Páginas vistas en total

01 agosto 2015

Mi patria


Mi patria es la del laurel
la de rosales y azucenas
 al alcance de mis manos
con sus dedos y sus yemas
que palpan dones tangibles
mientras los pardales revolotean
y los gatos en las veras del tejado acechan.
Mi patria es la del grano que no hace granero
aunque ayuda a su compañero
y todos hacen despensa
que alimenta identidades hondas
de aquí bajo y ahí al frente.
Cerca, sensual y muy mía es mi patria.
Mi patria es la del que empuña el útil preciso
y atornilla los bancos del parque compartido
(tampoco mucho,
no vaya a tirar por tierra
mi bien ganada fama de vago)
y no la de quien se envuelve en banderas.
Las banderas que las lleven otros
más investidos de furor patrio
los bueyes de la carreta con orgullo engalanada
donde viaja la tribu
a sus blasones ceñida
sin sombra de disidencia
que tutelan sus guardianes, culpables
sin presunción de inocencia
de acrítico gregarismo
o cuando menos vasallos
al servicio del patrón
tal vez algún medrador
deslumbrado por el oro
que relumbra en las insignias.
Las banderas son moqueros
donde se suenan los mocos
afectos de fiebre, delirios
y ardores identitarios.
Yo, como mucho, pujaré el pendón de mi pueblo
y sin excesos que desloma.
A mi edad ya no tengo por qué
galantear con mis atributos de sexo
en esa hermosa metáfora, sí
del mástil enhiesto
porque ya me convencí
que quien o quiena (Vds. eligen) me los trate bien
seguro tendrá recompensa.
No, ya no gusto de jugar
a ver quién la tiene más larga.
Mi patria es, en total, cada palmo y cada paso
de los que doy donde me muevo
es el embeleso con mi río
sus nutrias, barbos y truchas, que volvieron
hermosa patria ahí a escasos metros.
Mi patria soy yo y mis cercanos
de cualquier reino de la naturaleza
capaces de desatarme emociones
aquí en mi breve e infinito espacio
que a cada instante abrazo.
Mi patria cada día es una
y siempre vuelve a mi cuna
justo allí donde empezó
sin que grandezas mayores o menores
de imperios inabarcables
enciendan en mí fuego alguno.
O muy poco y en ocasiones contadas
momentos que la masa informe
envueltos en sus banderas
(ésas suyas, que para mí no quiero)
siempre los torna en sarcasmos.
Mi patria soy yo y lo que a mi antojo elija.
Que no me la fabrique nadie
que ya me la fabrico yo.
Y tengo valores incluso morales, también propios.
Por si acaso.
Mi patria sí es de este mundo
es aliento que me envuelve
y por el que cada instante vivo.
Mi patria la llevo puesta
y no la tengo por arma arrojadiza
ni redentora de nadie
pues uno es quien hace patria
y no la patria quien hace a uno.
¿Se entiende?.

******************

28 julio 2015

El diccionario mágico

¡¡¡Publicación sugerida!!!


( Relato dedicado a Helena Román Garrido, a su compañero David y, por extensión, a su hermana Irene y sus padres Mamín y Jose, nuestros amigos. Elche. )

-I-

      Por la cabeza de Ariana pasó aquella tarde de sábado todo un compendio de su aún joven vida. Sobre el trabajo, la semana trajo la misma vacuidad de siempre. Nada. Ni un solo hueco por el que colarse -así fuera de rondón- en la vocacional y al mismo tiempo ardua tarea didáctica. Bernardo, su novio, poco a poco íbase abriendo sendas de cierta solidez en el mundo de la comunicación y la imagen, para el que ciertamente tenía talento. Pronto la pareja de tortolitos mudaría a nido propio, hito tan atractivo para ambos, como de sentimientos encontrados para los padres de Ariana. ¿La perderían en parte, o se la quitarían de encima?. Las múltiples actividades y posgrados que Ariana realizaba en las horas extra de su cada día debían ser replanteadas. Los temas de opositar se los sabía incluso al dedillo, de tanto tocarlos. El italiano ya lo aprendía hasta por ósmosis. Ah, y el alemán meses atrás aparcado…, ¿qué hacer con él?. Tiempo ha, unos amigos de la familia le regalaron un diccionario de ese idioma, tal vez con la secreta intención de incitarla a continuar con su estudio. Se acordó de él y buscó en su biblioteca hasta encontrarlo. Bernardo, por su parte, ya se había abandonado de cuerpo entero en los brazos de Morfeo. Ariana abrió el diccionario y, mojando el dedo corazón en su saliva, pasó y pasó páginas, entreteniéndose ocasionalmente en alguna desconocida palabra. Una sensación narcótica sacudió su cuerpo de arriba abajo. Cada vocablo en el que se fijaba se transformaba como por arte de magia en una película tridimensional que disfrutaba con inusitada intensidad. Tan grata le estaba resultando la experiencia que, rauda cual saeta india y para que no se disipase el embrujo, buscó la palabra “cine”. Leyó “Kino” y no leyó nada más, pues de forma súbita su cabeza cayó desplomada sobre la mesa, quedándose profundamente dormida.

-II-

      Para seguir su costumbre, a ojos somnolientos de Ariana el domingo amaneció tarde, pero cargado de una extraña paz y un inquietante silencio. Nada rebullía a su alrededor, salvo Bernardo, quien de vez en cuando se revolvía en el lecho entre muecas y resuellos. Se desperezó, frotó con la mano en puño sus oculares cuencos, pasó agua por su cara y acudió a la cocina. No aparecía nadie por ninguna parte. Tampoco en el salón ni en las habitaciones. Se habían esfumado todos. Llamó a su abuela Andrea y allí nadie respondió. Las piernas empezaron a temblarle y se vio invadida por una gran inquietud. En una de sus agitadas idas y venidas por el pasillo advirtió que, sujeto entre el marco y la pared, un papel doblado pendía del hermoso cuadro de tonalidades grises y amarillas del comedor. ¿Sería una nota de sus padres?. Respingó y corrió a cogerlo. Ávida como el hambre misma, lo leyó. Contenía un críptico y también esperanzador mensaje que decía:

TU FAMILIA ESTÁ Y ESTARÁ BIEN. LOS RECUPERARÁS A TODOS SANOS Y SALVOS, PERO SÓLO OBTENDRÁS LA PROTECCIÓN DE UN HECHIZO BENIGNO SOBRE ELLA, SI EN EL PLAZO MÁXIMO DE 60 DÍAS CONSIGUES DESCIFRAR TODOS LOS ENIGMAS Y ALCANZAS CADA UNA DE LAS METAS DE TU VIAJE. AH, Y GUARDA ESTE SECRETO, SALVO A OÍDOS DE TU COMPAÑERO. PARA EMPEZAR, UNA FÁCIL ADIVINANZA:

En el porche de Levante


donde el viento es caricia


con el mundo por delante


vuestro viaje se inicia.

      Ariana despertó a Bernardo y le mostró el criptograma. Debían trazar un plan, pues algo extraordinario les estaba sucediendo. Decodificaron cuanto pudieron y enseguida se vieron armados de pertrechos varios, incluidos los propios de filmar -claro está- y se dispusieron a iniciar su insólita odisea. Sin saber muy bien cómo, aparecieron frente a la verja de la segunda residencia familiar. ¿Sería aquel el “porche de Levante” al que hacía referencia el texto?. Un peculiar personaje les había acercado con su coche, desde el cercano apeadero de Torrellano. Les habló mucho de cine como afición compartida con la pareja, e incluso les cantó alguna canción sobre cine de algún gemiautor al uso. “Cine, cine, cine, cine….”. Santo y seña, sin duda. En la casa nada ni nadie se movía. Durante cinco eternos minutos esperaron con la mente sembrada de preguntas como garfios. ¿Se habrían equivocado?????????????. A punto estaban de retomar la búsqueda por otra parte, cuando un adusto caballero de barba blanca y atuendo marinero, gorra y pipa, se acercó y les pidió que lo acompañasen, no sin recitarles antes el vocablo “cine” por cuadriplicado. Confiados le siguieron cuesta arriba por una callejuela que conducía a una rotonda ciega, donde les esperaba un globo aerostático dotado de todo lo elemental para sobrevivir sin agobios. Se aprestaban a embarcar, cuando un pájaro de buen agüero dejó caer un regalito sobre la cabeza de Bernardo. Se temieron lo peor, pero no, sobre la cabeza de Bernardo había caído un canuto con un papel envuelto en su interior. Subieron a la holgada barquilla del globo y, antes de soltar lastre y tomar cielo, abrieron el mensaje:

Rumbo norte


a la dehesa


donde el abuelo ausente


añoraba a su princesa.


      Cogieron rumbo norte sin saber todavía nada sobre su destino. Sobrevolaron pelados serrijones, vastos viñedos y espesos bosques de conífera mediterránea. Con la sensación de un ser alado y libre, Ariana dejaba acariciar su delicado rostro por el aire, en tanto barruntaba sobre el significado de “la dehesa”. Intuía que no se trataba de la extremeña ni de la charra, así que con toda su dulzura ordenó amablemente al comandante Licitán (que así se hacía llamar quien los conducía) enfilar dirección al Cantábrico oriental. No tardaron en aparecer masas arbóreas de encinas y campos salpicados de verdes prados y polícromas flores. De exultante primavera, a bien decir. Descendieron y pasearon por el hermoso paraje. Vadeaban un cristalino arroyo, cuando a lo lejos divisaron una venerable anciana que reposaba en la ribera a la sombra de un álamo, mientras bañaba sus pies al arrullo del inquieto riachuelo. Era la abuela Andrea. Tenía un aspecto radiante y no supo explicar nada, salvo que siempre tuvo el deseo de visitar aquellas tierras toledanas, donde su difunto marido había pasado el difícil periodo de la guerra civil. En La Nava de Ricomalillo la habían tratado como a una princesa, guiándola uno u otro vecino a todos aquellos lugares de su interés que quiso visitar. Alegres cual gorriones saltarines en un ocaso de verano, disfrutaron del entorno, de aquel paisaje abierto y al tiempo de la tupida floresta. Todos bañaron sus pies y refrescaron sus sienes y mejillas en las aguas -tan prístinas como menguas- de ese arroyuelo de los Montes de Toledo.

      Con la abuelita ya recuperada volvieron por donde habían venido. Sin embargo, donde el globo tomó tierra ya no estaba. De nuevo sin pistas, sin lugar al que dirigirse ni medios para hacerlo. Que Dios proveyese. Un gañán de alguna de aquellas ganaderías se les acercó, e interesándose por su situación de extraviados, se ofreció a acompañarlos al pueblo más cercano. Bernardo oteaba a diestro y siniestro y escudriñaba entre las tapizadas lindes del sendero. En una de sus incursiones oculares atrajo su atención un zeppelín aterrado en una chacra del sotobosque. Tenía inscrita la leyenda “Cine, cine, cine, cine….” Allí deberían dirigirse. A su llegada fueron recibidos por el ya conocido comandante Licitán y otra tripulante con pinta de asistenta estricta, la cual sin duda estaría con ellos para tomar los cuidados de la abuela. Dentro de las limitaciones que imponía el reducido espacio, el interior del zeppelín presentaba un aspecto confortable y de cierto lujo. La cama de la abuela era, no ya de princesa, sino de reina misma y para dormir como tal. Todos fueron informados por el comandante que continuaría a su servicio, pero no podrían despegar, en tanto no se interpretase el mensaje del que era depositario:

Italianos y franceses


son


y también son tiroleses


y su son.

      Con su proverbial (y real) agilidad mental, Ariana de inmediato descifró un primer destino. No le cabía ninguna duda que se trataba de los Alpes. La abuela por otra parte ya había sido asaltada por la asistenta, quien más que cuidarla la tenía secuestrada. Por fin el globo inició su andadura. Cruzaron los Pirineos aún nevados en sus cimas. Las bocas del Ródano escupían aguas terrosas dos kilómetros mar adentro. El domo de Milán. Algo más adelante comenzaron a emerger enormes rocas esculpidas de hondos glaciares y vestiditas de blanca novia. Sobrevolaban los Dolomitas. A la jornada siguiente aparecieron a sus pies cimas esbeltas, con praderas preñadas de flores tendidas en sus faldas, y hasta una bucólica señorita -saya al viento- correteando prado arriba. Volaban sobre un pueblo de gran tipismo y enorme bullicio que parecía estar en fiestas. Un desfile encabezado por una orquesta de músicos peculiarmente indumentados recorría la calle principal y despertó la curiosidad de Ariana. Pidió entonces al comandante descender y todos se dirigieron a presenciar el jolgorio de la calle principal. Su sorpresa alcanzó ribetes gloriosos al verse recibidos con honores por una banda tirolesa; quienes, dejando de lado por un momento sus agudos grititos, los recibieron al son de un fragmento del “Misteri”. Ariana comprendió que en la orquesta estaba la clave (con tanto son) y aquel era el lugar. En un alemán que Ariana entendió, el director que los guiaba les hizo la inapelable propuesta de unirse todos al bullanguero cortejo. Un baño de multitudes agolpadas en las aceras rindieron un caluroso homenaje a los bienvenidos y bienhallados españolitos. Media hora más tarde llegaron al complejo escolar de la localidad, donde se les invitó a entrar. En una sala muy bien acondicionada del académico edificio dieron con Isalba, quien en aquel lugar, con sus niños y sus gentes y sus tartas, había sido muy feliz. Y aunque ahora la alegría por haber encontrado a los suyos la desbordaba, no dejaba también de sentir pena por ese lindo muchacho con el que compartió quién sabe cuántos buenos momentos. El pueblo entero despidió a Isalba y su familia con otra atronadora ovación, tras unos sones de la banda apostada a la puerta del recinto. Después cenaron y durmieron largas horas.


      Cuatro landós de doble tiro, con los caballos enjaezados y enganchados para rodarlos, esperaban aquella mañana a los afortunados viajeros. Tres correspondían a los pasajeros (la abuela y su sargento, Bernardo y Ariana e Isalba sola, que el comandante había vuelto a esfumarse), y el cuarto para la intendencia. Y todos con su servicial y cortés cocherito, dirigiendo y asumiendo el mando de la marcha quien en cada momento condujese el primer carruaje, junto con la propia Ariana. Partieron y se perdieron sin rumbo fijo en un bosque alpino, si bien se vieron siguiendo el curso de un hermoso y torrencial río. ¿Cuál sería ahora su destino?. Escudriñando en uno de los fardos laterales del landó en el que viajaba, Isalba encontró -cómo no- una nota con otro enigmático texto:

Junta aguas de tres ríos


pasa uno de aguas tierra


entra otro bien azul


y un tercero de aguas negras.


Passau  -pensó Isalba- es Passau, pues unos amigos le habían descrito con todo lujo de detalles la ciudad de los tres ríos. Avisó a su cochero, quien con un estridente silbido detuvo toda la caravana. Bajó, habló con Ariana y ésta informó al cochero que en esos momentos abría la comitiva de la dirección a tomar. Después de todo, al seguir el curso de aquel río, la ruta era la correcta y ya viajaban en dirección a Passau. Llegaron al anochecer y aparcaron en una explanada, frente a la cual se erigía un acogedor albergue rodeado de jardines afrancesados, en el que cenaron y pasaron la noche.

      Al día siguiente los landós, como era de prever, habían desaparecido. Visitaron entonces el centro de la urbe y pasearon por los muelles del puerto fluvial. En el muelle Adenauer Kai, Ariana oyó que un marinero tarareaba el tema “Cine, cine, cine, cine…” del famoso gemiautor hispano-filipino. Se aproximaron al lugar y allí se encontraron de nuevo el comandante Licitán. (¿deberían llamarle a partir de ahora almirante?), el cual les invitó a pasar al interior de un navío de confortables aposentos, en el que los pasajeros ya conocidos por reiterados se acomodaron según instrucciones de la tripulación. A lo largo del trayecto tiempo no les faltaría para buscar y descifrar arcanos. Bajaron Danubio abajo, Linz, Melk, Viena. En esta ciudad atracaron en el muelle Handels Kai  y durante unas horas la visitaron. Un panel luminoso con la inscripción “Atos Berg. Meditation Zentrum” llamó la atención de Ariana, tal vez porque combinaba vocablos de lenguas clásicas que ella bien conocía, con otros de caracteres y morfología anglo-germánica, que no le resultaban tan familiares. Regresaron al barco y zarparon río abajo. Tomaron el sol, platicaron, discutieron. Isalba se encargó de recordarles a todos pasados viajes arqueológicos por otros ríos navegables y todos entendieron dónde deberían buscar al padre. Pero, ¿y la mamá?. En sus adentros Ariana presentía que su madre -la muy sibarita- podría andar por Grecia, así que se dirigió al comandante (¿o almirante?) Licitán y le sugirió tomar ese rumbo. Atravesaron el delta del Danubio, con sus brazos muertos plagados de nenúfares, y el Mar Negro y el Bósforo y el Dardanelos y –al frente– el Mar Egeo. Enfilaron hacia las penínsulas del este griego tras un carguero identificado con el epigrama "Monte Atos Katounakia". Por supuesto, Ariana captó el detalle y, acudiéndole entonces a la cabeza el anuncio publicitario de Viena (Atos, Meditation…), hizo detener el barco en una cristalina bahía esmeralda, desde la que se divisaban colgados en las rocas un par de majestuosos monasterios. Por una empinada escalinata de piedra ascendieron hasta uno del que brotaban bellas salmodias de los monjes ortodoxos. Allí, en medio de aquel halo místico de liviano silencio sólo roto por los cánticos, una embelesada dama ataviada con un velo contemplaba y participaba en el piadoso rito. La emoción embargó sus almas hasta el arrebato. Era la mamá Elvira, quien durante quién sabe cuánto tiempo había tenido al monasterio por morada, disfrutando del retiro y de la paz, de rezos y salmodias, de vísperas y maitines (o sus análogos), de saunas, baños con barro y masajes de avezadas señoritas y hasta de un señorito. Nadó también en aguas turquesas e incluso, en un inusual alarde deportivo en ella, había ascendido al Monte Atos, desde donde contempló la sobrecogedora hermosura de las azules e imponentes bahías del Egeo.

      Tocaba ahora rescatar al padre, al que todos sabían ya dónde buscar. Seguirían en el mismo barco en dirección al delta del Nilo, dejarían Alejandría y, río arriba como alguno de los que viajaba recordaba de pasados periplos, remontarían hasta donde el destino les llevase. En un tramo de la ribera la abuela advirtió la presencia de un nativo con una palma como las de Elche en su mano izquierda, particularidad que a Andrea emocionó sobremanera. El comandante, a sugerencias de Ariana, aminoró la marcha y fondeó donde pudo. Quería saber quién era aquel hombre y lo primero que oyó de su boca fue la cantinela “Cine, cine, cine, cine…”, entonada con un peculiar acento extranjero. De inmediato los guió hacia un destartalado hangar, donde esperaba un verdadero parque móvil de camellos y una litera con cuatro porteadores para transportar a la abuela cuando lo estimase oportuno. Elvira dio órdenes al jefe de la expedición para que se dirigiese a las ruinas y destrozos más próximos que hubiese por el lugar, y allí -en efecto- estaba Orencio rodeado de pedruscos y extravagantes herramientas. Tan absorto se hallaba en su afición que ni advirtió la presencia de los suyos, hasta que éstos se abalanzaron sobre él para estrujarlo de amor. En realidad era quien menos había añorado a la familia, no porque no la quisiese -qué sandez-, sino porque las piedras y monedas a este hombre me lo embobaban. Así que por ello tendría un pequeño (?) castigo. Se encontraban pues todos juntos, habiendo cubierto con éxito hasta la penúltima etapa. Faltaba la última y sólo restaban tres días para la caducidad del hechizo benefactor. No obstante, debían estar tranquilos porque el “mequedecomoestoy” ya lo tenían ganado.

      Caminaron durante dos días y tres noches por aquel mar de arena, del que ocasionalmente asomaba alguna roca para desafío del viento y a su merced. El guía desapareció con sus camellos y sólo permanecían los cuatro porteadores de la litera de Andrea. Cada vez que alguien sentía o pensaba en la necesidad de un oasis, allí delante se les plantaba uno y además con todas las comodidades. Al final de la tercera noche, muy de madrugada (les quedaba medio día), Ariana se despertó sobresaltada por un insólito y cercano silbido. En las lindes del oasis una cobra (“la que se levanta”, la misma y mítica “Uraeus” o “Uraios”) siseaba y contorsionaba su alargado cuerpo con sugerentes movimientos que parecían invitar a seguirla. Con sumo cuidado y sin movimientos bruscos los despertó a todos, advirtiéndoles de tan turbadora presencia. Pasado el susto, Ariana recordó ipso facto un jeroglífico que en este último tramo de su andadura había observado en unas ruinas, el cual cobraba ahora todo su sentido y -por fin- creía poder enunciar su contenido:

Del ofidio en su guarida


tras las huellas del reptil


hallaréis en su cubil


vivir sin cargos la vida.

      Debían pues seguir al espeluznante bicho, el cual inició su camino hacia un destino misterioso con un reptar tan ágil y saltarín que en cada uno de sus movimientos proyectaba partículas de sílice a sus espaldas. Pronto llegaron a un pequeño promontorio de arena frente al que se apostó, se irguió como señala el mito, se contorneó con delicados movimientos ondulantes, de modo que parecía estarles señalando el destino final, retirándose poco después y perdiéndose en la inmensidad del desierto. El intrépido Bernardo, más acostumbrado a asuntos campestres, se acercó y con toda la prudencia (no fuesen a aparecer más bestias como aquélla) escarbó en la arena y enterrado en ella apareció un ventanuco de hoja envejecida y deformada. La empujó y en aquel mismo instante una fuerza sobrenatural a modo de tornado místico los absorbió a todos y los transportó a un fastuoso palacio forrado con paños de oro en sus paredes, con columnas de plata maciza, con capiteles compuestos y descompuestos, con jeroglíficos por aquí y por allá que ya no haría falta interpretar, y -sobre todo- con monedas, muchas monedas. Tantas, tantas monedas que incluso Orencio, poco dado a frivolidades que él no solía permitirse, acabó por solazarse con el juego de la lluvia de monedas. Al fin, después de tres agotadoras jornadas y con apenas una hora de margen para finalizar su mágico plazo, habían alcanzado la última y definitiva etapa. En medio de tanta opulencia y con las nociones de espacio y tiempo del todo perdidas, cada uno buscó un rincón a su antojo y acomodo donde descansar apaciblemente.

-III-

      Esa mañana de domingo Ariana se levantó tarde, como de costumbre. El silencio imperante en el piso hizo que el corazón le diese un par de vuelcos bruscos. Salió y repasó las estancias y no, allí estaban todos, unos dormidos y otros en silencio para no perturbar el sueño de quienes dormían. Llamó después a su abuela que se encontraba radiante en compañía de su vecina y confidente, a quien estaba relatando un sorprendente sueño de alguna de las noches pasadas. Desde lo más hondo del diafragma de Ariana salió un resuello de alivio y laxa cayó sobre el sofá con todo su exiguo peso. Aprestábanse para sentarse a la mesa y comer, cuando en ese instante sonó el teléfono. Al otro lado de la línea un joven con acento foráneo preguntaba por Isalba. Tomó ésta el aparato y, tras una breve introducción en castellano, acabó hablando en un fluido alemán, o algo parecido. Tiempo atrás Ariana había iniciado su estudio y ahora era Isalba quien lo peroraba como el mismísimo Goethe. Empezaban de nuevo con los sobresaltos. Sobre la mesa vio Ariana su mochila del Coronel Tapioca con unos discos que contenían grabaciones desconocidas. Una irrefrenable curiosidad la empujó a instalarlos y ver su contenido, comprobando estupefacta que en ellos se había grabado toda la película de lo que creían haber soñado. Lo mostró a todos y nadie entendía nada. Tampoco Isalba y su repentino don para los idiomas. La tarde del domingo trajo más sorpresas. Otra llamada anunció a Ariana que el martes por la mañana debería acudir a una entrevista en un centro educativo muy próximo a su domicilio, donde firmaría un contrato como enseñante hasta final de curso, con muchas posibilidades de renovación al curso siguiente. Resultaba insólito recibir una llamada de esta índole una tarde-noche de domingo, pero ya se habían medio acostumbrado a estas fuertes impresiones. El día iba feneciendo, tanto como crecía el desconcierto de la familia. La mañana del lunes, también como de costumbre, Orencio acompañó a Elvira a su trabajo en el colegio, el cual -para estupor de ambos- ya no era un colegio, sino una planta de envasado de alcachofas y brécol. No preguntaron nada, porque nada podrían responderles. Mejor callar, no fueran a tomarles por orates. Traspuesta por la conmoción, Elvira no quiso quedar sola y decidió acompañar a su marido a una representación de calzado previamente programada. El lugar, familiar sin duda para Orencio, no era como lo recordaba y la tienda ya no existía, habiendo en su lugar un locutorio para sarracenos. ¿No se estarían volviendo locos de verdad?. Desorientados, sin trabajo y sin saber qué hacer no se les ocurrió nada mejor y optaron -a la sazón- por acudir a su banco para repasar cuentas, pues según parecía se avecinaban tiempos de zozobra. Al llegar, el director con tono solícito, casi servil les invitó amablemente a pasar a su despacho. ¿Mal, o buen fario?. Preguntó qué les traía por allí y al contestarle que venían a revisar sus cuentas, les explicó que no debían preocuparse, ni ahora ni el resto de su vida. La cara de pasmo con la que debió ver a la pareja llevó a comprender al director que tal vez no estuviesen del todo al corriente de su suerte, así que les pidió que lo acompañasen. En una de las cámaras acorazadas, un emir   -por supuesto- sarraceno y con cara de pocos amigos, pero muy amable, había depositado un aval en forma de preciados cofres, por una cantidad sin límite. Accedieron al interior donde bien custodiados, protegidos por una vitrina cerrada con candado y blindada a cal y canto (mayormente para evitar tentaciones de las que uno pudiera después arrepentirse), hallábanse dos cofres abiertos con dos o tres metros cuadrados de monedas de inmenso valor, pero que no podían ser tocadas porque entonces perderían su hechizo bienhechor. Ése era el aval que permitiría a los viajeros de aquel fantástico sueño disponer de dinero sin límite, mientras cualesquiera de ellos siguiera vivo, y siempre y cuando no se rompiese el encantamiento por tocar las monedas. Orencio, que ahí tenía su penitencia, se giró y, por el bien de su familia, prefirió olvidarlas, o al menos intentarlo. Puerca crueldad. Regresaron a casa con un estado de ánimo imposible de catalogar ni por el más experto de los psicólogos. Dios, todo lo que les estaba ocurriendo.

      Ariana se dirigió a la biblioteca de su cuarto y miró el diccionario. No se atrevía a tocarlo por si ello pudiera desbaratar el ensalmo que todos estaban viviendo, aunque nunca nadie les advirtió que por tocarlo u ojearlo fuese a deshacerse el embrujo, y si es que era en él donde se encontraba. No resistió la tentación y lo tomó, lo ojeó y reojeó, mojó y remojó el dedo corazón en su saliva para pasar página, se fijó y refijó en “kino” y en otros muchos vocablos. No, nada anómalo le estaba sucediendo. Aprendió -eso sí- mucho alemán, aunque no tanto como ya sabía Isalba. Cansada se retiró a la cama y, abrazada a Bernardo, durmió plácidamente. Mañana martes tenía concertada una esperanzadora entrevista.

FIN

El Diantre Malaquías

25 julio 2015

Mi pueblo es... muy antiguo


(Santibáñez de la Isla, León. Foto de Serafín Pan Falagán)

      Mi pueblo es muy antiguo. Es tan antiguo que la iglesia parroquial data del siglo XVIII, como pronto. Pero no es lo único. También hay mentes pensantes (singularmente pensantes, o así) que apuntan a fechas tanto o más remotas. Todo un orgullo para mi pueblo. Por eso quieren mantener al pueblo tan antiguo, sobre todo de puertas para fuera, que es lo que se ve. Obvio. Sin ir más lejos (lo habitual), pretendieron durante mucho tiempo conservar las calles tan antiguas como cuando las pusieron allí por primera vez. Rehabilitándolas -eso sí- de ser necesario, con materiales de relleno que siempre se utilizaron. Es lo suyo, ¿no?. No es mezquindaz ni avaricia, ¡leches!, como las lenguas de áspid comentan. Quiá. No es cosa de dinero, sino de arte. Al fin y al cabo, el dinero para ellos no tiene ningún valor. Tanto consumismo, ni consumismo. Ellos, brillantes donde los haya, el dinero no lo quieren para nada y por eso lo tienen a buen recaudo e inmovilizado. Tan desprendidos son (y otras cualidades) que ni consumen por no moverlo. Como mucho lo cuentan cada poco, pero tal que una simple diversión, desde luego más barata que perder una partida, ya sólo digo a la brisca. Tampoco quieren destacar, pues son muy humildes. Estoy seguro que, caso de proponérselo, declinarían cualquier invitación a presidir comités honoríficos contra la peste del consumo. Ellos y la perla de su inteligencia a salvo de banales adulaciones.
      A algunas de estas mentes cayóles la desgracia de haber pavimentado sus calles y ellos, militantes de lo antiguo, se opusieron tanto en su momento, que ni siquiera pagaron cuanto les hubiera correspondido. Contra consumismo, “resistismo”  (vaya expresión más gilipollas, ¿verdad?, aunque quizá no tanto). Dieron una verdadera lección a ésos que venga a gastar. Como los nuevos ricos, a los que les sale dos veces lo que les entra. Su gran pena ahora es tener una calle arreglada y ya nada antigua, aun a pesar de no haber pagado. Un dinero ahorrado de forma completamente inútil. Son mentes merecedoras de honores, aunque ellos (van finos quienes esperan la recoletilla/as, que voy de antiguo) los rechacen. Además, si por dinero fuera, no habrían derrochado tanto cemento en algunas plazas públicas, como así han hecho. ¿Agarrados?. Pues toma cemento. Han quedado plazas duras, duras, tan duras como la cara de los que osan criticar a quienes no pagaron su calle. En un rasgo de coherencia, estas plazas y calles tan encementadas no son sino la expresión de un paisaje post-medieval, tras una epidemia de peste y lustros de aridez y sequía. Muy propia la estética. La combinación de diferentes factores arquitectónico-ambientales no permitió llegar más lejos, sin perder con ello funcionalidad. Así que no fue posible sobrepasar la Edad Media. Claro que en alguna de estas edificaciones por poco se les va la mano y -aparte de estar a punto de enterrar en cemento al ingeniero del proyecto- casi construyen una plaza de diseño que ya quisieran como de firma propia el tal Santiago Calatrava o el mismísimo Mariscal. El peligro subsiste. Imaginen que en la Plaza  de Cementos La Robla (por citar una al azar) y allá donde -por supuesto- no entorpezca las maniobras de los tractores, algún gracioso va y finca una vertedera boca arriba o boca abajo (lo mismo da, que el arte es sensibilidad libre), a modo de escultura. Vamos, que ni el insigne Chillida. ¿Y los tractores?. Ah, los tractores. Ésta es la única licencia voluntaria a la modernidad. O de las únicas. Por lo demás, esos críticos contaminados no tendrán el gusto del refocilgue morboso, pues -¡hala!- el aire de la pergeñada plaza es mucho más pre-apestoso y post-medieval (pero muy poco “post”), que no post-nuclear. Sería post-nuclear si los árboles más cercanos (a unos 500 metros) estuvieran todo el año calavéricos (y hasta cadavéricos), y no es el caso. En la joven primavera todos los almendros sanos florecen. Con queso se la van a dar a ellos, ja. Buenas son estas mentes tan lúcidas y lucidas.
     En mi pueblo las autoridades suelen tener un sentido de la autoridad muy antiguo. De entrada, ante las ideas innovadoras de los de siempre, lo primero que contestan es NO. No importa si han oído, o no, la respuesta es NO. El que manda, manda y punto (original). En ocasiones se producen pequeños consensos (osea, le dices a la autoridad “sí, vale, lo que tú digas”) y se realizan trabajos un poco en común. Hasta que unos empiezan “paquí” y los otros “pacuyá”. Así las cosas, cuando aparece la autoridad que, a voz en grito (como debe ser en toda autoridad) y haciendo uso de vocablos pelín feos, aunque cargados de autoridad; trata de poner orden en todo aquel revuelo. Ni caso. Nadie se escucha ni a sí mismo, como para escuchar a la autoridad. Si es que se están perdiendo las esencias. ¿Y qué diría la autoridad?. Pues alguna cosa diría, supongo. ¿Cómo puede saberse, si no se escucha a la autoridad?. Ha llegado a ocurrir., incluso, que algún pardillo se taja el dedo con una guadaña (un decir), que sólo de un tendón le pende, y unos “paquí” y los otros “pacuyá” y el pardillo desangrándose. Si hubieran callado para oír decir a la autoridad “¡llamen a un médico”! (un suponer), pues nada malo sucedería y el chaval se quedaría con el dedo. Parece haberse olvidado lo de donde hay patrón… Ya saben. También, y a pesar de tanto inconveniente, de vez en cuando se consigue realizar algún proyecto (una subespecie de infraobjetivo, que un día medio se propusieron casi alcanzar). Entonces la autoridad se pasea con ínfulas de autoridad, para escuchar los agasajos justos y pertinentes. Pues que esperen sentados... La gente es muy desagradecida y no dice nada. Así que a seguir mandando con toda la pesadez de la sola y única responsabilidad, que es la que vale y manda. Con decir “mira que lo que has pensado, qué pensado está”, pues se cumpliría. Ni por ésas. Si, aun en contra de esas mentes manipuladas en colegios y universidades de aquí y allá, se ubica un edificio o servicio en un emplazamiento determinado, por alguna razón será. La autoridad tendrá sus motivos. Véase, si no: “Esto irá aquí porque mis huevos están floridos”. Uy, no, no. Ahí la autoridad tuvo un lapso. Son humanos, ¿vale?. Diría: ”Lo pondremos aquí , porque cuando esté bien, bien estará”. Esto sí. A ver quién les rebate este “sí-logismo”. Tanto, tanto que si afea, que si tapa la vista, que si tal o que si cual. La autoridad y algunas otras mentes tan antiguas y privilegiadas de mi pueblo (¡qué beneficio!) lo harán como lo tienen que hacer (¡qué caray!). La verdad, mi pueblo es toda una oda al cemento. Bien conocida es la insignificante antigüedad de este material, cuyas singulares propiedades -no obstante- señalan a mi pueblo como lugar plagado de monumentos a egregias mentes, mucho más firmes (duras) y -desde luego- infinitamente más antiguas que dicha materia, y le dan un aire de conjunto “histórico-monomental”. Diría tantas cosas de mi pueblo. Si acaso, restaría sólo que todos, los de aquí y los de allá, unos y otros, autoridades y autorizados, servidores y servidos (¿quiés es quién?), en fin, todos; se sentaran a dialogar y llegaran a conclusiones comunes, lo cual no creo sea tan difícil. Con decir unos “a mandar, que para eso estais” y los otros “pues eso”, ya estaría todo solucionado. Y es que…
      En mi pueblo hay gente, sobre todo mayor (aunque alguna no tanto), con un antiguo y valioso sentido de la colaboración. Si alguien tiene la venada de realizar trabajos comunitarios con carácter voluntario y sin retribución, se ríen de él -con toda razón- y suelen tildarlo de más tonto que los demás. Los de entendimiento parco en miras pueden no comprender esta afirmación/postura, porque hay que remontarse muchos siglos atrás para entender tan atávico pensamiento. Así, en el Pleistoceno o por entonces (y no van más atrás porque ya casi no queda) nada era común y todo lo que existía pertenecía a los más espabilados y fuertes, que por defender lo conquistado hasta mordían y se arañaban unos a otros. Hombre/mujer (ay, que me paso de frenada), esto ahora no sucede. Algo siempre se pega de la modernidad, no todo puede ser perfecto, ¡caramba!, que están a la que vuela. Sin embargo se conservan las esencias más profundas y arraigadas del pensamiento; esto es, “todo lo que no pueda ir a mi despensa que se pudra y que se pierda” (la rima salióme asonante, pero la acabo de inventar por hacerme entender mejor). Tengo un par de amigos (los amigos lo son, aun a pesar de sus muchos defectos) que se empeñan en trabajar por lo común como si cobraran y desinteresadamente, sábado sí, domingo también y lunes, martes, miércoles, jueves y viernes quizá. Si, por mor de la involución en la que ha caído la humanidad, ha de aceptarse la existencia de bienes comunes, permítaseles su desarrollo según leyes naturales (mejor divinas) y no según las humanas, siempre imperfectas. No lo entienden. Con su altruismo y entrega jamás convencerán de lo beneficioso de sus acciones para la comunidad, así que no se empeñen en cambiar las lucidas (sin acento) mentes de quienes los inquieren. Esto sí es estudio de campo, evolución y desarrollo -racional- dicen. Ingenuos estos amigos míos. Para mí queda patente la futilidad de su intento cuando veo cómo alguien, habitualmente muy antiguo y cercano a los lugares donde este par de incautos realizan sus tareas, los observa en actitud y silencio de “homo ramiduensis” y con cara de no entender nada. Pero, ¿por qué no dejar morar un sapo en los bancos (puestos donde están por algún retrógrado), justo allí donde suele colocarse la almorrana?. Mientras no me caiga en la sopa… (el sapo, digo, no la almorrana). Este eslabón despistado (más que perdido) con su porte general de estudioso del asunto lo dice todo. Y pensará… Bueno, seguro que sus pensamientos son tan complejos que se me escurrirán entre los huecos de mi cerebro espongiforme; aunque estoy seguro -casi- que algo pensará. A lo peor, y en contra de la sencillez y humildad de esas venturosas mentes antiguas, lo que buscan este par de iluminados es notoriedad y satisfacción de su narciso, en forma de reconocimiento marmóreo y floral. ¿Toma ya!. Eso puede pensar alguna gente, si bien yo me precio de conocer a mis amigos y sé que no les mueve nada parecido. Sencillamente son muy buenas personas, aunque algo desfasados. No es un problema de inteligencia, no, por Dios, sólo que tienen la mente un tantín bloqueada por prejuicios culturales derivados de su dañina formación moderna. Si Millán Astray levantara la cabeza. No les extrañe, pues leen, viajan, se abren a los de aquí y a los de allá, y -claro- todo eso, se quiera o no, tiene un precio: contamina. Y aunque no busquen notoriedad (me consta bien constado), no son tan humildes como los antiguos de mi pueblo. Así que, con tanto respeto por ellos, como por todos, si alguna mente debe ser expuesta en los museos de la población es la de los antiguos, muy en particular la de aquel cuyo semblante es todito el de un “ramiduense”. No nos andemos por las ramas, leches. Como el negro de Banyoles, que ya lo quitaron los modernos de tres al cuarto. Son antigüedades muy valiosas. Mi pueblo es tan antiguo que algunos todavía hoy hacen mayor uso del cerebro reptiliano (algunos le llaman “celebro”) que no del neocórtex. Abajo el neocórtex y la modernez.

      NOTA: Vaya este escrito como homenaje a las gentes de mi pueblo, Santibáñez de la Isla (León), a las que adoro. Repito: A-DO-RO. Ocurre -sin embargo- que en ocasiones se dan comportamientos cuando menos cuestionables, por tanto susceptibles de ser sometidos a crítica; reflexiva, ponderada y respetuosa -eso sí-, pero crítica al fin. Sepan todos que no me siento autorizado para certificar inteligencias mayores o menores, pero sí creo estar capacitado para valorar  inteligencias mejor ejercidas o inteligencias encubiertas y/o inmovilizadas, y además me autorizo a mí mismo a practicar la libre expresión de mis legítimas opiniones. Sin acritud, os echo mucho de menos.


Fin

Mi pueblo

                                                           Dibujo de M. Miguélez Castrillo


El pueblo es humilde

se reza y se canta

se juega, se estudia

se sufre y trabaja.

Hay mucha alegría

y paz y esperanza.


( Poema de mi infancia )

22 julio 2015

Draculinchen und die gelsengeplagte Dame



(Eine Erzählung von Vera Krutisch. Für meine liebe Freundin Brigitte Kloiber)

      Draculinchen gehörte der altehrwürdigen Gattung der Microchiroptera an -oder einfacher gesagt- er war eine Fledermaus. Getauft wurde er ursprünglich auf den gewichtigen Namen "Dracula", da seine Eltern seit jeher eine unwiderstehliche Vorliebe für jenen transsilvanischen Grafen hatten, der sich nächtlings in eine Fledermaus verwandelte und sich dann leicht durch die Lüfte von Mensch zu Mensch schwang, um sich am Blut seiner unglücklichen Opfer zu laben. Seine in der Nacht angenommene majestätische Gestalt, die den Grafen Dracula ebenso berühmt wie berüchtigt gemacht hatte, erweckte ganz allgemein große Ehrfurcht unter den Fledermäusen und so war es nur natürlich, dass sich Draculinchens Eltern keinen besseren Namen für ihren geliebten einzigen Sohn vorstellen konnten als "Dracula". Dennoch waren es seine Eltern, die dem Fledermauskind nur allzu bald jenes bagatellisierende Diminutiv verpassten, das ihn von da an sein ganzes Leben lang begleiten sollte. Draculinchen war nämlich klein. Schon bei seiner Geburt reichte sein Gewicht kaum an die Untergrenze dessen heran, was von einem Fledermausbaby gemeinhin erwartet wird und auch später blieb er immer noch eher schmächtig im Vergleich zu seinen Altersgenossen. Zum Teil lag das vielleicht auch daran, dass seine Ernährung meist dürftig war, nachdem ihn seine Mutter abgestillt hatte. Nicht, dass es in seiner Heimat Barcelona, der großen Stadt am Mittelmeer, nicht genügend Insekten gegeben hätte, besonders in Strandnähe, wo er mit seinen Eltern wohnte. Das Problem lag vielmehr daran, dass er sich bei der Nahrungsbeschaffung als wenig effizient erwies. Vor allem was die Entwicklung seiner Flugkünste anbelangte, war nicht abzustreiten, dass sich seine Talente als nur mäßig bis mangelhaft erwiesen. Anfangs nahm sich sein Vater der Ausbildung des damals noch als hoffnungsvoll betrachteten Sohnes an, doch nach zahllosen gescheiterten Versuchen und Bruchlandungen übermannte ihn die Enttäuschung. Er schrieb das Kind schließlich als ungeschickt ab und überließ es der Mutter, die sich ihm mit unsäglicher Geduld widmete und dennoch nur sehr spärliche Erfolge verzeichnen konnte.

      Dann kam Draculinchen ins Schulalter und von da an waren es die Lehrer, die ihre liebe Müh und Not mit ihm hatten. Man konnte nicht behaupten, dass Draculinchen nicht agil genug gewesen wäre. Er wog ja auch beträchtlich weniger als andere junge Fledermäuse und hätte daher eigentlich keine Schwierigkeiten beim Fliegen haben sollen. Das Problem lag vielmehr daran, dass er an chronischer und stark ausgeprägter Konzentrationsschwäche litt. Oder um es noch genauer zu sagen, er konzetrierte sich zu sehr auf zu Vieles gleichzeitig. Während andere Fledermäuse ihre ungeteilte Aufmerksamkeit dem Empfang der von ihnen selbst zur Orientierung ausgesendeten Ultraschallwellen zuwendeten und sozusagen alle anderen Geräusche vollkommen aus ihrem Bewusstsein ausklammerten, hörte Draculinchen auf alles, was sich in seiner Umgebung ereignete. Auf den Verkehr, auf die Menschen, auf das Rascheln der Blätter im Wind, auf das Rauschen der Abwässer in den Kanälen, auf das Summen der Außengeräte der Klimaanlagen, und ganz allgemein auf die tausendundein Geräusche, die eine Großstadt eben so erzeugt. Dass er unter dieser Überfülle von Informationen auf den Empfang seiner eigenen Ultraschallwellen schlicht und einfach vergaß, konnte wohl niemanden verwundern. Und so segelte er größtenteils orientierungslos durch die Lüfte, bis irgendein hartes Hindernis seinen Flug brüsk einbremste und ihn in irgendeine nicht beabsichtigte Richtung trieb. Andererseits konnte man nicht bestreiten, dass Draculinchen ein überaus wissbegieriges und intelligentes Kind und seinen Altersgenossen auf intellektueller Ebene weit überlegen war. Seine uneingeschränkte Überaufmerksamkeit auf jedes einzelne Detail seines Lebensumfeldes lehrte ihn Vieles, was den anderen Fledermauskindern aufgrund ihres Desinteresses völlig unbekannt blieb. Doch das nützte Draculinchen beim Fliegen in praktischer Hinsicht herzlich wenig. Unzählige Male stieß er an Laternenpfähle, verfing sich in elektrischen Drähten und Bäumen und prallte sogar unsanft gegen Hauswände, sodass er mit dicken Beulen am Kopf von der Schule nach Hause zu kommen pflegte. Man hätte meinen können, er würde ununterbrochen mit anderen Fledermausjungen raufen, doch das war keinesfalls so. Seine Schulkollegen brachten ihm ein gewisses Wohlwollen entgegen, denn schließlich bildete er für sie eine unversiegbare Quelle der Heiterkeit, auf die sie nur ungern verzichtet hätten.

      Als sein zweites Schuljahr zu Ende ging und er seinen Eltern sein mit Fünfern gespicktes Zeugnis übergab, beschlossen diese, einen Nachhilfelehrer einzustellen, der seine ungeteilte Aufmerksamkeit und alle seine pädagogischen Kenntnisse ausschließlich in den Dienst dieses einzigen und inzwischen von allen anderen als hoffnungslos abgeschriebenen Schülers stellen sollte. Zu dieser Zeit war es, als Draculinchen in der Flugschneise seines Nachilfelehrers im Viertel Sant Martí seiner heimatlichen Stadt Barcelona nächtliche Runden drehte. Die gewöhnlich beflogene Route führte den Lehrer und seinen unbegabten Schüler durch eine Straße, die La Llacuna genannt wurde, was "Die Lagune" auf Katalanisch bedeutet. An dieser Stelle verlief nämlich früher einmal, vor undenklichen Zeiten, eine Lagune und obwohl davon inzwischen nichts mehr zu bemerken war, erinnerte die dort noch dichte Gelsenbevölkerung, die sich des Nachts lautlos, aber deshalb nicht weniger aggressiv auf alle Vertreter der Menschengattung stürzte, an die ursprüngliche Geländeform dieses Stadtteils. Der Lehrer hatte diese Straße absichtlich gewählt, weil er dachte, bei so vielen Gelsen musste Draculinchen doch hin und wieder mal eins dieser blutsaugenden Insekten rein zufällig in den Mund fliegen. Er hielt dies aus pädagogischen Gründen für angebracht, denn wie allen Pädagogen hinreichlich bekannt ist, motiviert Erfolg die Schüler und der Fluglehrer legte großen Wert auf die praktische Anwendung der gängigen und zum jeweiligen Zeitpunkt allseits anerkannten akademischen Erkenntnisse. Darüber hinaus ließ er aber auch den Umstand nicht aus dem Auge, dass ein paar Gelsen im Munde Draculinchens, wenn er von seinen Flugstunden nach Hause kam, sein doch recht ansehnliches Honorar vor den zahlenden Eltern rechtfertigen würden.

      Trotz allem war Draculinchens Ausbeute an eingefangenen Insekten nicht besonders beeindruckend. Stattdessen kannte er bald alle Einzelheiten der Calle La Llacuna, jeden Baum, jede Laterne, jeden Balkon, aber sein Hauptinteresse galt einem menschlichen Wesen, das er öfter auf einem der Balkons ausnehmen konnte. Dieses Wesen fesselte ganz ungemein sein Interesse. Sehen konnte er es natürlich nicht, denn Fledermäuse sind ja bekanntlich blind, aber er bemerkte dank der Ultraschallwellen doch, dass es sich um einen ganz sonderbaren Menschen handeln musste, eine seltsame hagere, vielleicht sogar magere Gestalt, die ständig wild mit den Armen in der Luft herumzurudern schien.

      Bei diesem Wesen, dessen optische Erscheinung sich Draculinchens Wahrnehmungsvermögen entzog, handelte es sich um eine Dame in mittleren Jahren, die zwar nicht aus Barcelona gebürtig war, aber immerhin schon so lange dort gelebt hatte, dass sie sich weder so richtig zu ihrer Geburtsstadt Wien zugehörig fühlte, noch zu der Stadt Barcelona, die sie adoptiert hatte und doch an beiden Orten zu Hause war. Sie lebte mit ihrem Mann zusammen, der übrigens auch nicht in Barcelona geboren war, aber fast sein ganzes Leben dort verbracht hatte, sodass er inzwischen zu einem fest ansässigen Einwohner dieser Stadt geworden war und dieser ganz und gar angehörte, auch wenn er dies nicht wahrhaben wollte und keine Gelegenheit verpasste, sich über sämtliche mit Barcelona zusammenhängenden Aspekte zu beschweren und die Stadt, sowie deren Einwohner, in Grund und Boden zu kritisieren.

      Das Ehepaar wohnte bereits seit etwa neun Jahren in einem Apartment in der Calle La Llacuna, das es nicht so sehr aus einer erklärten Vorliebe für diesen Stadtteil heraus bezogen hatte, sondern hauptsächlich, weil sein Kaufpreis unter vielen fianziellen Opfern gerade noch erschwinglich war. Ob das überdurchschnittlich häufige Vorhandensein von blutsaugenden Insekten im besagten Wohnviertel in einem Zusammenhang mit dem relativ günstigen Preis des Apartments im Vergleich zu den sonst ganz allgemein absurd überhöhten Wohnungspreisen in der Stadt stand, wollen wir hier außer Acht lassen, da diese Debatte den Rahmen unserer Geschichte sprengen würde. Tatsache war, dass die Gelsen von Sant Martí der Dame das Leben zur Hölle machten. Schwer zu sagen, ob dieses lästige potentielle Vogelfutter dieser Frau wirklich unbarmherziger nachstellte als anderen menschlichen Wesen, oder ob sie einfach ein wenig überempfindlich war und auf ihre Peiniger heftiger reagierte. Ebenso wollen wir es uns hier ersparen zu analysieren, ob die ausnehmend schlanke Figur der Dame eventuell darauf zurückzuführen war, dass sie sich im fruchtlosen Versuch, die sie umgebenden Gelsenschwärme zu vertreiben, ständig in Bewegung befand, besonders wenn sie in den feuchtschwülen Sommernächten verzweifelt etwas Abkühlung auf ihrem Balkon suchte. Bei diesen Gelegenheiten wies sie mit ihren, sich stetig in voluminösen Kreisen rundum bewegenden, Armen eine gewisse Ähnlichkeit mit den berühmten Windmühlen aus La Mancha auf, die Don Quijote im Delirium seiner Persönlichkeitsspaltung für bedrohliche Riesen gehalten hatte. Kein Wunder also, dass sie Draculinchens Aufmerksamkeit erregt hatte.

      Ihr Mann, ein schon seit langer Zeit praktizierender Psychologe, hielt seine Frau für einen klaren klinischen Fall von Hysterie. Jedesmal, wenn sie von einer der allzeit gegenwärtigen Gelsen attakiert wurde und sich der Stachel einer dieser widerwärtigen Blutsauger in ihre empfindliche Haut bohrte, stieß sie einen spitzen durchdringenden Schrei aus, der ihren Mann zusammenfahren ließ.

–Nun stell dich doch nicht so an!- rief dieser dann verärgert aus, -Du schreckst mich noch mal zu Tode mit deinem Theater!-.

      Ob er nun Recht hatte oder nicht, seine Zurechtweisungen hatten jedenfalls zur Folge, dass sich seine Frau unverstanden und lieblos behandelt fühlte.

      Im Laufe der Jahre hatte sie das gemeinsame Schlafzimmer in eine Art militärischer Festung gegen die ständigen Angriffe der Gelsen verwandelt, die sie mit einer Reihe von Waffen abzuwehren versuchte, wie Gelsenstecker, Anti-Gelsen-Kerzen, Insektenspraydosen und zuweilen hatte sie sogar schon die Möglichkeit erwogen, ein paar fleischfressende Pflanzen anzuschaffen und neben ihrem Bett aufzustellen. Ihr Nachtkästchen war randvoll gefüllt mit einem umfangreichen Arsenal von Medikamenten gegen Insektenstiche. In bunter Vielfalt fanden sich dort Autan-Fläschchen, After-Bite-Stifte, Kortisonsalben und Antihistaminika-Tabletten. Zwar trug sie mit ihrer zwanghaften Ansammlung pharmakologischer Mittel ungemein zum blühenden Geschäftsgang der Pharmaindustrie bei, aber ihr Mann urteilte dies selbstverständlich aus psychologisch fundamentierten Gründen als nicht zu missdeutendes Anzeichen eines eindeutig obsessiven Verhaltens ab. Und dennoch war all dies nicht genug, um die ständig und hartnäckig geführte Guerrilla eindeutig zu Gunsten der gelsengeplagten Dame zu entscheiden. Mehr noch, es muss leider zugegeben werden, dass nicht zuletzt wegen der kein Ende nehmenden kriegsähnlichen Zustände der Haussegen des Öfteren schief hing.

      An einem dampfgeschwängerten siedend heißen Juliabend saßen die gelsengeplagte Dame und ihr Mann auf dem Balkon. Die Dame wedelte heftig mit ihrem Fächer, einserseits um sich ein wenig Kühlung zu verschaffen, andererseits um ihren persönlichen Feinden, den Gelsen, anzuzeigen, dass sie weiterhin kampfbereit war. Vor sich, auf dem Balkontisch, hatte sie ein hohes schmales Glas stehen, das zur Hälfte mit Eis und zur anderen Hälfte mit Cola gefüllt war und an dem sie von Zeit zu Zeit nippte, bis sie es schließlich fast geleert hatte und nur noch die Eiswürfelreste übrig waren. Beide rauchten Zigaretten, während ihnen der Schweiß aus allen Poren lief und sie hin und wieder einen gequälten Kommentar über die brütende Hitze und das unerträgliche Klima im Sommer an der spanischen Mittelmeerküste abgaben. Aus der Ferne wirkten sie wie zwei schemenhaft zu erkennende geisterhafte Gestalten hinter den verschleierenden Wolken des Zigarettenrauchs, der sich mit den Gelsenschwärmen vermischte, die sich zum Angriff rüsteten.

      Genau zu diesem Zeitpunkt traten Draculinchen und sein Privatlehrer ihren nächtlichen Flug durch die Calle La Llacuna an. Anfangs ging alles gut. Draculinchen ließ sich ungewöhnlich wenig vom Empfang der Ultraschallwellen ablenken und zog einige ruhige Schleifen mit bemerkenswerter Problemlosigkeit. Im Slalom schwebte er durch die Laternenpfähle, wich den Baumstämmen mit unglaublicher Behendigkeit aus und entzückte seinen Fluglehrer sogar mit ein paar gekonnten Loopings. In diesem euphorischen Augenblick führte sie ihre Route am Balkon der gelsengeplagten Dame vorbei. Gerade als Draculinchen vor einem Baum, der sich genau gegenüber des Balkons der Dame befand und ganz offenbar unter einem unglücklichen Stern geboren war, da er in seinem noch jungen Leben bereits zweimal von ebenso groben wie ungeschickten Lastwagenfahrern angefahren worden war, wovon tiefe Narben an seiner Rinde zeugten, seitlich abdrehen wollte, zog die heftig mit dem Fächer wedelnde Dame in fast magischer Weise seine ungeteilte Aufmerksamkeit auf sich. Nur für einen kurzen Moment ließ er den orientierenden Ultraschall ungehört an sich vorbeiziehen, doch selbst diese fast unmerklich geringe Zeitspanne war genug, um das folgende Unheil auszulösen.

      Draculinchens rechter Flügel stieß hart gegen den Baumstamm und dieser Zusammenprall trieb ihn in einer abrupten scharfen Linkskurve in senkrecht abfallene Richtung. Hinter ihm schrie sein Fluglehrer im Kommandoton,

–Rechten Flügel nach oben heben! Mit voller Kraft voraus! Geschwindigkeit reduzieren! Gleiten! Gleiten! Zur Achterschleife ansetzen! Rechten Flügel absenken! Zwei Grad nach rechts abdrehen! Nach rechts! Reeeechts!-

      Seine Stimme überschlug sich, doch da hatte Draculinchen bereits vollständig die Kontrolle verloren. Mit aller Kraft flatterte er angestrengt mit seinen Flügeln und versuchte im Segeln seine Flugbahn zu begradigen. Umsonst! Er merkte, wie sein Bauch über etwas hinwegkratzte, das sich wie eine metallerne Stange anfühlte, während er sich nun schon fast im freien Fall abwärts bewegte.

–Mayday! Mayday!- keuchte er gerade noch atemlos.

      Was dann geschah, daran konnte er sich später beim besten Willen nicht mehr erinnern. Die Impulswelle riß ihn gnadenlos mit sich, es wurde ihm schwindlig und dann versank er in einem unwirklich brausenden Rauschen, das ihn vollkommen einhüllte und eine vorübergehende Bewusstlosigkeit einleitete.

      Das nächste, dessen er sich gewahr wurde, war etwas Hartes, Kantiges, an dem seine Füßchen Halt fanden und woran er sich festklammerte. Sein Körper kam seitlich an einer kühlen glatten Wand zum Stillstand, während sein nach unten hängender Kopf -eine Position, die an sich für eine Fledermaus beruhigend normal war- gegen etwas unsagbar Kaltes und Hartes strich, von dem er sich nicht erklären konnte, was es war.

-AAAAhhhhhh! IIIIIIIhhhhh! – schrie die gelsengeplagte Dame auf.

-Eine Fleeeeeedermaaaaauuuus!-

-Um Himmels Willen!- rief ihr erschrockener Mann entrüstet aus,

-Nun stell dich doch nicht so...-.

      Hier erstarben die ärgerlichen Worte auf den Lippen seines halb offen stehengebliebenen Mundes. Wie vom Donner gerührt starrte er auf das Colaglas seiner Frau. Da hing doch tatsächlich eine Fledermaus im Inneren des Glases, an dessen Rand festgeklammert, während der Kopf des wehrlosen Tierchens wortwörtlich auf Eis lag! Nachdem er sich von seinem ersten Schreck erholt und sich die Erstarrung von seinen Gliedern gelöst hatte, zog er das Glas ungläubig zu sich heran und drehte es so, dass er den Inhalt im Schein der Anti-Gelsen-Kerze besser betrachten konnte.

–Eine Fledermaus.- stellte er schließlich mit Kennermiene und in fachmännischem Tonfall fest.

–Igittigitt! Eine Fledermaus!- stöhnte die gelsengeplagte Dame.

-Um Himmels Willen! Das ist doch kein Grund, gleich hysterisch zu werden! Nun stell dich doch nicht so an! Du treibst mich noch mal in den Tod, mit deinem Theater!- wies sie ihr Mann scharf zurecht.

–Das werde ich gleich haben. Die werfe ich hier runter.- fügte er mit überlegenem Gehabe hinzu, um sein eigenes vernunftbegründetes kohärentes Verhalten im Gegensatz zu den kopflosen hysterischen Anfällen seiner Frau gebührend glänzen zu lassen. Und schon stand er am Balkongeländer und holte mit dem Glas in der Hand zum Wurf aus, um sich des ungebetenen Gastes zu entledigen.

      Draculinchen war inzwischen wieder hellwach. Er zitterte vor Angst, denn bisher war er noch nie auch nur annähernd so nah an Menschen herangeraten. Verzeifelt versuchte er seine Flügel zu öffnen, aber das Glas, in dem er gefangen war, war zu eng und ließ kaum irgendwelche Bewegungen zu. Auch die gelsengeplagte Dame hatte nun ihre Fassung wiedererlangt.

–Warte mal!- sagte sie zu ihrem Mann, indem sie seinen Arm festhielt und sah neugierig ins Glas.

      Und als sie das verschreckte Tier so beobachtete, wie es angestrengt versuchte, sich aus seinem gläsernen Gefängnis zu befreien, da fühlte sie auf einmal Mitleid mit ihm. Plötzlich verspürte sie eine warme Welle unwiderstehlicher Zuneigung in sich aufwallen, was ein doch ziemlich beachtlicher Umstand war, da Menschen Fledermäuse gewöhnlich nicht gerade anziehend finden. Sie nahm ihrem Mann das Glas aus der Hand und zog das Fledermäuschen vorsichtig heraus. Da muss es wohl geschehen sein, als sich ihre eigene Zuneigung auf irgendeine nicht mit rationalen Erwägungen zu erklärende Weise auf das Tierchen übetrug. Draculinchen spürte, wie seine Angst in Händen dieses Menschen abzuklingen begann und schon nach einer ganz kurzen Weile fühlte er sich auf seiner Handfläche sogar so richtig wohl und geborgen. Die Dame trug ihn in ihr Schlafzimmer und hängte ihn behutsam an die Oberkante des Kopfendes ihres Bettes. Dann setzte sie sich vor ihn hin und redete auf ihn ein. Natürlich verstand Draculinchen kein Wort von dem, was sie sagte, aber er fand den Klang ihrer Stimme angenehm und beruhigend. Da er nach diesem Abenteuer keine gesteigerte Lust empfand, sich der Missbilligung seines strengen Lehrers auszusetzen und ihm die Vorstellung, seinen enttäuschten Eltern Rede und Antwort stehen zu müssen, durchaus nicht behagte, beschloss er, einfach hier bei diesem Menschen zu bleiben.

      Und so kam es, dass sich eine Fledermaus in das Haustier einer Menschenfrau verwandelte. Die gelsengeplagte Dame durchforstete das Internet nach Information über Fledermäuse und lernte alles Wissenswerte über diese Tiergattung. Es dauerte nicht lange, bis sie zur Einsicht gelangte, dass dieser ihr auf so unglaubliche Weise zugeflogene Insektenfresser ein wahres Geschenk des Himmels war. Fortan trug sie ihn ständig mit sich herum, weil sie bald feststellen konnte, dass er viel wirksamer gegen die quälenden Gelsen war, als alle anderen Mittel, die sie im Lauf der Zeit mit nur mäßigem Erfolg ausprobiert hatte. Aber auch Draculinchen wurde sich bald darüber bewusst, dass seine Existenz an der Seite der gelsengeplagten Dame das reinste Leben im Schlaraffenland für ihn bedeutete. Er musste nun keine unglücklichen Flugstunden mehr in Kauf nehmen, um Futter zu suchen. Nein, die Gelsen, welche die Dame fast ununterbrochen umschwärmten, flogen ihm direkt in den Mund, wie im Schlaraffenland die gebratenen Tauben dessen Bewohnern in den Mund geflogen waren. Zum ersten Mal erfuhr er, wie es sich anfühlt, wenn man sich überfressen hat. Er lernte, sich an den Haaren der freundlichen Dame –zumindest zu ihm war sie nämlich immer freundlich– festzukrallen und genoss die ihm zugefallene Rolle des ständigen Begleiters.

      Draculinchen und die Dame, die nun nicht mehr so sehr von den Gelsen geplagt wurde, verband bald eine innige Freundschaft. Es war mehr als nur eine Symbiose, die sich zwischen ihnen gebildet hatte. Sie waren tatsächlich ein Herz und eine Seele geworden. Draculinchen konnte nun endlich die Schuldkomplexe ablegen, die ihm bis dahin das Leben vergällt hatten. Endlich gab es jemanden, der ihn nicht bloß für einen Versager hielt, oder einen Schmarotzer, den man durchfüttern musste, weil er selbst nicht dazu fähig war, sich zu ernähren. Er fühlte sich nun endlich bedingungslos akzeptiert, einfach so, wie er eben war. Die Dame dagegen genoss die Ruhe und den Frieden, die in ihr Leben eingekehrt waren, seit sie sich nicht mehr ununterbrochen auf der Jagd nach den Gelsen befand. Sogar ihr Verhältnis zu ihrem Mann besserte sich, weil sie nun nicht mehr so häufig durchdringende spitze Schreie ausstieß. Ihr Mann war heimlich davon überzeugt, dass es seinen Therapien zuzuschreiben war, dass seine Frau nun doch noch ihre Hysterie überwunden hatte. Nur manchmal kam es jetzt noch zu bösen Worten zwischen den Eheleuten und diese waren – um ehrlich zu sein - darauf zurückzuführen, dass der Ehemann der Dame -tief im Innersten und natürlich nur ganz heimlich- ein wenig eifersüchtig auf Draculinchen war. Und –um noch ehrlicher zu sein– so ganz grundlos war sie nicht, seine Eifersucht, denn die Dame zog -natürlich auch nur tief im Innersten und selbstverständlich auch nur ganz heimlich- die Gesellschaft ihrer Fledermaus der ihres Mannes vor, denn Draculinchen wies sie niemals ungeduldig zurecht, machte ihr nie irgendwelche harten Vorwürfe und rief niemals,

–Nun stell dich doch nicht so an!-.

Das hätte er nie getan, nicht einmal, wenn er sprechen können hätte.

      Und da sich nun auf diese Weise alles zum Besten gewendet hatte, gibt es eigentlich kaum noch Weiteres zu erzählen. Draculinchen und die Dame verlebten ein ausgedehntes gemeinsames Happy End, wie es im Buche steht. Sie wurden zusammen alt und vielleicht auch ein ganz klein wenig eigenbrötlerisch. Draculinchen setzte das an, was einige euphemistischerweise als Wohlstandsairbag, Feinkostgewölbe oder Backhendlfriedhof bezeichnen, je nach Altersgruppe und geographischer Zugehörigkeit, und hätte schließlich tatsächlich noch seinem wahren Namen, ohne jegliches Diminutiv, alle Ehre gemacht. Auch die Dame nahm im Laufe der Zeit an Körperumfang zu, weil sie sich mittlerweile nicht mehr ständig in ruheloser Bewegung befand und mit der Fledermaus, die ständig an einer Strähne ihres inzwischen weiß gewordenen Haares baumelte, gab sie ein etwas skurriles Bild ab. Sie schrieb hartnäckig Berichte und Artikel über "Ökologische Insektenbekämpfung mittels Fledermaushaltung", die sie an Zeitungen, Zeitschriften und Fernsehsendungen verschickte, die aber nie ernst genommen und auch nirgends veröffentlicht wurden. Aber das machte der Dame im Grunde nicht viel aus. Sie ärgerte sich bloß zuweilen ein bisschen darüber, dass sie in ihrem Viertel als "die schrullige Alte mit der Fledermaus" legendär geworden war, vor allem deshalb, weil sie sich eigentlich noch gar nicht so alt fühlte.

-•••-

19 julio 2015

Las tardes calcinantes



Con la valentía a cuestas
como cualquier otro ciudadano
en tórridas fechas
arremeto ahora mismo
contra esa capa extensa
de sueño soporífero
de tizón enfurecido ...
no sé para qué.

Puede ser posible
que los días sigan transcurriendo
-me afirmo-
entre el optimismo
de una refrescante brisa
osada ella
hasta sentirse héroe
por sólo balancear las cortinas
de mi cuarto hirviente.

Chocan las olas en la playa
acarician los ríos en la cumbre
los cantos de su lecho.
Mas ... dónde están
sino allá, lejos.

Blasfeman los cuellos
gotas grasientas
cual ardientes esputos
al torrado rostro de Satán.

Es la aplastante repelencia
de un castigo
al que llaman clima.