna y flora la cortejaban como solían hacerlo, con trinos y silencios, reverencias y caras de enfado en las berenjenas menos afortunadas. Poco a poco éstas fueron pasando a formar parte de excelentes pistos y ensaladas varias, para gozo de los habituales y epicúreos huéspedes. Quedaba la mimada y con todo dolor de su corazón decidió cortarla, porque además si no lo hacía acabaría pudriéndose. Se acercó con las tijeras e hizo ademán de tomarla, pero la berenjena en un mohín brusco, mal educado y hasta casi violento, la esquivó. No sabía si volver a probarlo. Lo intentó de nuevo y otra vez la berenjena caprichosa se volvió a apartar con la misma brusquedad y rebeldía mostrada antes. La mente de Isalba se inundó de confusión. Ella, amante de la biología, se había olvidado por un momento que las berenjenas también tienen vida. Uno tras otro y más intentos se apartó la repelente berenjena hasta que Isalba desistió, no sin antes haber roto en llanto, medio de rabia medio de pena. ¡Que se pudriera!. El desagradable episodio desasosegó todavía más a la buena de Isalba. Dejó de comer también verduras, queso y casi de todo, siendo su dieta principal pan con agua. Poco a poco fue debilitándose, más su espíritu que su cuerpo. Menos mal que pronto llegarían las vacaciones de verano y tendría tiempo para recomponer su vida, aunque en estos momentos no sabía muy bien cómo. Pero tan confusa y descorazonada no podía continuar. Así que después de mucho y largo tiempo meditándolo y devanándose la sesera hasta la cefalea, Isalba decidió dar un vuelco total a su vida.

-II-

      Tres días hacía que Isalba había llegado al Tíbet a poner en orden su confusa existencia, retirada en un monasterio budista, entre aquellos cenobitas que parecían profesar un respeto incluso exagerado hacia todo viviente, por invisible, minúsculo e indefenso que fuese; hasta el punto de limpiar el lugar por donde pisarían para no lastimar a ninguno de ellos. Extraño e inútil comportamiento, pues siempre alguno habría de perecer por encontrarse en el lugar y momento inoportunos. En medio de aquella paz real y envuelta por el monótono recital de narcóticos monosílabos, su cabeza cavilaba y cavilaba en busca de respuestas para sus existenciales dudas. Allí se encontraba muy bien, pero tampoco lo que hacían y veía en los monjes le aportaba solución alguna, por ello no podía dejar de ser crítica con un modo de vida respetable, aunque en su opinión demasiado recluida y sin ninguna contribución práctica al mundo que los envolvía y del que no parecían formar parte. Sin embargo, sí estaba plenamente segura del hambre atroz por la que de vez en cuando se sentía invadida y que aliviaba con tés y alguna pastita. Con tanta necesidad y vacío gástrico cualquiera no meditaba. Un día, en una de esas sesiones interminables de rezos y cantos, allá, al otro lado del incensado recinto divisó a un joven de aspecto pálido e inequívocos rasgos occidentales. Cruzaron varias miradas y el muchacho, tras tomar la iniciativa y dar él los primeros pasos en el acercamiento, se dirigió hacia Isalba e inició con ella una conversación que sería el principio de una hermosa relación. Oriol, que así se llamaba el aludido, era un Ingeniero Agrícola de Alicante, quien decepcionado también por el estilo de vida europeo había decidido dar un golpe de timón a su fácil, anodina e inane vida de burgués obligado a serlo. Pero tampoco él acababa de cuajar en esa otra que parecían querer vender los monjes, aspecto respecto al cual coincidía con Isalba. La relación y amistad fue creciendo hasta llegar a compartir la mayor parte de su tedioso tiempo en aquel lugar. Una de aquellas tardes tan fatigosas e interminables, como atenazadas por un hastiado silencio, con sus estómagos vacíos y el alma en ascuas por descubrir al fin alguna certeza que, aunque fuese leve, aliviase en algo su inquietud; decidieron realizar una particular e íntima sesión de meditación, los dos solos.

      Tomaron un té rojo muy especial, acompañado de unas galletitas que le habían regalado a Oriol unos tenderos de los alrededores del monasterio y practicaron unos cantos y unos rezos. Bien por los efectos del té y las pastitas, bien por el hambre que también ayuda a la mística, de pronto se sintieron ingrávidos y envueltos en una especie de pompa flotante que los empezó a transportar por una especie de túnel de la ubicuidad y de la sabiduría, donde no existían limitaciones ni trabas espaciales, temporales o materiales. Ante sus ojos comenzaron a aparecer retales de realidades nunca vistas ni vividas y de ilimitada perspectiva. Primero vieron un manzano con unas apetitosas manzanas que pendían de sus ramas, pero no podían hacer daño al árbol (ni en aquellos momentos lo necesitaban), tampoco cortar sus ramas para asar la manzana, ni utilizar el tronco talado para quitar el frío a quienes de frío muriesen. Por otra parte, el árbol robaba las sales al suelo desertizándolo, aunque sin el árbol ladrón de sales y minerales tampoco habría regulación clorofílica y de fotosíntesis. En fin, no era aquel el momento para disquisiciones o para entretenerse en cosas tan materiales como comer (en el estado en el que se encontraban ni lo querían, ni les urgía), así que decidieron dejar el árbol intacto y continuar su cósmico viaje. En medio de volteretas como las que practican los astronautas en sus naves, disfrutaban de su sideral periplo y de un bienestar jamás antes experimentado. Se vieron en Benarés, al lado del Ganges, donde la miseria e inmundicia se mezclaba con los santones que haciendo gala de su libre albedrío minimizaban la hambruna con preces recitadas cara al río, mientras el sol del este emergía de sus aguas. Por las calles de la populosa ciudad desfilaban niños en busca de la supervivencia, a los que no les vendría nada mal un solomillo de las sagradas vacas, las cuales comían mejor que el personal presente a pie de calle. Afortunadamente Isalba no tenía que elegir, pero entre vaca y niño tenía clara su elección. En el otro lado del túnel un leopardo corría tras una frágil gacelilla, sentenciada desde el mismo momento que por descuido abandonó el grupo que la protegía. Y todo ello lo estaban viviendo con una absoluta normalidad, con una serenidad interior nunca sentida, como si de un ciclo natural se tratase, tal cual era, y que ahora parecían entender a fondo. Se vieron entre guerras, entre muchas guerras que apreciaron con detalle singular y propio, de modo que también empezaron a no comprender, o quizá sí empezaron a comprender por qué unas resultaban más famosas que otras, por qué unos eran malos y otros buenos, cuando todos eran malos e incluso en no pocos casos de los que pasaron ante sus ojos la crueldad de los que llamaban víctimas superaba con creces la de quienes denominaban sus verdugos. Les pasó todo el mundo por delante y empezaron a entenderlo a su manera, a verlo con sus propios ojos y percibirlo con su alma, a observarlo con perspectiva absoluta, en ninguna dirección concreta y en todas al mismo tiempo, o sólo en la suya y a los mandos de su timón. Cuando llegaban al final del túnel de la ubicuidad y la sabiduría vieron de nuevo el manzano, se detuvieron frente a él y lo observaron. Tenían hambre y después de todo lo vivido los instantes previos, con su mente ya abierta a los nuevos conocimientos, cogieron la manzana y la comieron con infinito gusto y fruición, aún sabiendo que estaban comiendo vida extinguida que contribuiría a mantener más vidas. Después se abrazaron y se amaron tan profundamente como luego quedaron dormidos.

-III-

      Oriol e Isalba esperaban con infinita ilusión y anhelos un bebé concebido en ese milagroso viaje al Extremo Oriente. Isalba, esa adorable joven que siempre fue ella misma, pero que en su natural discreción a veces pedía permiso para serlo, había esposado con un joven sensato y estable, cuya acomodada familia lo había dotado de una excelente educación, aunque no habían conseguido hacerlo entrar en la cadena de sus expectativas, ni que se sintiese de los unos (los suyos) o los otros (los contrarios). Aún así siguió siempre muy unido a su progenie pues, al fin y a la postre, junto a su compañera, la familia de ésta, los hijos que viniesen y su gratificante y medioambiental trabajo era lo único que de verdad le interesaba. Isalba continuaba dando sus clases en el Centro en el que siempre quisieron tenerla y Oriol disponía de una pequeña empresa dedicada al asesoramiento e intervención en agricultura sostenible, más que ecológica, pues el término ponía de los nervios al lúcido Oriol. Su ecologismo no era militante, pero sí más eficaz que todos los arcoirisados ejércitos de salvación del mundo. No, no eran precisamente Isalba y Oriol quienes más acelerasen la destrucción del planeta, al que desde su experiencia en el Tíbet vieron siempre como un elemento más de la cadena al que correspondía un papel que cumplir. Desde hacía ya bastantes meses comían equilibradamente, de hortalizas y quesos, a pescados y carnes variadas, erales y añojos incluidos, más ahora que esperaban esa deseada criatura aún nonata y que necesitaba ser alimentada por boca de Isalba. La incipiente familia, fiel al estilo de vida que anhelaba llevar, había comprado una hermosa y muy acogedora casa a las afueras de Elche, desde luego bastante parecida al palacio de verano de los padres de Isalba. En ella los gatos volvieron a multiplicar sus visitas, tanto las de cortesía como las interesadas -claro está-, retornando a los antiguos e incruentos conflictos territoriales entre la joven embarazada y los felinos. En realidad no podían vivir los unos sin la otra, y al revés. Según ya una arraigada usanza, Isalba había reservado la parcelita donde cultivar sus amadas berenjenas, que aquella primavera venían, otra vez y por supuesto, con frutos especialmente lucidos y sabrosos. Crió a sus retoños vegetales con el mismo cariño y apego de siempre, aunque -ahora sí- sin discriminación; o al menos lo procuraba, pues siempre habría una planta preferida. Le gustaba su huerto y su vivienda, su cocina y sus recetas, sus comidas y sus niños. Le encantaba vivir como vivía. Encontraba muy gratificante y se sentía plena con ejercer de mujer de su casa, faceta no muy bien vista en tiempos de sabiduría sectaria y epidérmica. Con toda su conciencia, con todo su criterio y como decía esa canción de uno de sus gemiautores favoritos: “Tuvo fe, mantuvo su criterio y siempre conservó la curiosidad”.

      Conmemoraban el octavo mes de su primer embarazo (luego vendrían más) y el menú de celebración con la familia de uno y otro lado consistiría en verduritas especiales traídas frescas de la huerta, además de cordero al horno y de postre un sorbete de fresas salvajes, también cultivadas por la pareja. Isalba se dispuso a preparar las viandas, tomó sus tijeras podaderas y se dirigió al huerto a cosechar los ingredientes. Tajó por aquí y por allá cuanto necesitó. Las berenjenas escaseaban y ya quedaban pocas unidades. Las cortó y recogió, pero cuando llegó frente a su berenjena favorita se detuvo y dudó. No sabía qué hacer, ni siquiera tras la lección aprendida en el Tíbet, ni siquiera pensando en el hijo que llevaba dentro. Hasta tal punto la ahogaba su sensibilidad. Todavía se acercó a ella sin ánimo de podarla por miedo a una temida reacción que, si bien no se produjo, aun así desistió finalmente de hacerlo. Allí se quedaría y que el ciclo de la vida le diese el fin adecuado. A punto estaba de alejarse, cuando otra vez sorprendida observó que la berenjena se inclinaba dócil y sumisamente a su paso, mostrándose y como ofreciendo su fruto para el sacrificio, por mor tal vez de su rol en la naturaleza, que también era el de fortalecer la criatura de su mentora y cuidadora que venía en camino. Daba el manso vegetal la sensación de tener muy claro su papel en el ciclo de la vida y parecía estárselo expresando a Isalba. Ya sin dudarlo más, Isalba se acercó a la planta y ésta de nuevo se inclinó suavemente para ser podada. Con todo el dolor de su corazón y cerrando los ojos como quien pide a Dios clemencia cortó el fruto y se dirigió a la cocina, donde preparó el pisto más sabroso jamás catado por paladar humano.

      A partir de entonces, tan felices vivieron que vinieron cuatro hijos más, aparte del concebido en la montaña sagrada. Ya tenía Isalba cuanto quería; esto es una casa, un muy juicioso y maduro compañero que fue siempre el amor de su vida, unos hijos maravillosos y una guardería donde los niños la adoraban. Tampoco nunca más nadie osó darle lecciones de ecologismo y sostenibilidad, porque incluso cuando regresaba a casa con su prole, los granados se inclinaban a su paso, las lantanas se erizaban, las buganvillas agitaban sus coloridas hojas produciendo bulliciosos aplausos y toques de campanilllas, las chicharras guardaban silencio, los gatos regresaban regocijados a oír en su boca algo de sus amores, o de sus broncas si algo de las previas se hubieren apropiado. Así fue siempre Isalba, un ejemplo de equilibrio entre su mundo particular e íntimo y el más amplio al que, junto con su cabal compañero, siempre cuidó con eficacia y sin alharacas militantes ni superfluas. Y, sí, ansiaba entretenerse en su casa y en su cocina, aunque nunca se sintió capaz de ser ella misma quien diera matarife a cualquier animal que luego tuviese por destino la cazuela. Así era Isalba.

FIN

El Diantre Malaquías

12 mayo 2015

A dos (Canto pornolírico)




Es tu presencia
toda
tú, toda entera
tu luz y ese tu brillo
el de tus formas
que me pierden.

Es tu mirada
la que enciende
cuanto mira.

La sangre hierve
cuando tus ojos la cruzan
y el péndulo en el tiempo
en tu tiempo y contigo
se torna resorte
que penetrarte anhela
con calambres de deseo
y humedades ciertas
de tus pliegues en sombra
y de tus labios
todos ellos.

Y tus entrañas
y tus cavernas
se hacen profundo vacío
mientras esperas
y los eléctricos espasmos
tus nervios cimbrean
de arriba abajo
de ti, toda entera
de ti, todas tus partes
de ti, toda bocado
de ti, toda mojada
que beberte es cielo
que con la lengua esculpirte
es gloria de serafines
que con el ariete enhiesto
crucificarte una y mil veces
con mi clavo en tus agujeros
es el infierno más caliente
y el pecado que más quema
más pecado
sí, todo pecado.

Que retorcerse contigo
revolcarte, amarte
con los cuerpos anudados
y los líquidos a punto
para inundarte entera
toda por dentro
toda por fuera
de ese su blanco brillo
es -¡ay¡- lo que suspiro
mi pecado.

A por ti que voy
mi muerte y mi vida.
Pero espera ..., espera.

Los Versos del Diantre Malaquías

ROMANCES PARDILLOS (De cuando el acné te estalla en la cara)


VENUS
De amarillo como el sol.
Sobre el verde de las hojas
tu tallo color marrón.
Bella cual perla preciosa
tienes todo de una rosa
y algo más: un corazón.
La cabeza de botón
brote de primavera.
Del cosmos la más hermosa
si en el cielo no existiera
mi Venus de perfección
tú misma pero hecha diosa.
Colmena de miel golosa
abeja, voz de la flor
avecilla caprichosa
que abanica el corazón
del alma sólo dichosa
cuando a tu sombra reposa
forjando nueva ilusión.
Sauce siempre llorón
del jardín verde y tranquilo
tímido en un rincón
junto a la fuente de aguas
las más puras, las más claras
alivio para el sudor
caricia al sopor de mi cara.
Paraíso sin dolor
sin odios y sin espadas.
Cariño, mucho cariño
amor y pasión, ¡amor!.
Mírame sin temor.
Ábreme hacia ti un camino.
Barcelona. Marzo de 1972



EL AMOR NIÑO
Aquella tu bella
y esbelta figura
colmó mi persona
de loca cordura
de tierna alegría
y agitado sosiego.
Aquella tu cara
dulce y hermosa
de un ángel humano
de un dios terrenal
simulaba una rosa
bonita, golosa
viva y abierta
galante y pomposa.
¡Qué hermosa es tu cara
sencilla y graciosa!.
¡Qué labios tan tuyos
rojizos capullos
en flor!.
Ah, ojos profundos
en alas revoltosas
de grácil mariposa.
Cabello castaño
largo y precioso
fruto de un año
-¡qué digo!, de más-
de cuidado cariño.
Tupido racimo
en cabeza platónica
cubría tu rostro
cuando el viento furioso
rabioso soplaba
¿o tal vez envidioso
que acariciarte osaba?.
Aquel tu querer
de niña y mujer
me hacía pensar
en nuestra niñez
de antes y ahora
¿de ahora y después?.
Posterga la infancia
amada mía
regálame la madurez
de ese tu cuerpo perfecto
que el juicio me hace perder.

Barcelona. Febrero de 1972


CRISTINA
Cristina, alma en sopor.
Apuesta muchacha argentina
con huellas de dolor.
Falsa o sincera
necesitada de amor.
Pragmática o idealista
gélida de tanto calor
saturado de deseo.
Bestias sin compasión
famélicas de cuerpo
dispuestas a devorar
la presa de tu atracción.
Cristina, musa de mi canción
apuesta muchacha argentina
con tino de cazador.
Por este mundo caminas
amada y amada hasta el asco
hastiada de soledad.
Descansa, descansa.
No hagas de tus caderas armas
contra aves de rapiña.
Haz un alto en el camino.
Reposa, reposa.
Escucha tu corazón palpitar
y serás de nuevo Cristina.
No administres la pasión
comienza una nueva vida.
Cristina, Cristina
te llamo, afina
marcha.
Para tu recuerdo tengo un rincón
en mi acogedora persona
que también lo fue mezquina…
ya me entiendes.
Llaga de mi escozor
apuesta muchacha argentina
airosa, fina
lastrada de incomprensión.
Cristina, tus lágrimas
y tu llanto me espantan.
Cristina, bohemia sin ilusión
apuesta muchacha argentina.
Vuela como el silvestre azor
libre, sin vendas ni campanillas.
Marcha, huye, vuelve a nacer
a la vida y al amor.

Barcelona, Abril de 1972



A MONTSE BOVÉ ( EL AMOR QUE NUNCA FUE )
Amiga, -¿quizá algo más?-
menos penetro en tu mundo
cuanto más lo intento.
No sé si te odio o te quiero
cuando te veo pasear
remilgada sin remedio
por las sendas de la duda
-o eso quiero creer-
sobre juguetes jamelgos.
Tal vez sea yo tu juguete
mas... ¿por qué juegas con fuego?.
No sé si te odio o te quiero
supradjetivada Montse.
Intento pero no consigo
hacer de lo tuyo mío.
¿Quién eres tú en mi vida?.
¿Acaso el hada de mis sueños
o lágrimas que colman ríos?.
¿O fuerza por un momento
palabras en el silencio
de divergentes destinos?.
¿Eres duda?. Así lo anhelo.
¿Eres sombra, luz o brío
de un poeta trasnochado?.
¿Eres una o más de una?.
No olvido lo caminado
ni las piedras del camino
ni fiscal quiero ser en tu sino
sólo sumiso a tu lado
quiero aprenderme tus huecos
el humus de tus vacíos
el amor que ahora me emboba
o de la vida el teatro.
¿Aún no quieres ser torrente
al que inunde mi torrente?.
¿O ni torrente te soy?.
No sé si te odio o te quiero
mi Montse supradjetivada
mas... ¿por qué juegas con fuego?.
¿Eres amante y amada
(no sé yo de, ni por quién)
o sólo amante
o sólo amada?.
¿Lo tienes por amistad
mi sentimiento hacia ti?.
¡¡Pues bien andamos!!
¿Quién te soy, un huracán
un transeúnte por tu alma
un pobre lelo, un pardillo
ese tontaina de turno
una carga, un fantasma?.
Mi Montse supradjetivada
no sé si te odio o te quiero
mas... ¿por qué juegas con fuego?.
Tengo tu interrogante
arraigado en mi querer.
¿Eres tú mi querer?.
¿Soy acaso tu ideal
o un infeliz despechado?.
¿Quién soy yo
Montse supradjetivada?.
¿Eres mi amada y no amante
o sólo amada?.
¿Por qué no amante?.
No sé si te odio o te quiero
mas... ¿por qué me enciendes en fuego?.
BCN, OCTUBRE DE 1972. RETOCADA EN MARZO DEL 2001, EN BCN

Los versos diantres del Diantre Malaquías

07 mayo 2015

Cultura e ideologías


      Sin duda no todos entenderán la auténtica dimensión del término cultura, pero por respeto al lector formado no entraré a conceptualizarlo. Sí ha de señalarse que es menos culto quien más verdades absolutas cree poseer. Y no se equivoque el lector juzgándome humilde. Por entera afición y medio de oficio, el que esto escribe de vez en cuando piensa, y de tanto ejercitar la abstracción supone estar investido de alguna que no ha de callar. Aclárese, no obstante, que aún puede aprender de las gentes ponderadas de cualquier clase, credo o nivel formativo. De las ponderadas, sí, pues los “machaca” (o acríticos siervos de la ideología) en todos los grupos son iguales y nada nuevo pueden enseñar. Así de absoluto.

      Al hilo de lo anterior, el verdadero necio va a equivocar el etiquetado y los atributos, tan sólo por considerar el medio y/o autor progresista o retrógrado. Comentará impávido que tal o cual opción política es votada por personas sin sentido de clase, cuando de haberlo tenido, los ciudadanos de este país en más de una cita no habrían ni pisado los colegios electorales. Calificará de intolerable y fascista el aserto que seguimos bajo la dictadura de los tontos, como si los que ahora los mantienen en el poder (a unos y otros) no fueran casi los mismos que hacían arrasar al régimen anterior en sus consultas (?????) de mentirijillas. Dirá apoyar a la única alternativa progresista, cuando lo genuinamente progresista hoy es derrocarlos y correrlos a gorrazos (a unos y otros, por más que uno no crea en las equidistancias), sobre todo para ver si una cura de poder les hace enrojecer, que al fin y al cabo para algunos es lo suyo. Juzgará las personas por sus “proyectos” (que les suene rimbombante, y más si tienen que ver con “lo social”), y no por su equilibrio interior o coherencia personal, lo cual es tan cateto como el peor de los tópicos al uso muy propios de los simples de mente. Y si ha de hablarse de coherencia, éste no es rasgo que cuadre a las ideologías en boga o “guais”, por cuanto han dejado a su izquierda actitudes que con acritud mitinera denunciaban en la recalcitrante derecha de yates, amantes, lujo, etc. Y es que la buena vida se contagia. Eso sí, los tiempos son otros y disponen de la cuantitativa (que no cualitativa) excusa de los votos. Pero sepan algo que he aprendido: dictadura por dictadura, prefiero la del menos hambriento de poder… y de hambre. “No sirvas a quien sirvió ni pidas a quien pidió”, dice un viejo aforismo. En definitiva, es a esa panda de farsantes pseudoprogresistas y mal llamados “de izquierdas” (les pegaría mejor los de “la siniestra”) a los únicos que en estos momentos cabe temer. Entre otras insensateces han demostrado aferrarse a las prebendas del mando, incluso con más fuerza y rapiña que aquéllos por ellos tantas veces -y por lo mismo- denostados. A veces uno ha llegado a suponer que las diferencias entre unos y otros estriban, de forma casi exclusiva, en la cantidad de amiguetes (más advenedizos e ineptos, cuanto más escorados hacia las esferas de quienes menos han gobernado) a colocar por ministerios y ayuntamientos. Y para corroborar estos datos siempre podrá recurrirse a las diferentes leyes de la función pública que se han ido elaborando. En realidad uno piensa que, salvo en el hecho de poder elegir a los más variopintos representantes, en lo demás los privilegios que no hace mucho algunos denunciaban en la derecha “rancia”, tan sólo han cambiado a otras manos, cuando menos tan rapaces.

      Todo cuanto aquí se ha expuesto, a ojos del intelectual de copete, con arrogancia y papada nuevas, y feroz defensor de lo establecido le parecerá marginal. Pero ya se sabe a lo que llaman marginal. Su halo de lucidez con pajarita ya no adormece conciencias. Ya ni siquiera parecen más cibernéticos, informáticos, tecnólogos punta, etc. ¿Y de su realismo?. Tan realistas son que varían las hipótesis, básicamente, en función de personales criterios de incombustibilidad política. ¿Cómo puede darse pábulo de intelectualidad a alguien cuya fundamental misión es conservar la influencia, aun por encima de una gestión hipócrita que ni legitiman los votos, ni debe dejar al pensador impertérrito en su puesto?. Estoy convencido que la cultura que llaman “progresista” no es sino la excusa perfecta para el mantenimiento de un estatus (tan rancio como el de esa derecha a la que demonizan) en aquéllos a quienes tanto les costó alcanzarlo. Para un sabio, mejor es estar anclado en cualquier tiempo, antes que en el presente, salvo –claro está– si es por hacer el paripé y vivir de la comedia a la que nos tienen acostumbrados ciertos cultos e ideólogos de actualidad. Ay, si Quevedo levantara la cabeza.

      Para finalizar les “fusilo” un sugerente párrafo de Bertrand Russell (afamado Filósofo de la Ciencia, también conocido por su fundamentada inquina a la clase política) que en opinión de quien esto escribe define muy bien la catadura (que suena a caradura) del político y el sesgo manipulador inherente a la ideología. Dice: “Si los hombres son suficientemente irracionales, se les puede inducir a que sirvan a tus intereses bajo la impresión de que están sirviendo a los suyos propios. Este caso es muy corriente en política. La mayoría de los líderes políticos adquieren su posición al lograr que gran número de personas crean que esos líderes se mueven por motivos altruistas. Es bien sabido que esta creencia se acepta con más facilidad bajo influencia de la excitación. Las bandas, la oratoria de multitudes, el linchamiento y la guerra son etapas en el desarrollo de la excitación. Supongo que los que defienden la irracionalidad creen que hay una mayor oportunidad de engañar al pueblo provechosamente si lo mantienen en efervescencia. Quizá sea mi aversión por este tipo de procesos lo que hace que la gente diga que soy excesivamente racional”. De la obra “Sociedad humana: ética y política”. Ediciones Cátedra, S.A. Madrid, 1984.

El Diantre Malaquías, pseudónimo

02 mayo 2015

Sueño. (En recuerdo de CÉSAR PAN CASTRILLO)

¡¡¡Publicación sugerida!!!


(Poema dedicado a la memoria de CÉSAR PAN CASTRILLO  
y de quienes, como él, dieron su vida por África, 
para mejorar la de los más desfavorecidos de ese continente)
 
Tierra sobre humilde féretro
de factura artesanal
con argollas plateadas
tenidas por asideros
de la yacente morada
de quien en vida eligió
sin brizna de vanidad
la senda del sacrificio
la ofrenda de su bondad
la entrega a los desvalidos.
“El menor de entre vosotros
conmigo será el mayor”,
reza la escritura sacra
del finado y de su Dios.

Guijarros del cantizal
golpean contra el cajón
y rompen el piadoso silencio
con tiros al corazón
de sus postrados hermanos
los de sangre compartida
y otros de congregación.
Mas aliviad vuestro peso
que él donó su existencia
pero el cielo se ganó
sirviendo a sus semejantes
sin distingos de color.
Con jirones de su vida
hizo para otros suero
que a otros vida les dio.
Alimento en cuerpo y alma
de sus nobles almas blancas
dentro de sus cuerpos negros
el color de su esperanza
en justicias imposibles
que no menguaron su empeño
envuelto en resignación.

Sepulturero, descansa
dale tregua a sus hermanos
que vuelvan a suspirar
en el despido postrer
frente a la sencilla cárcel
de ese su liviano cuerpo
que encerraba alma de ángel.

Ni el nombre del Dios supremo
ni gestos de compasión
conseguían  aliviar
 el ahogo de sus pechos.
De esta vida ya se fue
y pléyades lo acogerán
con su tan frágil presencia
que busca no importunar.
El triste destino
vestido de muerte
en la vida material
los separó para siempre.
Váyanse sus hermanos
y háganlo sin demora
antes que de pena mueran
aferrados a su sombra.

La última palada
hasta rebosar la fosa
sobre la tumba cayó
en recogido sigilo
e infausta desolación.
En la cabecera una cruz
símbolo del dolor.
Adiós, hermano querido.
Nos acabas de dejar
y ya se nota tu ausencia.
No puede ser.
Ha de haber resurrección
sin fanfarrias celestiales
que turben la discreción
de quien vivió en la humildad
de su muy útil labor.
Adiós, hermano querido.
Adiós, en negro color.

(M.Miguélez Castrillo)

01 mayo 2015

Hermano César, primo César

¡¡¡¡Publicación sugerida!!!
-I-

      Hermano César, primo César, César queridísimo. ¿Cómo empiezo?. Y si empiezo, ¿dónde paro?. Abriré con la emotiva y muy honda nota necrológica que me brotó a chorros del alma, cuando tu sobrina Begoña nos anunció la noticia de tu óbito, no por esperado menos amargo. Adiós, amado y admirado César. Qué vacío queda detrás de ti. Pocas veces te tuvimos demasiado cerca en las distancias materiales y cortas, pero qué dentro, qué aquí dentro te teníamos. No olvidaré nunca cuando, en Premiá de Mar y a la entrada de una de tus clases,  declamaste -como era costumbre en ti- el “Ave María purísima” y un tal Eugenio, buen chico aunque un poco atolondrado, contestó con un “sin pescado con cebolla”, rescatándolo de su desorientación y advirtiéndole de su irreverencia con una mueca (mueca que yo tan bien conozco) a medio camino entre doliente y serena, más serena que doliente y desde luego siempre presta a dibujar una contenida sonrisa. Y sobre todo con pocas palabras, con muy pocas palabras. Como siempre. A decir verdad, este muchacho también entró a formar parte de mi vida con relativo protagonismo, pues aparte de haber sido enviado conmigo y alguno más a Les para estudiar allí el segundo de bachillerato, en varias ocasiones además formó parte de algunos equipos de fútbol de los que yo era componente y/o capitán. La foto que abre este escrito pertenece precisamente a mi estancia en Les el año que estuvimos separados, donde verás que soy el pringadillo ése al que le gustaba jugar al fútbol, justo en el centro de los agachados, teniendo a mi derecha a Caballero y a mi izquierda a Eugenio. A los tres sin duda nos reconocerás. Recordarás a la perfección que para Eugenio el juego del balón era más bien un ejercicio de caza de mariposas, sin que con ello quiera decir más de lo que digo, pues Eugenio siempre me pareció un chaval noble e íntegro, a su manera. En fin, César, se me disparan los recuerdos y ahora apenas me caben más palabras porque tengo ahogado el pecho y los ojos inundados. Antes de irte a África te acompañé a donde te destinaban, salvo en Les como se ha dicho, pero ni en Les  me dejaste solo, pues tu carisma se haría presencia e influjo entre los miembros de la congregación lasaliana, habiéndome salvado en más de una ocasión de la expulsión del colegio. Y sí, antes o después tenía que llegar tu marcha, pero es una marranada que haya sido ya. Estoy acostumbrado a recios dolores, aunque éste me ha vuelto a golpear con saña. Sin embargo no del todo, pues nunca antes había sentido que la tristeza puede no ser tan triste, el llanto no ser llanto desolado sino agua refrescante en el yermo, el abatimiento un alto en el camino y tiempo para el reposo. No, no había sentido algo así antes de tu tránsito. Es la vida, dirías. Pues sí, pero tratándose de ti la muerte es en especial inoportuna, por más que hayas coqueteado no pocas veces con ella rondándote. Un abrazo infinito y eterno, primo César.

-II-
      Habrá quien se pregunte, primo César, por qué tu persona ha sido tan influyente en mi devenir, casi una fijación mitificadora de la que no soy muy amigo y que tú en tu humildad tampoco aprobarías. Al  margen del esbozo trazado en el apartado anterior,  la explicación es muy sencilla. Fuiste en la práctica mi tutor entre los 11 y los 16 años, periodo de duras encrucijadas personales; es decir, algo más de dos años antes de la muerte de mi padre que ya estaba muy mal, y otros dos años largos tras su defunción. Una época, por tanto, determinante en muchos sentidos, con la orfandad, la ruina material de mi familia, la pubertad y el paso a la adolescencia, el sobresalto continuo -en fin- y el dolor que no cejaba siempre acechándome. En primero y tercero de bachillerato (cursos 1964-65 y 1966-67) estuvimos juntos en Premiá de Mar y ahí tuve cerca el aliento y la sombra de tu material compañía, siempre tan perceptible como discreta (¿cuántas veces habré de recurrir al término "discreto" para calificarte?). En segundo de bachillerato (curso 1965-66) a 4 ó 5 (no recuerdo exactamente cuántos, pero entre los que sí estaba el mencionado Eugenio de la foto) se nos envió al paraíso de Les (Valle de Arán). En realidad nunca supe la razón por la que fui uno de los elegidos para esta mudanza, detalle que siempre quise preguntarte cuando coincidíamos, pero que nunca me acordaba de hacerlo, supongo que porque teníamos otros temas más interesantes de los que conversar. Me inundan la memoria arrobas y arrobas de evocaciones que poco a poco te iré desgranando en este artículo, en el que a modo de remembranza y merecido homenaje esparramaré para que los sentimientos las vistan de nostalgia. Ya sé que no eres nada amigo de lisonjas y agasajos, pero ahora que -si acaso- estarás un poco más callado de lo que siempre acostumbraste, déjame que me explaye.

-III-

      Transcurrían los primeros años de la década de los sesenta y mi existencia estaba a punto de dar un vuelco espectacular. Una tarde de esos días te  acercaste a mi casa. Conocías a mi padre, sabías que ni era creyente, ni pisaba la iglesia (detalle por el que -en los tiempos que corrían y en mi caso- nunca me sentí traumatizado ni marginado), ni sería fácil convencerle de tus propósitos que no eran otros que estudiase en La Salle como aspirante, siguiese después como miembro de la congregación, o no. En cualquier caso acabaría con un buen nivel de estudios y preparación, lo que atestiguo que en La Salle es norma no ya frecuente, sino irrenunciable. A lo largo de la charla oí a mi padre decirte que él se arruinaría, pero que su hijo estudiaría en el Instituto de Astorga y no iría a ningún internado ni convento. Por lo que recuerdo, tal convicción no le duró mucho, puesto que esa misma tarde empezaron a desplegarse planes para mi ingreso en La Salle Premiá, donde por entonces tú estabas destinado. La decisión supuso para mí una verdadera conmoción, pues los condicionantes históricos y personales del momento hacían de ese lugar un sitio demasiado alejado de los míos. Otra tarde de septiembre de 1964 me vi con la abuela Aurelia y mi madre en la estación ferroviaria de Astorga, donde habría de tomar un tren que me llevase a mi nuevo destino. Mi madre y la abuela subieron al vagón conmigo y me acompañaron hasta Veguellina, dándome durante el trayecto las últimas instrucciones sobre la ropa marcada por mi hermana Tuli con delicados adornos y el número 251, pero sobre todo de cómo habría de ser mi comportamiento en el centro. Mientras tanto ya había anochecido y mi madre y la abuela deberían regresar a pie de Veguellina al pueblo, siete kilómetros y medio en noche ya cerrada. Tiempo después mi madre me confesaría que, allí por La Casilla, les entró algo de miedo y decidieron hacer el camino rezando el rosario, lo que al parecer no sólo aplacó sus temores sino que les hizo el trayecto de regreso más llevadero. LLegamos a Premiá la noche siguiente.  A mí y a quienes en la misma situación habían viajado conmigo nos distribuyeron por los dormitorios comunes, sitos en la segunda y última planta del edificio. Cuando por la mañana nos despertaron, las ventanas estaban abiertas y delante, a unos 500 metros, contemplé un paisaje que me asombró. Recuerdo haber discurrido cuántas liebres andarían sueltas por ese monte bajo que se veía al frente. Menos mal que fue un pensamiento silencioso, si no más de uno se hubiera partido de risa conmigo. Porque mi sorpresa fue mayúscula cuando esa misma mañana nos llevaron a la playa y vi, para mi absoluto pasmo, la infinitud de un mar que en el pueblo nos imaginábamos como siete u ocho veces más grande que el Tuerto, a lo sumo. El extenso carrascal que recién levantado yo había imaginado no era sino el inmenso mar ante el que ahora estaba paralizado. Y es que la luz entre plateada y grisácea de ese día, el trecho desde el colegio de un medio kilómetro, el mar en calma chicha, el ambiente de un típico brumoso matutino y la sensación de una creciente elevación que siempre ofrece el mar cuando lo observas desde una cierta distancia; le daban un aspecto de monte bajo poblado de matojos y otros arbustos menores, donde sin duda abundarían más las liebres que no las sardinas. El primer curso (1964-65) y bajo tu directa tutela y supervisión transcurrió sin grandes incidencias pues era un muchacho aplicado, respetuoso y hasta devoto. Y como yo nunca he sido tan humilde como tú, déjame que te recuerde el orgullo que lucías de verme tan buen deportista al que se le daban bien casi todos los deportes, si bien a eso siempre me ganó Laurentino. ¿Te acuerdas de Laurentino, el de Zotes del Páramo?. (En la foto que abre este apartado es el segundo de pié, al lado del entrenador, y a su costado también de pié y en el centro estoy yo). En relación a los estudios nunca dio un palo al agua. Hasta que lo expulsaron del colegio porque los profesores entendieron que, con todo lo inteligente y brillante -lo aseguro- que era, lo suyo no estaba en los estudios sino en trabajar el campo. Le encantaba el campo y siempre lo tuvo clarísimo, para disgusto de sus padres y pena nuestra, pues perdimos un maravilloso compañero, una grandísima persona (como suelen ser los parameses), un chaval adorable  y un deportista sin parangón o difícil de encontrarlo. Hasta el mismo Hermano Director en su despedida le dedicó palabras de respeto y consideración. El vocablo “rodrigón” lo tengo grabado a cincel en mi mente y siempre lo asociaré a su persona. Un día el profesor de matemáticas, hombre de edad y sabiduría avanzadas, viendo que Laurentino estaba como de costumbre en la inopia, su cabeza sujeta en la palma de la mano con codo y brazo apoyados sobre el pupitre; se le acercó con disimulo y en un rápido movimiento le apartó con brusquedad el brazo, yendo la cabeza de Laurentino a caer sobre la mesa con cierto estruendo y acompañando el profesor el lance del siguiente comentario: “Laurentino, vas a necesitar un rodrigón”. Qué genio de los deportes y de los estudios si hubiera querido. En fin, el curso pasó sin otra novedad especial, salvo que a final del mismo a mí y algún otro compañero (media docena más o menos, como ya te dije) nos trasladaron a estudiar en Les el segundo curso de bachillerato (curso 1965-66). Este cambio me sacudió otra vez el alma, por lo menos al principio.

-IV-

      En el Valle de Arán descubrí el paraíso en la tierra, así que mis temores resultaron totalmente infundados. (Ver foto superior. El de atrás con el palo es Benjamín Miguélez, uno de los hijos de Fermín el de Castro y en primer plano yo). Qué lugar más bello y entrañable. Siempre me he sentido encantado de haber podido vivir todo un año en un lugar como ése. En una furgoneta “de hocico de gorrino” típicamente francesa que tenían los Hermanos para sus asuntos, nos recogieron en la estación ferroviaria de La Pobla de Segur y nos trasladaron al colegio a través de parajes de inusitada belleza, con riscos y roquedos, aguas y ríos, presas y saltos, árboles y bosques… Esto acontecía en septiembre de 1965. Aun sabiendo que mi padre tenía los años contados (o los meses o los días, ésa era mi gran incertidumbre) mi biografía en Les tomó derroteros en verdad gratificantes. Si se considera el contexto de un justificado desasosiego e inquietud por el estado de salud de mi padre, podría decirse que fue un tiempo de rosas y espinas, de paraísos donde de vez en cuando aparecían negros nubarrones que allí no llegaron a descargar del todo. En Les trabajábamos el campo sin sentirnos explotados en medio de unos paisajes excelsos, vimos el Tour de Francia en El Portillón, donde ese año por casualidades del destino pasó destacado nuestro paisano, López Rodríguez, en compañía de Julio Jiménez que aquella edición ganaría el premio de la montaña. También en Les descubrí la sexualidad y -por primera vez- el amor en la relación de enamoramientos que a partir de entonces se sucederían en mi vida y que llevarían a mi madre a repetirme con cierta frecuencia aquel aforismo tan suyo de “hombre de las treinta novias y conmigo treintaiuna, si todas son como yo, te quedarás sin ninguna”. Con toda la locura que mis amigos ya conocen en mí, me enamoré con desaforado platonismo de Laura, una querubinal alma púber, hija de unos tenderos de la margen derecha del río Garona, junto al puente que une los dos barrios en los que está dividido el pueblo, de modo muy parecido al nuestro, aunque con trazas diferentes. Levitaba cada vez que la veía, bien porque pasábamos por delante de su tienda en el carro cargado de hierba y tirado por vacas, bien porque con los pocos cuartos que teníamos nos pasábamos muy de tanto en tanto a comprar chuches baratas que sus padres nos vendían con sumo gusto. En fin, la gloria en la tierra. La última vez que visité el lugar, no hace demasiado tiempo, me acerqué por donde estuvo la tienda y hoy en su sitio hay un banco. Recuerdo que esperaba los domingos con fruición, pues ese día asistíamos a misa en la parroquia del pueblo, oficiada por el párroco Mossèn Armengol, que entre semana era también nuestro sacerdote en el colegio. La iglesia parroquial, como otras muchas iglesias de la región, tenía vestigios de románico pirenaico, era majestuosa, construida en piedra con tejado de pizarra, el campanario cuadrado y elevado sobra la cubierta de la nave, rematado en pirámide cuadrangular y con las campanas en sus huecos a los cuatro vientos. En el interior, a la altura de una primera planta y ubicado en la parte opuesta al altar mayor se hallaba el coro, el cual ofrecía una perspectiva inmejorable para visionar todo el habitáculo. Y en el coro es donde a los aspirantes de La Salle nos acomodaban los domingos para asistir a la misa. Ni que decir tiene que ese día yo corría como un poseso para coger la primera fila, desde donde se disponía de una privilegiada posición y un aventajado observatorio para atisbar movimientos y personas que entraban y salían del sacro recinto. Y cuando aparecía Laura en compañía de sus padres mi cuerpo sentía tal flojera que muy bien podría compararme a un globo hinchado. Y si Laura giraba su cabeza para mirar al coro, entonces ya me derretía como un helado al sol de agosto en pleno desierto de Almería.

      Pero no quiero hablar mucho de mí, sino de mi relación contigo. En Les no estuvimos juntos (tú ese curso te trasladaste a La Salle Mollerusa), pero -como siempre- noté tu halo e influencia en múltiples detalles, tales como el trato recibido o el hecho de no haber sido despedido por actos de indisciplina graves e inaceptables, en expresión genuinamente mía sin que tú jamás me la hubieras dictado ni insinuado. Desarrollé mi personalidad, crecí, me hice rebelde; incluso sintiéndome muy querido por los Hermanos, de modo muy particular por el Hermano Anastasio, el cocinero (riojano él, lo que ya es garantía para andar entre platos), del que guardo un imborrable recuerdo. Me viene a la memoria la insidiosa lesión durante la que fui cuidado con mimo y respeto por este Hermano. Había recibido un planchazo jugando al fútbol en los fértiles campos de hierba natural que teníamos frente al colegio, entre la fachada principal de éste y el cementerio de Les. La hinchazón no acababa de bajar y durante tres o cuatro meses tuve que vivir en la enfermería, donde me traían los deberes para no perder el curso, desde donde para asistir a la misa u otros ritos y en silla de ruedas que llevaba este Hermano accedía al coro de nuestra capilla colegial (en la misma primera planta que estaba la enfermería), y donde el Hermano Anastasio jugaba conmigo, escondiéndose bajo el suavísimo edredón de plumas que cubría mi lecho, todo ello además de darme de comer lo mejor que tuviese a su alcance, que no era poco. Hoy tengo reparo en relatar este episodio, porque sin duda a más de un simplón retorcido (vaya paradoja, ¿no?) le podría dar por imaginar a un fraile abusador, aunque si alguien dijera eso del Hermano Anastasio en mi presencia le sacaría los ojos y se los pisaría. Jamás tuvo un comportamiento indigno conmigo, jamás. Tras diversas consultas con personas relevantes y en particular contigo, se decidió llevarme a La Salle Bonanova para una exploración y tratar de determinar el mal que me aquejaba. Por fin, y en la furgoneta ya varias veces pergeñada, me trasladaron a La Pobla de Segur y allí tomé el tren que me llevaría a Lleida. En LLeida me esperabas tú y de allí nos dirigimos a La Salle Mollerusa, donde pernoctamos y a la mañana siguiente salimos para Barcelona. En La Salle Bonanova y después de diversas analíticas me diagnosticaron que mi tobillo no mejoraba por una infección sanguínea debida a una muela en muy mal estado que había que extraerse. Así se hizo y cuatro o cinco días después volvimos, yo para Les y tú para Mollerusa. No mucho tiempo después mi recuperación ya era completa. Sin embargo me correspondió vivir  otro largo tiempo de fastidio, puesto que a todo lo que ya me concernía por historia, hubo de añadírsele un extenso periodo de inactividad y de un cierto aislamiento, sin duda duros para un muchacho con ganas de vivir, a pesar de todo. Y aunque Laura me daba vida, la enfermedad de mi padre y la incertidumbre de un fin que podía llegar en cualquier momento devinieron como una espada de Damocles en constante amenaza sobre mi cabeza, y me convirtieron en un alumno en cierta medida amargado, difícil (antes dije rebelde, y también) y bastante insoportable. Me encantaba el teatro (como a mi padre) y el Hermano Casiano, profesor de Religión y nativo de Estébanez de la Calzada, organizó una obra de la que quería el papel de protagonista y no me lo asignó. Hoy no recuerdo muy bien lo que ocurrió, pero debió ser tal la trapatiesta que le organicé, que no tuvo más remedio que castigarme de modo ejemplar, con severidad y merecimiento. El castigo consistió en una reclusión en la capilla del colegio durante una semana y en horario de las clases de Religión que él nos impartía. Por supuesto, era aburrido, pero no aterrador. No recuerdo en La Salle de ningún castigo que lo fuese, ni que ningún Hermano me pusiese la mano encima, al menos en mi tiempo y en mi caso. Si tú tuviste algo que ver o no, no lo sé; pero tampoco lo vi con ninguno de mis compañeros y alguno era bastante peor que yo. Uno de los días que permanecía castigado en la capilla me vino a buscar el Hermano Director, me llevó a su despacho y me aseveró que si no me expulsaban del colegio era por mi parentesco contigo, César, pues te consideraban ya poco menos que un santo en vida. Y eso -te aseguro- lo oí yo. Me llamó indisciplinado y arrogante (pobre de mí, si estaba cargado de complejos y sentimientos de inferioridad, en todo caso "amargado" y "resentido" hubieran cuadrado mejor); si bien parte de razón no le faltaría, pues como por un mecanismo de compensación podría dar esa imagen.

-V-

      En el curso 1966-67 volvimos ambos a Premiá (tú de Mollerusa y yo de Les) y empecé el tercero de bachillerato. Este fue un curso especialmente agitado para ti, por las papeletas que en relación a mí te tocaron repartir. El tres de febrero de 1967 (día de San Blas y fiesta invernal de nuestro pueblo) me rescataste de una clase o de donde estuviese y me sacaste a pasear por la huerta del colegio, parte mar. Una vez más me temí lo peor y esta vez acerté. Con toda la suavidad imaginable y tu frágil tono de voz me comunicaste la muerte de mi padre, a cuyo entierro decidisteis que no acudiera, si bien sí acudí a otros eventos familiares no tan relevantes. Por ejemplo, no recuerdo si fue durante este curso o el 64-65 que algo celebraron los abuelos (las bodas de oro me dice Servando que no, que fueron en 1959) y nos dieron permiso para viajar y festejarlo con ellos. El Hermano Salvador en su 600 de hijo de familia de la alta burguesía barcelonesa nos llevó y nos recogió a la vuelta en  la Estación de Francia, desde donde también partíamos los aspirantes de vacaciones cuando nos correspondían, con aquellos inmensos  vagones en cuya chapa lateral aparecía la leyenda “Reservado para La Salle” escrita a tiza y en los que viajábamos por Ariza, Martialay, Soria, etc.; en paralelo a la N-234 entre Soria y Teruel. El evento  de los abuelos (el que fuera) lo celebramos con una gran comida en el Bar de la casa de Araceli, asistiendo también a ella alguno de los mendigos que con regularidad eran acogidos por los abuelos y Servando leyó un libreto, del que no sé si conserva el libreto o el recuerdo o ambos. Yo sí conservo el recuerdo y no creo alucinar. Y en este apartado por fin aparece Servando, tu hermanísimo y “alter ego”, que a pesar de estar tan unido a ti como la carne y el hueso, no tuvo tanta influencia en mi vida porque cuando yo empezaba mi andadura formativa, él transitaba ya por la Universidad de Lyon, o en Sankt Moritz (Suiza), o en Bordighera (Italia) o en El Cairo. En fin, en relación a la muerte de mi padre, y fuese como fuese, seguro que la decisión de no asistir a su entierro la tomaste de acuerdo con mi madre, la cual mucho me creo que no quería verme por casa en esas circunstancias. O quizá no había dinero para el viaje, que también podría ser altamente probable. Vinieron meses muy duros que empezaron cuando el sacerdote que nos oficiaba la misa en el colegio (párroco de Premiá -como Mossèn Armengol lo era de Les- y tan ancianico que se caía a pedazos) durante semanas estuvo  recordando a mi padre y pidiendo oraciones por su alma y la mía como hijo del finado. Aquellos recordatorios eran auténticas coces en plena entrepierna del alma. Todo esto fue forjando mi personalidad, pero en el proceso se atravesaron trances extremos. Mi rebeldía y complejos crecieron y se endureció mi carácter. La mayor prueba a la que te sometí y que también salvaste con cintura y autoridad sucedió la primavera de 1967. Ignoro por qué razón, aunque supongo que por alguna justa como no haber presentado algún trabajo o algo así, a un grupo de 10 ó 12 de los aspirantes se nos había   sancionado con un cruel castigo difícil, muy difícil de digerir y por el que algunos hoy hasta hubieran matado. Durante la temporada futbolística los partidos televisados que los compañeros pudiesen ver, nosotros los tendríamos vetados y para ello se nos había recluido en un aula en la que cumplir la sanción (haciendo deberes, supongo), mientras el resto vociferaba frente al televisor. Aguanté un tiempo, pero un día durante un partido Inter-Real Madrid de Copa de Europa mi indignación alcanzó cotas no soportables y estallé. Los pupitres de las aulas tenían unos cajones con la tapa en la parte superior que se abrían y cerraban a modo de trampilla. Así que por dar cauce a mi rabia levanté la tapa del pupitre y empecé a golpearla contra la mesa con ira desatada, acción a la que se fueron agregando unos cuantos de mis desgraciados compañeros castigados. Como es lógico, no tardó mucho en aparecer por allí el Hermano Ramón, que era quien nos había impuesto la pena, el cual tras aplacarnos con la obligada y pertinente bronca, preguntó quién había empezado semejante motín. Me adelanté y le dije que lo había empezado yo. Reorganizó al resto (de los que ya no recuerdo si siguieron o no castigados), me tomó aparte y me pidió que lo acompañara. Me  llevó a la primera planta donde estaban las celdas de los Hermanos (en la baja estaban las aulas y equipamientos varios, y en la segunda, como ya se ha dicho, los dormitorios comunes). LLegados a su celda me introdujo en ella y me amonestó con justa y bien ganada severidad. Acto seguido me tomó del brazo y me acompañó al pasillo, donde casi en el dintel de la abierta puerta de su cuarto me señaló dos baldosas sobre las que debería permanecer estático, me colocó de perfil y me pidió que no me moviera ni para respirar, advirtiéndome que en todo momento me estaría vigilando. Yo sabía de su presencia por sombras, pues al colocarme de perfil y sin poder moverme no podía verlo a él directamente. No sé cuánto tiempo pasé allí, una infinidad. Sería la una, las dos, las tres …, yo qué sé; cuando por el fondo del largo pasillo apareciste tú caminando tan pausadamente como de costumbre. Primero, por no desautorizar a tu colega y porque además tu delicadeza y sentido del orden justo no ha conocido equivalencia, te dirigiste a la celda del Hermano Ramón, entornaste la puerta y tras breves minutos saliste y me pediste que te acompañara a los dormitorios donde me mandaste acostar y dormir. Nunca olvidaré el inicio de la marcha tras el castigo, pues me flaqueaban las piernas y se me iban doblando, hasta que unos cuantos pasos después  retomé y normalicé el hábito de la locomoción. Y a pesar de los muchos apuros de los que me fuiste sacando, no recuerdo haber frivolizado nunca en tu presencia (ni fuera de ella) mis punibles acciones, pero tampoco jamás sentí tensión alguna, ni ninguna clase de miedo. Por supuesto, tampoco me tocaste nunca. Ello dejó en anécdota un avatar al que tampoco hoy tengo por amarga experiencia. Y doy por seguro que seguí castigado, pero no por mucho tiempo más, porque gustándome el fútbol como me gustaba, lo hubiese recordado y hasta puede que me hubiera traumatizado alimentando un odio que jamás he llegado a sentir por ningún miembro de la comunidad lasaliana.

-VI-

      A partir de cuarto de bachillerato (curso 1967-68) me trasladaron al Colegio San José de Cambrils (el grande que está ubicado a las afueras del pueblo, pues en el centro del pueblo había -y todavía hay- otro) y ya no volví a compartir colegio contigo nunca más. Sin embargo tu influjo siguió estando presente en mi educación y en la relación establecida con los diferentes Hermanos responsables de mi formación. En cualquier caso esta tutela devino en virtual, como si se tratase de una prolongación tuya, o no tan virtual pues en el Colegio San José me encontré con el Hermano Marcos, el zapatero multiusos tan cercano a nuestra familia y también fallecido (él, nonagenario) no hace mucho. Además, en el colegio del pueblo estaban sus sobrinos el Hermano Marcos y el Hermano Pablo, quienes con el tiempo se acabaron convirtiendo en fans futbolísticos míos, subiendo de su colegio a verme jugar partidos de fútbol, contra La Salle Port -mismamente-, que era un equipazo campeón de varios trofeos y a los que una vez ganamos 2-0, resultado en el que tuve mucho que ver. Lo dejamos ahí, ¿verdad, César?, que a ti no te van las vanidades. El Colegio San José era otro lugar paradisíaco y, estando lejos de ti, no podía tener mejor compañía. Por supuesto que en este centro también te tuve de valedor, cuando -por ejemplo- el Hermano Donato de Latín, a la exclamación “in fosum”, nos mandaba a cavar las hierbas en los alcorques de los naranjos. Claro que la palma se la llevó la barrabasada que a continuación relato. En este colegio hacíamos actividades de lo más variado e instructivo, como órgano (para lo que teníamos cubículos individualizados), guitarra, bandurria, laboratorio, etc. Quien te escribe, junto con otros pocos y tras haberme cansado de hacer órgano, habíamos decidido experimentar en el laboratorio. Como que en aquellos tiempos la seguridad no era ninguna obsesión (y no había más muertes que ahora), se nos llegó a permitir manipular solos y sin la presencia del Hermano Anglada y del Hermano Oller, que eran el físico y el químico -respectivamente-, sustancias de un completísimo laboratorio con el que estaba equipado el Colegio San José. De ese modo, un día un buen amigo de nombre Roberto Niarra (natural de Abejar -Soria- con quien tengo una foto en Lourdes que abre este apartado, justo el verano -aunque no lo parezca- que murió abuela Aurelia), acompañado por un servidor y algún otro investigador suicida decidimos experimentar con diversos materiales químicos; a ver qué éramos capaces de descubrir. Sacamos a la terraza muy cercana al chiringuito donde el Hermano Marcos arreglaba zapatos y cuidaba de sus perros y jilgueros un montón de frascos, y allí mismo empezamos a mezclar fósforo y otros elementos que ahora no recuerdo, con la idea de ver qué podía suceder. Pasaba el tiempo y, puesto que nada acontecía y se acercaba la hora de recoger y volver a las clases, decidimos tapar el emplasto con restos de baldosas que fuimos acopiando de la terraza. Cuando Roberto Niarra se acercaba para colocar uno de estos trozos de baldosa sobre el compuesto, una tremenda explosión seguida de una llamarada salieron de aquella mixtura, alcanzando las llamas de pleno el cogote de Roberto que quedó bien chamuscado, con la fortuna que justo en aquel momento lo cogieron dándose la vuelta, de modo que quedaron a salvo cara y ojos. El resto estábamos más lejos y no nos pasó nada, pero los perros y jilgueros que cuidaba el Hermano Marcos empezaron a gorgear y a ladrar despavoridos. De inmediato se atendió a Roberto en la enfermería (no se necesitó más) y el asunto no pasó a mayores, salvo el suave correctivo que se nos impuso, por el que a partir de entonces quienes habíamos estado implicados en la explosión tendríamos terminantemente prohibido pisar el laboratorio si no fuésemos acompañados de algún Hermano que se hiciese responsable de nosotros. En otra ocasión, en un examen de Física que nos daba el Hermano Anglada, Pedro José Pérez Urroz (gran amigo tambíén y de Peralta o Azkoyen -Navarra- que después llegaría a Hermano y a director de un colegio, luego no sería tan malo), y quien suscribe habíamos acabado de hacer el examen y como la sala del mismo era muy espaciosa y con amplias cristaleras, no se nos ocurrió otra idea que hacer una gran pancarta de papel de embalar con las fórmulas del examen, sin percatarnos que aunque el Hermano Anglada nos tuviese a sus espaldas, antes o después y ante la reiterada curiosidad que los alumnos del interior mostrarían hacia el lugar de la pancarta, se nos cazaría; como así fue. Sí, nos amenazó con el suspenso, pero lo que ocurrió es que sólo tardó un poco más en darnos la nota, la cual dejó en un triste aprobado, cuando por méritos académicos hubiéramos merecido más, pero por indisciplinados también hubiera podido suspendernos. Al Hermano Anglada le hice más, pero también me quería mucho (y yo a él, pues era otra excelente persona) y no le daba mucha importancia. Además, se trata más de hinchar tus méritos y no tanto recordarte batallitas por las que más de un disgusto te di. 

   
-VII-

      Hay una última anécdota que jalona mi relación contigo, admirado primo César. Trascurría el curso 1971-1972 y estudiaba yo 2º de Magisterio en la escuela de fundación lasaliana denominada Escuela Universitaria de Formación del Profesorado “Sagrat Cor”, junto a otros aspirantes a los que la comunidad había considerado adecuados (el resto habían sido enviados a aprender oficios en Sant Martí de Sesgueioles, Anoia, Bcn). Esta Escuela que empezó perteneciendo a la Iglesia (ver foto que encabeza este apartado) y que con posterioridad devino en "Blanquerna", tuvo su primitiva sede en el antiguo Colegio La Salle Josepets, donde -como nosotros más tarde- estudió y se entrenaba Joaquim Blume, y en cuyo gimnasio se conservaban las cuerdas y anillas de su famoso “Cristo”, además de una placa en su honor. Vivíamos en La Salle Bonanova y bajábamos todos los días por Sant Gervasi a la Escuela. En enero de 1972 y durante las vacaciones de Navidad tomé la decisión de no seguir en La Salle, si bien continuaría en la Escuela de Magisterio, adecuando el precio de la matrícula a la nueva situación, según conviniese y fuese justo. Así se lo comuniqué a los responsables del centro y no recibí contestación. Cuando tras Reyes volví a la Escuela para seguir estudiando por mi cuenta, me comunicaron que no podía seguir, que sería mejor para mi madre y, en general, para mi familia que estudiase en las Escolapias de Astorga, donde decían me habían reservado plaza. Alegaban que había sido un mal ejemplo, porque alguien me había visto cogido de la mano con una chica. Pues sí, fue un día que con una compañera de la Escuela nos habíamos ido a ver la película "Love Story" y un  criado de La Salle Bonanova (el encargado de la furgoneta de trasporte de alumnos) nos vio y se lo comunicó al Hermano Director. Y es que precisamente por eso había decidido no continuar en La Salle. Bueno -me dije- vuelvo a León. Pero resulta que llegué a Astorga y nadie allí sabía nada de mi matrícula y además me aseguraban que no había plazas. No podía perder el curso, así que movilicé a parte de la familia, entre ellos a tía Tina y a ti, y contactamos con responsables del centro, a los que advertimos que si fuera preciso iríamos incluso a hablar con Monseñor Marcelo González Martín, a la sazón Arzobispo de Barcelona, que había sido Obispo de Astorga y que miembros de nuestra familia conocían (tampoco debe olvidarse que la Escuela pertenecía a la Iglesia, de ahí la fuerza del Arzobispo). Me viene a la memoria que por San Antonio Abad de ese año (1972) todavía andaba yo por el pueblo, y ese día habíamos ido a la fiesta de Villarnera en compañía de varios compañeros de los que sólo recuerdo a Daniel. Pues bien, en la Escuela de Magisterio acabaron por readmitirme, volví y me dispensaron un buen trato, aunque no exento de lo que yo tengo por una cierta venganza; pues por entonces el 7% de las mejores notas tenían acceso directo al funcionariado, meta que yo luché por alcanzar y todavía hoy no descarto haber podido conseguir en otras circunstancias. Mis calificaciones fueron buenas, sin embargo no lo suficiente para entrar yo y sí que entraran otros. La verdad es que esto lo imagino, no puedo saberlo a ciencia cierta, pero ha sido uno de los pocos malos recuerdos que conservo de La Salle; por cuanto conocí a alguien en quien se percibía una mal disimulada animadversión hacia mi persona y que me puntuó con un cinco raspado (lo que bajó mi media de modo ostensible) las prácticas realizadas en La Salle Gracia, donde a mis dos compañeros y a mí se nos recibió y trató de maravilla, con un excelente y favorable informe del trabajo realizado. Esta fue la última vez, César, que tu efecto salvador me rescató de un desastre recuperable, pero desastre al fin y al cabo, como hubiera podido ser perder un curso. Por cierto, querido primo, todo el revuelo que se ha llegado a montar con tu entierro y funerales sería lo último que tú hubieras deseado, pero has de entender que es la única forma que nosotros tenemos de demostrarte cuánto te queremos y de posponer todo lo que podamos tu definitiva marcha material, aunque de otras muchas formas seguirás entre nosotros para siempre. Y en fin, también tengo algo que reprocharte y es que si no hubiera estado tan bien allí donde tú me enviabas hubiera acabado en León. Claro, que de haber acabado en León ni hubiera conocido toda la gente que he conocido, ni hubiera vivido toda la vida como la he vivido. No, no es que mi vida haya sido un dechado de nada, pero tampoco abomino de ella ni reniego de los míos (muy al contrario), así que mejor me guardo los reproches, César queridísimo. ¿Entiendes ahora por qué te tengo por fijación, que en tu humildad a mí sí me consientas?. Hasta siempre Hermano César, primo César. Hasta siempre.


(En E.U.F.P. "Sagrat Cor", 
de pie Mateu, yo y Rubio con gafas de sol; 
y agachados Bordas delante de Mateu, 
Pedro José Pérez Urroz y Téllez, de Almazán)

 Fin