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19 enero 2017

REBRIOSA ACTUALIDAD

CHINAS EN LOS ZAPATOS -V- (Florilegio cronológico de la memez)

(₸) Sectas: comulgar con ruedas de molino


      Introducción teórica


      En general, puede decirse que las sectas tratan de ocupar el lugar de las religiones tradicionales, a las que sustituyen en su rol redentor. Se distinguen de éstas por la práctica de un culto más espontáneo e íntimo (no tanto liturgias solemnes), dándose además en sus miembros una voluntariedad ¿…? y una autoexigencia de “santidad” súbita que no es frecuente en las religiones clásicas, donde tanto la militancia como la salvación vienen, en cierta forma, impuestas. Suelen estar también más alejadas del estado, de los poderes y cultura dominantes, a los que toman como enemigos que deben ser combatidos. Históricamente surgen siempre ante supuestos grandes signos (los cambios de centuria y/o milenio vienen al pelo para sus predicciones apocalípticas con las que aterrorizar incautos), por decadencia social (real muchas veces, sí, pero no para necesitar redentores), por frustración socio-cultural, etc. Con ética paternalista y humanista promueven valores como la no violencia, la paz, la felicidad, la gracia, la recuperación de la identidad y el encuentro consigo mismo o con el semejante, y así un sinfín de ellos siempre investidos de ese carácter mesiánico. En definitiva, y de una manero u otra, aparecen para salvar el mundo.

      Cabe distinguir dos tipos de sectas. Unas, cerradas y a las que algunos llaman “destructivas” (como si todo grupo sectario no tuviese algo de destructivo y aniquilador de la personalidad), se caracterizan por la obediencia ciega a un jefe idolatrado. Otras, denominadas abiertas y “no destructivas”, están definidas por una relación horizontal (literal, con frecuencia, sobre todo si se trata del amo), donde el ideal de comunión es primordial y donde cada uno es hermano para el otro. A la postre, todas cubren necesidades de afectividad, de autoestima, de disimulo de la irracionalidad y de redención desculpabilizadora (la culpa, no se sabe muy bien de qué, es un sentimiento recurrente).

      Sujetos u objetos de la redención

      ¿A quiénes redimen las sectas?. Las instituciones tradicionales, quizá por agotamiento del discurso, por desfase del mensaje o simplemente por representar lo socialmente aceptado no pueden tener rango de redentoras para alguien que cree ser distinto a la masa. Ésta es una característica básica, pero se dan otras que completan el cuadro. Las sectas reclutan en medios psíquicamente frágiles (síndrome de carencia de autoridad, integrismo religioso, educación asfixiante, invalidez de modelos, etc.), los cuales favorecen la aparición de individuos de “yo” quebradizo y/o lábil, con estructura de personalidad endeble, hipersensibles muchas veces, con ínfimos niveles de autoestima que se compensan con las expectativas de ser distintos, muy culpabilizados (la culpa, otra vez), con baja tolerancia a la frustración, normalmente incapaces de establecer vínculos interpersonales firmes y seguros y, en fin, sin competencias para superar de forma autónoma los conflictos y contradicciones de la vida. Estos rasgos, junto con la necesidad de adquirir responsabilidades sociales, hacen perentoria la afiliación a un grupo poco numeroso, de corte humano, personalizado y repersonalizante que los valore, los desculpabilice y colme sus anhelos de sensualidad, de paz interior, de rebeldía y de otras muchas subjetivas carencias de mayor o menor relevancia. Obviamente, estos “acogedores” grupos son las sectas.

      Desocialización y resocialización

      Los militantes de tales grupos son sujetos que, sin tener más lacras que cualquier otro ser humano, así no lo creen y recurren a la que yo denomino “técnica del barnizado opaco”; esto es, ponerse muy bonitos por fuera para no angustiarse y enterrar -vivo, por cierto- lo que antes no les gustaba de sus adentros. En otros términos, los miembros hipotecan su “yo” (algo parecido a vender el alma) y se diluyen en el grupo hasta la pérdida, a menudo severa, de autonomía, de yoidad, de individualidad, de actitud y aptitud para el análisis, la crítica y la autocrítica. Con técnicas de persuasión más o menos sofisticadas (no siempre son tan sofisticadas como se pretende hacer ver) instruyen a los adeptos para mostrar lealtad, para formar bloques y alianzas contra el sistema “perverso”, para organizar grupos cohesionados que antepongan siempre los valores conjuntivos a la individualidad, y así definitivamente acabar con la persona como ser librepensante y autónomo. El condicionamiento continúa limitando las relaciones personales (separación de la familia, anulación de los contactos exteriores que no sean de reclutamiento organizado o de actividades para la supervivencia) y tratando de crear la sensación de “élite” , el sentimiento que sólo ellos conocen el modo de salvar el mundo, que son la vanguardia y asisten a un mesías, y otras monsergas semejantes. Se ubican en pisos donde ocurre de manera muy especial el proceso “desocializador” y “resocializador”; es decir, primero sacan al sujeto de su sociedad natural y después lo sumergen en otra que lo “regenera” y “purifica”. Se relacionan bajo excusas diversas como el amor universal (por costumbre mucho más universal para el jefe), el flujo de los sentidos, la experiencia interna, la acción válida y otras más o menos surrealistas; de forma tal que acaba estando bien lo que antes era malo. Y aquí se perfila un modo curioso de disociar que algunos denominan “síndrome disociativo atípico” y al que se llega a través de lo que el Dr. Miller (Berkeley) llama “trance inductivo”. A una verdad antes universal (por ejemplo, la promiscuidad no es buena) le sucede una muy particular (por ejemplo, ahora es buena porque supone una “experiencia interna” o el “flujo de los sentidos”). Se traducen reacciones personales a códigos sectarios (las colectas se justifican como “acciones válidas”). Como dice el Dr. Miller, cada uno se encierra de modo “quasi” esquizofrénico en experiencias particulares y pierde el contacto con el mundo real, produciéndose así una inadecuación de las relaciones del sujeto con su entorno.

      A medida que se asciende en la estructura piramidal se gana autonomía en el grupo, pero se pierde para poder salir de él. Las presiones son cada vez mayores. Hay un mejor conocimiento entre los miembros, por tanto más fácil resulta el chantaje y la manipulación con sentimientos de culpabilidad por la huída y abandono del grupo, caso que alguien estuviese tentado de hacerlo. Las amenazas de mayor o no tanta sutileza son frecuentes y fomentan el temor (terror, a veces) a la venganza. Cuando el adepto ha llegado a estos niveles en los que le produce un sacrosanto horror que le cuestionen sus concepciones y creencias personales (sería como desnudarlos en plena y concurrida calle) , el grado de incondicionalidad al grupo es ya rayano al fanatismo. La capacidad para desarrollar y ejercer mecanismos de defensa ante el mismo ha desaparecido, se restringe la atención crítica y se anula la autoocrítica (algunas sectas hablan de ellas, pero desenfocadas o tendenciosamente enfocadas), aumenta también la sugestionabilidad hasta llegar a un estado de exaltación espiritual tan delirante que altera de modo severo a la conciencia y lleva a la sumisión automática a los dirigentes. Una persona acaba siendo incapaz de irse por su cuenta de una secta, si no es con ayuda psicológica que trate la reintegración normalizada al medio natural, aún si el intento de huída ocurre respecto a sectas en principio toleradas porque sus actividades no pueden demostrarse como ilegales, cual pueda ser el caso de la Cienciología. Porque cuanto más tiempo pase, no sólo la salida del grupo se hará más difícil, sino que también la readaptación será más complicada, y ello debido a factores de carácter psicológico, unos, tales como episodios que especialistas americanos denominan de “flotación” (lo del pulpo en un garaje), el “efecto pecera” (sentirse siempre observado). Otros sin embargo son de naturaleza socio-económica como, por ejemplo, las desfavorables condiciones del mercado laboral que pueden afectar de modo muy singular al antiguo adepto, e incluso su desadaptación integral a las diversas exigencias sociales, en general (proceso de “resocialización” a su sociedad natural). Y es que, según opinaba un desprogramado informador (un “desprogramado” es alguien que ha debido recibir tratamiento psicoterapéutico para superar la “huella psíquica” o secuelas psicológicas tras el abandono de un grupo sectario), “ la libertad es muy bonita, pero da tanto trabajo…”.

FIN

El Diantre Malaquías

14 enero 2017

(₸) La nieve (Poema bucólico)

¡¡¡Publicación sugerida!!!

Castrillo de los Polvazares, León. 
Foto de Serafín Pan Falagán

Es la nieve una caricia
de invernales días grises
a los musgosos tejados
y a los yertos rostros tristes
de mis valientes paisanos.

Silenciosa cae y viste
los asfaltos agrietados
la soledad sublime
de los campos en quietud
donde fornidos mastines
vigilan a los rebaños
y encapuchado el pastor, sentado
sobre el hito que divide
la propiedad de los campos
el recto cayado oprime
en sus ateridas manos.

Lanzan los benjamines
del blanco ganado ovino
al aire sereno y frío
entrecortadas cadencias
cual salmo de serafines.

Lentos, melosos, sutiles
siguen los copos cayendo
sobre el ocre de los bagos
sobre los hielos pensiles
del alero del tejado.

SANTA COLOMA DE GRAMENET, Noviembre de 1975

El Diantre Malaquías, Pseudónimo

11 enero 2017

(₸) A miel sabe tu mirada

¡¡¡Publicación sugerida!!!

Esa extraña luz profunda
de sueño estremecido
hiere con su brillo
rosado en las caricias
la noche enternecida
los labios apretados
cual pétalos vencidos
polícromos y castos
por el fulgor violento
de los rayos en tinieblas.

Esas ramas retorcidas
entre aromas seductores
y el añil del paraíso
musitan sin palabras
el silencio de las flores
el vuelo de las alondras
el canto de los jilgueros...

Dulce sabe tu mirada
a miel de espliego
que viste de blanco escarcha
en el largo invierno.

Esos gamos cautelosos
por las sendas de la vida
juntos sueñan en la noche
con esos ojos en sombra.

Marzo de 1975. Gavá, Bcn


07 enero 2017

(₸) Lontananzas

(Foto de Serafín Pan Falagán)

Lejanas campanas
sonidos melancólicos
que saltan montañas
cubiertas por la niebla.
Suaves y tristes tañidos
que suenan a lamento
y empañan mis ojos.
El pueblo queda lejos
y tiembla mi cuerpo de frío
aunque rebosa calor
de mi familia y amigos
el calor de esta mi tierra
el abrasante calor
que llevo conmigo
desde que siento el amor.
Todo esto pensé allí
embriagado del paisaje
con el eco de repiques
y mis sentidos en ti.
Mas todo llega a su fin
y hasta el lazo más unido
 un día habrá de quebrar
por alguna de mis partes
y el tiempo devendrá
paulatina amnesia
mientras las partes que me queden
se restituyan, apenas.
Que no se las lleve el viento
que me aferran al recuerdo
de cuanto ya tuve
y aún tengo
pues nunca del todo olvido.

Navidad de 1976

06 enero 2017

(₸) Los niños, esos objetos



      Pretender ilustrar el papel objetual de los niños con los utilizados como detectores de minas por Irán, en su confluicto de los años noventa con Irak, se antojará descabellado. Cierto, pero quizá no tanto. Eso no va demasiado con nuestra civilización, o al menos así lo parece, si tales comportamientos se ubican en el extremo integrista y radical de un diferencial semántico de actitudes manipuladoras y tendenciosas con los niños. Sin embargo hay conductas y criterios educativos en la sociedad occidental, y concretamente en la más próxima a nosotros, con meridianas intenciones de dirigir y alienar. Entiéndase lo de alienar como el proceso aniquilador de unas dotes propias, sin las cuales no es posible ejercer una autonomía, a ser posible plena, y se entorpece la práctica del uso y disfrute del libre albedrío, en su sentido más amplio, o cuando menos dentro de los márgenes de libertad -siempre criticables, por supuesto- que una sociedad plural tolere y legisle. Porque ocurre que ni aquí, en occidente, somos enteramente libres. ¿Para qué les voya contar?. O, paradoja de la vida, tan libres y avanzados en derechos como para que la presunción de inocencia de los adultos encubra y mantenga en el tiempo roles objetuales de naturaleza trágica , cual es el caso de los niños sometidos a abusos de todo tipo, incluidos los sexuales. Ahora bien, guárdense las madres quisquillosas de iniciar la cacería contra cualquier profesor, por sólo quitarle el jersey a su sudoroso hijo. No, no se dejen alcanzar por la histera de los medios y esa alarma social que en muchos casos se inventan.

      De entrada y como primer paso errático y/o avieso, se vivencia la concepción de forma egoísta, narcisista, hasta enfermiza y mórbida. Vean, si no. Que nos cuiden de mayores, prolongarnos, futura mano de obra barata, atadura de por vida para la otra parte, etc. Ello sin entrar en la casuística antes referida de los niños sometidos a ignominias, vejaciones y perversiones de todo tipo, unos y otros engarzados -con toda certeza- en una educación represora y cargada de tabús y prejuicios. Pocos, muy pocos se plantean la rotura del cordón umbilical como una ceremonia de iniciación a la libertad; el primer paso, de entre muchos, para el equilibrio psicológico, la entereza (de entero) personal, la emancipación y paulatina menor dependencia, la autonomía al fin. En definitiva, pocos piensan que ha nacido un nuevo individuo (en su sentido riguroso de único e irrepetible), llamado a ver el mundo -cuanto antes mejor- a través de sus propios ojos; y no de la mirada malcondicionadora de unos padres, con frecuencia cargados de fantasmas, complejos y desviaciones varias. Éstos, en su obsesión por hacer de sus hijos lo que ellos manden y no lo que los hijos decidan, les impregnan todas sus lacras, además de fomentar otras añadidas que los últimos aprenden como compensación de la asfixia vivida en el hogar. Sí, es la que yo denomino la “educación de la asfixia”. Conozco ejemplos de separaciones y divorcios donde los niños, en el colmo infame de la desnaturalización de la procreación, son tomados por verdaderos objetos de intercambio, de mercadeo, de chantaje, de moneda y trueque. Y a otros que con apenas dos años cumplidos ya se les ha indumentado de tal o cual equipo de fútbol, o de tal o cual patria, privándoles así del placer de elegir por sí mismos equipo y/o patria si es que quieren elegir alguno/a, o pasar del fútbol o ser apátridas. ¿O es que no es su derecho?. Otra cuestión distinta es el espejo en el que el niño se mira y le gusta, por tal lo toma como modelo y determina seguirlo, con independencia que para la perspectiva psicológica ese modelo sea más o menos adecuado. Ésa es su libre elección.

      No ha de tomarse lo anterior como una pretensión que el niño haga lo que le venga en gana, vamos ya, claro que no. El niño debe ser educado en una justa disciplina que imponga algunos límites, y para aceptar las más o menos razonables reglas de juego existentes en la familia. Debe ir aprendiendo a solventar por sí mismo sus propias necesidades, mayores según crezca. No se ha de intervenir en exceso, ni -desde luego- resolvérselo todo. Él mismo ha de irse responsabilizando y afrontando sus cada vez más complejos problemas. El criterio último ha de ser: tienes unos derechos (comida, ropa, cama, educación …), pero también unos deberes (participar, ayudar, ganar tus derechos …). Porque algunos padres, con afán igualmente mangoneador, pero desde el otro extremo, consienten y maleducan a sus hijos, o a alguno de ellos (ya se sabe, preferencias vergonzantes, lo que todavía es peor); y lo que están potenciando sin saberlo es la aparición de sujetos de ALTO RIESGO SOCIAL (léase tendentes a la delincuencia).
      Es pues importantísimo adquirir y ejercer adecuadamente una cultura educativa con unas pautas que, de modo progresivo, ofrezcan cada vez más opciones a que el sujeto en cuestión, antes niño y poco a poco mayor, pueda elegir por él mismo, desarrollar su propio criterio y otras garantías de individualidad. Ello no sólo no apartará a los niños de sus padres, antes al contrario, los hará distintos en su identidad y roles, pero iguales en todos los planos (que no amigos), de modo muy especial en el plano de la comunicación de hondura, donde se incluyen insoslayablemente afectos y razones. Iguales que se entienden o desencuentran sin tragedias ni imposiciones déspotas, iguales sin problemas de vasallaje, iguales sin problemas de anulación. Iguales, en fin, sin problemas de afecto (o de amor, que es palabra de peso) por exceso o por defecto, ni de sentimientos de vergüenza entre unos y otros. Es, por tanto, este artículo un canto a la libertad sana, equilibrada y -por supuesto- bien entendida; pero bien entendida a mi crítico modo y no a otros modos que pontifican con arbitrariedad y/o a conveniencia sobre libertades y “libertinajes” -jo, qué impresentable palabro- de los niños. Quienes no entiendan la educación de sus hijos en estos últimos términos dense por incluidos en el clan de los administradores -si no propietarios- de voluntades ajenas.

fin

El Diantre Malaquías

30 diciembre 2016

(₸) Silencio santo de invierno

¡¡¡Publicación sugerida!!!


Todo es silencio en el campo
nada bulle ni se agita.

Sobre los cerros lejanos
cae la niebla sigilosa
con su manto algodonado
temerosa de quebrar
el sueño de las altas cimas
en sus puros lechos blancos.

Solo un enjuto pastor
apoyado en su cayado
pasea por la ladera
mientas pasta su ganado.

Silencio santo de invierno
silencio de camposanto.

SANTA COLOMA DE GRAMENET, Noviembre de 1975

El Diantre Malaquías, Pseudónimo

28 diciembre 2016

(₸) Cuento del perfume

                                                              ¡¡¡Publicación sugerida!!!




      Quiero hacer de este relato un sucinto homenaje a un amigo soberbio (por grande, grande, grande; que ser, era de lo más noble y listo), muerto en un otoño, allá por el segundo lustro de los años setenta.

      Aquélla había sido una tarde especialmente tranquila y espiritualmente provechosa. El paseo con mi perro por las choperas de esta alta ribera me infundió un particular sosiego. Con la niebla fija y bien agarrada a pocos metros de altura, el día era bello, cerrado y gris. Caía una pertinaz escarcha en forma de minúscula lluvia que empapaba el suelo y mantenía las peladas ramas de la arboleda del soto en perenne tono canoso, cual si hubiese nevado, que así no era por aquellos días. Después del paseo llegué a casa y cené, no sin antes repasar las sensaciones experimentadas. No voy a anticiparles ahora cuál era mi estado de ánimo, pero presentía que algo había de ocurrir. Algo acorde, desde luego, con mi apaciguado espíritu. Tras una breve pero habitual tertulia con mi madre, me dirigí a la Gotera, que es así como denominamos a la cantina donde tradicionalmente nos reunimos diferentes grupos de amigos. Durante el trayecto seguía chispeando y, al ser ya noche cerrada, la helada se intensificó de forma tal que sólo caer las finas gotas sobre la hierba o los árboles enseguida cristalizaban y emblanquecían aún más el paisaje. Dos personas, a las que saludé, comprobaban la iluminación navideña que se había instalado en un abeto natural del parque. Ambos tenían el pelo completamente blanco de la escarcha helada, tal como me había sucedido a mí, según me comentaron los amigos cuando llegué al lugar de encuentro. Allí, en torno a una llameante chimenea ante la que nos frotábamos con fricción nuestras manos, nos fuimos reuniendo todos los afines: Amancio, Eduardo, Ramiro, Marcos, Diego… y yo mismo. Tomamos café y algunos fumamos la preceptiva faria. Después unos se sentaron a la mesa para jugarse la consumición a la subasta, en tanto que los otros seguimos con nuestra plática alrededor del fuego. Concluidas las partidas, uno tras otro, los jugadores retornaron a la tertulia que poco antes habían abandonado. En ella estábamos cuando, al no vislumbrarse una alternativa mejor (por supuesto, no lo era la de separarnos todavía), o quizá en un rasgo visionario, Marcos propuso ir a echar unas manitas al julepe, para recordar viejos tiempos y en el mismo lugar de los viejos tiempos. Los interesados nos miramos y, sin apenas tiempo para más comentarios que un rotundo “vamos” pronunciado por Diego, nos organizamos. Uno buscaría la llave del Salón de Concejos, dos se encargarían de encontrar e instalar un par de estufas eléctricas en el gélido aposento y los demás lo haríamos del resto de la intendencia. Nos aprovisionamos de unas cuantas botellas de sidra, bebida que en el rememorado pasado era la preferida, no sólo por resultar asequible a nuestra economía, sino que además expropiarla de las bodegas particulares sin que nuestros padres la echasen en falta no presentaba dificultad alguna. Nos procuramos también un cubo para escanciar y arrojar las sobras y, finalmente, montamos la timba. Marcos, al estudiar en la Universidad de Oviedo y por tal ser el experto, escanció la primera botella, dio Ramiro la primera mano y empezó el juego. “Voy”. “No voy”. “Arrastro”. Calderilla que a puñados se mueve de un lado para otro arrastrada por su nuevo propietario. En fin, lo propio de este juego. Fuera se intuía un tiempo sereno, pero de frío pelón. Dentro seguíamos con las cartas y los recuerdos, algunos sin cara, pues todavía el pronunciar ciertos nombres nos helaba el tuétano. Tan profunda fue la herida que nos produjo la trágica muerte de aquel amigo, que aún hoy no está del todo cicatrizada. Desde luego nos divertíamos, pero también se percibía un singular y sosegado clima de respeto que hacía del recinto de juego y del local entero un lugar cálido, sensual y muy acogedor.

      Enfrascados en todo ello nos hallábamos cuando, súbitamente, se impregnó la sala de un extraño perfume, tan intenso y seco como nada empalagoso, que a nadie escapó. No nos era aquel aroma conocido, pero tampoco nos era ajeno.

-¿Quién se ha echado colonia?- dijo Eduardo.


Todos lo negamos.  ¿Habría entrado alguien?. Corrimos las cortinas que nos separaban del resto del local y a nadie vimos. Abrimos la ventana para comprobar la –por aquellas fechas– más que improbable posibilidad que alguna pareja cortejase en el exterior del edificio. Nada. Nadie había. Nos pareció francamente raro, pero no se le dio más importancia al hecho, al menos en apariencia. Y como que ninguno pareció mostrar prisa alguna por irse a casa, siguió la partida. Continuó también el recordatorio, ahora –si cabe– con más ahínco, pues estaba seguro que en el interior de de cada uno de nosotros se albergaba ya una entrañable sospecha.


-Coño, si está aquí el equipo de música de la sociedad y apenas lo utilizamos- expuso Ramiro.


Se acercó a él, lo manipuló y, viendo que funcionaba, decidió usarlo. Sería extraño encontrar alguna cinta o disco, pues nunca se dejaban allí; pero sí, halló un casete sin más identificación que la propia de la marca, la colocó en su sitio, accionó el aparato y volvió a la mesa. Al aire pesado por el humo de los pitillos saltaron sonidos de diversos grupos, entre ellos de los Rolling; hasta que tras una especialmente intensa pausa sonó, con una definición más que digital gloriosa, la canción “Com un arbre nu”, de LLuïs Llach. Aquello convulsionó nuestras vísceras. La canción preferida de aquel muchacho de nuestra pandilla, estudiante en Salamanca que nunca visitó Catalunya y que ya por los setenta escuchaba a Llach, medio nos paralizó. Para él Llach era tanto un reclamo de libertad, como una catarsis de intimismo y lirismo perceptible en las letras por él mismo traducidas, bien a través de algunos amigos residentes en Catalunya, bien con un diccionario de bolsillo de su propiedad. La discreta presencia de Melín, que así apodábamos sus amigos al inefable Carmelo, como siempre dulcemente, nos acechaba.

      Melín , hermano de Eduardo y también presente en tan singular esoterismo, era un peculiar personaje muy difícilmente descriptible. Discreto, comedido, parco en palabras pero de acción inmediata (se apuntaba a lo que hiciese falta) y tierno. Qué digo tierno, un ángel es lo que era. Y sobre todo, más que despistado encantadoramente lunático, casi místico. En su coche él manejaba el volante, pero conducir lo hacíamos los demás. Recuerdo que en cierta ocasión Diego, bromista él como pocos, le exigió dar un rápido giro a la izquierda y acabamos aparcados en el interior de una típica casa labriega, cuyo portalón se encontraba franco. Pueden imaginarse el pasmo y la reacción de sus dueños. Melín, en lugar de enfadarse (que nunca parecía estarlo), se lo pasaba tan bien o mejor que el resto. Finalizada la canción ya nadie se recató en citar su nombre, antes al contrario, casi todos los relatos lo recordaron. Podría citar tantas anécdotas, bromas, travesuras más o menos inocuas que –de verdad– no caben en este cuento. Una de ellas nos provocó tal carcajada que Marcos, aún con líquido del último trago en la boca, realizó un gesto tan brusco que no sólo pulverizó sobre nuestros rostros la sidra antes sorbida, sino que además sus gafas saltaron y fueron a estamparse contra el cubo de escanciar. Las recogió y, en un gesto pretendidamente cómico, se las puso. Su estado, embadurnadas como estaban del barro ceniciento formado por las sobras de la sidra y las colillas y con la lente derecha completamente estrellada, siguió alimentando la desternillante risa. Pero pronto y durante un instante breve, preciso y cautivador todos callamos. Recordamos cada una de nosotros cómo habían quedado las gafas de Melín tras el accidente.

-Aquí está Melín- dije yo con vehemencia.


-Sí, sí- gritaron todos al unísono, menos Eduardo.


-Pues hablemos con él- inquirió Amancio que siempre fue muy lanzado. –Melín, Melín ¿estás aquí?– susurraba Amancio entre tembloroso y emocionado. -Dinos algo, Melín- insistía.


Nada parecía suceder hasta que una bombilla, de tres que componían la lámpara lateral del salón, empezó a reverberar y, tras pestañear diáfanamente unos segundos eternos, expectantes y estremecedores; se fundió definitivamente. La estancia quedó en un silencio y paz inenarrables. Podría compararse al momento crítico en el que un moribundo expira.

      Nos costó reaccionar, pero nadie se marchó y retomamos los temas antecedentes y los recién suscitados. Tratamos de buscar significados, de interpretar con lógica y racionalidad, pero sólo la cábala podía dotar de significación lo sucedido. Era evidente que allí había estado Melín. Quizá todavía estuviese. A todos se nos estremecieron las neuronas, en particular las que rigen las entrañas, con el recuerdo de aquel día del avanzado otoño cuando Melín y sus dos compañeros regresaban del trabajo en la construcción de un canal de riego, actividad que en periodo vacacional le reportaba algunos beneficios económicos para su estancia en Salamanca. No mucho más tarde del sol puesto, pero ya noche entrada y oscura, en una carretera local cualquiera y a la salida de una curva cerrada y sin visibilidad, el utilitario de Melín y sus otros dos ocupantes fue a colisionar y quedó empotrado en la bañera de un camión cargado de purines que maniobraba temerariamente en plena curva y sin iluminación alguna. El choque no fue brutal, pero la desgracia hizo que el utilitario se incrustara por el escaso y único espacio posible bajo el cargante, quedando aplastado y hecho un amasijo de hierros que acabó con la vida de dos muchachos y dejó un superviviente a duras penas, todos impregnados además del apestoso pringue y hedor de los purines derramados sobre ellos a causa del impacto. Allí quedó muerto y enterrado Melín, el muchacho tímido como una rana que gustaba perfumarse con originales aromas para atraer la atención de las chicas y así compensar sus -supuestamente- escasas habilidades para seducir. ¡Si las chicas lo hubiesen conocido bien...!. Y, como se sabe, los perfumes más apreciados se obtienen de lo más abyecto, tanto como lo pueda ser el estiércol más repugnante. De la canción ya se conoce su relación con el fenecido. Además, él siempre nos decía que, de no haber sido persona, le hubiese gustado ser árbol y, cosas del destino, fue a morir bajo el mejor fertilizante con el que se pueda nutrir a las plantas. Sus gafas se encontraron embadurnadas y rotas, tal como quedaron las de Marcos al caer contra el cubo. De la luz que nos confirmó su espiritual presencia a ninguno se nos escapó su sentido. Una noche en la discoteca habitual Melín  nos comunicó que precisaba de una bombilla para el flexo de su mesa de estudio. Propusimos entonces birlar una de un candelabro análogo al existente en la Sala de Concejos donde nos habíamos reunido la noche del misterioso suceso. Y aquí, en esta sala se fundió la correspondiente a la que en su día todos, Melín a la cabeza, expropiamos de la discoteca. Dadas las ganancias que dejábamos en aquel antro (desde luego siempre tratamos que fueran las menos posibles) se nos estaba permitida la licencia. Dos semanas antes de su muerte a los 21 años cometió su última fechoría conmigo. Era el puente del Pilar. Después de bailar hasta aburrirnos en una boda montamos en su coche, aparcamos frente al cuartel de la Guardia Civil de aquella capital de comarca y allí mismo, con el acompañamiento de agudos ataques de tos, fumamos un “canuto” de aspirina. En esta misma capital, en lugares más o menos recónditos e inaccesibles aún hoy puede que se conserven pintadas contra la dictadura que en su tiempo él ejecutó; para recuerdo y gozo de los que fuimos sus amigos y para honra y memoria de su figura.

      Por fin, tan profundamente serenos como cansados, nos levantamos y abandonamos el recinto camino de nuestras casas. Fuera el día clareaba. En medio de un envolvente e impresionante silencio, la nieve caía copiosamente. Tal como había sucedido el día de su entierro. La cábala acababa de cuadrar.
Fin