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29 octubre 2014

REALIDADES COTIDIANAS CON OTRA MIRADA

 CHINAS EN LOS ZAPATOS -III-

La rosa anónima del Zentralfriedhof



-I-
      Viena se desperezaba y empezaba a sacudirse el persistente y plúmbeo manto del invierno, hogaño -como los últimos años- no especialmente inclemente, pero en cualquier caso desapacible por las rigurosas condiciones climáticas, la escasez de luz y los peligros acechantes en forma de hielos traicioneros en calzadas y aceras, de modo especial para personas de una cierta edad. Con la primavera llegaba una mayor bonanza meteorológica y los días -también más largos- invitaban a tomar las calles y disfrutar del sol tan remiso en estas orientales tierras. En el ánimo agradecido de la gente se despertaba de pronto el impulso a pasear y desgastar ciudad y zapatos. En casa de los Klusacek ya se conversaba sobre qué ruta elegir en tan anhelado paseo y no tardaron en convenir que era un buen momento para recorrer uno de los lugares más tranquilos de la capital federal, cual es el cementerio principal de la ciudad  o Zentralfriedhof. Además, desde el pasado festivo de Santos y Difuntos, Herbert no había vuelto a caer por este sagrado recinto, de manera que lo vieron como una estupenda ocasión para visitar otra vez la tumba de su madre allí enterrada. La pareja -y matrimonio- compuesta por Herbert y Rosvitha salieron rumbo a Favoriten y de allí a Quellenstrasse, donde subirían al travía N-6 con destino y parada final en el mayor cementerio de la metrópoli.

      La familia Klusacek, como otras muchas, tenía una singular historia, entre desestructurada y rota por diversas causas. Antes de casarse Rosvitha y Herbert, éste ya había perdido todo contacto con el resto y totalidad de su familia paterna. Karl Klusacek, el padre, se divorció de su primera esposa y madre de Herbert, y tuvo otro hijo de uno de sus dos matrimonios posteriores. Sin embargo, aun no siendo tan numerosa la familia a contabilizar por cada una de las partes, éstas en realidad nunca existieron la una para la otra. Gracias a su trabajo en las administraciones públicas, donde ejercía de Jefe de Negociado, pudo Herbert indagar algo de la vida y trabajos de su medio hermano Wilhem. Supo que llegó a ser Juez en la Audiencia Federal de Viena y que debió tener no sabía muy bien si cuatro o cinco hijos, tres varones y una hembra, al menos. En cuanto a otras peculiaridades que pudieran glosar con cierto tino a la familia Klusacek, destacaríase sobremanera un episodio que de tan audaz e imprudente puede ser tomado por fantasioso y hasta un puro embuste. Antes de iniciarse la Segunda Guerra Mundial, Hitler ya había invadido Austria y el nacionalsocialismo impregnaba todo el país, con su capital a la cabeza. A pesar de la enorme inconveniencia del momento (en particular para cualquier opositor real o presunto), Anna Klusacek, que por tal atendía la valiente madre de Herbert, desafió de forma ostentosa y con gran coraje al todopoderoso régimen con la única arma de la desobediencia civil, negándose a participar en ceremonias vecinales de entronización del nazismo, en cualquiera de sus variadas formas (unas veces con velas como si de un concierto pop se tratase, otras con cánticos marciales o en actos comunitarios varios aderezados con la parafernalia propia de los regímenes de esta ralea, etc. ). Siempre huyó de estos rituales, por lo que se granjeó la inquina (como mal menor) de muchos de sus convecinos. Cabría matizar -no obstante- que al menos en parte actuó así no tanto por una sólida convicción ideológica, sino más bien -y sobre todo- para mortificar a su marido, que ya mostraba inequívocas inclinaciones fascistoides, y con el que las relaciones hacía ya mucho tiempo que no iban nada bien, o simplemente no iban. Si no la deportaron para fusilarla o gasearla fue sin duda porque, al ser tenida por una persona inofensiva y algo tocada del ala, nadie la denunció. Herbert también había instituido su propia familia con su esposa Rosvitha  y una hermosa hija de rasgos eslavos. Y ahora que se dirigían al cementerio, Herbert no podía dejar de sentir una profunda tristeza por cuanto allí estaba enterrada su madre y a menos de trescientos metros, aunque ocultos por un alto seto, su padre y la última de sus esposas. Anna murió Klusacek, pues una vez abandonada por su único marido nunca más se casó y quedó ella sola al cuidado y educación de su solitario hijo. Parte de la gravedad del conflicto interfamiliar vino reforzada por el legítimo y comprensible orgullo de Herbert, que cuando su padre los abandonó juró no volver a saber nada de él ni en retratos. Pero los lazos tiran y con el paso del tiempo volvería a recuperar un cierto interés por saber algo de lo que le  quedase de familia.

      El tranvía había llegado ya a su destino y la pareja accedió al camposanto por la puerta número 1, o principal. Caminaron por entre los mausoleos de ilustres varios y a paso lento fueron virando hacia zonas más humildes, en una de las cuales yacía Anna. La sepultura se ubicaba en un lugar solitario y muy discreto, cerca de la tapia oeste, en dirección noroeste. El tibio aire primaveral de la tarde refrescaba saludable los rejuvenecidos rostros de los paseantes. Herbert -no obstante- se sentía algo más melancólico y sobre todo más nervioso que en otras ocasiones análogas. Apenas quedaban 50 metros para la tumba de su madre, cuando su corazón se sobresaltó, pues observó algo del todo insólito e inexplicable: alguien desconocido, y además recientemente, había colocado una rosa fresca sobre el leve túmulo bajo el cual reposaba aquella mujer, pues cuando la tumba de aquella mujer tuvo rosas, siempre fueron las de Herbert.

 -Rosvitha- dijo -¿no ves una rosa fresca depositada sobre la hierba en la sepultura de mi madre?.

-Qué dices, cariño- replicó Rosvitha con firmeza. -Tú siempre con tus fantasías de reunificación familiar.

Rosvitha, de ordinario tan certera y pragmática en sus juicios, en esta oportunidad hubo de comerse sus palabras, pues en el emplazamiento indicado por su marido había -en efecto- una rosa puesta allí con mucho mimo y no hacía mucho tiempo, a juzgar por su posición y frescura.

-Alguien se estará equivocando- subrayó Rosvitha con intención de zanjar el asunto.

      Sin embargo, las dudas se agolparon en todo su ser y se multiplicaron cuando, al tomar Herbert la rosa para inspeccionarla, reparó perplejo que estaba limpia de espinas en su peciolo. Incluso, con todo el odio que sentía por el padre, lo aparcó por unos instantes y se aproximó a examinar su tumba, por si hubiese en ella rosas de similares características que explicasen al menos parte de la turbadora situación. También el matrimonio se enredó en varias conjeturas que, tras cuatro o cinco razonamientos de una mínima solidez, acababan por no cuadrar. Seguían sin entender nada. ¿Se trataría de miembros olvidados de la familia, o de gente equivocada, o algún admirador secreto que pudo tener Anna y sobre el que nunca nadie supo nada?. Y si fuese un error, ¿por qué precisamente en esa tumba, pues no siendo el apellido Klusacek raro, tampoco era muy corriente?. Así que la comezón de la zozobra se instauró en las entrañas de la pareja, más -por descontado- en las de Herbert. Como resulta de fácil comprensión, la expectación que suscitó en Herbert la reciente vivencia le despertó una irrefrenable necesidad de frecuentar las visitas al enterramiento donde descansaba su madre y, entre abril y octubre del año en curso, como mínimo una media docena de veces el matrimonio cayó por el hogar de los muertos. Aparte de estrafalarios personajes con traza de asiduos y adeptos a las prácticas esotéricas de carácter mórbido y hasta directamente macabro que deambulaban por el recinto, tardaron en dar con alguien que llamase su atención. En un par de ocasiones toparon en las inmediaciones de la sepultura con un enigmático personaje muy bien vestido y aspecto respetable que, en la primera al verles acercarse, se perdió presuroso por las calles entre los panteones. En la segunda el misterioso individuo no los pudo evitar y Herbert consiguió abordarlo. Sin embargo ninguna información útil pudo sacarle, pues negó conocerlos, negó también cualquier vínculo con la persona enterrada en la tumba de la misteriosa rosa anónima y de igual modo negó tener nada que ver con la dichosa rosa. Les contó que él sólo frecuentaba estos sitios de vez en cuando por el gusto de pasear en medio de un entorno tranquilo y relativamente solitario. Pero el rostro de este personaje quedó grabado con fuerza en las meninges de Herbert. Él conocía aquella cara de algo, quizá de haberlo visto desfilar por las oficinas municipales donde desempeñaba su habitual trabajo. Con el tiempo acabaría por ponerle nombre a aquel rostro, pero por el momento era otro enigma más de los muchos que últimamente iban sembrando su cotidiano trasegar. ¿Y qué haría este sujeto merodeando por la zona, si no daba pinta alguna de sencillo y romántico paseante?. En este sentido, tanto Herbert como Rosvitha coincidían en la impresión que el caballero en cuestión algo tenía que ver con todo aquel embrollo.

-II-

      Había amanecido el Corpus Christi y, como reza el modismo católico de la católica Austria, el día relucía (o relumbraba) más que el sol. La tarde lucía radiante y hasta el desabrido distrito periférico de Simmering que debía cruzarse para llegar a la necrópolis, con sus bloques en serie, sus humildes casas unifamiliares y aquella liviana y hermosa mezquita de color azul cielo donde los numerosos turcos del barrio acudían  para sus rezos y oficios; diríase que ofrecía su cara más amable y -con un pequeño esfuerzo de imaginación y buena voluntad- hasta armoniosa. Una extraña sensación recorrió ese día el alma de Herbert, por cuanto en la puerta 1 había aparcados dos celulares de la policía federal con sus miembros dentro, contingencia nada habitual por aquel lugar, al menos de forma tan notoria. Pensó que quizá se tratase del entierro de alguna eminente personalidad y realizaban labores de vigilancia y protección sobre algún insigne asistente. Entraron y, según la rutina de siempre, iniciaron un largo recorrido, antes de rendir tributo frente a la sepultura de Anna Klusacek. Y -de nuevo-  sobre el casi inapreciable túmulo cubierto de hierba y coronado por una cruz latina donde esta mujer consumaba su eterno descanso, una rosa en esta ocasión con espinas en el pedúnculo había sido colocada.

-Bueno-  pensó y comentó en voz alta Herbert con su proverbial sutileza socarrona- esto es lo habitual en los últimos tiempos.

      Avanzó sobre la cruz de la cabecera fabricada de hormigón armado, mezclado con pequeños guijarros y reforzada con varillas metálicas para darle densidad y resistencia. En un ademán pensativo, descansó sus brazos sobre las  aspas, con la barbilla apoyada en la cúspide del madero o elemento vertical de la cruz . De pronto, en uno de los movimientos que efectuó notó cómo la cruz se movía en su base, lo cual le pareció muy raro e intrigante. ¿Por qué razones puede holgarse en su base una cruz de estas características?. La meneó de aquí para allá hasta que logró desencajarla de la base y su primera sorpresa devino en pasmo acinésico, pues lo que allí se encontró le previno de la gravedad del asunto y de lo que a partir de ahora podría traer apareada su vida. En la base se había construido un pequeño cubículo de 15x15 cm., con todo el aspecto de contener algo importante. Mientras de su frente caían gotas de sudor frío, él escudriñó y dio con una caja de metal en la que sólo había unas pequeñas bolsas de plástico y una nota sin sentido aparente con la siguiente leyenda:  “Extraños grajos de pardillo, familia pardilla del grajo. Levantaremos el vuelo si el viento sigue este rumbo. Vía libre”. Pero, ¿vía libre para qué?. Un nubarrón acabó por borrar todo resquicio de conocimiento que aún pudiese retener la mente de Herbert. Bueno, no del todo, pues reaccionó a tiempo y con eficacia. Tras recolocar la cruz y dejarlo todo de nuevo en su sitio como si nada hubiese sucedido, pensó -primero- en comunicar el hecho a la dirección del cementerio; pero en el camino de regreso cambió de idea y él, lector irredento de Henning Mankell  decidió que esto debía notificarlo directamente a los policías que había visto en la entrada. Y así lo hizo. Les contó su descubrimiento y los agentes, tras comunicarse largo tiempo con sus superiores por radio, le conminaron a que junto a su esposa  les acompañasen a la Comisaría Central de la Policía en el Ring.

-Deben venir con nosotros, el Comisario Jefe requiere ineludiblemente de su presencia. Es muy importante- dijo uno de ellos dirigiéndose con determinación a la pareja.

      Montaron en uno de los coches policiales y llegaron a la Comisaría Central, donde el Comisario Jefe, de apelativo Herr Fritz, les esperaba radiante. Les hizo entrar, los tranquilizó y les sirvieron unas bebidas y unos frugales pero gustosos bocaditos para amenizarles la larga charla que allí iba a tener lugar. Cuando el Comisario Jefe les contó el por qué de todo aquello no sabría decir si respiraron o definitivamernte se les cortó el aliento. Después de finalizada la maratoniana entrevista, Herbert y Rosvitha se retiraron cabizbajos y regresaron al hogar durante tantas horas abandonado.


-III-




      La mañana del miércoles 19 de noviembre nació brumosa y plomiza. En casa de los Klusacek la atmósfera imperante estaba envuelta de un silencio tenso y expectante. Desayunaron e hicieron con aparente total normalidad las compras cotidianas. Cocinaron, comieron y se dispusieron a iniciar el paseo previsto para ese día en el que el destino iba a depararles un protagonismo social excelso. Hoy habrían de visitar inexorablemente el cementerio y allí el ya famoso sepulcro de las rosas anónimas. El frío de la tarde calaba en los huesos como agujas heladas. Cruzar Simmering resultó espeso, pesumbroso y denso. La niebla sobrevolaba a escasos metros de los edificios más altos, donde las antenas se difuminaban en ramificados espejismos cadavéricos. Enfundados en sus sombreros, bufandas y abrigos, a las tres y media de la tarde llegaban al cementerio. Finas gotas de la neblina caían y se helaban sobre las cabezas, cuellos y hombreras enharinándolas. De un tenderete situado al lado mismo de la entrada principal llegaba un agradable olor a castañas y patatas asadas. Y llegaron a la tumba de destino, ante la que mantuvieron el mismo ritual de respeto que siempre habían mostrado. Aunque no, ese día hicieron algo más que sólo a alguien no versado podría pasarle desapercibido. Como en cualquier otra ocasión, Herbert se aproximó al túmulo sepulcral, tomó la rosa, la examinó y la volvió a colocar donde la había recogido. Esta vez no tenía espinas. En un imperturbable movimiento se acercó a la cruz, se sacó el sombrero y apoyándolo con sus manos contra el pecho hizo ademán de rezar un responso o algo parecido, así durante algunos breves minutos. Después se cubrió de nuevo con el sombrero y volvió al lado de su esposa. El regreso en aparente calma no fue tal, pues la cara de Herbert se revelaba yerta de tanta responsabilidad, de tanto frío o de ambas cosas. En la puerta 1, por donde en aquellos momentos el matrimonio Klusacek abandonaba el lugar, un par de caballeros los abordaron y juntos se perdieron en paralelo a una de las tapias del sacro recinto en dirección noroeste. En el interior del camposanto se iba haciendo más patente la cercana oscuridad, tan propia y presente en estos orientales pagos. Las velas y lamparillas sobre las lápidas de los panteones crepitaban al tiempo que titilaban y empezaban a proyectar sombras de todos aquellos cuerpos a los que alcanzase su reflejo, móviles o inertes, alargadas unas u otras cortas. Serían cerca de las cinco y la noche ya había caído casi de pleno sobre el Zentralfriedhof. A esas horas ya muy pocas eran las sombras con forma humana que deambulasen por el lugar. De pronto, de la pared norte emergió una figura inquietante que entre panteones, con paso decidido y bien arropada de pies a cabeza se dirigía hacia el suroeste. Tras sortear unas cuantas sepulturas y cruzar varias calles del cementerio, por fin llegó al lugar que tenía por meta, el cual no era otro que la última morada de Anna Klusacek. Más sosegado ya, se aproximó a la cruz y comenzó a manipularla hasta que logró sacarla de su base. De inmediato hurgó en el cubil y sacó algo que no tuvo ni tiempo de inspeccionar, pues de un árbol cercano de densa copa se abalanzaron como centellas sobre el presunto ladrón de tumbas seis uniformados de negro, pertrechados con casco, armas de gran calibre y diversos aparatos ópticos y de visión nocturna. Otros tantos uniformados surgieron de entre las tumbas para cubrir todas las posibles escapatorias. Un grajo de importancia capital había sido atrapado "in fraganti" en la denominada Operación grajo, diseñada para acabar con él y toda una organización mafiosa de ladrones profanadores de tumbas. Con total sigilo se le detuvo y, tras ser esposado y haberle leído sus derechos, fue conducido a su lugar de arresto. Al mismo tiempo, en otro lugar del cementerio, un celular detenía a dos operarios municipales del mismo, al parecer confabulados con los delincuentes. Detrás de la tapia oeste del inmenso recinto Herr Fritz, el Comisario Jefe, dirigía la operación desde una furgoneta camuflada entre unos arbustos y cuando fue informado de las detenciones resolló de gusto. Y desde luego Herr Fritz, hombre recto y agradecido, no pudo obviar en aquel momento que tanto en la elaboración como en el desarrollo de los planes; además de él mismo, habían tenido participación muy principal dos fieles ayudantes suyos largo tiempo colaboradores, así como Herbert y Rosvitha, sin cuya primordial contribución no hubiese sido posible la desarticulación de esta red de malhechores. Bueno sería por tanto celebrar en camaradería el éxito de la operación con un vasito de blanco de Wachau, así que se permitieron descorchar y brindar con un Grüner Veltliner de esa hermosa y frutícula zona en la ribera del Danubio

-Carpetazo al asunto, compañeros y muchas gracias- exclamó el Comisario Jefe dirigiéndose al resto de camaradas del Ministerio del Interior, resoplando de placer y antes de darle un sorbito al blanco. -Y amigos Herbert y Rosvitha, enigma resuelto, en gran parte gracias a vosotros. Ahora a recuperar la paz perdida- concluyó el comisario apuntando a la pareja, tras lo cual se dejó caer sobre el asiento sin añadir nada más y se sumió un buen rato en sus pensamientos, mientras degustaba con deleite los aromas de Wachau. Desparramado todo lo que daba de sí en el sillón de la furgoneta, seguro que esa tarde fueron muchos los que cruzaron por su mente. Luego del largo silencio les contó a los allí presentes que tenían ya pruebas y evidencias más que suficientes para detener a toda una banda de ladrones de cementerios, pero les faltaba alguien, el “grajo mayor”, que todavía podría zafarse de la justicia y escurrírsele entre los dedos al juez de turno, si no se obtenían testimonios directos que lo incriminasen, y sobre todo que ese testimonio proviniese de la persona que hoy habían detenido en la tumba de Anna Klusacek. Al final, tras una intensa y no sabría decir si una muy larga o muy corta jornada, todos se retiraron a descansar a sus casas, no sin antes dejar a los Klusacek en la suya.

      Todavía hubieron de pasar varias semanas para acabar de entender y digerir la catarata de sucesos que animaron la vida de los Klusacek en aquellas inolvidables fechas que bien pudieran calificarse de históricasHacía tiempo que la policía seguía a la banda organizada, compuesta al parecer por gente del Este sin escrúpulos y con muertos en su hoja de servicios, antiguos mercenarios y ahora hábiles profanadores de tumbas. Coordinados con los contactos del interior (al menos dos funcionarios municipales del cementerio, uno de rango menor y otro de rango medio) conocían -por una parte- los medios y las mejores horas para eludir la vigilancia del recinto; y -por otra- las  tumbas a profanar, tanto por la presunta opulencia del botín, como por las facilidades técnicas convenidas (por ejemplo, encontrarse las lápidas selladas sólo en apariencia, a fin de poder moverlas con facilidad e introducirse en el interior de los panteones para trabajar). En fin, todos aquellos detalles de los cuales dependía llevar acabo el saqueo con la máxima discreción y seguridad posibles. Desde que las altas instancias policiales y municipales tuvieron conocimiento de la existencia de este activo y peligroso grupo criminal, con hechuras de ilimitada crueldad tan propias de las bandas provenientes del Este, los controles sobre los trabajadores del camposanto en ropas y equipajes se hicieron tan férreos y prolijos que los delincuentes hubieron de ingeniar nuevas formas para sacar el botín sin ser descubiertos. En el primer y también más largo encuentro entre los Klusacek y la policía, fue Herbert cayendo en la cuenta y empezando a recordar la cara del extraño visitante del cementerio. Se trataba del representante de un oscuro y malfamado joyero vienés, al que él mismo en persona le había sellado un permiso de apertura de otra de las varias joyerías que tenía distribuidas por toda Viena; y lo recordaba porque no era precisamente su trabajo habitual como Jefe de Negociado, pero aquel día tuvo que hacerlo por indisposición de un subordinado. La sepultura de Anna fue escogida por razones de obvia coyuntura, pues cumplía con los requisitos para no levantar en lo posible sospechas, y es que estaba relativamente alejada del centro, tenía aspecto tan humilde como discreto y era solitaria a la que muy rara vez alguien visitaba. El enigma de las rosas les resultó relativamente fácil descifrar. Cuando se destapó el enredo de la caja bajo la cruz de la tumba, la rosa tenía espinas y nada interesante o de gran valor contenía, salvo la nota sin duda en clave, así que sin espinas significaría botín rico, como así sucedió; pues la intervención policial requisó joyas de grandísimo valor que el “grajo mayor” conseguía por vía ilícita e inmoral y a precio de momio, para venderlas luego con márgenes de beneficio escandalosos a la alta sociedad de Austria o países colindantes. El empleado del cementerio de menor rango era el encargado de colocar las rosas, según su superior le indicase. La convenida señal de Herbert al sacarse el sombrero y el simulacro de rezo arrancó la maquinaria del plan tan bien estudiado, aunque si alguien hubiese  sabido de su irredento ateísmo no hubiera tragado. Pero podría sentirse muy orgulloso por haber contribuido de modo muy principal a resolver el enigma de la rosa anónima, cumpliendo  su papel -en general- con compostura y tablas de gran actor o policía avezado, de tal modo que hasta sus rezos colaron o al menos no estropearon los planes previstos. Para colmo de dichas, el representante del joyero había cantado hasta la “Ópera de los tres centavos”, y los bandidos ya estaban todos entre rejas, así que el hecho que había sembrado tanta inquietud en la pareja  de los Klusacek podría darse por finalizado.

-IV-

      Apenas habían transcurrido cuatro meses desde su última visita al camposanto, como bien se sabe intensa y cargada de emociones, y abril se abría paso luciente y cálido como premonición de una primavera precoz tal cual en ocasiones sucedía en Viena. En los árboles empezaban a brotar esquejes y los parques y jardines fueron desnudados de los ropajes protectores del crudo invierno. El sol inundaba de luz calles y edificios, animando a los ciudadanos a sacarse vestimentas y tomar el sol al asalto. Hasta el humilde distrito de Simmering, cercano a Favoriten donde residían los Klusacek, tornaba a mostrar su lado más apacible y afable, en esa entrañable atmósfera que barrios como éste sólo nos pueden ofrecer los días más propicios. Una caravana de coches engalanados para la ocasión anunciaban con estruendo al son de sus ruidosa bocinas una boda otomana, seguramente en la liviana mezquita de color azul cielo erigida en el barrio. Tenían por delante una hermosa jornada para recorrer la ciudad. En ocasiones el matrimonio visitaba al Comisario Jefe con el que habían desarrollado una muy buena sintonía y notable amistad, no sólo porque su aportación al proceso y el volumen e importancia de las informaciones obtenidas de Herbert habían resultado clave y determinantes para el esclarecimiento y la detención de los responsables del expolio, sino también -y sobre todo- porque Herbert y Rosvitha se revelaron como unas excelentes personas, y eso Herr Fritz no lo olvidaría nunca. Este bello día de abril la pareja de Herbert y Rosvitha hubieran querido visitarlo y aunque fueron a su encuentro en Comisaría, no dieron con él, así que decidieron seguir con el paseo por la ciudad. Estaban muy satisfechos y aun eufóricos, de modo que el recorrido se les hizo tan corto que, para renovar recuerdos y comprobar de primera mano qué ambiente se respiraba, optaron por volver al cementerio, el cual no visitaban desde el pasado otoño. Caminaron de aquí para allá, tal cual siempre habían hecho, y con una ligera inquietud fueron acercándose a la tumba ya célebre. Herbert se mostraba tranquilo, aunque seguro que alguna procesión le andaría por sus adentros. Pero un nuevo sobresalto les acechaba, y es que cuando llegaron observaron con estupor que sobre la tumba volvía a haber una rosa, en esta ocasión con espinas, con su tallo envuelto en plástico y apoyada en la cruz bajo la cual estuvo el escondrijo de los ladrones profanadores. Inevitablemente el corazón -más que darle un vuelco- salió catapultado sobre el pecho de Herbert con tal fuerza que por poco no le arranca varias costillas. Se aproximó a la cruz de la cabecera y comprobó que se encontraba bien firme y anclada, por tanto no parecía haber signos de maquinación. La primero que se le ocurrió fue llamar a Herr Fritz, el Comisario Jefe quien, tal como se adelantó, tenía su día libre y disfrutaba seguramente del ocio en compañía de su familia, y aun así cogió el teléfono y atendió la llamada. Como no podría ser de otra forma, Herbert le comunicó la novedosa sorpresa, ante la que el Comisario Jefe soltó una saludable y tranquilizadora carcajada, tratando a continuación de serenarle, reafirmándole y jurándole que por allí de mafias ya no quedaba ninguna. De todos modos, que no se preocupasen que ya se encargaría él de investigar por su cuenta. En efecto, pocos días después los hombres del Comisario Jefe les comunicaron el seguimiento por las inmediaciones de la sepultura de un hombre de mediana edad, aspecto honorable y muy elegante que -más o menos-  una vez a la semana se acercaba por allí para visitar la tumba y dejaba una rosa al pie de la cruz cabecera. No sabían por el momento su identidad, pero en cuanto la conociesen a ciencia cierta serían los primeros en saberla. Casi siempre venía los miércoles en torno a las cuatro de la tarde y en ocasiones lo había hecho acompañado de un niño y una niña de 7 y 9 años respectiva y aproximadamente. Así que uno de esos miércoles, algo soliviantado y tenso pues todo esto parecía la historia de nunca acabar, tomó rumbo al camposanto y se encaminó a la tumba de su madre. Hubo suerte y allí apareció el misterioso visitante al que abordó con firmeza y convicción, reclamándole que se identificara y explicara qué hacía visitando y colocando una rosa sobre aquel sepulcro, cosa que el interpelado hizo con evidente sosiego, dando a entender que nada tenía que ocultar. Herbert  también se identificó y conversaron largo tiempo. Hans, que así decía llamarse el personaje, era uno de los hijos de Wilhem, el medio hermano de Herbert, del que éste no sabía en la práctica nada de su existencia y que, tal como antes lo había hecho su padre, ejercía también de Juez en la Audiencia Federal de Viena. Por su trabajo conocía a Herr Fritz, quien lo tenía por uno de los jueces honrados e incorruptibles de la judicatura. Desde el episodio de la rosa, Hans y Herr Fritz habían hablado mucho y el Comisario Jefe sabía de las cuantiosas ganas de aquél por conocer a su medio tío. El revuelo mediático organizado en torno a la sepultura de Anna Klusacek les inspiró en el alumbramiento de una ingeniosa idea, de modo que ambos, cual púberes ilusionados y algo traviesos, urdieron esta inocente argucia de la nueva rosa anónima, a fin de forzar el buscado encuentro entre Hans y Herbert con las justas dosis de fino e inteligente humor negro -tan vienés como británico- y…una pizca de suspense. Hans así se lo contaría a su tío Herbert y, por si le cupiesen dudas al respecto, en breve aparecería por allí Herr Fritz en persona, quien no tardó ni cinco minutos en hacer acto de presencia con una sonrisa de oreja a oreja, como satisfecho y orgulloso de la sutil travesura cometida. ¡Vaya regalo de agradecimiento le estaba haciendo a su buen amigo Herbert!. De los cuatro hermanos de Hans, tres varones más y una hembra, sólo a él le llegó a interesar la sencilla y singular historia del tío abandonado, por el que en verdad llegó a sentir una cierta veneración, quizá debido a que esa  misma veneración y hacia la misma persona percibió en su padre, aunque llevada en éste como tabú y en secreto. La admiración y el respeto de Hans se extendía a Anna Klusacek, con la que ni mantenía lazos de sangre, ni nunca fue tema de recuerdo o conversación preferente en la casa donde transcurrió su infancia. En particular siempre le fascinó la humilde pero valiente y decidida oposición que la madre de su tío Herbert tuvo frente al imperante y enraizado nazismo, historia que alguna vez oyó comentar a su padre con ciertos aires de mofa. Sin duda, las admiraciones compartidas unieron mucho a tío y sobrino, de manera que con el tiempo se siguieron viendo, llegándose a establecer entre ellos un saludable vínculo personal, al margen del familiar al que también sacaron el polvo. Herbert y Rosvitha pudieron incluso disfrutar de los niños resobrinos, pues con cierta asiduidad Hans y sus hijos se acercaban por Favoriten para visitar a los redescubiertos tíos. Y cada vez que lo hacían Hans traía una rosa para Rosvitha, tanto como también Herbert practicó la buena costumbre de visitar a su madre con mayor frecuencia y en cada visita llevarle otra. Así que sobre la tumba de Anna Klusacek volvieron a lucir rosas, por fin nada anónimas. Sie ruhe in Frieden.

Fin

El Diantre Malaquías

25 octubre 2014

Perlas culitivadas

                     "Qué morro": Dibujo de Vera Krutisch

      Sí, han leído bien: dice "culitivadas", lo cual viene a significar todo aquello que se cultiva con el culo. Entre las diferentes perlas cultivadas con el culo no todas provocan mofa o sarcasmo, no, antes al contrario algunas despiertan una ternura noble. Sea el caso de la señora Lucrecia, esa ancianita octogenaria -o casi-, decidida y dinámica, y a la que los huesos empiezan ya a aburrirla, sólo aburrirla. Viene del médico y entra en la zapatería de la esquina, vecinos los dueños de toda la vida, y pide a la dependienta "unas zapatillas atómicas porque el médico me ha dicho que ando mal de la ruleta". Sobra la traducción, ¿verdad?. No tanta ternura, y sobre todo si se peca de arrogante, sugiere la del que asesina la sintaxis con  un "si fuera tu ido a Zanguirlín, te fuera tu enterao". Lo siento, pero creo que he de traducirlo: "si tú hubieras ido a Singuerlín (barrio de mi amada Santa Coloma), te hubieras tú enterado". A la señora Lucrecia se lo perdonaríamos y además le daríamos un beso. Pero lo de este ufano mastuerzo venido de la dehesa, ex-conductor de autobuses jubilado, que cuando tuvo nómina fija le entraron aires de rey de bastos (por lo de la garrota); "me pone los pelos de gallina". A este catetillo se le perdona mal.

      Algunas perlas suscitan mofa pura, pues es en verdad parecen "culitivadas" entra las vulvas de la mismísima almorrana. Ya se sabe que la fama acarrea estrés y en particular "cuando uno está en lo alto del candelabro". A veces los medios les complican mucho la vida y ponen todo "más difícil que enhebrar una aguja en un pajar". Claro que aquí con la palabra "enhebrar" la menda se lució de "curta", expresión ésta que sustituye a "culta", más propia del registro de cualquier ciudadano de a pié, por debajo de la "jet" (y perdónesenos la "rebuznancia" -¡qué viejo!-, o la "repugnancia", o incluso la redundancia). Habríamos de hacerle quizá la prueba de la "h" intercalada. ¿O acaso no soltarán tamañas sandeces para hacerse los/las tontitos/as (va por ti, simplísima Ba/o Aido/a) para que les dejemos en paz?. Quién sabe.

      Hay perlas que producen pasmo lúdico, tal el caso de una locutora de una emisora radiofónica del norte ibérico que, informando del tráfico en la zona, comentaba que este año el puente internacional de Irún estaba especialmente transitado, "al coincidir la salida del último día de julio, con la entrada en el primero de agosto". Gran noticia, sí señora. Otras de pasmo agrio y sin perdón alguno, tan bochornosas que "le ponen a uno entre la espalda y la pared", excelsa expresión ésta de lo que se entiende por una disociación esquizotípica, pues ya me dirán cómo puede uno colocarse de tal guisa si no se disocia. Por ejemplo, las de una que fue ministra de bomberos de la nación de aquí (creo que después devino ministra de otra cosa de la nación de aquí, pero de lo que sí estoy seguro es que fue alcaldesa socia-lista de Mollet) pertenecen a la categoría de las "culitivadas" por una almeja-almorrana de calidad certificada. Refiriéndose al pavoroso (muy propio calificativo para estos desastres) incendio de Cardona (Bages, prov. de Barcelona), con mirada de topo y lengua de trapo larga ante las cámaras que los bomberos no pudieron acceder a tiempo porque el terreno era "de orografía muy lúgubre". Seguro que hay constancia mediática de este -suponemos- lapsus psicoanalítico de la personalidad de la susodicha. Tal vez fuese una premonición de los cinco bomberos y medio que cayeron en L'Horta de Sant Joan (Els Ports, prov. de Tarragona), por un rayo -ja- de efectos retardados. Ja, ja y ja. Y gracias a la eficacia de la administración, que si no hubieran podido ser quince o más los atrapados y/o achicharrados por el fuego. Si este trágico hecho o el de Guadalajara (ambos con muertos) suceden bajo gobierno de la derecha "cavernaria" (en expresión tan manida como estúpida del otro bando) se lanzan como hienas al cuello de su retrógrada presa y el trasiego de consignas al estilo "pásalo", pancartas y salivazos hubiera alcanzado cotas antológicas. ¡Quién será más cavernícola!. A los pocos días, y otra vez ante las cámaras y otra vez en directo (muchos de nosotros sabemos lo que conlleva el directo), la misma socia lista va y dice que pretender tal o cual cosa -qué más da- es un "intento pausible". Querría indicar -supongo- que el intento ha de llevar pausa, o ser pausado, o hacer pausas; lo cual desde luego es algo "plausible", o merecedor de aplauso. Porque los intentos sin pausa ..., no sé yo. Al lado de las de esta señora con un mal disimulado toque de "jet" advenediza (no se olvide, es socia-lista, de "lo social" para ser más exactos), el resto de perlas son "minuta per capita", como diría la señora Andrea, ésta con pose altiva de alcurnia recién estrenada, y a la que no fue posible enseñarle (a ella qué le podrían enseñar) que el modismo era "pecata minuta". Que no, que no, que "la pecata ésa ..." es la "minuta per cápita".
Añadan a la lista de estas perlas la del fontanero que reparando una cañería en una casa de campo frente a la que habían plantado unos granados va y dice que esa plantación "no la amortiguarán en la vida". No, no nos riamos que tal vez estemos ante un poeta de la economía y ha utilizado un tropo a conciencia, pues en sentido figurado la expresión "amortiguar" también puede ser usada en temas tan serios como las finanzas. Otra es la del pintor de brocha gorda (este su servidor también lo ha sido) quien conversando con alguien por  el móvil mientras se tomaba un respiro en su faena insistía a su interlocutor que la tal se llamaba "Katia, coño, Katia con 'que' de culo". Esta otra corresponde a un profesor de gimnasia de un centro educativo del levante ibérico que durante la preparación de una de sus clases señalaba a su colaborador que se habría de "diseccionar a los alumnos por el aula y agruparlos por afinamiento". Claro que después de la "disección" el agrupamiento se torna complejo y la más lógico es recurrir a un "afinamiento" por el tamaño de las piezas diseccionadas.   

      No quisiera pasar por alto el vocablo "pogresismo". Me adelanto a algunos si me reconozco un pesado con su uso. Cierto. Pero me obsesiona la idea de que -por fin- la Rael se decida definitivamante a acuñarlo, reconociendo a este humilde usuario de su Lengua los méritos que le son propios y de los que habrá de hacerse mención expresa. Véase. Podría quedar así: "Pogresista". "Dícese de aquél de entendimiento zafio e ideas romas, el cual créese investido de una cierta superioridad moral sólo por el hecho de sentirse salvador de desheredados; sentimiento -por cierto- que habitualmente se extingue cuando pilla cacho, bien en forma de PER, o de Pensiones, o de Nómina fija, o de prebendas políticas, etc. Acostumbra a vivir mezclado con otros de su misma especie que, sin ser tan romos de ideas y zafios de entendimiento, tienen sin embargo una agudeza analítica algo mermada y una capacidad de razonamiento distorsionada por la hinchazón de una vena mística y ecuménica -por supuesto- de redención del prójimo, en todo cuanto a 'lo social' se refiere ".
      Hasta aquí la definición, aunque otro asunto son las matizaciones. Por ejemplo, entre los "pogresistas" haylos con gorra escocesa de paño y garrota bellotera que en más de una ocasión han blandido ante sus esposas, eso si en alguna otra no se le ha escapado el garrotazo, y frente a los que no puedes "hacer la vista sorda". Algunos "saltan a la pilastra" ("a la palestra", le corrige indulgente el/la compañero/a de al lado) detrás de pancartas bien escritas por otros, que a su vez suelen acompañarse de gritos con rima y, ocasionalmente, de algún es/puto salivazo. Otra curiosidad de este segmento de población es el elevado número de supuestos ilustrados que miembran al conjunto, y a los que el hinchazón en vena les hace sentirse parte de una misión mesiánica, solidaria y universal, lo cual les lleva a militar en algo, y por tanto andan bastante alejados de lo que hubiera de ser el criterio propio. En fin, les remito a mi artículo "Cultura e Ideologías" o a Albert Camus, últimamente tan en boga por haberse celebrado no sé qué aniversario de algo que le sucedió. Sin embargo, repasar el mapa electoral por encima es ante todo desalentador, y si además lo hacen por  municipios, la prospección sociológica traerá un resultado demoledor. Noten por ejemplo quién vota qué, dónde y pregúntense por qué. Quizá por "lo social", o porque forma parte del colectivo de "descamisados", o por las pensiones que nos trajeron, o por el PER (con raíz de perro, pero espabilado). En determinados lugares y en algunos que sacan tajada lo podemos entender, aunque no sea ése el camino para generar y socializar riquezas, pero en otros es para abofetearse el careto y no despertar. ¿Qué provecho sacan, por ejemplo, los de la nación de aquí? (salvo los que ya entraron en el circuito y viven de eso, claro está). Ay bobalicones, bobalicones.

      Cuatro apuntes más de la "pogresía". Uno me hace brincar de alegría al saber lo contentos que se van a poner los pobres con los beneficios de esa campaña publicitaria, en la que una famosa de "lo social" anuncia leche de burra para el cuidado facial. El segundo se refiere a ese ilustre facineroso del plasma, con capacidad para soliviantar, o incluso para mandarte comisarios políticos en forma de esbirros quebrantahuesos que te partan las piernas para que endereces tu pensamiento, que desde el entarimado de una manifestación con "altas miras" afirmó -y se quedó tan pancho- que "tener una cuenta corriente boyante no tiene por qué significar ser de derechas". ¿Y qué significa entonces, soplapollas?. El tercero se refiere a esa ecosocialista (?) que fue "algo" del del Ajuntament de Barcelona a la que se le murieron cien patos de botulismo en el Parc de la Ciutadella, por el estado inmundo en el que se encontraba el estanque que los acogía. Y ahí siguió en funciones durante un buen tiempo (cobrando, faltaría más) y abarraganada con otro ex-ministro de la nación de aquí. El cuarto me trae desasosegado porque no alcanzo a ver (ni a sentir) los méritos, sin duda orales (me refiero a sus discursos, vaya a ser ...), de esa servidora pública (también ex-ministra -creo- de la nación de más allá), cuyo apellido diminutiviza en masculino, singular y a lo bable la palabra "paja" (ay, qué facil sería el chiste fácil), tan sugerente y jugosa en nuestra Lengua. No, quien esto escribe no acaba de verlos ni -desgraciadamente- de sentirlos. Donde no llega la labia se suple con los labios y los labios -ya se sabe- en no pocas ocasiones pagan favores.

      Para finalizar, quede constancia que estos escritos no pretenden ser un burlesco alegato contra los menos cultivados (a mucha honra algunos), sino contra los necios que tanto los hay entre los iletrados como en los ilustrados. Porque hay iletrados que nos marean a vueltas de inteligencia natural a los que creemos tener alguna, e i/lustrados (noten que separo la "i") a quienes lo que más les lustra son las formas, en tanto el brillo intelectual de sus impagables perlas se lo habremos de buscar en la almeja de su almorrana. No puede haber intelectualidad más profunda. En fin, seguiré otro día. O no.


El Diantre Malaquías, pseudónimo

21 octubre 2014

LÁGRIMAS SECAS DE AMARGA DESPEDIDA

¡¡¡ Publicación reciente!!!

(Foto: "Juego de colores", de Serafín Pan Falagán)

EL CIELO TE ACOJA

Lenta como el llanto solitario
vuela la figura luminosa
sobre la sonrisa dichosa
de mi rostro satisfecho.
Amable y tierna se aleja
cual sueño feliz y vivo
en noches de lluvia intensa.
No faltan manos para acogerla
-yo lo sé, siempre lo supe-
pues largo tiempo acaricié
con dedos suaves y trémulos
sus blancos pechos de miel
sus caderas de lino tejido.
Una lágrima quiere volar
y bañarla como aquellos días
de oscuridad trasparente
mas sus cabellos lucen al sol
lejos de apasionadas caricias
de húmedos besos
de hermosos desatinos.
Vuela lenta sobre mi almohada
pues el profundo sueño
nos une de nuevo en la distancia
de un final sin más remedio
que retomarte en sueños.

Junio de 1975. Bcn

(Foto: "Tormenta sobre Las Torcas". 
Pano de Augusto E. López Calvo)

AY, PRADERA AGOSTADA

¡Cómo mecí mis entrañas
entre el vuelo de tu mente!.
Pradera que fuiste verde
y en tu humedad refrescaba
mi lengua voraz y ardiente
y hoy gimes agostada
porque infectos rebaños
con despiadada saña
clavaron traidores sus zarpas
en la niña húmeda
del ojo joven y amado.
¡Verde esperanza, pradera mía!.
Ay, cuántas lágrimas trataron
de acallar esos gemidos
ya grises y ya cansados.
Pradera de vida triste
ya sin besos, sin saliva
bálsamo dichoso
en insomnes tinieblas.
¡Implora lluvia!.

Junio de 1975. Bcn


("La chica del antifaz")

AZULES RUEDAN LOS DÍAS

Es posible que el azul
de los días pasajeros
duerma en tus ojos
mientras canto líricos poemas.
Ruedan palabras silvestres
por un recóndito cosmos
de vida misteriosa
sin luz ni sombras
con fuego ardiente
y delicias a la carta
entre minutos sabrosos
y envuelto por los deseos.
Inexplorados vocablos
añoran el sentido
que la soledad volátil
cual sedienta paloma
busca y no encuentra
y desea encontrar y busca
y sueña bajo el sol
y no duerme porque el día
es tan claro como el ansia
y el ansia espera
ver dormido al día
para que en la noche
tal vez despiertes
y me ames, a la postre.
Tal vez.

Junio de 1975. Bcn

(Foto: "Juegos florales", de Serafín Pan Falagán)

IMPLORO TRISTE…

Me hiere un mordaz deseo
como esa patada en el bajo vientre
que aquella traición lanzó
a la bola trasparente
de ilusiones hoy grises y vanas.
¿Por qué duerme el amor
entre delicadas flores?.
Imploro triste al viento
que descubra espinas
en los jardines  floridos
tejidos por el amor…
y el viento calla.

Mayo de 1975. Bcn

(Foto: "Ermita de la Virgen de Castrotierra 
desde Santibáñez de la Isla", 
de Augusto E. López Calvo)

TRAS LA ESTELA DEL AYER

Inmóvil como el bastón caído
reprimo el llanto
que un recuerdo enciende
en la oscuridad del cuarto
entre imágenes infaustas
y en la soledad siempre presentes
como la guerra que se anuncia.
El odioso ruido
de un ascensor chirriante
no detiene el agobio
lo acrecienta
porque el color de mi esperanza
sólo es negro cual tumba lóbrega.
Sé que vivo y viviré
entre todo cuanto existe.
Sé que el dolor
es epílogo del dolor
y no quiero sonreir
pues de esas sonrisas
nacen mis tristezas.
Y sin embargo hoy quisiera
dormir eternamente.

Junio de  1975. Bcn

("Divino de la muerte")

 COMO LA RUEDA

Sin llorar dijo adiós
al sueño pasajero que sintió.
Sin muecas doloridas
besó los labios amados
porque tras ella siguen las alcobas
siendo íntimas y oscuras.
Sin afanes ni pudores
abrió los labios carmín
para susurrar palabras
mas nunca dijo “te espero
pues la rueda gira y gira
hasta volver al olvido.
Pasan los días sin pausa
y sus ojos los recuerdo:
otean los intereses
los placeres de aquel tiempo
la estrategia a seguir
en la nueva era.
Y yo relajado duermo
entre violetas vivas
sobre parterres glaucos
con la esperanza escondida
tras las horas muertas
presta a dar el sobresalto
que yo anhelo y ella ignora.

Junio de 1975. Bcn

(Foto: "Espadaña bajo amenazantes cirros", 
de Augusto E. López Calvo)

ENTRE LA ESPESA NOCHE

Ayer viste mis puños cerrados
e imploraste calma.
¿Cómo dormir en negras noches
cuando el odio y  las lágrimas
empapan mi cuerpo agitado?.
Tú has vivido mis caricias
en tardes silenciosas
y has vibrado entre mis brazos
 vehemente y encendida
y llegaste a rechazarme
en largos minutos de pánico.
Déjame vivir a solas
la furia de mi bestia viva
el odio del corazón rasgado
maltrecho y escarnecido
la fuerza fiera
de mi joven cuerpo
que tantas veces te dio cobijo.
Déjame arrojar de mi vida
indulgentes caridades
y puras intenciones
de pobrecillos pedantes.
Ya tomé sus medidas.
Déjame y piérdete
mas nunca me olvides.

Junio de 1975. Bcn

("Sofá para dos")

¿Y ME PREGUNTAS POR QUÉ?

Siento temblar tu mano
cuando quiere acariciarme.
Los rugientes leones
atemorizan tu marcha
por las extrañas aceras
donde tu sombra se viste de culpa.
Te pregunto si duermes
y me contestan tus ojos perdidos
entre las negras nubes
de una inquietante tormenta.
¡Dime algo, amada, dime algo!.
Todo inútil.
Palpìta tu corazón esclavo
amarrado a las cadenas
de déspotas tradiciones
decrépitas y opresivas.
En ocasiones me ves furioso
¿y me preguntas por qué?.
Dame tu mano
porque tu mano se ha hecho
para estar entre mis manos
y por las extrañas aceras
ya libre de toda culpa
acariciar mi cabello
y mis mejillas y cuello
y rodear mi cintura
con delirio y  con deseo.
Dame tu boca
porque tus labios se han hecho
para fundirse en los míos
 y que la hoguera del sexo
se encienda en llamaradas.
No temas, están amarrados
los rugientes leones
y la piadosa culpa
 que detienen tu marcha.
Pero si te apeno, vete.

Octubre de 1974. Bcn

(Foto: "La brocha de Dios", de Serafín Pan Falagán)

LA CRUZ

Es la cruz de los siglos
mi amiga amada
donde mis manos abiertas
esperan cerrarse vengativas
por esas dos lágrimas
siempre olvidadas
en las noches ardientes
de sueños lejanos.
Ahí, en el inmenso espacio
vagan dos ojos brillantes
en busca del pasado
entre borrosos paisajes.
La pasión de un susurro
hiere el aire:
¡amor, amor, amor!.
Mas un cercado de espinas
cierra el hermoso jardín
donde duerme el deseo
entre flores marchitas
que fueron muy bellas.
Es la cruz de los siglos
mujer, mi amada amiga.

Noviembre de 1974. Gavá (Bcn)